Actualizado: 09/07/2020 12:55
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Guillermo Cabrera Infante, Literatura

Viejo jardín de las Delicias o Un tema para El Greco

La intolerancia y la censura que tanto critica, Enrico Mario Santí la esgrime contra Sobre los pasos del cronista, afirma el autor de este artículo

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Tras la aparición de Sobre los pasos del cronista, y a pesar de los numerosos ataques y ofensas recibidos tanto dentro como fuera de Cuba, Elizabeth Mirabal y yo preferimos en todo momento guardar silencio para evitar cualquier comentario que afectara la recepción de nuestro libro acerca de Guillermo Cabrera Infante. De esa manera, nos replegamos aun siendo blanco de personas como Zoé Valdés, en París; Fernando Savater, en Madrid y Carlos Espinosa, en Mississippi.

A fin de cuentas, ¿qué podía importarnos que Carlos Espinosa se espantara con que el volumen no contase con un índice onomástico, o que deslegitimara directamente la credibilidad de uno de nuestros entrevistados, el poeta Cesar López, o lo que es el colmo en un reseñador de novedades editoriales, célebre solo por dos libros de testimonios (uno dedicado a Lezama Lima y otro a Virgilio Piñera): que le negara insistentemente la condición de ensayo en su afán por ningunear el Premio UNEAC que recibiéramos en 2009?

¿Podríamos tomar en serio las andanadas de Zoé Valdés? Y aclaro que no comparto el criterio extendido de que ella sea una orate o una loca. En lo absoluto; su ciclo vital ha demostrado ser cualquier cosa menos eso. ¿En qué tema espinoso se enfrascaba Zoé Valdés en Cuba, qué riesgo intelectual corría? Supo en cambio escoger siempre muy bien sus parejas, parejas que le permitieran ascender en el ambiente cultural cubano, llegando incluso a figurar como una “viuda alegre del ICAIC”, al ganarse la condición de protegida de Alfredo Guevara, que lo fue, aunque hoy le pague con el único cambio que sale de su monedero político: la ingratitud. Me detengo en esta figura, porque de un momento a otro deberá cambiar la actitud de los cubanos hacia Zoé Valdés, cuando se haga evidente que es alguien que se propone en todo momento eclipsar cualquier debate serio o acercamiento entre de los cubanos de distintas partes. Resulta curioso que al más mínimo anuncio de diálogo, siempre aparece un oportuno texto de Zoé Valdés tejiendo la utopía de ese lejano día en que las cosas serán como tienen que ser, con el fin de preservar un statu quo, convidando a la inmovilidad frente a quienes toman cartas en el asunto y se proponen hacer todo el bien que esté a su alcance.

¿Íbamos a hacer caso de un Fernando Savater que la emprendía contra nosotros en El País evidenciando no conocer el libro, pero movido por el compromiso de mantenerse alineado a aquellos que sintieron con Sobre los pasos del cronista la amenaza de perder el derecho privativo que creían poseer sobre los escritores cubanos que viven o han vivido fuera Cuba? No podía esperarse otra cosa de aquel que declinó presentar un número de Encuentro de la Cultura Cubana, aun después de aceptar la invitación de Jesús Díaz, ante la amenaza de Cabrera Infante de retirarle la amistad si lo hacía.

Habiendo recibido los elogios de Matías Montes Huidobro, Fausto Canel, Orlandito Jiménez Leal, Abelardo Estorino, Luis Agüero, Graziella Pogolotti, Abilio Estévez, parafraseando a Cabrera Infante: ¿Qué hacer con lo que decían Zoé Valdés, Fernando Savater y Carlos Espinosa? ¿Dónde ponerlo?

Pero no fue hasta ser recientemente asaeteados por Enrico Mario Santí, que hemos decidido decir “basta”, sin importarnos cuanto nos cueste. Más que nada, al comprobar la impunidad que sienten individuos como él, dedicados a perpetuar una ensoñación aberrada, asumiendo roles (que como toda interpretación, resulta actuación) en un drama que, atemperado por nuestro carácter nacional, tiene mucho de sainete.

Natalia Bolívar visita Miami y le llueven los ataques. Muchos son los que están prontos a tergiversar las palabras de Leonardo Padura en cualquier conferencia como represalia al éxito internacional de un escritor que permanece en Cuba. Todo con el encanto de lo grotesco de una pieza de El Greco. Reinaldo Arenas decía: “Hay como una especie de sentido de destrucción y de envidia en el cubano; en general, la inmensa mayoría no tolera la grandeza, no soporta que alguien destaque y quiere llevar a todos a la tabla rasa de la mediocridad general”. Y a lo largo de los años, los poetas en Cuba nunca han dejado de tener la razón.

Una amiga escritora me aconsejó que en caso de contestarle a Enrico Mario Santí, concibiera una respuesta de “altura”. Pero después de acusárseme de agente de la Seguridad del Estado cubana, o cuando menos, de escritor al servicio de esta, y más aún, viniendo esto de un Santí, santo pontífice de la literatura cubana, debo por ende entonces asumir que soy yo un demonio. Y como demonio al fin, reclamo la parte que me corresponde, y no pueden exigírseme valores éticos que me han sido negados de antemano.

La tarde de agosto del año pasado en que se presentó Sobre los pasos del cronista, la sala Villena de la UNEAC, a pesar de la lluvia, estaba realmente abarrotada. Saber que todas esas personas se daban cita convocadas por Guillermo Cabrera Infante (estaban allí la mayoría por el nombre de Cabrera Infante en la portada, no porque se presentara el primer libro de dos jóvenes autores desconocidos), nos llenó de orgullo. Sentimos un triunfo personal el haber logrado eso en el mismo lugar en el que un día lo expulsaron, en el que Heberto Padilla fue obligado a denigrarlo, donde cuántos injustos comentarios descalificativos no se hicieron de él.

No hace mucho caminábamos Elizabeth y yo por el soportal del Paseo de Martí, el mismo que hace más de sesenta años atrás caminaba Cabrera Infante, más flaco y pobre que nunca, y casi en la esquina del cine Payret, un señor nos detiene bruscamente, y nos dice varias veces “felicidades”, pero sobre todo “gracias”. Después explicó que leía nuestras entrevistas en revistas, que había estado en nuestra conferencia sobre Cabrera Infante, Lezama Lima y Virgilio Piñera en la Iglesia de Reina, y además, que había leído “el libro”. Nunca tampoco tanta gente nos ha felicitado tanto, ni nunca nos habían dado tanto las gracias. No más entro en la librería Fayad Jamís de la calle Obispo o en la de la UNEAC, y la pregunta que me hacen siempre es: “¿Cuándo van a volver a sacar el libro de Cabrera Infante?”. Eso no nos lo podrá quitar a Elizabeth ni a mí, ni Zoé Valdés ni todos sus heterónimos, ni Fernando Savater, ni Carlos Espinosa, pero mucho menos Enrico Mario Santí. Tras un balance, son más las alegrías que la tristeza.

Dice Enrico Mario Santí acerca de la expulsión de Guillermo Cabrera Infante de la UNEAC: “ni los autores ni la institución que los patrocina se retractan o arrepienten del mismo [hecho]”. Disculpe, Santí. No sé la institución, pero ni Elizabeth Mirabal ni yo tenemos que disculparnos por lo que no hicimos. Cabrera Infante fue expulsado de la UNEAC junto con Ivette Hernández en 1968, Elizabeth nació en 1986, y yo, unos meses antes, en 1985. A menos que usted convenga que el tiempo no existe. Tampoco pediré perdón por haber merecido un premio que me suma a una lista en la que figuran en distintos géneros Reinaldo Arenas (con dos menciones), Heberto Padilla, Antón Arrufat, Antonio Benítez Rojo, Pedro Deschamps Chapeaux, y muchos más. Santí nos emplaza por no exigir la corrección de su ausencia del Diccionario de la Literatura Cubana. No, Santí, nosotros escribimos un libro sobre Cabrera Infante y aún así para usted no estamos condenando la marginación. Sin duda, cree usted en la culpa hereditaria de la que habla el Antiguo Testamento.

Decir de las ventajas de Elizabeth Mirabal y mías a la hora de investigar en Cuba, por encima de las de Enrico Mario Santí en Estados Unidos, es cosa de risa. Ninguna de las hemerotecas cubanas que revisamos durante la tesis, entiéndase Instituto de Literatura y Lingüística y Biblioteca Nacional, contaba con la colección completa de las publicaciones que nos interesaban. No solo investigar en Cuba resulta arduo, por la carencia bibliográfica, por la limitada conectividad a internet, hay que preocuparse igualmente, o más, de qué manera llegas a la biblioteca, esperar que ese día haya electricidad y permanezca abierta. Un tránsito por el Purgatorio, y todo, para que al final ni siquiera tengamos la certeza de alcanzar el Paraíso, porque donde menos se le espera, aparece un Santí, envestido de legionario celestial portando su espada justiciera.

Esos nombres que quedan para la sombra al lector, en un agradecimiento demasiado a lo Frederick Forsyth, que tanto inquietan a Santí, fueron personas que nos consiguieron hojas o pusieron a nuestra disposición una impresora para poder leer y revisar en papel lo que escribíamos, o que nos cedieron tiempo en sus máquinas con acceso a internet para así entrar al correo electrónico o buscar determinada bibliografía en la web, o nos regalaron el dinero que no teníamos para comer, o nos prestaron y hasta nos obsequiaron libros de Guillermo Cabrera Infante. Es esa habitual “miseria del estudiante” que Santí o no conoció o no recuerda, y que desde la comodidad de su estatus actual, con todas las facilidades de que dispone en los medios académicos, no puede concebir. Estoy seguro, Santí, que a usted desde su academia esos nombres no le interesan.

Porque Santí, en Cuba ya leer las obras de Cabrera Infante no es delito ni nadie las confisca. La realidad supera con creces su hiperbolización: la mayoría ni ha oído hablar jamás de Cabrera Infante. Por otra parte, en la Plaza de Armas de La Habana Vieja se venden públicamente por el equivalente a veinticinco dólares lo mismo ediciones cubanas de Así en la paz como en la guerra y Un oficio del siglo XX, que extranjeras de Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, y hasta Infantería. ¡Señor Santí, el único delito es no tener el dinero para comprarlas!

De aquellas personas que nos alegró conocer cara a cara o vía correo electrónico, no me da miedo decir sus nombres, y mucho menos reconocer que considero a la mayoría de ellos mis amigos: Matías Montes Huidobro, Silvano Suárez, Gloria Antolitia, Marta Calvo, Enrique Pineda Barnet, José Lorenzo Fuentes, Luis Marré, Wallfredo Piñera, Rodolfo Santovenia, Santiago Cardosa Arias, Ernesto y Pablo Armando Fernández, Ambrosio Fornet, Manuel Pérez, Luis Agüero, Fausto Canel, Julio García Espinosa, Mayito García Joya, Orlandito Jiménez Leal, Ingrid González, Edmundo Desnoes, Vicente Revuelta, José Massip, René Jordán, Julio Matas (este sí aparece mencionado en el libro aunque Santí dice que no), como también los que fallecieron: Harold Gramatges, Nara Araújo y Humberto Arenal. A otros, lamentablemente no pude acceder. Porque aunque Enrico Mario Santí sobrevalora nuestras potencialidades, Elizabeth y yo somos mortales.

Puesto que la memoria es selectiva, decidí buscar entre los viejos correos intercambiados con Santí. Él asegura que Elizabeth y yo le habíamos pedido que nos consiguiera una entrevista con Miriam Gómez. Dicho comentario, de cierta forma nos ayuda, pues uno de los principales ataques que hemos recibido hasta la fecha, es no haberle dado voz a Miriam Gómez. ¿Qué mejor vía para llegar a Miriam Gómez que Santí? Pero no pudo ser, al menos no por nosotros.

Aunque sí hay algo que me ofende, que Santí diga que nos encargó localizar un cuento “inhallable” en la revista Nueva Generación, cuando fuimos nosotros los que en un correo le mencionamos que habíamos encontrado un relato olvidado de Cabrera Infante. Error fatal. Santí ni siquiera conocía ese título. Nos lo pidió, y se lo enviamos. Error mayor aún. Confieso que no lo hubiese hecho de no tener su promesa de que contestaría nuestro cuestionario. Ilusos de nosotros, con “Quimeras en una escolopendra” de su lado, ya no le hicimos falta. El hecho de que hayamos recurrido a Enrico Mario Santí demuestra el espíritu de inclusividad que siempre nos animó.

En cambio, el 13 de febrero de 2009, Santí nos escribía:

Queridos amigos,

No sé si estarán enterados Uds. de las últimos incidentes que han ocurrido en Cuba con la obra de Cabrera Infante. Hoy salió la noticia de que, sin autorización de su viuda, se publicó un conocido cuento suyo, “En el gran Ecbó”, en una antología publicada allá. Esta publicación le sigue a la de uno de sus artículos de Revolución en la época en que Guillermo era partidario del nuevo gobierno. Comprenderán Uds. que, en esta lamentable circunstancia, no puedo arriesgarme a que mis opiniones por escrito se malutilicen por manos ajenas a las de Uds. Por tanto, creo que vamos a tener que esperar a rellenar un cuestionario como el de Uds. Créanme que lamento mucho esta decisión, que no tiene nada que ver con Uds., ni tampoco con lo que estoy convencido son sus buenas intenciones. Mis preocupaciones vienen de los malos usos que se puedan hacer de mis escritos una vez que no estén en mi poder, o por cierto en el de Uds. dos.

Entre tanto, les deseo mucha suerte. Ahora que sé que tienen interés en conseguir un ejemplar de Infantería, de los que por cierto no me queda ninguno, haré todo lo posible por hacérselo llegar por medio del representante en La Habana del Fondo de Cultura Económica, que fue la casa que lo publicó. Y desde luego, cualquier otra cosa que pueda hacer para ayudarles en tan noble empresa, no tienen más que avisarme.

Un abrazo fuerte para los dos de su amigo,

Enrico

Nos saluda “Queridos amigos”, nada indica por entonces que nuestro cuestionario le suene “menos a investigación literaria que a interrogatorio policial”, está convencido de nuestras “buenas intenciones”, se brinda para auxiliarnos en lo que llama una “noble empresa”. No sé si después de esa misiva alguien nos reprochará a Elizabeth Mirabal y a mí que cortáramos comunicación. Pero al menos yo tengo una sola mejilla. Sacamos una enseñanza: “Ninguna buena acción ha quedado sin castigo”. Y ahora, después de que por voluntad propia tomó distancia de nuestro proyecto, pretende beneficiarse del éxito del libro y del escándalo que ha provocado, declarando: “Yo también he quedado en la sombra”. No, Santí, usted prefirió la sombra.

Que un estudioso que cuenta con todas las facilidades posibles para desarrollar su trabajo, valiéndose de su prestigio internacional, intente pulverizar el libro de dos jóvenes cubanos que decidieron hablar de un escritor en el país que por muchos años fue censurado, solo me hace comprobar que la bajeza nacional tan cara a muchos cubanos, no es exclusiva del territorio de la Isla, y que cruza los mares. La intolerancia y la censura que tanto critica, Santí la esgrime contra Sobre los pasos del cronista, volumen de una edición limitadísima frente a cualquiera de sus títulos. Los supuestos desmontajes teóricos, en los injustificados ataques políticos a Elizabeth Mirabal y a mí, revelan que tras esa demagogia de “rescate cultural”, Santí esconde un sentimiento profundamente mercantilista y pragmático. Su fin, su objetivo, es perpetuar un sinsentido del que saca tantos dividendos. No solo me separa de Enrico Mario Santí treinta y cinco años, sino su absoluta convicción de tener la medida de todas las cosas, sin importarle las variaciones de la realidad. Es el típico especialista en Cuba en la distancia, al que estamos tan habituados, capaz de explicarnos la cotidianidad que vivimos y dueño de un manual con las indicaciones a seguir si queremos contar con su aprobación. Porque sencillamente hay gente que no sabe ver las señales de su tiempo, y ser ensayista y crítico, no es solo es cuestión de ser una perfecta máquina humana de almacenar datos a modo de enciclopedia. Se trata, en principio, de ver más que los otros. Algo que Santí no alcanza.

A su pesar, como otros críticos tan críticos, logra en la Isla un efecto boomerang, pues el libro se ha agotado. Seamos claros: ni Elizabeth ni yo sabemos si Cuba se reconcilia o no con Guillermo Cabrera Infante. Eso fue un titular de El País. Solo sé que yo nunca estuve peleado con él.


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Elizabeth Mirabal (i) y Carlos Velazco (d) firman ejemplares de Sobre los pasos del cronistaFoto

Elizabeth Mirabal (i) y Carlos Velazco (d) firman ejemplares de Sobre los pasos del cronista, en La Habana, el 18 de agosto de 2011