Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Literatura, Lichi

Un año sin Lichi

Todos hemos pespunteado un Lichi propio en estos plazos nebulosos de su retirada

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De un julio a otro julio el tiempo transcurre como si nada. Cronos se envalentona porque sabe que nos vence. Nacemos para esperar nuestra muerte, pero no la de los amigos. Hemos tenido que resignarnos, durante estos doce meses, a la ausencia de un hombre estimado por todos. No tenía enemigos. Cuentan que un oficial de la seguridad cubana, en el primer viaje que hizo a La Habana después de la publicación de Informe contra mí mismo, le dijo en susurro: “Por mis convicciones tú debería ser mi enemigo, pero no puedo considerarte como tal: en ese libro tuyo hay tantas verdades que frente a ti he decidido olvidar las mías”. Dicen que el autor de Caracol Beach le refutó: “Yo nunca renunciaré a mis verdades, pero estoy dispuesto a compartirlas con las tuyas”.

Un año sin la presencia física de Eliseo Alberto de Diego García Marruz (Arroyo Naranjo, Cuba, 10 de septiembre, 1951 – México, D.F., 31 de julio, 2011) ha sido demasiado. Él sabía tejer hojarascas de un apego que sobrepasaba la prudencia y la mesura de las estaciones. Sus hechizos eran múltiples: sus gestos rebosaban la frontera de la ternura. Un arcano merodeaba su oratoria. Verlo: azaroso encuentro con los hilos de la devoción. Cada encuentro: prédica con un ser que había que querer obligadamente. Especialista en cincelar guiños en la cartografía del fervor anhelante, disfrutaba que sus amigos lo consintieran: en los convites del domingo el periodista Rubencito Cortés llegaba con un pastel de frutas; el actor Carlos García Bola, con pastelitos de guayaba; el narrador García-Robles, con turrones y mazapanes; el pintor Flavio Garciandía, con un cuadro acabaíto de pintar; la historiadora Cecilia Bobes, con un álbum de postales juveniles; yo, con pudines envueltos en miel…

La muerte de Lichi nos sorprendió. La esperábamos, pero creíamos, en esas dos semanas de aguardo en el Hospital General de México, que nunca iba a llegar. “Ella, la esperada, es siempre la inesperada. La siempre inmerecida” (Octavio Paz). En este lapso distado, cada domingo ha sido una penitencia. Qué bueno que sus cenizas dialogan con el polvo de Arroyo Naranjo. Hemos tenido paz para labrarlo otra vez en la conciencia, en la nostalgia, en las hendiduras del repaso, en las miradas de los malandrines inocentes y hambrientos que merodean las planas de sus libros, en su bregar de oso por la cocina de la casa. “Descubro fotos, notas, dedicatorias y apuntes de Lichi y se me hace que ayer, todavía, fumamos juntos en la terraza con el vaso de whisky en el costado”, me confiesa el artista plástico Peyi, el único de sus amigos que lo despidió, antes de entrar al quirófano, aquel segundo domingo de julio de 2011.

Todos hemos pespunteado un Lichi propio en estos plazos nebulosos de su retirada. El que yo llevo dentro —clavado, cosido, mezclado en mis entretelas, adherido a mis vertientes arteriales— lo sospeso en mis regocijos, lo consulto en mis angustias y lo celebro después de la mínima victoria de alguna tarde venturosa. Han pasado 48 semanas y sigo vislumbrando sus arrumacos en la algarabía de la tormenta: leo con su voz, canto con sus indicios, dibujo las tapias con sus creyones, descubro la humedad de los zaguanes con sus sandalias, ingreso a la noche con los recodos de sus ojos, converso con las muchachas masticando sus palabras. Pocas veces he visto a un ser humano al galope sobre los afectos en cada pronunciación: Lichi se montaba sobre la ternura a pelo, sin montura ni espuelas, y acariciaba la vida, desnudo el torso a sotavento, erizado como un niño.

Una tarde llené su departamento con mis alumnos de literatura hispanoamericana para que les hablara de Eliseo Diego, Lezama Lima, Gastón Baquero, Ángel Gaztelu, Virgilio Piñera, Justo Rodríguez Santo, Lorenzo García vega, Cintio Vitier y Fina García-Marruz. Croquis de la RevistaOrígenes en voz del hijo de uno de los más significativos protagonistas: mis pupilos no daban créditos, estaban satisfechos y expectantes ante semejante encuentro. Algunos habían leído la novela La eternidad por fin comienza unlunes y la llevaban en busca de la dedicatoria del autor. Llegamos a las dos de la tarde y salimos a las 12 de la noche. Una estudiante me dijo: “Profe me he enamorado de su amigo, me gustó su voz. Me parece increíble que llorara delante de todos nosotros mientras leía los poemas de su papá. Qué señor tan interesante…” Cuando le conté a Lichi, días después, expresó: “¿Lloré?, qué raro, yo ni cuenta me di”.

La amistad es una confabulación sectaria: el autor de Informe contra mí mismo era un conspirador experimentado en esos recovecos. “El amor es ósmosis. Contacto”, declara el Larry Po de Esther en alguna parte. Tuve el privilegio de haber compartido con Peyi, Rubencito Cortés, Bola y otros, los fervores y los entresijos de una pasión cosida con cendales de la más pura franqueza.

La eternidad se preludia en estos lunes entrecerrados en el boscaje sombrío de su ausencia. “Víctima de un hada/ Eliseo habita en la cima de los tules” (Félix Luis Viera). Lichi, tú lo expresaste muy bien: “Lo único imperdonable es el olvido”. Imposible borrarte de la ronda del sueño. Imposible no verte cada mañana en la sempiterna “sombra isleña de una nube”. La muerte es una herida que nunca cicatriza por más bandazos que el tiempo inaugure en la avidez que se cobija en el polvo.

Sí, hemos sido excesivos en la obediencia. Trescientos sesenta y cinco días sin Lichi: ¿cómo es posible que haya podido suceder?


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