Actualizado: 24/04/2018 10:27
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Toqui, Literatura, Literatura cubana

Toqui cuando todos estén tristes

Capítulo del libro inédito Que la patria os covfefe orgullosa, de próxima publicación por Ediciones Hypermedia

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De niño yo miraba a Toqui en la televisión cubana. O tal vez fuera Toqui de niño quien me miraba desde un televisor cubano a mí.

¿Se acuerdan de Toqui, cubanos de poca fe? ¿Se acuerdan de la cosita aquella que tenía un cabezón del carajo y una voz de mujer?

Toqui, entrañable ET de los setenta. Con su testa de pelusa que parecía un micrófono afro de chaonda, en Saturday Night Fever o algo así. Cosas que, total, nunca transmitía la televisión nacional del castrismo, que era la única televisión del universo por aquella época de castrismo technicolor en cada uno de los puntos cardinales del continente.

Toqui, con su cráneo de glande hidrocefálico. Rubito de tramoya ensamblado en nuestra mediocrisísima TVC. El pelito mucho más largo de lo que ni soñábamos con poderlo tener entonces los cubanos que no medíamos ni un metro todavía.

Toqui del guiñol hecho por honorables homosexuales cubanos de los setenta, la década donde todos usaban calzoncillos y argot de machos proletarios, con tal de no terminar en un campo de trabajos forzados de una Revolución más marxista que Marx, el judío antisemita que nunca se templó ni fue templado por un obrero.

Toquiñol de ropita cool, como sacada de una de esas tiendas extranjeras inexistentes en la Cuba de entonces, pero que igual iluminaban la imaginación de nuestra hégira histórica nacional: la gran marcha de los que se marchaban sin volver la vista atrás, porque la Revolución resultaba demasiado irrespirable para sus ansias comerciales de oxígeno.

Cada cubano vivo en los años setenta era una especie de mujer de Lot. Estatuas de sal socialista, sobrevivientes ansiosos de un permiso de salida para poder, por fin, perder para siempre la subnacionalidad cubana. Dispuestos incluso a matar o matarse, con tal de renacer en cualquier otra parte al norte del Estrecho de La Habana, para entonces cambiarse el nombre y hasta la memoria de una vida anterior, en la Isla de la Irrealidad.

Y todo todo todo por culpa de la chealdad milica en que vivíamos en aquella sociedad sin afueras, una finca de la fidelidad que era puro adentro: puro tótem y tabú del totalitarismo en clave entrañable de Toqui y otros monigotes del amor en los tiempos de la Guerra Fría.

Guerrilla Frígida.

Grosería Fidelista.

Donde la única disidencia para un niño de ocho o nueve años era soñar con una maravilla hecha muñeco y, sobre todo, un prodigio de ternura hecho cachetón.

Porque Toqui tenía un par de mejillas plásticas y una bembita y mentoncito de goma que lo hacían parecer un icono mitad infantil y mitad pornográfico. Labios de bambino bambi al mejor estilo epiceno de la poesía bi, cualquier cosa que esto pueda significar. Quién sabe si trans o trans-trans. O acaso propenso de proto-pedofilias entre los padres y padrastros de la muchachada verde oliva de entonces. Que son los vejestorios viles de hoy.

Salve Toqui, los que van a morir te tocan y quieren ser tu amiiigo. Y por siempre lo serán. Todas tus ilusiooones nos las dijiste al oído, con una calma de la que carecíamos según se acercaba el siniestro siglo XXI. Y compartiste esos secretos con todos y para el bien de todos usando nada más y nada menos que el lenguaje todavía desconocido de la amistad.

Ya vimos, tú eras nuestro amiiigo. Podíamos confiar en ti.

Todas nuestras iiinquietudes, nuestro modo de sentir.

Y nunca más estaríamos solos. Siempre te íbamos a tener.

En nuestros problemas y en nuestros sueños, en ti podíamos confiar.

Mentiroso de mierda.

Toqui también nos abandonó.

¿Tú también, Toquius?

Con tus telitas entalladas de rayas y cuadros, tus sweaters y zapatones de felpa, tu colorimetría evidentemente importada de una realidad alternativa, de un planeta paralelo llamado la crisis general del capitalismo.

Toqui cuchicheando sobre las seis de la tarde, a la hora de los muñequitos rusos en la TVC. Toqui como excepción a la regla de los animados hechos para consumo exclusivo del campo socialista mundial, hablándonos siempre de cosas didácticas y divertidas. Como un dios de oropel y cartón tabla.

De la historia, por ejemplo.

Del futuro, por ejemplo.

Y, por ejemplo, hasta del origen de las palabras. Con un candor descomunal, con un toque de empatía del recontracoño de su madre de guata. Un cariño de tres pares de cojones cubanos, el que todavía llevamos clavado como una espina de esperanza en el corazón. Y como un infarto de infancia.

Toqui, carajo, como un soplo de santidad salvado de aquella sociedad sin dios. Y ni siquiera lo sospechábamos.

Toqui con una sabiduría dulzona que no tenía nada que ver con nuestra realidad rala de pioneros perdidos en una patria despótica, disciplinaria y, por supuesto, a la postre tan despingante para más de una generación.

Tú no te acuerdas de Toqui, lo sé. Porque tú estás muerto de Cuba y Cuba está muerta de ti.

Hiciste muy bien. Y lo hiciste a tiempo. Cuando todavía era lícito cometer ciertos asesinatos del alma.

Te felicito, de verdad. Sin ironías de ninguna clase y de ninguna lucha de clases.

Yo no pude. Todo me salió al revés. Lo siento.

Se me hizo demasiado tarde para intentar nada. Tampoco fue a propósito.

Pero nada de patetismos. Nada de autocompasión.

La literatura cubana me necesitaba a gritos. Qué le vamos a hacer. Así que me entregué a ella con una vocación valiente aprendida precisamente en los capítulos de media hora de nuestro Toqui primordial.

Toqui, primera y única comunión.

Toqui tanático, Toqui extremaunción.

Tú no nos conocííías, ni nosotros tampoco a ti.

Ahora yo meee pregunto cómo podríamos vivir.

Por más que todos lo quisimos, nunca pudimos ser muy feliz.

Ni aprendimos a daaar de todo, ni aprendimos a recibir.

Y siempre seguimos estando solos, aunque siempre te tuvimos a ti.

Toqui, demagogo.

Bien sabías que la soledad es precisamente eso: la imposibilidad de estar solos en medio de los demás.

Ni en el paraíso tendremos calma los cubanos.

Los otros cubanos serán siempre un infierno.

En nuestros problemas y en nuestras pesadillas, ni en ti podremos nunca confiar.

Toqui, tú también eras parte de nuestra trampa.

Toqui tétrico.

Muñequito mágico que nos escamoteaba la muerte de la nación, pintando de alegría el momento más amargo de la dictadura cubana. Con cincuenta mil presos políticos condenados por los cojones del comandante en jefe cubano (sin contar los miles y miles de anónimos fusilados, la mayoría antes de la farsa sumarísima donde los fiscales eran los mismos que dirigían en el traspatio los pelotones con balas de verdad).

Cincuenta mil Mandelas blancos del Caribe, cada uno condenado en masa a treinta homogéneos años de cárcel. La justicia en Cuba es igualitaria.

Cada uno de esos cincuenta mil negros cubanos, olvidados y bien olvidados a cal y canto por el mundo libre occidental y también por el mundillo lúgubre intelectual. Porque la izquierda letrada internacional se ensañó a sangre y fuego en contra del pueblo cubano, sólo porque el pueblo cubano renegó rabiosamente desde el inicio de su reluciente Revolución.

Ingratos de Isla.

Como gatos que cierran los ojos para no ver cómo la mano del Estado Revolucionario era quien les daba de comer.

Por nuestra culpa, por nuestra gran culpa, por nuestra grandísima culpa.

Mea culpa, mea Cuba.

Toqui del corazón cubano que nunca claudica. Toqui teje el tiempo dorado por el Nilo.

Toqui, querido. Toqui, Elqui.

Toqui, mamarracho. Toqui, mapuche.

Toqui, Pinocho. Toqui, Tata.

Tal vez por eso Camila la chilena lo odiaba tanto.

Con un odio refugiado de ocho o nueve años.

Pero en general Camila la chilena odiaba todo lo que se transmitiera por la televisión cubana. Su niñez estaba en resistencia de tener que vivir refugiada en nuestro país.

Camila detestaba tener que comunicarse en cubano. Una jerga medio mongólica comparada con la incontinencia incisiva de los chilenos y sus chilenismos.

Ella prefería su isla vertical entre el océano y la cordillera, antes que nuestra isla horizontal en el Sur y los Estados Unidos.

Es que a los chilenos todo les da tristeza. En especial, todo lo que salía de ese ataúd sin cadáveres llamado la TVC o la TVCh, da igual.

Como el PCC o el PCCh, da igual.

Como Toqui de Cuba o el Jappening con Ja, da igual.

Ella era una niña y yo era un niño en aquel reino junto al mar.

Pero yo la amaba con un amor que era más que amor, a Camila de Chile o Annabel Lee, da igual.

Sólo que la Annabel Lee de aquel Chile sin Toquis que traía Camila en su cara impúber no me amaba para nada a mí.

El amor es ansí.

El amor cuando es mutuo no es amor.

Sus padres la obligaban a sentarse en la sala de mi casa, en Lawton de La Habana, casi siempre a hora puntual de la programación infantil. Probablemente querían que su niñita socializara un poco conmigo. Acaso que socialistara un poco con un niñito hijo ejemplar de la Revolución cubana.

Ella me odiaba por yo amarla. Eso es lo único que sé.

Si la hubiera mirado como a un mueble, ahora seríamos grandes amigos todavía, en nuestros probables exilios de terciopelo inisecular.

Cuando ponían a Toqui en el canal 6, yo cantaba en voz alta la canción que Toqui bailaba medio reumático. Con sus gestos anti-anatómicos y contra-natura.

Creo que la cantaba no tanto por costumbre, como para molestarla. Esa era mi manera de socializar, sobre todo cuando comprendí que de Camila no podía esperar ni una sonrisita de conmiseración.

Ella, al contrario de lo prometido por Toqui, no quería ser ni mi amiiiga.

La canción era larguísima. Duraba como dos o tres minutos por lo menos, que en esa época eran como decir dos o tres milenios, sin exageración.

Yo también tenía un cabezón del carajo. Nací con el mismo tamaño de cabeza que tengo ahora. Nací ya pensando todas las ideas tremendas que después de adulto no he podido más que volver a pensar y repensar.

Camila me contemplaba cantar con desconsuelo.

Tenía, ella misma, un par de ojazos desconsolantes.

Serán la última imagen que recuerde yo en vida, eso lo supe al instante. En los veranos de 1979 o 1980 o por ahí.

Ojos negrísimos, rotundos como ceros cósmicos.

Ojos chilenos como azabaches. Una palabra de piedra que yo conocía desde bebé, pues mi madre cubana insistía en encasquetarme un par de azabaches en cada ojal, como resguardo contra el “mal de ojo” de nuestra vecindad revolucionaria pero todavía con ciertos rezagos del pasado, ese país por suerte ya fase de extinción donde el hombre era el lobo del hombre, en una cadena zoológica de explotación dialéctica del hombre por el hombre.

Y en eso llegó Fidel.

Se acabó la diversión. Llegó el comandante y mandó a parar.

Bien hecho, Tata.

A Camila se le asomaban, en silencio del cono sur, dos lagrimones de mármol en sus mejillas de muñequita. Llanto mudo del cóndor sur.

Pensándolo bien, Camila se parecía bastante a Toqui.

Tal vez por eso lloraba. Y no tanto por mi impertinencia de restregarle en sus oídos aquella canción comemierda del muñequito estatal cubano.

En una de esas tardes televisadas en que Camila y yo envejecíamos juntos en nuestro exilio de Santiago de La Habana, Toqui fue a visitar Chile como parte de sus aventuras en serie por todos y cada uno de los pueblos hermanos de Latinoamérica, el único continente donde en ninguno de sus países se habla la misma lengua. Ni siquiera una lengua similar.

Pensé que al menos ese día Camila se pondría algo feliz de saber que Toqui la llevaría de vuelta un rato a su remoto país.

Pensé mal.

Fue peor.

Después de una introducción demasiado aburrida sobre héroes y tumbas del siglo anterior, que entonces era el XIX, Toqui terminó nada más y nada menos que jugando a ser entrevistado por los héroes de la televisión estatal chilena de 1979 o 1980 o por ahí.

No recuerdo las preguntas, por supuesto. Ni sus respuestas de títere tampoco. Supongo que serían cosas muy simples. Delicadas e ingeniosas, como todo en Toqui. Pero sí recuerdo la canción de despedida que le regalaron los títeres con traje y corbata de la TVCh.

Para horror de Camila, petrificada a mi lado. Con una expresión de pánico entre ceja y ceja.

Nunca la había visto tan vulnerable y hermosa.

Nunca nadie volvería a verse tan vulnerable y hermosa como Camila de Chile moviendo muda los labios al compás de la canción más triste de los televisores del mundo.

Recuerdo claramente la letra, incluso si alguien pudiera demostrarme ahora que esa no era en absoluto su letra original.

No me importa.

La memoria de los moribundos es siempre la letra original.

El resto de la realidad es plagio.

Factual, ficticia, funeraria.

Recuerdo incluso la melodía, su tralalá excitante según Camila abría y cerraba sus labios, sus únicos labios de aquella época, mientras su cabeza hacía un no sé qué a la izquierda y tendía hacia mí, casi hasta rozarme la piel con sus pelos larguísimos de pehuén.

Fue sin duda mi primera erección, muchos años antes de yo tener un pene.

Camila llovió. Ojos de aguacero insonoro. Pero su boca siguió doblando la letra lánguida y conmovedora de aquella canción escrita con incontables sílabas ja hasta la coda de aquel único jappening, irreparable.

Podría yo mismo tararear su cancioncita ahora. No lo haré.

Podría hoy y siempre reconocer esos acordes de carrusel entre los millones de canciones cubanas y chilenas que en el mundo han sonado o han sido calladas, desfigurando nuestra infancia a dúo durante casi una década, hasta que yo me convertí en un adolescente roquero que aullaba sus loas a favor del imperialismo yanqui y su cultura heavy-metal superior, y Camila, tranquilamente, en una votación de otoño de 1988 o 1989 o por ahí, desapareció de Cuba como antes ella misma había desaparecido de Chile junto a sus padres.

No sé por qué los ochenta me parecen ahora tan tristes.

Creo que no sólo por mi primer amor, sino porque tantos chilenos tristes lograron finalmente entristecer cuadra a cuadra los barrios de mi país.

Demasiados Salvadores Allendes pintados por las paredes de La Habana, con sus gafas de carey descuartizado en la Isla de Pascua.

Demasiados desplazamientos de hombres y mujeres en aviones clandestinos donde nadie era en realidad quien decía que era en sus pasaportes emitidos a la carrera por el Ministerio del Interior, la DINA cubana.

La tristeza chilena de la doble fuga. Primero huyendo del Tata Pinochet, desde el Chile de la TVCh hasta a la TVC de la Cuba de Castro. Y después, a golpe y porrazo de un plebiscito que dejó más cadáveres que votantes, huyendo de la Cuba del Tata Castro hacia el Chile de la demacrada democracia Made in Pinochet.

Recuerdo la cara de Camila, recuerdo.

Camila sin Ladislao. Camila sin Orlando Luis Pardo Lazo.

Los movimientos reflejos de sus labios. Los dientecitos de leche con que Camila mordisqueaba con angustia dodecafónica el corito de peluche chileno alrededor de nuestro Toqui local, según corrían y corrían los créditos rústicos de la TVC, en un blanco y negro que se fue coloreando de sepia arcaico según Camila y yo envejecimos de pura distancia, de pura decadencia, de puros perfectos desconocidos en el 2017 o 2018 o por ahí:

Ríe cuando todos estén tristes.

Ríe solamente por reír.

Sólo así podrás ser siempre feliz.

En risas tu vida debes convertir.

Podría seguir contando cosas de Camila infinitamente.

Así de aburrida fue la sala de cine de nuestra infancia en Lawton. Un barrio en las afueras de La Habana. Una ciudad en las afueras de Cuba. Un país en los adentros de la Revolución. Pero no quiero traicionarla y traicionarnos más de lo que ya la he y nos he traicionado.

Adiós, Camila, compañera.

Hasta la alegría siempre.

Cuando todos estén alegres, sólo yo y tú sabemos que sólo tú y yo seguiremos llorando frente a las pantallas patrias de la TVC y la TVCh.

Da igual.

Tanto lío con la democracia y, total, para qué.


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