Actualizado: 04/12/2022 4:31
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Cine, Arte 7

Un desastre por todas partes

La película sufre de un regodeo en la decrepitud que resulta de un morbo gratuito y la búsqueda de Esther, que le da nombre a la novela y al filme, es un asunto marginal

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Desde que la película abre con una toma de Daisy Granados interpretando Perdóname Conciencia, en la cual más bien debiera pedirle perdón al espectador, hasta la secuencia final de Reynaldo Miravalles frente a la puerta de la casa de Esther, casi todo lo que sucede en este filme es un dislate.

Al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Maruja, su esposa, el octogenario Lino Catalá llega al cementerio a poner flores sobre su tumba cuando se encuentra sentado junto a esta a otro anciano que también le ha llevado flores a la difunta. Sorprendido por la presencia del desconocido, Lino lo increpa y este le responde que él era muy amigo de su mujer y que conoce muy bien a Lino desde hace muchos años. Se le presenta como alguien con muchas personalidades, llamado Arístides Antúnez, pero también conocido como el naviero libanés Abdul Simbel, el doctor Sampedro, el acuarelista francés Pierre Merimée y sobre todo como Larry Po. A partir de esta improbable premisa se desarrolla el argumento de esta cinta. Lino, un hombre serio y conservador, va a enterarse que su esposa de 35 años llevaba una doble vida. Era cantante de boleros, se le conocía como “la Reina del Filin” y también se enterará de que tenía tendencias lésbicas. Esta relación y las consecuentes revelaciones, resultan aún más absurdas porque al morir, Maruja tenía 66 años, o sea era mucho más joven que su marido.

Esta pobre excusa de argumento sirve para desarrollar una relación entre dos hombres de personalidades diametralmente opuestas. Lino, un linotipista de oficio, que según con guiño pomposo se cuenta que fue el que tipografiaba la revista Orígenes y cuya destreza causó la admiración de Lezama Lima, es un hombre apagado y reprimido, aparentemente con una libido reducida. Arístides, o Larry, es un ser extravagante, un farsante con imaginación. El gran problema de esta relación, en la película, es que siempre suena falsa. Los personajes no llegan a tener química y aunque siempre salen juntos parecen estar actuando por separado. Los diferentes disfraces de Larry no lo transforman en absoluto, solamente hacen ver al propio actor, repitiendo los mismos gestos y ataviado con menos imaginación que un escolar en Halloween.

Larry también tiene un secreto, Esther, una supuesta enamorada a la cual no ha visto desde la adolescencia y que supuestamente Lino se compromete a ayudarlo a encontrar. Esta relación supone un descubrimiento personal para cada uno de los personajes, pero no lleva a ninguna parte. Es un ejercicio de como caminar sin moverse. La película, además, sufre de un regodeo en la decrepitud que resulta de un morbo gratuito y la búsqueda de Esther, que le da nombre a la novela y a al filme, es un asunto marginal.

No es fácil llevar una novela al cine. Lo que puede resultar creíble con una descripción de palabras acertadas a la cual se añade la imaginación del lector, en el cine pierde un poco su magia, porque el personaje descrito en el libro está presente en carne y hueso en la pantalla, aunque sea digital. El director y los actores nos tienen que convencer de la credibilidad de los personajes. En este aspecto, la película falla completamente. No soy adepto a la obra de Eliseo Alberto Diego, en cuya novela homónima se basa el filme, y en este caso, pienso que es una novela repleta de sus peores tics, de su tendencia a una prosa excesivamente lírica que cae con frecuencia en la cursilería. Esto lo hace aún más difícil de trasladar al cine sin caer en el melodrama sacaroso, a pesar de que el novelista, que era un guionista de buen oficio, participó de manera activa en la adaptación de su obra.

Gerardo Chijona ha sido uno de los más sólidos directores con los cuales ha contado el cine cubano en los últimos treinta años. Ha tenido la gran virtud de adoptar un tono supuestamente menor, sin falsas pretensiones, pero ha logrado dirigir muy buenas comedias de equívocos, en las cuales la sátira social y política pasa un poco desapercibida pero no es menos letal. Tiene a su haber obras como Adorables mentiras (1992) y Perfecto amor equivocado (2004), que tienen un lugar destacado en el cine cubano. También realizó una película más complicada y osada Boleto al paraíso (2010) en la cual trata un tema tabú con seriedad adecuada y eficiencia visual. A veces pienso que es un Howard Hawks del pobre. Pero aquí no hay manera de que dé pie con bola. Ha dicho que esta es su película más personal. Chijona era amigo íntimo de Eliseo Alberto y de su hermano Constante de Diego, a quienes está dedicado el filme. Trabajó el guión con Eliseo en un momento en el cual este padecía una dolorosa enfermedad que finalmente le costó la vida. Quizá la amistad y la gran emocionalidad involucrada en esta obra lastraron su juicio. Es la única explicación que tengo para entender cómo hizo un filme que tan poco tiene que ver con el resto de su obra. Aquí ni siquiera se puede culpar a la censura, ya que es una película intimista, con muy leves y contadas críticas al sistema.

Miravalles, en su rol de Lino, actúa contra su estereotipo, realiza una actuación restringida en la cual los elementos dramáticos se mantienen limitados y sin extremos. Lo hace con su habitual eficiencia pero este papel no aporta nada a su carrera. Enrique Molina tiene aquí el papel más jugoso de su carrera. Lo hace bastante bien, pero es un actor de rango limitado y se nota en el hecho de que sus transformaciones en diferentes personajes no resultan creíbles, pero tiene momentos en los cuales logra expresar la inmensa soledad interior de su Larry Po, un hombre atrapado en su propia farsa.

El resto de los personajes, que incluye a Daisy Granados como Maruja y a Eslinda Núñez, Laura de la Uz, Luis Alberto García, Paula Alí y Verónica Lynn, no pasan de ser caricaturas que sirven para que una galería de veteranos actores hagan unos anémicos cameos en los cuales no establecen combustibilidad con los otros. Todos parecen recitar monólogos. No me parece que es culpa de los actores, ni siquiera de los parlamentos que se les han dado, sino de la pobre estructura argumental del libreto. No son más que excusas para añadir información a la trama, lo cual en la literatura puede funcionar, pero en el cine es dudoso.

Los diálogos a veces están compuestos de frases sentenciosas y fuera de eso tienen aislados chistes eficientes que no salvan el naufragio. La música de José María Vitier, primo del novelista, puede ser agradable de escuchar en un CD o en un iPod, pero en el filme solamente añade un elemento de cursilería y subraya el melodrama, a pesar de que el director trata de siempre resolverlo todo en tono de comedia. No hay nada destacable en este filme que se hunde en su propia ligereza.

Esther en alguna parte (Cuba, 2013). Director: Gerardo Chijona. Guión: Eduardo Eimil, basado en la novela homónima de Eliseo Alberto Diego. Fotografía: Rafael Solís. Música: José María Vitier. Con: Reynaldo Miravalles, Enrique Molina, Daisy Granados, Laura de la Uz, Luis Alberto García y Héctor Medina. Disponible en DVD a través de Kimbara Cinemateca Cubana. Recién estrenada en Cuba.


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