Actualizado: 14/11/2019 12:33
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Traduciendo mal a un traductor

La Cuba y el cubano que se ve en Un traductor parecen observados, a distancia, a través de un lente extranjero

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Malin es un profesor de literatura rusa en la Universidad de La Habana, que de repente, y sin informarle mucho, junto con sus colegas de departamento, es transferido obligatoriamente a trabajar como traductor en un hospital que va a recibir a niños soviéticos que fueron afectados por la explosión de la planta nuclear de Chernóbil. A regañadientes, pero sin opciones, se involucra en su nuevo trabajo, sin saber cuánto va a durar. La experiencia con esa cruda realidad, lo va transformando y le va afectando su vida en todos los aspectos, tanto personal como familiar.

Los hermanos Sebastián y Rodrigo Barriuso basan el argumento del filme Un traductor, en la experiencia de su padre. Sebastián, el mayor, fue, de muy pequeño, testigo y casi se puede decir víctima de la situación. Rodrigo aún no había nacido, así que lo que sabe es por resonancias. La película demuestra que se puede hacer un filme completamente falso, a pesar de basarse en historias reales y personales, porque lo que cuenta en el cine (y en el arte en general), es la realidad que se presenta en la ficción.

La película nos ambienta con la visita de Gorbachov a La Habana, que para quienes están al tanto de la situación cubana, saben que significó un duro golpe a las relaciones entre los dos países, pero no creo que nadie ajeno a esto se entere del símbolo referencial de estas escenas. Luego nos muestran la relación de Malin y su esposa Isona con escenas de un romance amanerado y desnudos gratuitos. Se supone que todo marcha bien, pero los personajes no tienen expresividad.

También se delimita la tirantez entres los padres de Isona, sobre todo el padre, que son “revolucionarios” y Malin que dice un par de cositas que suenan a contestario o inconforme. Pero eso nunca se resuelve en las imágenes de su vida cotidiana. Malin es un ser concentrado en su “tesis de grado” que vive en una casa muy por encima del nivel medio de la población cubana, en un barrio elegante (para los que saben, Miramar, cerca del mar), muy bien mantenida y con la cocina llena de frutas y pomos de leche. Isona es curadora de arte y está también embebida en su oficio sin que parezca que tienen muchos problemas en su vida. Viven como unos buenos burgueses canadienses o franceses, solo parecen tener preocupaciones existenciales. La llegada de la crisis de los noventa solamente se ve porque Malin no puede seguir usando su Lada por falta de gasolina y tiene que andar en bicicleta. Isona va a “atreverse” a comercializar las obras que cura.

Todo esto pudiera presentarse de forma creíble, pero es que los personajes se mueven entre el hieratismo y la languidez, como escapados de una película sueca de Tarkovski. Malin a ratos me recordaba al Raúl García de Soy Cuba, que parecía un personaje de Dostoyevski saliendo de un cañaveral en llamas. Claro, aquella película la escribió un ruso (Evtushenko) y la dirigió otro (Kalatozov). La Cuba y el cubano que se ve en Un traductor parecen observados, a distancia, a través de un lente extranjero.

Revisando el sitio en la red del filme, veo no solamente que fue escrita por la canadiense Lindasy Gossling, sino que esta lo escribió originalmente en inglés y sin haber estado en Cuba anteriormente. El guion fue después traducido y se nota que malamente, ya que muy al principio Javi, el hijo, supuestamente basado en Sebastián Barriuso, al regresar con su padre después de haber ido al recibimiento de Gorbachov, le dice a Isona: “Me dijo adiós con la mano”, lo cual no es más que una mala traducción de “He waved his hand at me”, ya que nadie dice eso en español.

Gossling es una cineasta que ha producido, escrito y dirigido documentales y cortos. Conoció a Sebastián Barriuso cuando ambos estudiaron en el Sundance Institute y después han colaborado en varios proyectos. Los hermanos Barriuso, al parecer, viven en Canadá desde aproximadamente 2013. También parece que sus recuerdos se han vuelto postales.

Pero los problemas no acaban ahí. El casting fue hecho, según leo, en Canadá, pero no se a quién se le ocurrió escoger a Rodrigo Santoro (Focus; 300: Rise of an Empire), un actor brasileño totalmente inexpresivo, que aprendió “cubano” para la película, y aunque habla bien, se le nota el acento al extremo que yo pensaba que el personaje tenía antecedentes extranjeros (quizá una madre rusa), pero no era así. Yoandra Suárez (Habana Blues) está completamente artificial y abúlica en su rol de Isona, pero no sé si es su responsabilidad, porque qué puede hacer un actor cuando se le hace decir diálogos como: Malin: “Todo va a volver a ser igual”. Isona: Quizá no igual, pero probablemente diferente”.

Hay un esbozo de una posible conexión romántica entre Malin y una enfermera argentina interpretada por Maricel Alvarez (Biutiful), que sí está muy bien en su papel, pero esa oportunidad se queda en el aire, mera insinuación. Mario Guerra, un gran actor siempre subutilizado, está muy bien en su demasiado breve papel como un colega de Malin. Osvaldo Doimeadiós, otro buen actor desperdiciado, se ve obligado a hacer de un médico cubano que parece salido de un Gulag. La fotografía de Miguel Littin-Menz (Machuca) mantiene un nivel de postal turística.

La película no funciona ni como drama familiar, ni como drama personal, ni como critica política. Un par de veces dejan caer alguna frase o imagen que pudiera disgustar levemente a algún funcionario cubano, pero como contaron con el apoyo del ICAIC, tuvieron quizá que ceder y el balance es favorable ya que la argentina le explica a Malin que fue a Cuba “porque Videla era un hijo de puta y Cuba tiene uno de los mejores sistemas médicos del mundo”, y al final se nos informa que el programa de atención médica a los niños de Chernóbil continuó hasta 2011 a pesar de que la Unión Soviética ya había desaparecido y los rusos no pagaban nada. ¡Ah la bondad castrista!

La única justificación de esta película tan mal hecha (que curiosamente es la propuesta de Cuba al Oscar, a pesar de que hay muchas manos y capital canadienses en esta cinta), es que es la ópera prima de sus realizadores. Lo que a mi me sucede es que cuando escucho ópera prima como excusa, me vienen a la mente Citizen Kane, Reservoir Dogs, Los 400 golpes y para no ir a extremos de tanta excelencia, puedo citar ejemplos recientes de la cinematografía cubana como Melaza y La piscina (de esta última fue productor Sebastián Barriuso), cuyos directores, Lechuga y Quintela, no necesitan arroparse bajo el manto de ópera prima, para explicar sus obras, ambas excelentes.

La película ha sido recogida para su distribución americana por Film Movement, una distribuidora que se especializa en filmes que “inspiren y eleven el espíritu”. Ha ganado premios de dirección, actuación y edición en varios festivales menores.

Un traductor (Cuba/Canadá, 2018). Dirección: Rodrigo Barriuso y Sebastián Barriuso. Guion: Lindsay Gossling. Director de fotografía: Miguel Littin-Menz. Con: Rodrigo Santoro, Yoandra Suárez y Maricel Alvarez. Disponible en la plataforma de Amazon y a través de Film Movement en DVD.


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