Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura cubana

“Todos los cielos del cielo”, de Ramón Fernández Larrea

El libro fue galardonado con el VI Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2014 por “el uso de un lenguaje a la vez innovador y heredero de la rica tradición hispánica”

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La poesía cubana vagabundea sonámbula por diferentes callejones del mundo: tiene una trenza en la cabellera que amarra un caballo desnudo con el sudor del galope. La poesía de la Isla mastica el mamey rojo de los acasos, muerde el cundiamor del entresijo, destiñe los pañuelos simulados, amamanta a un niño con calentura procelosa, suscribe un bolero en la topografía de la siesta, unta el amanecer de reiteraciones, arroja lamentos escaldados sobre los escombros. Estrofas de junturas huérfanas. Estrofas de gozosa ira. Estrofa en brega. Estrofas renaciendo otra vez en otra copla otra vez en el albor. La poesía cubana habita todas las perplejidades / todas las madejas / todos los destellos / todas las penumbras / todos los edictos de la luz / todas las fracciones / todas las espoleas / todo el tiempo del tiempo.

Todos los cielos del cielo —VI Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2014—, de Ramón Fernández Larrea (Bayamo, Cuba, 1958), es un cuaderno en que el verso dibuja “una vida /en la punta del corazón // como el amanecer / de un fantasma”, en la hondonada del vacío y en el júbilo de las victorias mínimas. El autor de ese poemario imprescindible, Terneros que nunca mueran de rodillas (1998), nos concede un mazo de menudas prevengas: coplas de francas dicciones: “colmena / mal quemada / edificio que cae / páramo en la neblina // donde me ahogo siempre”, donde la vigilia del sofocado se vislumbra en las muecas de Dios.

Más de 180 libros recibidos de Hispanoamérica y España: el jurado (Jaime Sales, España; Alfredo Pérez Alencart, Perú; Pedro Shimone, Bolivia; y Pio E. Serrano, Cuba) decidió por unanimidad otorgar el galardón a Todos los cielos del cielo por “el uso de un lenguaje a la vez innovador y heredero de la rica tradición hispánica; el original tratamiento de su variada temática, que va desde la íntima exploración de las angustias y el desamparo del hombre contemporáneo hasta una mirada donde la ironía y el humor se dan la mano con la calidez de la ternura”.

Reflujos de un aticismo aquietado y elíptico, Fernández Larrea navega por humedades de arriesgadas cifras: aislamiento, caída, recuperación, cosechas, cotidianidad, enigmas, silencios, casualidades, locura, amor, naufragio y anhelo convergen en un lienzo encharcado por la llovizna pertinaz descendiente de un celaje acechante, inquieto, que diseña los reversos: “no hay tiempo para el amor / no hay tiempo para la furia // ya no hay tiempo en el tiempo”: sólo hay un gato escurridizo en la noche final del deseo, sólo un vals instalado en el sábado que apuñala el indicio del domingo.

Extensiones melódicas que exploran las consonancias del verso columpiado en pronunciaciones de entre 4 y 14 golpes con predominio de la acentuación del endecasílabo: coplas que se nutren de la prosodia del romancero español, ciertos giros del modernismo hispanoamericano (Martí, Herrera y Reissig, De Greiff, Darío, Del Casal…) y tonalidades de la vanguardia/posvanguardia (Gonzalo Rojas, Cardenal, De Andrade, Darío Jaramillo, Eugenio Montejo, Rafael Alcides…).

Interesante el mapa desplegado: tonadas como “El color del pájaro que muere” (“pero antes / canta / antes / te deja / una canción / que jamás / vas / a olvidar”) o “El grito” (“Contra el sol contra el borde del mar / contra los hermosos jardines / contra los pelotones / de fusilamiento y de los otros / contra la miel y sus venenos”), para rematar con la antífona martiana/vallejiana “Galgo apura doncel va herido”(los que tengan sed / que beban de este verso / que lo apuren / hasta sus últimas consecuencias / hasta las más venenosas / consecuencias // si tienen hambre que lo cocinen y lo coman / mastiquen bien sus pedacitos / […] / este verso flamea / babea / se levanta por sí mismo / de la cama / se pone de puntillas para ver / el horizonte…”. Demostración de la madurez de un trovador persistente en su empeño.

Aquí el amor: puñalada inocente vislumbrada en la pantalla de “un cine en ruinas / donde el proyeccionista loco / estrena cada noche / la misma / cinta” mientras esperamos la llegada de una alucinación mordida por los colores de un pájaro que sabe que va a morir. Aquí un domingo de diciembre mediodía tres ahorcados beben la resina de la vida bajo la lunanegra. Aquí la soledad estalla “hasta / que de una estrella / se desprende / un cabello un aroma / un cuerpo de mujer”. Todos los cielos del Cielo: todos los entresijos anudados a los desengaños que desembocan en la angustia entreverada del suicida que se vuela la tapa de los sueños.


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