Actualizado: 20/07/2019 13:00
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Suicidio y poesía

¿Por qué se matan tan a menudo los poetas?

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El suicidio, el acto de poner fin a la vida por propia mano, es considerado un grave pecado por casi todas las religiones monoteístas —y algunas politeístas— y un grave delito por la jurisprudencia de diversos países.

Para algunos el suicidio es un acto de cobardía y para otros, una acción de supremo valor. Para nosotros, los que practicamos la medicina, es un signo de desajuste, arrebato o enfermedad mental, salvo, claro está, que exista una causa que lo haga prácticamente imperativo, pero eso es algo sumamente infrecuente.

Y es también, como dice el escritor argentino Horacio González: “El no deseo de vida y enjuiciarse a sí mismo como no merecedor de seguir gozándola, implica un tipo especial de culpa o aceptación del más alto precio que se paga para enviar el póstumo mensaje de socorro o de resarcimiento”. ¿Socorro a quién, resarcir qué cosa? Preguntamos nosotros. O como postulaba el escritor francés y Premio Nobel de Literatura Albert Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio” (El mito de Sísifo, 1942). Una afirmación que apunta directamente al sentido último de la vida.

Lo cierto es que el acto suicida que se consuma nos arrebata —como nos dice la psicoanalista Silvia Tubert— al sujeto cuyo discurso es el único que nos daría acceso a su comprensión. En fin, un tema, sin la menor duda, complejo y cambiante, matizado en nuestros días por nuevos enfoques legales, morales e incluso políticos. Pero, dejando de lado el viejo y siempre renovado debate filosófico, moral y ético. ¿Por qué el suicidio es tan común entre los poetas de todas las generaciones? Basta revisar la historia de la literatura para darnos cuenta que la prevalencia de este fenómeno es muy alta entre los cultivadores del susodicho género artístico, y no actualmente, sino desde siempre:

Un ejemplo: La griega Safo de Mitilene (o Safo de Lesbos) (¿ - 580 ANE), una de las nueve grandes cultivadoras del género lírico en la Grecia de la época de oro, se arrojó al mar desde la tenebrosa roca de Léucade por el amor de una mujer (¿O fue de un hombre, el navegante Faón): “De verdad que morir yo quiero / pues aquella llorando se fue de mí / y al marchar me decía / ¡ay, Safo, que terrible dolor el nuestro! / que sin yo desearlo me voy de ti”.

El acto suicida, como decisión final, egoísta o altruista según el caso, de un sujeto cualquiera, ha existido, como decíamos más arriba, desde siempre, lo que ha cambiado a través de la historia es la actitud de la sociedad hacia este acto. Los griegos y los romanos no veían mal el suicidio, siempre y cuando fuera dignamente ejecutado (el empleo de la soga, por ejemplo, que dejaba el cadáver flotando inerte entre el cielo y la tierra, era deplorable). Incluso Platón recomendaba llamar a la muerte cuando la vida se hacía “inmoderada” a causa de un gran sufrimiento. Pero los padres de la Iglesia, San Agustín de Hipona (siglo IV) y luego Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) introdujeron a la fuerza al suicida en el mundo del pecado, del pecado mortal —una especie de doble suicidio: cuerpo y alma— basándose en el quinto mandamiento: “No matarás” y modificando así hasta nuestros días la percepción social del acto. Tanta importancia dio la Iglesia al acto suicida que los Concilios de Braga (562) y Toledo (693) negaron a los suicidas el entierro en tierra consagrada y a los que lo intentaban, aun sin lograrlo, los condenaban a excomunión, una pena que hoy puede parecernos ridícula, pero que era verdaderamente temible en aquellos tiempos oscuros.

Pero volviendo a los poetas suicidas. Es a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la época del despertar del Romanticismo, cuando comienza la verdadera epidemia de suicidios entre poetas.

Conozcamos algunos: El prometedor bardo inglés Thomas Chatterton se mata ingiriendo arsénico —una muerte espantosa— con solo diecisiete años de edad: “Existir es no estar / pero que alguien te nombre”, nos deja escrito. Los jóvenes poetas alemanes Karoline Gunderrode, Charlotte Stieglitz y Heinrich von Kleist también se matan, pero von Kleist, frente al hermoso paisaje del lago Wannsee, mata primero de un disparo a su novia, y luego lo describe con estremecedor morbo: “Sonríe mientras el arma apunta / tus últimas ideas en su pólvora / y espérame un minuto antes de irte”. La Stieglitz, menos egoísta que Kleist, en un arranque de “altruismo” se suicida para permitirle a su esposo crear literatura libremente: “Juntos padecimos una pena / Te irá mejor ahora”.

¿Puede el suicido ser sarcástico? Claro que sí. El artista dadaísta Jacques Vaché invitó a dos amigos a vivir la experiencia del opio. Lo que no sabían esos amigos es que Vaché no quería morir solo —así lo dejo escrito en una irónica carta de despedida— y se los llevó con él. Lo sorprendente, o quizás no tanto, es que Vaché se había comportado como un cobarde —le tenía pánico a la muerte— en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, de las que había regresado, estigmatizado, pero sano y salvo, una semana antes.

Continuemos. Les siguen el británico Thomas Lovell Beddoes; el francés Gérard de Nerval (su verdadero nombre era Gérard Labrunie), el norteamericano Vachel Lindsay, el portugués Antero de Quental y los españoles Mariano José de Larra y Angel Ganivet. El soberbio poeta De Nerval (1808–1855), un loco (esquizofrénico) genial, se ahorcó en una reja de la Calle de la Farola Antigua, en París, el callejón más oscuro que pudo encontrar, según Baudelaire. Y lo anunció de esta casi jocosa manera: “Ahorcarse con el sombrero puesto / es burlar a la muerte de dos formas / lo mismo un día de estos / le hago un requiebro”.

Ernest Hemigway (1899–1961), más novelista y cuentista que poeta, pero poeta, al fin y al cabo, es un ejemplo de la devastación orgánica producida por el alcohol y una vejez prematura, aunada a la depresión profunda, que arrastra muy fácilmente al que la padece al suicidio. Un suicidio que, en este caso específico, confirma el enfoque médico. Pero no siempre es tan sencillo explicar todos los casos.

Se unen al grupo los colombianos Emilio Cuervo Márquez, poeta parnasiano, Carlos Lozano y el muy conocido José Asunción Silva, que anduvo varios días con una diana pintada con yodo por su médico sobre el pecho, justo en el lugar donde se dispararía el balazo mortal; los ecuatorianos Cesar Dávila Andrade y Pablo Palacios; el austriaco Georg Trakl; el búlgaro Peiu Yavórov; los griegos Periclis Yanópulos (que para ser diferente se suicida de un disparo sobre un caballo al galope), María Polydouri, Alexis Traianós y Kostas Kariotakis; los lusos Florbela Espanca y Mario de Sá Carneiro; el boxeador y poeta suizo Arthur Cravan, que se tiró al mar estando de visita en México y desaparece para siempre; el argentino Mario (Paco) López Merino; el haitiano Edmond Laforest; los surrealistas franceses Jacques Rigaut (que funda antes de matarse la “Agencia General del Suicidio”) y René Crevel; el paraguayo Roque Vallejos Garay, psiquiatra, poeta y suicida, todo en uno; el uruguayo Eliseo Rafael Porta; el boliviano Emeterio Villamil de Rada y el jovencísimo bardo alemán Wolf von Kalckreuth (17 años de edad).

El gran poeta austro-húngaro Rainer María Rilke (1875–1926), que murió de leucemia, no un suicida, intentó explicar el ansia de la muerte en los poetas: “… ¿que se lleva uno hacia el más allá? / No el mirar aquí / lentamente aprendido, y nada de lo que aquí ocurrió. Nada. / Pero sí los dolores. Sobre todo, la pesadumbre, / también la larga experiencia del amor: es decir / todo lo inefable…”. Lindos versos pero que no terminan de ofrecernos una certeza en cuánto a esta marcada predisposición.

Agrandan la lista los poetas venezolanos José Antonio Ramos Sucre, Martha Kornblith y Miyó Vestrini (nacida en Francia), los chilenos Pablo de Rokha, Alfonso Echevarría Yañez y Pepita Turina, y quizás podríamos incluir aquí a la hija de José Donoso, Pilar. Y claro, al poeta modernista norteamericano Hart Crane (1899–1932), autor, entre otros del celebrado libro The Bridge, que también desaparece en el mar no sin antes, como hicieron y harán otros, anunciarlo a los cuatro vientos: “En la borda, el sabor a salitre / me llama a ser océano / valoro la distancia / y alzo el vuelo”.

El gran escritor y poeta italiano Cesare Pavese (1908–1950), que supuestamente se suicida por la pena de amor de la actriz norteamericana Constance Dowling, lo expresa con finas palabras: “Expresar en forma de arte, con propósito catártico, una tragedia interior… el único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él”.

Será que los poetas, seres hipersensibles, sienten más el silencio con que responde el mundo cuando se le interroga sobre su sentido último (Camus). ¿Serán más lúcidos los poetas para tomar la tremenda decisión de abandonar un mundo que no tiene explicación, o sea, que es absurdo? Pero no, no nos equivoquemos, Camus no es un pesimista —mucho menos un suicida—, al contrario, para él el suicida no responde la pregunta fundamental que nos plantea la vida, sino que la evade. El absurdo no es un final, sino un comienzo, y la respuesta no es el suicidio sino la esperanza de asumir la vida de una forma más perfecta y útil.

Quizás sea así, pero los poetas continúan matándose.

Lo hacen el húngaro Attila József, los extraordinarios poetas rusos Marina Tsvetaeva, Sergei Esenin y Vladimir Maiakovski, este último, uno de los que quizás termina con su vida por razones puramente políticas; el franco-euskera Jon Mirande; los franceses Jean Pierre Duprey y Fabrice Graveraux, los argentinos Leopoldo Lugones (también político y muy buen ensayista), Carlos Romagosa, Enrique Mendez Calzada, María Luisa Pavlovsky, Walter Adet, Blas Castellblanch, Alfonsina Storni (muy conocida por su obra poética, pero aún más por la bella canción “Alfonsina y el mar” de Ariel Ramírez y Félix Luna, 1969), Héctor Murena, que se mata con vino, como un Baco autodestructivo, Luis Hernández y Alejandra Pizarnik, una mujer mentalmente inestable pero una gran poeta que decidió morir rodeada de muñecas maquilladas.

Interesante lo que escribe León Trotsky sobre el suicidio, por ahorcamiento, de Esenin: “Esenin no era un revolucionario. El poeta no era ajeno a la revolución, pero no era afín a ella; el autor de Pugachov y de la Balada de los Veintiséis era un lírico en extremo íntimo. Pero nuestra época no es lírica. Esta es la causa por la que Sergei Esenin, por propia cuenta y tan temprano se ha ido lejos de nosotros y de su tiempo”. Una forma “culta” de definir el suicidio causado por un sistema arbitrario y totalitario.

Pero la lista es larga y sigue. El rumano Paul Celan; el catalán Gabriel Ferrater; los uruguayos Horacio Quiroga (uno de los grandes cuentistas de la lengua española) y Delmira Agustini; los españoles Alfonso Costafreda, José Ignacio Fuentes, que primero mata a su mujer antes de cortarse el cuello, Víctor Ramos, José Agustín Goytisolo, Carlos Obregón, Justo Alejo, un suicida guasón que se suscribe a la Revista Clarín, minutos antes de matarse, para recibirla en el otro mundo, Nicolás Arnero, Wenceslao Rodríguez, Severino Tormes, Enrico Freire, que llenó la habitación de gas y encendió un fósforo, después de escribir un poema titulado “Explosión”, León Artigas, José Acillona, Alina Reyes y Pedro Casariego.

En una interesante y exhaustiva investigación (se revisa, además, una extensa literatura al respecto) de los psiquiatras españoles Mínguez, García Alonso y de la Gándara Suicidio, el último verso de un poeta (2010), se llega a la conclusión de que la “creatividad exaltada” del genio poético, unida a la depresión reactiva y al elevado consumo de alcohol y otras drogas duras explican el alto número de suicidios entre los poetas. Según este y otros estudios, los artistas en general, novelistas, músicos, pintores, etc. presentan unas cifras de prevalencia de suicidio mayor que la población general, pero son los poetas los que se llevan ampliamente la macabra palma de la autodestrucción.

Y no paran. Los mexicanos Jaime Torres Bodet, Carlos Díaz Dufoo, Enrique Munguía, Jorge Cuesta y Antonieta Rivas Mercado; los noruegos Tor Jonsson y Jens Bjorneboe, que anuncia su suicidio nada más y nada menos que en la televisión; la colombiana María Mercedes Carranza; la alemana Inge Muller; los italianos Antonia Pozzi, Primo Levi (nunca superó el enorme trauma de los campos de concentración alemanes en los que estuvo recluido y a los que malamente sobrevivió), Beppe Salvia y Amelia Rosselli.

El filósofo José Martín Hurtado Galves en su estudio sobre Camus nos dice que “pensar es una forma de vivir atemporalmente y el suicidio es pensamiento atemporal”, para señalar con agudeza que “El suicida tiene esperanza en la muerte pues toda huida es forma de aparecer en el pensamiento de los demás”. Es una idea interesante pues plantea la posibilidad del suicidio como forma o desesperado intento de perdurar en una persona que generalmente tiene una autoestima bajísima.

Continuamos. El japonés Yukio Mishima, que se hace el harakiri; los peruanos Armando Bazán Velázquez y José María Arguedas; la puertorriqueña Julia de Burgos, que murió de una pulmonía pero de la que no cabe duda que se mató bebiendo; el dominicano Gastón Deligne; los brasileños Vasco dos Reis Goncalves, Ana Cristina César y Marithelma Nostra y los norteamericanos Sara Teasdale, John Berryman, Sylvia Plath y Anne Sexton, que no podía perdonar a la Plath que se le hubiera adelantado en matarse: “Y un poco de este anhidrido carbónico / que bien dosificado te hace dormir tranquila para no despertar de nuevo / al tedio de los días”. Triste pugilato por alcanzar la muerte el que libraron la Plath y la Sexton, dos grandes poetas en verdad.

Y como no mencionar a la chilena Violeta Parra Sandoval (1917–1967), que nos dejó antes de matarse por amor —entre otras cosas— ese maravilloso poema que es: “Gracias a la vida que me ha dado tanto / Me ha dado la risa y me ha dado el llanto / Así yo distingo, risa de quebranto / Los dos materiales que forman mi canto / Y el canto de ustedes que es el mismo canto / Y el canto de todos que es mi propio canto “, o al sensible Stefan Zweig y a la genial Virginia Wolf, que dejó como despedida a su marido: “Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad, no puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo…”

¿Y los cubanos?

Pues los poetas cubanos no podían ser menos, aunque vale aclarar que en varios artículos que hemos leído para la confección de este breve ensayo, se fuerzan a veces los hechos, tanto en incluir poetas que no lo fueron tanto, como el santiaguero Pablo Lafargue y Laura, su mujer, hija de Carlos Marx, como en atribuir suicidio a muertes en las que no se puede probar el hecho, como el caso, muy discutible en verdad, de José Martí.

Se cita siempre a Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, el Cucalambé, un grande de la poesía repentista del siglo XIX. La verdad es que no sabemos de qué murió este hombre, pues stricto sensu, desapareció en el aire en 1861. Se ha intentado explicar esa desaparición de muchas formas, incluyendo, claro está, el suicidio, pero lo cierto es que no sabemos la causa, y como nunca se encontró su cuerpo, es muy probable que estemos en presencia de uno de esos misterios insolubles tan atractivos a la especulación.

Carlos Pío Urbach y Juana Borrero, aunque vivieron una historia de amor shakesperiana, no se suicidaron. Pudieron haberlo hecho, pero no lo hicieron. El murió en la manigua y ella murió de fiebre tifoidea en Cayo Hueso, no sin antes despedirse del amado lejano: “Yo he soñado en mis lúgubres noches / en mis noches tristes de penas y lágrimas / con un beso de amor imposible / sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias”.

Esteban Borrero Echeverría (1849–1906), uno de los precursores del Modernismo, sí se quita la vida. René López, el autor de Barcos que pasan, se suicida (1909) con cianuro en un restaurante de La Habana, justo después de consumir una opípara comida: “Dígale al dueño que esta comida la va a cobrar en el infierno”, le dijo al azorado camarero, y se tomó de un trago el veneno.

El poeta Rolando Escardó muere en 1960 en un accidente automovilístico (no hay pruebas de que fuera un suicidio) y Luis Rogelio Nogueras, Wichy el Rojo, muere a causa de una enfermedad, quizás un poco extraña, pero explicable. La que sí se lanza al vacío desde un edificio es la poco conocida poeta Marta Vignier. Y también se suicidan en la ciudad de matanzas los poetas Hugo Ania Mercier y Luis Marimón Tápanes.

En Miami se mata el joven Eddy Campa y en Nueva York, poniendo punto final a su lucha contra el sida, Reinaldo Arenas (1943–1990), el más conocido internacionalmente y más estudiado de todos los poetas —y novelista, cuentista, polemista y ensayista extraordinario— contemporáneos cubanos. En Minnesota se mata, al poco de salir de Cuba, Juan Francisco Pulido. En la Habana lo hacen los poetas Raul Hernández Novás, Oscar Collazo, José Manuel Suárez Estrada (se ahorca en el Parque Lenin), Angel Escobar y muy recientemente Juan Carlos Flores. Algunos incluyen en estas listas a la funcionaria (Directora de la Casa de las Américas) Haydee Santamaría Cuadrado, una mujer que favoreció y protegió a algunos poetas —a otros no— pero que no puede considerarse ella misma una poeta.

Calvert Casey (1924–1969), nacido en Baltimore, Estados Unidos, puede considerarse, por propia elección y por su obra literaria, cubano, y se suicida en Roma, Italia, en 1969. Uno de esos poetas, como Esenin y Maiakovsky, que chocaron de frente con el totalitarismo político y perdieron la batalla.

Demos por terminado aquí este recuento, aunque podríamos añadir más nombres a la macabra lista. Volvamos entonces a nuestra pregunta inicial.

¿Por qué se matan tan a menudo los poetas?

Pues en verdad, no lo sabemos.


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