Actualizado: 24/11/2020 19:05
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Un desayuno para Embale

La tarja que recuerda al sonero en el Hostal Valencia no dice que, antes de obtener la 'dádiva' de desayunar allí, deambuló por La Habana pidiendo limosnas.

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En el Hostal Valencia, ubicado en pleno casco histórico de la Habana Vieja, hay una tarja para atraer turistas que certifica: "Aquí tomaba el desayuno Carlos Embale, sonero mayor. 1923-1998".

 

Al visitante de otras latitudes, entusiasta ingenuo de la música popular cubana, puede resultarle tentador ocupar un sitio allí, "junto a Embale", en un discreto rincón del bar, fantaseando que comparte su desayuno con aquel mulato achinado de voz única, como la flor del cáñamo.

 

Lo vislumbrará tal vez con su guayabera de color pastel y mangas cortas, bien afeitado, oloroso, locuaz, haciendo gala de su apetito galáctico. O levantándose apurado de la mesa, sin haber terminado el primer café del día, para ir a cumplir con múltiples contratos, por los que —supondrá el turista— le pagarían a precio de oro sus virtudes para cantar como nadie el son y el guaguancó.

 

Cada cual es libre de inflar a cuenta y riesgo sus propias burbujas. Sin embargo, por respeto elemental hacia la historia, ese visitante o cualquier otro, y en general todo el que hoy lea la tarja del Hostal Valencia, tiene el derecho de conocer ciertos pormenores que no aparecen en la inscripción.

 

La historia real

 

Verdaderamente, Carlos Embale se tomó algunos desayunos en el rincón de aquel bar. No fueron muchos y sí los últimos antes de morir el 12 de marzo de 1998, a los 74 años de edad, con las entrañas inundadas de alcohol rústico, con el espíritu seco por la tristeza, la soledad, la frustración, y con el cuerpo socavado por tantos amaneceres sin desayuno, tantos crepúsculos sin comida caliente, y tanto ocio baldío, sin son ni ron.

 

Aquel que había sido voz y encanto de agrupaciones paradigmáticas como el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, el conjunto Matamoros, o la orquesta Melodías del 40, entre otras, tampoco pudo evadir los atropellos del cilindro tiránico y totalitario que pulverizó a su paso el vuelo de nuestra música popular, entumeciendo su desarrollo y atenazando su empuje durante demasiados años, sobre todo en las décadas de los setenta y los ochenta.

 

Es una catástrofe suficientemente conocida y, más o menos, recordada por la mayoría. Así que casi huelga repetir que, por su causa, muchos de los soneros cubanos de brillante estirpe se vieron obligados a quemar sus naves, yéndose a vivir a otros países, lejos del mercado natural y de todo cuanto significaba para ellos raíz y sentido.

 

Pero todavía peor le fue a los que optaron por echar pie en tierra en la Isla.

 

Subempleados, sin perspectivas, ni instrumentos, ni discos, ni giras, ni espacio en los medios de difusión; sin contacto directo con su público —pues los salones de baile fueron cerrados—; sin un peso para el chícharo y sin un chícharo de consideración ante su peso histórico, a los grandes soneros que se quedaron en Cuba sólo les restó acogerse a una de dos variantes, cual de las dos más fatal: ir extinguiéndose poco a poco, en el silencio, la miseria, el olvido, o dejarse arrastrar por la desesperación hasta el manicomio, el alcoholismo y la muerte.

 

"Para el desayuno"

 

En 1997, Carlos Embale, con la traza de un indigente, sucio, maloliente, sin vigor, deambulaba por la Habana Vieja pidiendo monedas a los turistas. "Para el desayuno", solía requerir, con la mano extendida.

 

Quiso el destino que Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad, se avergonzara ante aquel triste espectáculo, o que tal vez lo considerase contraproducente para su proyecto de promocionar el casco histórico como polo turístico.

 

El caso es que ordenó que a partir de entonces el Hostal Valencia le concediera desayuno gratis a Embale. Algo era algo, y le permitía al sonero cambiar su estribillo. Ahora, en vez de pedir para el desayuno, tendría que pedir sólo para el almuerzo y la cena.

De cualquier forma, pudo hacerlo por muy poco tiempo. Pues, quizá por suerte para él, pronto a Dios le hizo falta una voz prima para su gran orquesta celestial.


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Carlos Embale.

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