Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cine, Arte 7

Sin alas, sin rumbo

Esta película pierde su brújula muy temprano y comienza a deambular, argumentalmente, sin rumbo

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Luis Vargas es un antiguo periodista, que, se nos insinúa, tuvo esperanzas de ser escritor y que ahora en el ocaso de su vida es un hombre solitario, que se desenvuelve como buhonero, vendiendo baratijas en la puerta de su casa, en un desvencijado edificio del barrio habanero Los Sitios.

Leyendo apáticamente el periódico, se entera de la muerte de Isabela Muñoz, una bailarina con quien tuvo un romance breve en 1967, cuando se desempeñaba como periodista, aparentemente dedicado a asuntos culturales. Isabela estaba casada con un militar de alto rango, un capitán de aquellos tiempos y el romance terminó cuando este los descubrió en la cama de su apartamento. Luis va al entierro sin hacerse notar y a partir de ahí no le abandona el recuerdo de Isabela y de la pieza que oyó cuando la conoció bailando en el escenario. Luis no recuerda el nombre de la pieza y enlista a su amigo Ovilio, que toca un poco de guitarra, para tratar de reproducirla y a Ovilio se le ocurre salir por las calles para ver si alguien se acuerda al oír los acordes. Ni importa que Luis diga en un momento que es una pieza de Chaikovski, lo cual hace muy poco probable que en Los Sitios y sus alrededores alguien la pueda reconocer.

Esta es la línea argumental central de Sin alas, un filme basado en el cuento El Zahir de Jorge Luis Borges, que en la manera peculiar del autor argentino, indaga y divaga sobre lo inolvidable de algunos objetos en contraste con lo efímero de la vida humana. En el cuento de Borges el objeto es una moneda de veinte centavos y en este filme es la inatrapable pieza musical que le resuena a Luis.

El problema es que, aparte de la pretenciosidad de llevar al cine algo tan literario y tan magistral como un cuento de Borges, Sin alas pierde su brújula muy temprano y comienza a deambular, argumentalmente, sin rumbo. Se embarca en demasiadas tramas secundarias mal hilvanadas y que quedan inconclusas o torpemente resueltas. No se decide si concentrarse en los personajes o en el ambiente. Trata demasiado de mostrar matices culturales que termina siendo un collage mal ensamblado.

Su director, Ben Chace, se interesó por Cuba desde pequeño, pues se crio en Miami y según cuenta, el padre de su mejor amigo fue su profesor de español en la escuela secundaria y había llegado a Estados Unidos como parte de la Operación Pedro Pan. El amigo de Chace fue a Cuba a descubrir la historia de su familia, ver las casas y conocer a parientes quedados atrás y Chace lo acompañó y luego surgió un documental sobre Cuba titulado La mitad (2009).

Aunque se le agradece su interés, parece que su conocimiento de la cultura cubana es difuso. Sus personajes, todos nobles y bienintencionados, resultan encartonados, a pesar de que los diálogos son efectivos y el uso del lenguaje fluye con coloquialismos naturales, terminando por ofrecer una imagen del cubano como un caribeño genérico. El buen salvaje que quiere ver el primermundista condescendiente y solidario. Esto le ha ganado la aprobación de críticos americanos tan destacados como Manohla Dargis, de The New York Times.

Si bien es admirable que evita la excesiva politización y las pocas veces que lo hace es para destacar el lado oscuro del totalitarismo, esto se diluye un poco por la titubeante contextualización que utiliza. Lo que se muestra son los nativos mirando el ambiente con el ojo del extranjero. Su mal informado interés por la cultura cubana lo lleva a momentos ridículos, como cuando el padre de Luis, en un flashback, se encuentra enamorando, en los años cuarenta, a la criada de la casa, leyéndole Muerte de Narciso. Nada como Lezama Lima para enamorar a una mujer. Alguien debió aconsejarle que mejor hubiera utilizado algo de José Angel Buesa o de Hilarión Cabrisas, que se ajustaba más al período y la idiosincrasia. Pero eso solamente lo notan los cubanos y a los ojos del público de otras partes resulta muy elevado y curioso (para quienes sepan quién fue Lezama Lima).

Chace, quien también escribió el guion, realizó un largometraje anterior en 2009 titulado Wah Do Dem que trata sobre un hípster neoyorquino que se gana un crucero a Jamaica y, abandonado por su novia, decide ir por su cuenta. Todo le sale al revés en Jamaica por su propia estupidez y aquí la visión de Jamaica funciona, porque está dada a través del personaje americano, que no parece entender nada. Es una peliculita ágil, sin muchas pretensiones que está bien. Pero sus intenciones en el caso cubano resultan mucho más abarcadoras y la trama se le va de las manos.

Los veteranos actores Carlos Padrón y Mario Limonta resuelven bien sus personajes de Luis y Ovilio respectivamente. Padrón se pasea con andar lento, de hombre derrotado y a veces lo obligan a decir algunas cosas que pueden atragantar a cualquiera, pero por lo general sale ileso. Limonta interpreta un personaje delineado con simpleza, muy parecido a otros papeles que ya ha interpretado hasta la saciedad, pero que lo hace bien.

Los otros personajes, más bien esbozados que desarrollados por el guion, son actuados con eficiencia por actores más jóvenes como Yulisleivis Rodríguez en el rol de Isabela, Camila Arteche (El acompañante), como Katrina, una vecina de Luis que participa de una trama secundaria un poco abortada, Adael Rosales como su esposo y Lieter Ledesma (Viva Cuba) como Luis de joven. Verónica Lynn hace un pequeño papel como la abuela de Katrina, una vecina de Luis que es la presidenta del CDR y es el personaje más negativo del filme.

Cuando recrea La Habana de 1967 en los flashbacks, es La Habana de Los Zafiros la que aparece. Incluso no solamente se incorpora a la banda sonora “Corazón herido” interpretada por Los Zafiros, sino también una pieza popular por entonces, “Déjame recordar” de Bola de Nieve, interpretada por Robertico Carcassés y Danay Suárez. En un guiño subversivo, también se utiliza “Lucha tu yuca taíno” y su intérprete Ray Fernández hace el papel del dueño del paladar San Cristóbal, el mismo que recibió a Obama año y medio después de terminado el filme. Pensé que no iba a suceder, pero no podía faltar en esta muestra cultural cubana, un rito palero, completamente gratuito.

El ambiente de decadencia urbana es lo mejor logrado del filme gracias en parte al excelente uso de la cámara de Súper 16mm, utilizada excelentemente por Sean Price Williams (Listen Up Philip, Queen of Earth), sobre todo en las secuencias en blanco y negro. No voy a destacar los huecos que hay en el libreto para no adelantar más de la trama.

La película está registrada como cubana en el sitio Internet Movie Database, aunque fue financiada exclusivamente por Franklin Avenue Films, una compañía americana creada, como rutinariamente se hace, para recoger fondos específicamente para esta película. Ben Chace la presenta como el primer esfuerzo colaborativo entre americanos y cubanos desde 1959 y alguien ha dicho que se adelantó a Papa: Hemingway in Cuba, como la primera película americana filmada en la Isla desde 1959. En sus agradecimientos Chace incluye a la escuela de cine de San Antonio de los Baños y al Instituto Cubano de Radio y Televisión, pero no al ICAIC. En una entrevista declara que tuvo más problemas con las autoridades americanas que con las cubanas por asuntos de permisos y trámites burocráticos. Se estrenó en el Festival de Los Angeles el año pasado y hace unas semanas en el Havana Film Festival de New York tras lo cual algunos críticos la cubrieron de elogios.

Es en realidad, un esfuerzo independiente que ofrece, quizá demasiado respetuosamente, una visión de la realidad cubana a través de los ojos de un artista americano interesado en la cultura cubana, con algunos puntos interesantes, pero que no levanta vuelo ni encuentra su camino por la pretenciosidad de intentar abarcar demasiados matices culturales en noventa minutos.

Sin alas (EEUU, 2015). Guion y dirección: Ben Chace. Basado en el cuento El Zahir, de Jorge Luis Borges. Director de fotografía; Sean Price Williams. Con: Carlos Padrón, Mario Limonta, Yulisleivis Rodríguez, Lieter Ledesma, Camila Arteche, Adael Rosales y Verónica Lynn. Disponible en Amazon Prime Video. Circula esporádicamente en algunos festivales americanos.


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