Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Western, Reichardt, Berzucha, Cine

Sobre mujeres fuertes y hombres sensibles

Dos filmes recientes, dirigidos por Thomas Berzucha y Kelly Reichardt, demuestran que aún queda espacio para otras aproximaciones al género cinematográfico norteamericano por excelencia

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El western es un género seminal, que prácticamente surgió con el cine. Es la manifestación cinematográfica norteamericana por excelencia, y como expresó André Bazin nació del encuentro entre una mitología y un medio de expresión. Eso explica que, a pesar de que su etapa de gloria y esplendor es ya cosa del pasado, de vez en cuando conozca alguna revisión que lo trae de nuevo a la actualidad, aunque sea fugazmente. Algo que vienen a confirmar dos títulos que, con apenas una semana de diferencia, se han estrenado en España.

El primero del que me voy a ocupar es Let him go (Estados Unidos, 2020, 114 minutos), que aquí ha llegado a las salas con el absurdo título de Uno de nosotros. Lo dirigió Thomas Berzucha (Amherst, 1964), cuya carrera había sido hasta ahora impredecible y escasamente atractiva. Debutó con la apreciable Big Eden (2000), acerca de un artista gay que regresa a su Montana natal para cuidar del abuelo que lo crio. Realizó después The Family Stone (2005), una comedia que cuenta la historia de las vacaciones navideñas de una familia de Nueva Inglaterra. Su siguiente trabajo fue Monte Carlo (2011), una comedia romántica para adolescentes que tenía como principal reclamo comercial a Selena Gomez. Nada, pues, permitía presuponer que con su cuarto trabajo lograría una película de tan sólida calidad.

Berzucha, quien acostumbra a escribir los guiones de sus filmes, adaptó la novela de Larry Watson Let him go (2014), que tuvo una magnifica recepción crítica. En su plasmación en la pantalla, es un neo-western ambientado en 1961, que tiene como médula un drama familiar. El sheriff retirado George Blackledge y su esposa Margaret se dedican a la cría de caballos y viven tranquilos y felices en su rancho en Montana, junto a su hijo James, su nuera Lorna y su nieto Jimmy. La muerte al caer del caballo de su hijo los sume en un profundo dolor, aliviado en parte por el nieto.

La nuera se vuelve a casar después con un joven que no es lo que parece. Un día, Margaret presencia una escena de violencia entre los recién casados, y comienza a sospechar que algo no anda bien. Poco después los tres desaparecen sin despedirse de los Blackledge. Estos determinan salir en su busca para rescatar al nieto y en su viejo Chevy emprenden un largo viaje que los lleva a Dakota del Norte. La exnuera vive ahora bajo la tutela de la poderosa familia Weboy. Estos son gente violenta y el niño ha pasado a ser uno de ellos. Tras descubrir las intenciones de la pareja, la matriarca Blanche Weboy decide hacer todo lo posible para impedir que el niño regrese con sus abuelos paternos.

En el filme hay caballos, paisajes naturales, rifles, villanos, violencia y hasta un indio. Pero como antes apunté, se trata en esencia de un drama familiar. Narra las consecuencias no deseadas que provoca la resuelta determinación de aliviar el dolor. Los Blackledge son un matrimonio con una relación larga y complicada, pero articulada sólidamente por valores comunes y por lazos duraderos que pueden unir a las personas. Tienen un dolor no resuelto, que es el haber pasado por una de las mayores pérdidas para una pareja: la de enterrar a un hijo. Desde que Jimmy murió, Margaret y George parecen ir en diferentes direcciones. Ella se aferra a su recuerdo a través del nieto. Él, intentando distanciarse.

Let him go es también la historia de dos mujeres fuertes. Se dice que el western es un género masculino y machista y por eso odia a las mujeres. A pesar de ello, no han faltado los personajes femeninos que se destacan por su temple. Basta recordar los interpretados por Joan Crawford (Johnny Guitar), Gene Tierney (Belle Star), Barbara Stanwyck (La Reina de Montana, Cuarenta pistolas, Los indomables), Marlene Dietrich (Rancho Notorius), Peggie Castle (Two-Gun Lady), Sharon Stone (Rápida y mortal), Natalie Portman (Jane got a gun).

En esa nómina se inscriben Margaret y Blanche Webody. Pese a ser dos matriarcas diametralmente opuestas, ambas son testarudas y tienen una decisión inquebrantable de defender lo que para cada una representan los lazos familiares. Pertenecen además al tipo de madres que se aferran con fuerza y no aceptan renunciar a lo que creen suyo. Algo que, inevitablemente, en la película conduce a un desenlace trágico.

Western crepuscular

El filme cuenta con una fascinante galería de personajes, que son encarnados por un elenco que desarrolla una estupenda labor. Kevin Costner demuestra de nuevo que el western es el género donde se desenvuelve con más comodidad. Hay que recordar que debutó como director con Bailando con lobos, y que en su filmografía figuran títulos como Silverado, Wyatt Earp y Open Range. En Let him go da vida a un George apacible, reflexivo, lacónico e imperturbable. Funciona muy bien la química entre él y una espléndida Diane Lane, quien interpreta a una Margaret porfiada, autosuficiente, dura y, a la vez, tierna y vulnerable. Es una de esas buenas actrices que Hollywood se permite el lujo de desaprovechar. Demora en aparecer en la pantalla la británica Lesley Manville, pero una vez que lo hace su presencia es arrolladora en las tres secuencias en las cuales interviene. Su despótica, manipuladora e intimidante Blanche Weboy queda grabada de modo indeleble en la retina. También son dignos de resaltar el siempre profesional y convincente Jeffrey Donovan, así como el desconocido Peter Dragswolf, en el personaje del joven indio.

Thomas Bezucha dirigió su película con un ritmo reposado, a la vez que regular y tenso. Le imprime además un aire melancólico, que se aviene muy bien con su condición de western crepuscular. En las secuencias del matrimonio con los Weboy, la película deriva de un drama familiar a lo que puede calificarse como un gótico rural. Los violentos miembros de ese clan, que parecen salidos de un capítulo de American Horror Story, viven en medio de la nada, en una casa enorme y fantasmal. El director consigue crear un tipo de suspenso más profundo: aquel que se basa en el hecho de que los seres humanos son impredecibles y, en última instancia, inescrutables para sus allegados más afines. Otro detalle a resaltar es que en esas escenas, la violencia está filmada de forma austera y precisa. Hay que destacar, asimismo, el valor que adquieren los silencios, las elipsis, las imágenes sin apenas diálogos. Se trata, en suma, de valores muy sólidos que hacen de Let him go una estupenda y recomendable película.

Si Let him go ha significado una sorpresa, First Cow (Estados Unidos, 2020, 122 minutos) constituye, en cambio, una confirmación. Su directora, Kelly Reichardt (Miami, 1964), es una de las figuras imprescindibles del cine independiente y una de las mejores cineastas de la hora actual. Cuenta con siete largometrajes que han sido seleccionados por los principales festivales: Cannes, Venecia, Berlín, Rotterdam, Sundance. Son pequeñas grandes obras, realizadas en los márgenes del sistema. Esa precariedad y economía de medios con que trabaja acabaron por moldear un estilo propio que es indisociable de su cine.

Se distingue este por la austeridad, la elegancia, el aliento poético, el minimalismo, así como por una atención a los detalles que guarda estrecha relación con su gusto por los largos planos secuencias y el escaso empleo de movimientos de cámara. En su filmografía hay un notorio protagonismo de las mujeres, pero su cine se aparta de lo que podría ser una mirada feminista. Los filmes de Reichardt se distinguen también por un profundo estudio de los personajes, que por lo general buscan su destino. Pese al prestigio y el respeto que se ha ganado, su trayectoria no ha sido fácil y se ha visto interrumpida por dilatadas pausas, debidas a una industria reticente a las realizadoras. Serlo y además hacer cine independiente, significa no tener seguridad de continuar laborando.

El filme se inicia con una breve introducción que hace recordar de inmediato a Wendy and Lucy, otra de las cintas de Reichardt. En ella, la protagonista, interpretada por Michelle Williams, se traslada con su perra a Alaska, donde ha conseguido un empleo bien remunerado. En las primeras imágenes de First Cow se ve a una chica que pasea con su perro junto a la orilla de un río. Por su ropa y por el barco que va pasando, se deduce que se trata de un tiempo cercano aunque sin determinar. Durante la caminata por una zona boscosa, el perro desentierra dos esqueletos humanos perfectamente alineados que se hallaban a poca profundidad. Viene después un flashback, en el que la acción retrocede a comienzos del siglo XIX para contar la historia de esos huesos

Dominan los personajes masculinos

First Cow guarda relación con dos obras anteriores de Reichardt: Old Joy (2006) y Meek’s Cutoff (2010). La primera se centra en el reencuentro de dos viejos amigos, que tras un largo tiempo sin verse se van a pasar un fin de semana en una fuente termal en las montañas. En la segunda, un grupo de colonos pioneros recorre en 1845 el territorio de Oregón, en busca de la tierra prometida. Pero tras una interminable marcha y según transcurren los días, se dan cuenta de que se hallan perdidos en medio de la nada. En esa película la directora revisita el mito de la conquista del oeste, pero lo hace desde otra óptica. Desmitifica el sueño americano y también subvierte y renueva el western.

En First Cow, Reichardt se aparta de lo que se supone debería ser el cine hecho por mujeres y se decanta por una historia donde dominan los personajes masculinos. Al igual que los de Old Joy, sus protagonistas son dos hombres. Cookie es un joven cocinero con talento para la repostería, que acaba de llegar a un asentamiento en Oregón. Fue contratado para una expedición de cazadores de pieles. Pero no dio la talla y ahora se gana la vida dando de comer a los hombres maleantes y rudos que viven en el campamento.

Su camino se cruza con el de King-Lu, un inmigrante chino que ha recorrido buena parte del mundo y llegó a aquel lugar huyendo de unos hombres que lo persiguen, tras haber matado a uno de ellos. Tiene visión de futuro y por eso decidió venir a una tierra que considera llena de oportunidades. Son almas afines, y a pesar de que proceden de razas, culturas y religiones diferentes, Cookie y King-Lu inician una verdadera amistad que los convierte en inseparables. Antes de que se inicie la película, eso ha sido anticipado ya en una cita de William Blake que define el tema y el destino de los dos personajes: “El pájaro, un nido; la araña, una tela; el hombre, la amistad”.

King-Lu posee instinto de negociante y contagia a Cookie sus sueños. Para realizarlos necesitan dinero, y se les ocurre la idea de empezar a preparar buñuelos de miel para venderlos en el mercado. La ocasión para obtener la leche necesaria para hacerlos se les presenta cuando llega la primera vaca traída a la zona. De la manera más inocente, deciden ordeñarla a hurtadillas por las noches. La vaca pertenece a un acaudalado comerciante inglés, que es el cacique de la región.

El pequeño negocio tiene mucho éxito. Aquellos hombres toscos y viriles se pelean por unos dulces capaces de reconciliarlos con sabores de su infancia. Con el dinero que reúnan con la venta de los buñuelos, los dos amigos planean abrir un hotel en San Francisco. Mas como es predecible, su inocente treta despierta las suspicacias del propietario de la vaca.

Al igual que hizo en Meek’s Cutoff, en First Cow Reichardt despoja al western de sus códigos más evidentes. Lo dota de una esencia más humana y elimina la violencia para dar paso a un western con mucha sensibilidad y humanismo. Sus protagonistas se hallan en las antípodas de los prototípicos héroes masculinos que rigen un relato épico. Son dos hombres de buen corazón en medio del ámbito feroz y adverso de la conquista del oeste americano. Sus lazos de amistad están llenos de franqueza y comprensión. Dos perdedores natos que se ayudan para edificar una pequeña utopía.

La directora adopta una perspectiva que se aleja de la masculinidad clásica con la cual se ha construido el western. Cookie y King-Lu se desmarcan de esos esquemas. Cocinan, cosen, barren el piso de la casucha que comparten, unas tareas asociadas a lo femenino. Muestran una imagen más sensible y son felices de vivir juntos, de apoyarse, de distribuirse las labores domésticas. Trascienden los roles de género acuñados por el imaginario colectivo del western. Reichardt subvierte y reelabora lo masculino y lo reemplaza con personajes alternativos que ponen en crisis la visión patriarcal. En este sentido, ha comentado:

Ya está bien del heroísmo de la masculinidad

“El western es un género que pone constantemente el foco en situaciones intensas dedicadas a probar la masculinidad del héroe. Cuando veía películas como Centauros del desierto, de Ford, me preguntaba qué diría la mujer que sirve la sopa si alguien le preguntara sobre la absurda bravuconería de lo que estaba escuchando (…) La idea era recuperar para el heroísmo y la exaltación un gesto digno y respetuoso. Lo heroico no es que un tipo duro sobreviva, venza y se emborrache después, sino que lo haga un hombre amable que hace pasteles… Ya está bien de ese heroísmo de la masculinidad, de la masculinidad blanca que nunca muere”.

Otro aspecto con el cual Reichardt pareciese negar su adscripción al western clásico es el cambio del formato panorámico por el de 4:3. Esto se relaciona directamente con su preocupación de concentrarse en los personajes y no en el paisaje. Eso, sin embargo, no significa que este esté ausente. De hecho, tiene una especial importancia en el desarrollo de la historia. Toda la película es un canto panteísta a la naturaleza, una naturaleza desbordante, no domeñada ni contaminada aún por la acción de los seres humanos.

La directora se acerca a ella con mucha sensibilidad, y tiene un eficaz colaborador en el fotógrafo Christopher Blauvelt, quien realiza un meticuloso trabajo para plasmar en imágenes la exuberante vegetación. Por otro lado, los personajes mantienen con el entorno natural una relación basada en el amor y la responsabilidad. Cookie halla una salamandra que está panza arriba y le da vuelta para que prosiga su vida. Asimismo, al ordeñar la vaca la trata con ternura y cariño y le habla mientras lo hace.

El guion de First Cow se basa en la novela The Half-Life, de Jonathan Raymond, guionista habitual de Reichardt, y está firmado por ambos. Toma solo una de las dos historias desarrolladas en el libro e introduce algunos cambios. Por ejemplo, el personaje equivalente a King-Lu no es chino y la vaca no aparece. La historia que se cuenta en la película es mínima y ocurren pocas cosas relevantes. La directora apuesta por una narrativa que tiene los personajes como médula.

La puesta en escena está muy controlada. Posee una marcada preferencia por las pausas, los tiempos muertos, los silencios, así como una atención minimalista a los detalles y los gestos. La directora se toma su tiempo. Se desmarca de la aceleración de los tiempos actuales. Deja que el filme respire, que el tiempo discurra a su aire. Logra además un excelente trabajo de los actores, con un John Magaro (Cookie) y un Orion Lee (King-Lu) que llevan el mayor peso y bordan sus personajes. La combinación de todos esos aciertos se materializa en un western hermoso, atípico y de una depurada sencillez.

Seleccionada como mejor película del 2020 por el New York Film Critics Circle y entre las mejores del año por el National Board of Review, First Cow demuestra que aún queda espacio para otras aproximaciones al western. Y sobre todo, representa una manera de concebir el cine que hoy está en vías de extinción.


Tráiler subtitulado de First Cow en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=4sgs2lb2ZEg