Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Cine, Arte 7

Spielberg y su reflejo

El realizador trata a Lincoln con excesiva reverencia y así no se puede hacer arte

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Steven Spielberg no necesita presentación. Es uno de los más imaginativos y fantasiosos creadores del cine americano. Con más de cuarenta filmes como director, ha creado una inmensa galería de personajes icónicos que incluyen al tiburón de Jaws, los extraterrestres de Close Encounters of the Third Kind, al mismísimo E.T, a Indiana Jones y a los dinosaurios clonados de Jurassic Park. A esto se suma que como productor ha contribuido a crear otras cintas icónicas como Poltergeist, Gremlins y Back to the Future entre muchas otras. Todas estas películas han tenido extraordinario éxito comercial, le han posibilitado a Spielberg crear su propia casa productora, Dreamworks y han ayudado a convertirlo en uno de los hombres más adinerados y poderosos de Hollywood.

Pero Spielberg tiene un problema. A pesar de haber ganado dos veces el Oscar por mejor dirección con Schindler’s List y Saving Private Ryan, él siente que no lo toman en serio como intelectual y añora la aprobación de la crítica “seria” europea. No es que no haya tratado de hacer películas de peso temático, como las dos anteriormente citadas y otras como The Color Purple, Amistad y Munich. Pero o lo que le sale es una película de guerra, o un thriller con trasfondo político, o se queda haciendo una versión demasiado constreñida de una pieza literaria o histórica. Nunca declaran sus películas como obras de arte y fuera del mundo de habla inglesa, siempre lo tratan como un boy scout con una imaginación desbocada que hace películas para adolescentes.

Lo que quizá pocos recuerdan es que su primer largometraje para cine (anteriormente había realizado varios para la televisión, entre ellos el interesante Duel) fue el excelente The Sugarland Express, que le valió premio de guión en el festival de Cannes de 1974 así como una nominación a la Palma de Oro del propio festival. Tenía entonces 28 años y llamó la atención de Francois Truffaut, quien después colaborará con él en Close Encounters of the Third Kind. Quizá aquí se le quedó el deseo de ganar en Cannes. Lo cierto es que, intelectualmente, Spielberg no es más que un peso pluma. Perdió una gran oportunidad de hacer una obra de arte combinando su destreza para el entretenimiento con un tema de muchos matices con Minority Report (2002), que trataba sobre una fuerza policial dedicada a anticipar crímenes, que propiciaba ángulos que iban desde el totalitarismo y el abuso de poder hasta las limitaciones de las libertades individuales, pero terminó siendo una floja película de policías y criminales.

Lincoln es su más reciente intento de realizar un filme “trascendente”. Ha declarado que este es “mi filme europeo”. Aunque no tengo idea qué quiso exactamente decir con eso, me imagino que se puede interpretar como hacer una película lenta, relativamente aburrida y con un tema de repercusiones históricas. Si es así, lo logró.

A pesar de su título, no se trata de una biografía de Abraham Lincoln. La trama transcurre entre los meses de enero y abril de 1865, cuando el recientemente reelecto presidente concentraba su interés en la aprobación de la 13ra enmienda a la constitución de Estados Unidos que se proponía abolir la esclavitud. El guión de Tony Kushner (Angels in America, Munich) se basa en el ensayo histórico Team of Rivals de la prestigiosa historiadora Doris Kearns Goodwin. Kushner fue extremadamente cuidadoso en respetar todos los detalles del periodo histórico, incluyendo los giros idiomáticos y la cadencia de la conversación, pero parece que se le olvidó crear personajes de carne y hueso y Spielberg no supo o no quiso remediar el problema.

El resultado es una letanía farragosa sobre los compromisos necesarios en el proceso democrático con tufo a conferencia de historia para alumnos de secundaria. Muestra con lujo de detalles la necesidad que tuvo Lincoln de posponer la exigencia de igualdad al voto entre todas las razas (que se logró con la 15ta enmienda, aprobada en 1870 durante la presidencia de Ulysses Grant) para conseguir el apoyo en su propio partido republicano y entre los demócratas unionistas, en la instrumentación de la abolición de la esclavitud. En ese momento histórico la esclavitud era más bien una discusión económica mientras que la igualdad racial implicaba creencias religiosas, filosóficas y hasta idiosincrásicas.

Las discusiones se simplifican con frases grandilocuentes espetadas por personajes reducidos a caricaturas de sí mismos, sobre todo Fernando Wood (interpretado por Lee Pace), un congresista norteño con filiaciones secesionistas, líder de la oposición en el congreso contra la enmienda abolicionista, un personaje de quien se ha dicho “era un manojo de contradicciones” y que aquí se reduce al papel de un payaso extremista, superficial y malintencionado. Su contrapartida, Thaddeus Stevens, interpretado por Tommy Lee Jones, líder de la facción extrema de los republicanos que querían no sólo la abolición, sino también la igualdad, es presentado como un personaje de pancarta, un hombre embebido en sus convicciones. El resto de los congresistas parecen personajes indiferenciados, entre chantajistas y chantajeados, que bien pudieran haber salido de Mr. Smith Goes to Washington.

El propio Lincoln es reducido a sus manerismos. Solo en un par de momentos, en sus discusiones con Mary Todd y cuando trata de imponer una decisión sobre su hijo Robert, presenta un poco de complejidad, el resto del tiempo es un hombre apacible, que escucha a todo el mundo pero no le hace caso a nadie. Sin querer, el realizador presenta un Lincoln con tendencias autocráticas. Un manipulador por el bien de todos.

Spielberg trata a Lincoln con excesiva reverencia y así no se puede hacer arte. No se atreve a hurgar en las complejidades del individuo y es una lástima, porque de Lincoln hay abundantes relatos sobre su conducta y se ha especulado mucho sobre su estado mental y el de su esposa, pero Spielberg parece temerle al tema, que bien se pudo ubicar en la trama. De igual manera, los afroamericanos que aparecen en la película son todos apaciguados y bonachones, esperando que los blancos hagan ocurrir el milagro de la abolición, resignados a esa pequeña victoria, sin saber cuándo llegará la igualdad.

Mucho se ha hablado de que Daniel Day-Lewis debe ganar el Oscar (y ya ganó el Globo de Oro y el premio del gremio de los actores) por su caracterización de Lincoln y es muy probable que lo gane. Su actuación es muy buena, pero es que el personaje no tiene muchas complicaciones dramáticas. Es cierto que adoptó lo que se dice fue el tono de la voz de Lincoln y su andar medio cojo producto de un accidente de infancia, pero el resto es maquillaje y vestuario. No estoy criticando a Day-Lewis, al contrario, hace lo mejor que puede con lo que le dan, pero no veo exigencias dramáticas en este trabajo.

Para quienes desconocen la historia americana, la película puede resultar confusa a ratos dado su excesivo detallismo y su fidelidad histórica. El filme goza de una cuidadosa fotografía de Janusz Kaminski, que busca una coloración que da una imagen parecida a los cuadros de la época. Pero Spielberg perdió otra oportunidad de utilizar su imaginación en un tema intelectualmente jugoso. Un poco de ambigüedad y especulación y otro tanto de riesgo le hubiera venido bien a Lincoln, pero timorato, se limitó a un didactismo histórico muy reverencioso. Una clasecita de democracia del hombre que declaró hace unos años que las ocho mejores horas de su vida fueron las que pasó conversando con Fidel Castro. Esta obra es consecuencia de su actitud genuflexa ante las figuras imponentes de la historia. Es quizá como un hombre poderoso ve a otro o se quiere ver en otro.

Lincoln (EEUU 2012). Dirección: Steven Spielberg. Guión: Tony Kushner basado en la obra Team of Rivals de Dorsi Kearns Goodwin. Fotografía: Janusz Kaminski. Con: Daniel Day-Lewis, Tommy Lee Jones, David Strathairn y Sally Field. De estreno en todas partes.


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