Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Eutanasia, Medicina, Muerte

Tres maneras de morir

Según el filósofo español José Ferrater Mora el problema de la muerte no es la muerte en sí misma sino “el tenerse que morir uno”

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“No le temo a la muerte, solo que no me gustaría estar allí cuando suceda”
Woody Allen

¡La muerte!

Hablar de la muerte no tiene buena prensa, pero de vez en cuando sirve para variar y olvidarnos por un rato de las cosas serias.

¿O es que la muerte es seria?

Mi mamá decía, repitiendo un viejo tópico nada original, que para morirse solo había que estar vivo. Algunos han fantaseado con la eternidad, entre ellos el gallego Franco y el casi gallego Castro, por poner solo dos ejemplos “ilustres”, pero al final, irremediablemente, los dos caballeros la palmaron. Vi morir amigos, sobre todo fuera de Cuba, que estaban convencidos de que el último de los mencionados era eterno, pero, aunque lamentablemente no pudieron ver el final, se equivocaron, claro que se equivocaron. Que nadie queda para semilla, como también decía mi mamá. Que parece ser que con la muerte uno siempre se equivoca.

Según el filósofo español José Ferrater Mora el problema de la muerte no es la muerte en sí misma sino “el tenerse que morir uno”. Sabias palabras. Los cantautores, no importa de dónde, escriben (o plagian) a veces versos muy inteligentes: “No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella (Les Luthiers)”, “El miedo a la muerte me mantiene vivo (Fito Paez)”, “Es que la muerte está tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja (La Renga)”, “La muerte es solo la suerte con una letra cambiada (Sabina)” y así podríamos continuar llenando cuartillas, pero una de mis frases favoritas no viene de un cantante sino de un médico pasable y un gran cuentista, el ruso Anton Chejov: “Confieso que enterrar a algunas gentes constituye un gran placer”. Tipo honesto este hombre.

Cuando yo era niño, hace bastante tiempo de eso, la gente se moría “de una larga y penosa enfermedad” o “de repente”. El cáncer, la tuberculosis, sobre todo esta última, y algunas otras cosas no se mencionaban nunca. Eso era tabú. Si lo duda, pregúntele al pinareño Pedrito Junco: “Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más”. Se refería, claro está, a la tuberculosis pulmonar, pero eso era inmencionable, y mucho menos a la familia de la novia.

En las muertes “de repente” podían entrar los infartos masivos (que no se veían mal), las embolias en los viejos, que eran naturales, pero también el suicidio, que trataba de ocultarse a como diera lugar. Lo que pasaba es que a veces la (im)pericia del suicida lo hacía público, como en el caso del político Eduardo Chibás, y no quedaba más remedio que convertirlo en un acto patriótico. El único caso que conozco de un suicida por agua (más bien por culpa de un (no) acueducto) es el del alcalde habanero Supervielle. Si la gente en la Cuba de ahora (y en la mía) se fuera a suicidar por la falta de algo ya aquello estuviera despoblado.

Pero los suicidios no son mi tema hoy.

Mi tema es lo complicada y engorrosa que estamos haciendo la muerte —el acto de morirse, para hablar con propiedad— los científicos sociales y los médicos.

Pongámosle nombre al problema: eutanasia, ortotanasia y distanasia.

Se trata de tres conceptos muy relacionados con la moral y la ética médica. En nuestro mundo, tan científicamente desarrollado y tecnológicamente avanzado, cobran cada vez más relevancia práctica.

Estos términos tratan sobre el manejo de personas con enfermedades terminales y son una rama de la ética que estudia los asuntos del final de la vida. Se relacionan también con la autonomía decisional de la propia persona e incluso participan, en algunos países, sobre todo en los más desarrollados, del temario de debate político.

Veamos sus significados:

  • Eutanasia: deriva del griego “eu”, bueno, y “thánatos”, muerte. Por lo tanto, “bien morir” o “buena muerte”. Es la conducta intencionalmente dirigida a terminar con la vida de quien padece una enfermedad grave e irreversible, por compasión y/o por razones médicas. Se discute acaloradamente en varios países y es ya legal en otros, donde requiere de sólidos conocimientos científicos y de una profunda madurez moral del médico o encargado, o encargados, de administrarla.
  • Ortotanasia: La ortotanasia postula que la muerte ocurra “en su tiempo cierto”, o sea, “cuando deba de ocurrir irremediablemente”, por lo que los médicos y profesionales de la salud pueden ofrecer al paciente todos los tratamientos y medidas para disminuir el sufrimiento al máximo posible sin llegar a ocasionar la muerte, pero sin alterar el curso de la enfermedad (reconocen, de entrada, que no saben cómo alterar ese curso). La ortotanasia solo puede ser éticamente lícita cuando la enfermedad que padece la persona no tiene ninguna posibilidad real de curación al momento de tomar la decisión de suspender los tratamientos agresivos. La ortotanasia es el equilibrio maduro entre la eutanasia y la distanasia.
  • Distanasia: La distanasia se refiere a la prolongación innecesaria del sufrimiento de una persona que padece una enfermedad terminal mediante acciones terapéuticas, tratamientos y técnicas que de alguna manera prolongan la agonía y “disminuyen” los síntomas, pero sin tomar en cuenta para nada la calidad de vida y la expectativa real de sobrevivencia. Se le denomina también obstinación, encarnizamiento o ensañamiento terapéutico. Queda claro que no hablamos de “crueldad médica”, que sería un delito, pero sí de una forma poco madura de conducta médica. Damos por sobrentendido que no existe ninguna causa “ajena” —razones políticas, investigativas, monetarias, institucionales, etc.— que influya en la susodicha actitud médica.

Existe otro término, mistanasia, que se utiliza muy poco en español. Se refiere a la muerte que ocurre con abandono médico, social y espiritual. Es una forma de morir indigna que lamentablemente puede ocurrir incluso en sociedades muy evolucionadas económicamente. Es posible que la tratemos con cierta extensión en otro ensayo.

El autor de este artículo no ha tenido nunca la posibilidad (ni lo desea) de administrar la eutanasia, pero está de acuerdo con ella. Las condiciones bajo las cuales las aceptaría rebasan las intenciones de este breve trabajo, pero no rechaza para nada su discusión en un medio y momento adecuados.

La ortotanasia ha sido la práctica habitual del autor en su ya larga carrera médica. Es lo ideal y ha ido evolucionando (como debe ser) con el desarrollo de la medicina. Hoy podemos, quizás, salvar (y ofrecerle una mejor calidad de vida) a quien era insalvable hace cuarenta años. ¿Qué pasará dentro de cuarenta años? No lo sé, pero espero que la comprensión del problema sea mucho mayor que ahora y que nuevas técnicas hayan venido a resolver problemas que hoy no están a nuestro alcance terapéutico.

La distanasia es una barbaridad, pero no puedo negar que la practiqué con mucho entusiasmo y buena voluntad cuando tenía pocos años de graduado y me veía a mí mismo como una especie de dios. Podría escribir un libro (quizás algún día lo haga) con mis experiencias en varios hospitales e institutos de investigación clínica de Cuba. Creo que ocurrió, ocurre en todas partes y seguirá ocurriendo. Los límites no están claros y siempre se corre el riesgo de quedarse uno corto, lo que complica enormemente la toma de decisiones. Carl von Clausewitz decía que ningún plan, por bueno que fuera, resiste al primer combate real. Creo que eso es absolutamente válido para la medicina. Vi salvarse, y recuperarse, a pacientes supuestamente irrecuperables. Vi morir a pacientes que nunca debieron haber muerto a pesar de la “inocuidad” de sus dolencias.

El tema es complicado. Pero hay que enfrentarse a él, hoy, mañana y siempre.


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