Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Cabrera Infante, Literatura

Un acto de justicia largamente esperado

Una investigación rastrea y reconstruye, mediante testimonios y fuentes documentales, la etapa de formación y el despegue como escritor de Guillermo Cabrera Infante

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Para mí como autor, una persona que escribe y vive de lo que venden sus libros, al prohibírsele la entrada a mi libro en Cuba, me han robado el lector natural. No hay un lector más idóneo, por ejemplo, para Tres tristes tigres, que un lector habanero. Eso ha sido completamente birlado por las autoridades cubanas, y eso no se refiere al contenido de esos libros, porque ni Tres tristes tigres, ni La Habana para un infante difunto pueden ser libros más apolíticos, no hay ni siquiera la palabra política en el vocabulario de esos libros. Lo que sucede es que es una manera de castigar al autor, prohibir sus libros. Es algo como lo que ocurre con los libros de Solzhenitzin en la Unión Soviética, aunque la analogía no es muy válida porque él es un autor eminentemente político y yo en mis libros nunca lo he sido.

Guillermo Cabrera Infante, en una entrevista con Orlando Ricaurte, revista Quimera n. 96, 1990

Aparte de los efectos nefastos que ocasiona y que no hace falta explicar, la censura y la intolerancia producen algo contraproducente: añaden una inesperada cuota de morbo y curiosidad por aquello a lo cual prohíben acceder. La propia Biblia nos proporciona uno de los ejemplos más remotos e ilustrativos. De acuerdo al Génesis, Dios le dijo a Adán: Puedes comer todo, menos de ese árbol. Se refería al árbol que permitía el conocimiento y el arbitrio sobre el bien y el mal, aquel que le abriría los ojos (“Mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos…”). Lo que después ocurrió, ya se conoce: pese a tener a su disposición la flora completa del Paraíso, fue precisamente el fruto de aquel árbol el que Adán y Eva quisieron probar. Y es algo fácil de comprender: para un ser humano, nada hay más tentador que lo prohibido.

Esa curiosidad morbosa que suscita lo censurado acompañó la presentación en La Habana, el pasado 17 de agosto, de Sobre los pasos del cronista (Ediciones Unión, La Habana, 2010, 380 páginas). Medios de prensa internacionales, que por lo general no prestan atención a noticias de ese tipo, se ocuparon de dar cuenta del hecho. Las razones de ese inusual interés responden a cuestiones ajenas al libro mismo, quiero decir, a que posea o no valores que ameriten tal destaque: en más de cuatro décadas, es la primera que en Cuba ve la luz un libro sobre Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 1929-Londres, 2005). Un escritor que las instituciones oficiales literalmente borraron de la historia cultural de nuestro país (su nombre, como el de varios otros autores, fue omitido en el Diccionario de la literatura cubana).

El hecho de que Sobre los pasos del cronista sea la primera obra dedicada al autor de Tres tristes tigres posee en sí mismo un interés puramente histórico. Elizabeth Mirabal (1986), su coautora junto con Carlos Velazco (1985), demuestra estar consciente de ello cuando expresó: “El libro que hoy se presenta no es un alegato ni a favor ni en contra. No pretende tampoco reivindicarlo como un gran escritor cubano, porque no hace falta probar lo que ya se sabe. No busca dejar asentadas verdades eternas, sino abrir nuevos caminos. La única distinción que quizás nunca lo abandone es que fue el primer libro publicado en Cuba dedicado por entero a Guillermo Cabrera Infante. Y eso, como sabemos, aunque parece que significa mucho, no significa nada”.

En el párrafo con que concluye Sobre los pasos del cronista se puede leer: “Hoy la persona que se construyó a sí mismo como el INFANTE TERRIBLE (todo en mayúscula) de Cuba nos llega fragmentada. Su historia, al igual que la Historia, solo será aquella que podamos ir armando mediante la búsqueda y la exhaustividad”. Esas líneas vienen a resumir, en buena medida, las premisas a partir de las cuales Mirabal y Velazco acometieron la labor de reconstruir documentalmente la etapa que se delimita en el subtítulo del libro: El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965. Empresa plagada de dificultades, tanto por la imposibilidad de contar con la colaboración del propio escritor, como por los inconvenientes para acceder a unas fuentes muy heterogéneas y dispersas.

Dos términos que aparecen en la cita anterior, búsqueda y exhaustividad, definen bien el trabajo llevado a cabo por Mirabal y Velazco. Ignoro cuánto tiempo les llevó la pesquisa hecha para reunir la impresionante documentación en la que se sustenta su libro. Deduzco que bastante, pues aparte de su volumen, en muchos casos se trata de textos que hasta ahora no se habían divulgado. En ese sentido, demuestran un rigor y una seriedad dignos de elogio, sobre todo porque no son frecuentes en los investigadores jóvenes —e incluso en otros ya no tan jóvenes— de la Isla.

Fuentes vivas y documentales

Esa investigación permitió a los coautores reunir una abundante documentación escrita, buena parte de la cual estaba dispersa en revistas y periódicos. No todo, sin embargo, quedó registrado en blanco y negro. Por eso, además entrevistaron a un considerable número de personas, para obtener testimonios, informaciones y opiniones acerca del tema objeto de estudio. La lista incluyó tanto a residentes en la Isla como en el exilio. En una breve nota que aparece en la página 7, Mirabal y Velazco anotan que “es costumbre que los autores den las gracias a quienes les han ayudado en el empeño, y al hacerlo, dejar constancia nominal. No mencionamos a ninguno porque conocerlos ha sido una fiesta. Ellos saben bien que somos conscientes de nuestra deuda”. Se puede estar de acuerdo o no con esa decisión. Pero lo que me parece más cuestionable es que no hayan incluido una lista con los nombres de aquellos a quienes entrevistaron, “cara a cara o vía correo electrónico”. Solo los identifican al reproducir sus palabras, no así en las notas de las páginas finales (los únicos datos incluidos consisten en especificar que proceden de una entrevista con los autores, realizada en tal fecha). Eso hace que quien quiera localizar cualquiera de esas referencias debe dedicarse a buscar página por página, pues no existe otro modo de ubicarlas. Ni siquiera se puede acudir al índice onomástico, pues no existe. Eso merma considerablemente la utilidad de un libro concebido como obra de referencia.

Mirabal y Velazco comienzan su libro en julio de 1941, cuando Guillermo Cabrera Infante llegó a La Habana, junto con sus padres y su hermano Sabá. No se dice nada acerca del período anterior, esto es, el correspondiente a su infancia en Gibara. Sobre esa etapa, el escritor dejó algunos registros en su “Cronología a la manera de Lawrence Sterne”. Es un aspecto que, a mi modo de ver, reviste interés, pues quien pasó sus primeros doce años en “una pequeña ciudad en la costa norte de la provincia cubana de Oriente”, acostumbrado a las “expediciones montunas” y el campo abierto, se convertiría años después en el novelista cubano que mejor recreó La Habana prerrevolucionaria. El propio Cabrera Infante declaró en una entrevista el empeño que puso para llegar a ser un habanero en toda regla. Y en un texto de 1990, escribió que en 1941 él emprendió “la gran aventura de descubrir la ciudad, que hace suya, aunque, por supuesto, no la conquista”. Asimismo, existe un registro documental donde él proporciona otros datos sobre su infancia. Me refiero a la entrevista para el programa A fondo, de Televisión Española.

Tras ese preámbulo, Mirabal y Velazco pasan a reconstruir la actividad intelectual de Cabrera Infante. A lo largo de doscientas diecisiete páginas documentan su trayectoria desde que dio a conocer sus primeros cuentos, en la segunda mitad de los 40, hasta mediados de los 60. Para entonces era ya un escritor reconocido, incluso fuera de su país: en 1964 pasó a ser el primer cubano y el tercer latinoamericano, tras Mario Vargas Llosa y Vicente Leñero, galardonado con el Premio Biblioteca Breve, el más prestigioso del ámbito hispano. A través de un discurso polifónico, estructurado mediante fuentes vivas y documentales, el libro va trazando una imagen del Cabrera Infante de esos años. Al mismo tiempo, los autores configuran un panorama, en general bastante pormenorizado, del contexto artístico y cultural, dentro del cual el escritor tuvo una activa participación.

Me parece especialmente logrado el capítulo “Memorias de la primera Cinemateca de Cuba”. En esas páginas, los autores consiguen resumir y documentar debidamente, la historia de aquel proyecto. Lo hacen además sin obviar las discrepancias que se produjeron entre algunos de sus miembros, aparte de los enfrentamientos y problemas que se suscitaron con el crítico José Manuel Valdés Rodríguez. Igualmente en los capítulos dedicados al suplemento Lunes de Revolución y la censura del documental P.M., Mirabal y Velazco alcanzan a ofrecer un convincente panorama de las confrontaciones ideológicas que entonces tenían lugar. En esos casos, abordaban una etapa y unos hechos sobre los cuales existe alguna documentación accesible. Pero su capacidad investigativa les permite revelar elementos nuevos, que aportan otros matices y contribuyen a una mejor comprensión.

Como ya apunté, Mirabal y Velazco trabajaron a partir de una documentación que, además de sumamente abundante, es muy diversa. A los textos que hallaron en publicaciones periódicas y libros, incorporaron los testimonios obtenidos en entrevistas grabadas o, en el caso de quienes residen en otros países, hechas a través del correo electrónico. Unificar todo ese material, lograr que se integrase en un discurso coherente, era una tarea plagada de dificultades y riesgos. Formados como periodistas y con la experiencia adquirida en su quehacer en ese campo —han publicado varias entrevistas muy buenas—, los autores de Sobre los pasos del cronista procesaron ese cúmulo de datos, informaciones y registros con atinado criterio y solvencia profesional.

Voces que discrepan y se contraponen

En esa estructura coral que posee el libro, hallamos voces que discrepan y se contraponen. Eso también tiene que ver con el propósito expresado por los autores de ser objetivos, al reconstruir los años de formación y el despegue como escritor de Cabrera Infante. (No obstante, es pertinente decir que aunque se atienen a ello y eluden el protagonismo, en algunas páginas no renuncian a expresar sus opiniones). Sin embargo, hay algunos testimonios —pocos, es cierto— que quedan sin la necesaria contrapartida. Ilustro con un ejemplo. Al referirse a la labor de Cabrera Infante como agregado cultural en Bélgica, César López declara que su colega no cumplió con sus obligaciones de representar y defender la cultura de su país. Según él, daba conferencias y se dedicaba a hablar de los escritores que “habían traicionado” (las comillas son suyas) a la revolución: Lydia Cabrera, Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro, al mismo tiempo que se burlaba de los que residían en la Isla. Y agrega: “Cuando mandaba informes, era un escándalo, porque tenía la admiración y los aplausos de los representantes norteamericanos”. Dada la dificultad de poder confirmar esas afirmaciones, su inclusión debió ser reconsiderada. Sobre todo porque solo vienen a sumar más descalificaciones a las muchas sobre Cabrera Infante que se han difundido desde Cuba.

Sobre los pasos del cronista llega a los lectores con un aval que, al mismo tiempo, actúa en su contra. En su cubierta se lee: Premio UNEAC de Ensayo Enrique José Varona 2009. En realidad, no estamos ante un ensayo, sino de una investigación. Acuciosa, seria, como ya he señalado, pero una investigación. El ensayo es otra cosa. Ante todo, posee como característica inherente al mismo su naturaleza subjetiva. Quien lo firma esgrime argumentaciones verosímiles, pero no trata de probar una tesis de manera irrefutable. Lo expresó de modo diáfano el mexicano José Luis Martínez, para quien el ensayo es “una peculiar forma de comunicación cordial de ideas en la cual estas abandonan toda pretensión de impersonalidad e imparcialidad para adoptar valientemente las ventajas y las limitaciones de su personalidad y su imparcialidad”. Esa definición es suficiente para darse cuenta de que se trata de algo bien distinto a lo que Mirabal y Velazco han hecho. Supongo que resulta obvio, pero igual aclaro que con esto no estoy restando valor a su trabajo. Simplemente hago notar que aparece bajo una etiqueta que no le corresponde.

Sobre los pasos del cronista fue concebido originalmente como la tesis de grado que Mirabal y Velazco redactaron, para graduarse de periodismo en la Universidad de La Habana. Ignoro a qué proceso de reescritura fue sometida antes de presentarla al concurso de la UNEAC. En cualquier caso, como cualquier otro libro debió haber tenido una adecuada edición previa a su envío a la imprenta. En este caso, existían además varias razones para que eso se hiciese. En primer lugar, por tratarse del primer libro sobre Cabrera Infante que ve la luz en Cuba. En segundo, por haber sido galardonado en el premio que convoca esa institución. Y en tercero, por ser la obra con la cual se estrenan dos autores jóvenes, que además no rebasan los veintiséis años.

Por supuesto, cuando hablo de edición me refiero a algo más que cuidar las cursivas, los entrecomillados y las erratas. Incluso en ese aspecto, Sobre los pasos del cronista no se libra de algunos deslices. El nombre de Eric Bentley aparece como Erich. El apellido de Bertolt Brecht, como Bretch. Asimismo no figura como coautora de la novela Cenizas de Izalco la salvadoreña Claribel Alegría, quien en 1978 obtuvo el Premio Casa de las Américas de poesía. Pero personalmente creo que aspectos como esos se pueden disculpar. Lo que realmente hubiese sido necesario habría sido revisar a fondo el original de Mirabal y Velazco. Haber eliminado algunos fragmentos de una exposición que es, a veces, reiterativa y prolija en información. Haber pulido algunos detalles de la escritura, lógicos en unos autores bisoños. Haber evitado que la consulta de las notas sea tan molesta, colocándolas a pie de página y no al final. En suma, haberle dado el tratamiento cuidadoso que Sobre los pasos del cronista se merecía.

Pero aun con esas imperfecciones, opino que se trata de un esfuerzo valioso, que hallará un perfecto acomodo en la numerosa bibliografía que ya existe sobre Guillermo Cabrera Infante. Asimismo de sus páginas se desprenden revelaciones atinadas y, en muchos casos, esclarecedoras. Como es natural, no agota el tema que aborda, sino que lo abre a nuevas indagaciones. Quienes se acerquen a Sobre los pasos del cronista sin prejuicios ni anteojeras, han de comprobar que es un libro serio, que vale la pena leer.

En algunos artículos que se han difundido por internet, se afirma que a Cabrera infante le habría desagradado la publicación de Sobre los pasos del cronista. En ese sentido, la humilde persona que firma estas líneas admite que nada puede comentar. No soy espiritista, ni tengo capacidad para comunicarme con los muertos. Sí pienso que es un acto de justicia que desde hace mucho se merecía el creador de una obra que enriqueció notablemente nuestra literatura. Es significativo además que quienes lo han hecho son dos integrantes de las nuevas generaciones, aquellas que están asumiendo de manera natural y honesta el rescate de nuestra memoria cultural. Una memoria que está muy fracturada y empobrecida, a causa de las innumerables censuras y omisiones que se han hecho con criterios ideológicos.