Actualizado: 23/10/2018 10:57
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Chéjov, Mayer, Cine

Un cine en peligro de extinción

Una adaptación de La gaviota desde una perspectiva contemporánea, viene a poner de manifiesto que los temas que abordados por Antón Chéjov mantienen hoy plena vigencia

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Que este cronista recuerde, hacía ya un buen tiempo que no llegaba a la cartelera de los cines un filme basado en una pieza teatral del dramaturgo ruso Antón Chéjov (1860-1904). El comentario viene a propósito del estreno de La gaviota (The Seagull, Estados Unidos, 2018, 98 minutos). Y pienso que no es casual el hecho de que su director sea Michael Mayer (1960), cuya trayectoria en las tablas es más extensa y reconocida que detrás de las cámaras. Su currículo cinematográfico se reduce a un par de títulos, Una casa en el fin del mundo (2004) y Flicka (2006), mientras que en sus más de quince años en el teatro ha acumulado unos cuantos montajes en Broadway y Off-Broadway y obtenido varios premios.

La gaviota es, junto con El tío Vania, la obra de Chéjov que más sigue interesando a los cineastas. Entre las últimas adaptaciones, cabe recordar las del norteamericano Sidney Lumet, el ruso Yuri Karasik, el italiano Marco Bellocchio y el francés Claude Miller. La primera es de 1968, contó entre sus intérpretes con Vanesa Redgrave, James Mason, David Warner y Simone Signoret y se rodó en Suecia. No está entre los mejores trabajos de Lumet, quien se limitó a filmar una puesta respetuosa con el texto. La de Karasik, como es característico en las adaptaciones rusas de obras clásicas, está cuidadosamente hecha y se beneficia con notables actuaciones de Alla Demídova, Yuri Yakovlev, Luidmila Savelieva y Armen Dzhigarjanian. Más personal es Il gabbiano (1977), versión en la cual Bellocchio, a través de la pieza de Chéjov, reflexionó sobre el desencanto que quedó tras el mayo del 68. Claude Miller, por su parte, realizó una versión libre titulada La petite Lili (2002), en la cual los escritores pasaban a ser cineastas. Los personajes principales corrieron a cargo de Nicole García, Bernard Giraudeau, Ludivine Seigner, Jean-Pierre Marielle y Michel Piccoli.

Se suele decir que La gaviota dio origen al teatro moderno. En todo caso, lo que sí es cierto es que con esa obra y las que escribió después Chéjov definió un nuevo modelo de dramaturgia. Él mismo estaba consciente de ello cuando la resumió con estas palabras: “Mucha conversación sobre literatura, poca acción y cinco toneladas de amor”. Se representó por primera vez en el Teatro Alexandrinski de San Petersburgo, en 1896. El público, acostumbrado a los dramas de factura clásica del naturalismo verista, la encontró difusa, amorfa y falta de todo núcleo. Su autor apostó por innovar la literatura dramática rusa e incorporó al drama burgués occidental elementos del simbolismo escandinavo y el teatro griego.

La obra fue un fracaso, lo cual sumió a Chéjov en una profunda depresión. Incluso llegó a decir que nunca más escribiría teatro. A eso se sumó el agravamiento de la enfermedad que lo minaba. En 1898, el texto cayó en manos de Konstantín Stanislavski, que lo leyó extasiado y decidió llevarlo a escena con el naciente Teatro de Arte de Moscú. Trabajó con pasión con los actores y La gaviota se volvió a representar, esta vez con un éxito rotundo. En recordación de aquel memorable montaje, cuando se construyó la sede de la compañía se escogió como logotipo la figura de una gaviota.

Puesta en escena elegante e intimista

El filme de Mayer sigue fielmente la obra. Está ambientado en Rusia, a finales del siglo XIX. La actriz Irina Arkadina es una veterana y vanidosa estrella del teatro moscovita cuyos días de gloria pertenecen al pasado. Pasa parte del verano en una idílica finca junto a un lago, propiedad de su hermano enfermo. Allí compartirá los días con su amante, el famoso escritor Boris Trigorin, su hijo Konstantín Treplev, aspirante a escritor, y la joven e ingenua actriz Nina Zarechnaya. Ellos, y un puñado más de personajes infelices, harán frente a conflictos humanos y artísticos, mientras sufren al haberse enamorado de las personas inadecuadas. La acción se desarrolla en dos veranos entre los cuales transcurren un par de años.

Aunque ha desarrollado la mayor parte de su actividad en los escenarios, Michael Mayer ha huido del teatro filmado y del aire de telefilme. Respeta escrupulosamente, ya lo apunté, el texto original, pero le ha dado un tratamiento audiovisual. Incorpora un montaje ágil, una cuidada fotografía, un inteligente aprovechamiento de los exteriores. Conviene decir, no obstante, que no siempre esas soluciones son atinadas. Hay escenas en las que los cortes de edición y los movimientos de cámara no constituyen el mejor apoyo para plasmar los sentimientos profundos, las obsesiones ocultas y las pasiones reprimidas de los personajes. Más bien distraen y hacen que esas reacciones se pierdan.

En compensación, el director aporta una puesta en escena elegante e intimista. Se ha acercado además a la obra desde una perspectiva contemporánea, para poner de manifiesto que los temas que abordados por Chéjov poseen hoy plena vigencia: la erosión de los ideales por el paso de los años, las exigencias de celebridad que corroen a la juventud, el egoísmo de los seres humanos, la crisis de creatividad, las siempre difíciles relaciones familiares, la frustración que supone enfrentarse al paso del tiempo, una vez rebasada la madurez.

Gran parte de los logros artísticos del filme recae en el maravilloso elenco. Se destaca de modo particular el trío femenino que integran Annette Bening (Irina), Saoirse Ronan (Nina) y Elizabeth Mossm (Masha). Pero se trata de una obra polifónica, y es evidente que el director se propuso que resultara una película coral, en la que todos los personajes están interpretados con precisión, naturalidad y emoción. Cada uno posee su propio primer plano, y todos asumieron sus papeles sin que nunca haya excesos ni notas falsas. No faltan las escenas memorables, como aquella en que Irina suplica, con serenidad y sin avergonzarse de su amor, a Trigorin que no la deje. Pero el filme, insisto, cuenta con un elenco en estado de gracia, en el cual todos brillan y se lucen. Conviene apuntar que aparte de las actrices mencionadas, en el mismo figuran Corey Stoll, Mare Winningham, Brian Dennehy, Billy Howle, Jon Tenney, Thomas Hettrick.

En los tiempos que corren, La gaviota representa un regalo que no se puede esperar de la industria audiovisual. La reunión de un equipo de magníficos actores en torno a un buen texto y en un proyecto en el cual lo esencial es la fusión de las interpretaciones y la puesta en escena, constituye un tipo de cine en peligro de desaparición. Hoy posee una presencia marginal en la cartelera de las salas. Se ha convertido en cine de otro tiempo, lo cual es muy de lamentar.