Actualizado: 22/10/2018 10:05
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Cine Polaco, Cybulski, Cine

Un diamante escondido en las cenizas

En los años 60, Zbigniew Cybulski fue uno de los nuevos rostros que pasaron a ser familiares para los cubanos, cuando las películas norteamericanas dejaron prácticamente de proyectarse en las salas por representar el cine del enemigo

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Aunque no se haya hecho una encuesta que sirva para confirmarlo, estoy seguro de que para las nuevas generaciones de Cuba y de otros países el nombre de Zbigniew Cybulski nada les dirá. No así para los cinéfilos que hoy peinan canas, que recordarán al versátil y legendario actor polaco que en vida alcanzó el estatus de artista de culto. En 1964, la revista norteamericana Time lo describió como un hombre de nombre impronunciable, por quienes las chicas de una veintena de países pronto desarrollaron una súbita pasión por la lingüística para poder pronunciar sus exóticas consonantes. Al igual que el del ruso Innokenti Smoktunovski, el de Cybulski fue uno de los nuevos rostros que pasaron a ser familiares para los cubanos, cuando las películas norteamericanas dejaron prácticamente de proyectarse en las salas por representar el cine del enemigo.

Para los jóvenes polacos que eran sus contemporáneos, Cybulski fue algo más que un actor: fue un símbolo real de la “generación trágica”. Encarnó los sentimientos, anhelos, inquietudes y esperanzas de aquellos que trataban de afrontar la tumultuosa postguerra. Su imagen característica —espejuelos oscuros, jacket de cuero, aspecto de tipo rebelde— fue tan ampliamente imitada, que en una ocasión un guardia de la frontera que no lo reconoció le comentó con desdén a un compañero: “Otro idiota que pretende ser Cybulski”.

Cuando se habla de él, se le suele describir como el James Dean polaco. Algo que desagrada a sus compatriotas, quienes alegan que su carrera fue mucho más larga que la del norteamericano y, además, antes de dedicarse a la actuación había participado en la lucha clandestina contra los invasores nazis. Pero al igual que el protagonista de Rebelde sin causa, murió trágicamente cuando era muy joven, y también personificó las dudas e incertidumbres de toda una generación. Ambos eran miopes y, como comentó Eduardo Manet, eran “poseedores de un cierto relajamiento muscular que se transforma en tensión dinámica en las escenas dramáticas”. Asimismo y lo mismo que Dean, en la pantalla Cybulski se distinguió por dar vida a personajes indóciles e inconformistas.

Había nacido en 1927 en Kiaze, que entonces formaba parte de Ucrania. Su madre colaboró de modo activo con el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial, mientras que su padre fue hecho prisionero en Francia por ayudar a la resistencia local. Cybulski ingresó en 1947 en la Universidad de Economía de Cracovia y en el Departamento de Periodismo en la Escuela de Ciencias Sociales. Pero dos años después dejó esos estudios para matricular en la Academia de Arte de Cracovia, donde se graduó en 1953. Ese mismo año se trasladó a Gdansk con toda su clase, bajo la supervisión de la actriz y directora Lidia Zamkow. Allí comenzó a actuar en el Teatro Wybrzeze, en el que debutó interpretando un personaje en una obra del polaco Leon Schiller.

En 1954 creó con varios amigos el grupo juvenil alternativo Bim-Bom, que llegó a ser muy popular y conocido. Cybulski lo codirigió con Bogumil Kobiela, pero gracias a su carisma y a sus dotes de líder terminó siendo la cabeza indiscutible del colectivo. En total, estrenaron cinco espectáculos, todos los cuales fueron recibidos con entusiasmo por el público. Su labor allí se concentró en la dirección y solo actuó en contadas ocasiones y debido a circunstancias excepcionales. Además de en Polonia, el grupo se presentó en Bélgica, Francia, Austria, Holanda y la República Democrática Alemana. Cybulski siempre guardó un buen recuerdo de aquella experiencia y comentó que en Gdanks vivió sus mejores años. Y agregó: “Bim-Bom fue todo: nuestra madre, nuestro hermano, nuestro maestro. Yo no sé si fue teatro, diversión o sueño”.

Su trayectoria cinematográfica arrancó en 1954. Ese año hizo un pequeño papel en Generación, de Andrzej Wadja, donde debutó con Roman Polanski. Sin embargo, las escenas en donde aparecía fueron eliminadas en la edición y solo quedó una. Actuó después en varias cintas, entre las cuales figura El octavo día de la semana (1958), de Alexander Ford, donde tenía un rol importante. Poco después de su estreno, los censores la retiraron de cartelera y solo volvió a proyectarse en 1983. La razón argumentada fue que la película ofrecía una visión muy pesimista del problema de la vivienda en la Polonia de los 50.

La película que lo catapultó a la fama y lo convirtió en uno de los rostros más conocidos del cine polaco fue Cenizas y diamantes (1958). Público y crítica aplaudieron su trabajo, y buena parte del éxito del filme se debe a él. Se basa en la novela homónima de Jerzy Andrzejewski y su trama ocurre en un pueblo de provincia, a lo largo de unas pocas horas del último día de la guerra. Cybulski da vida a Maciek Ciemilski, un integrante de un grupo nacionalista clandestino que se opone a los comunistas. Su poderosa presencia hace que el personaje irradie en la pantalla un gran magnetismo e hizo que adquiriese un protagonismo que en la novela no posee. Con ese rol, el actor alcanzó la cima de su carrera y le ganó ser nominado en los premios Bafta, de Inglaterra. Su nombre se hizo popular en medio mundo y figuras como Alberto Moravia escribieron sobre él. Con los años, Cenizas ydiamantes se ha convertido en un filme emblemático de la cinematografía polaca. Los festivales celebrados en ese país continúan utilizando fotos gigantes del mismo para ambientar sus espacios. Con ella, Wadja completó la fundacional trilogía que forman Generación y Canal.

Una sabia recomendación

Acerca de qué lo llevó a seleccionar a Cybulski para el papel de Maciek, Wadja comentó: “No lo elegí. De hecho, quería a otro actor. Andrzejewski tenía la idea de cómo debía de ser el joven actor que protagoniza la película. En realidad, yo me sentía cercano a ese muchacho de la historia, así que buscaba a alguien parecido a mí. No obstante, mi asistente me aconsejaba insistentemente que escogiera a Cybulski como actor principal. Fue una sabia recomendación”. Y respecto a cómo fue trabajar con él, el cineasta expresó: “No tuve que decirle nada sobre el modo de interpretar a Maciek porque él me mostraba cómo iba componiéndolo de una manear asombrosa. Al ver cómo se desenvolvía en el papel, yo le añadía escenas. En la novela, el personaje principal no es Maciek, sino el líder comunista”.

Los espejuelos oscuros que el actor lleva en la cinta devinieron icónicos. Sin embargo, como él se encargó de aclarar no los usaba como una moda, sino por prescripción médica. Cuando participó en la lucha antifascista, pasó mucho tiempo oculto en las alcantarillas. Eso le dañó la vista y provocó que no pudiese estar expuesto a la luz fuerte. Esa era la razón por la cual usualmente llevaba espejuelos. Algo que él resumió con estas palabras: “Llevo gafas oscuras como recuerdo de mi amargo amor por la patria”.

En Cenizas y diamantes, aparece además con una ropa que no corresponde a la época. A eso se refirió Wadja en su libro Double Vision. My Life in Film, del cual traduzco este fragmento: “El primer día de rodaje, Zbyszek llegó a las siete de la mañana y se dirigió directamente al vestuario. Poco después lo vi reaparecer caminando rápida y decididamente, seguido de cerca por dos vestuaristas que gritaban desesperadas: ¡Señor Wadja! ¡Señor Wadja! No quiere cambiarse su ropa. Zbyszek llevaba puesto el mismo «vestuario» que le había conocido a través de los muchos años que habíamos sido amigos: bluejeans, una chaqueta militar verde, una mochila de tela rústica colgada de un hombro y botas. Después de haberse probado todos los diversos disfraces que yo le había preparado, él había decidido que la ropa que llevaba puesta era un mejor «vestuario» que cualquier otra que hubiera visto. Él era él mismo, y quería dar al filme lo mejor de sí mismo, su integridad misma, hasta sus propias botas y la cantina de metal que sobresalía de su mochila”.

Aquella película hizo de él una estrella en la tradición de Hollywood y lo transformó en modelo para sus contemporáneos. Tras realizarla, trató de repetir su gran éxito, pero no consiguió un papel de similar peso. Trabajó en El tren nocturno (1959), de Jerzy Kawalerowicz, y Los hechiceros inocentes (1960), de Wadja. La celebridad que le dio Cenizas y diamantes le permitió rodar dos cintas en Francia, La muñeca y Té de menta, ambas de 1962, así como otra en Suecia, Amar (1964). En la primera interpreta dos personajes: un dictador y su asesino. Volvió a ponerse a las órdenes de Wadja en Varsovia, uno de los cuentos del filme colectivo El amor a los veinte años (1962).

Con Wojciech Has rodó tres películas: Cómo ser amada (1963), El manuscrito encontrado en Zaragoza (1965) y Las claves (1966). La segunda tuvo un éxito relativo en Polonia y otros países socialistas. Décadas después, fue descubierta por Martin Scorsese y Francis Ford Coppola, gracias a quienes tuvo una buena recepción crítica en Estados Unidos. El personaje más cercano a Maciek al que dio vida fue Jacek, el protagonista de Adiós, te veo mañana (1960), cuyo guion escribió junto con Bogumil Kobiela. En él se recrea su etapa como actor en Gdansk, de la cual guardaba muy buenos recuerdos. Pero en general, fueron películas menores realizadas por directores de segunda categoría.

Paralelamente a su actividad delante de las cámaras, Cybulski continuó actuando en los escenarios. Codirigió con su amigo Kobiela el grupo experimental Rozmów 91957-1958). Cuando se mudó a Varsovia en 1960, se unió a la compañía Wagabunda y trabajó en el Ateneum. Allí fue dirigido por Wadja en Dos en un cachumbambé, de William Gibson. Colaboraron de nuevo en Un sombrero lleno de lluvia, de Michael Vincenzo Gazzo, obra en la que interpretó a un joven drogadicto. Su currículo teatral incluye actuaciones en obras de William Faulkner, Terence Rattigan, Ken Hughes, Truman Capote, Jean-Paul Sartre, Chejov.

Su muerte pulió y acrecentó la leyenda

Wadja reconoció que comenzó a dirigir teatro bajo su influencia: “Empecé a trabajar en el teatro después de haber rodado Cenizas y diamantes, porque me hice muy amigo de Cybulski. Entonces, cuando me dieron la oportunidad de realizar el montaje de la obra de un autor norteamericano que no era nada sencilla, la única condición que puse fue que la hiciéramos juntos, él como protagonista y yo como director. Fue muy interesante, porque Cenizas y diamantes estaba proyectándose en los cines y, paralelamente, yo trabajaba con Zbyszek en el teatro Ateneum. Eso me dio la fuerza necesaria para dirigir en teatro de manera continuada”.

En enero de 1967, recibió una llamada de Nueva York en la cual le notificaban que había sido escogido para interpretar el protagonista masculino de Un tranvía llamado deseo, en una filmación que iba a realizar un canal de televisión de esa ciudad. El día 8 debía estar en Varsovia para cumplir un compromiso teatral. Llegó muy temprano a la estación ferroviaria de Wroclaw, justo cuando el tren estaba por salir. Corrió para alcanzarlo y saltó cuando estaba en marcha, algo que había hecho en otras ocasiones. Dio un traspiés en la escalera, resbaló y murió al caer en la vía entre dos vagones. Tenía 40 años. La última película que rodó fue Yovita (1967), y en ella trabajó junto con Daniel Olbryschki, quien hacía el personaje protagónico y que después tuvo una sobresaliente carrera en el cine.

Para mayo, había planeado un encuentro con los miembros de Bim-Bom, para celebrar el aniversario del estreno del primer montaje del grupo. Desafortunadamente, la reunión con sus antiguos compañeros tuvo lugar mucho antes, el día 12 de enero, y no en Gdansk sino en Katowice, en su funeral. Fue enterrado en un cementerio en el centro de esa ciudad. Al morir, dejó un hijo al que puso por nombre el del personaje de Cenizas y diamantes que lo hizo tan famoso. Este no siguió el camino de su padre, sino que se hizo arquitecto.

Wadja recordó que se hallaba en Londres cuando Cybulski murió. Esa noche había estado charlando con el guionista David Mercer, a quien le contó que su compatriota era algo más que un actor: él mismo era un personaje que merecía ser llevado a la pantalla. Pasaron un buen rato rememorando numerosas anécdotas en torno a las cuales podría elaborar el guion. Tarde en la noche, cuando estaba de regreso en el hotel, Polanski lo llamó para darle la noticia del accidente sufrido por Cybulski. Su muerte en esa particular noche le pareció al cineasta completamente irreal, como un episodio más del filme planeado por él. Y le tomó cierto tiempo asimilar el hecho: Zbyszek nunca más trabajaría en una película suya.

El proyecto de Wadja se materializó en Todo para vender (1969). Antes de comenzar a rodarla, compartió sus dudas con los lectores del semanario Kino. No podía usar el nombre de Cybulski, tampoco imágenes de sus cintas, ni siquiera una foto de él. Los personajes seguirían sus pasos, contarían anécdotas sobre él, dirían algunos de sus parlamentos, recorreríamos los lugares que aún conservaban el calor de su presencia. “Él había entrado en sus vidas —¡nuestras vidas!— de un modo perturbador y los había habituado a él. Todos los que trabajaron con él encontraron una personalidad excepcionalmente inspiradora, con un don para inventar incontables y espectaculares historias. Zbyszek fue un poco un soñador. Espero que volverá de alguna manera en mi filme”.

Todo para vender no relata la vida de Cybulski, aunque posee algunas similitudes con ella. Se centra en la vida detrás de las cámaras de un director y sus actores cuando se ven afectados por la misteriosa muerte de su protagonista, que ha muerto arrollado por un tren. Wadja rodó un filme sobre un personaje ausente, que muestra la imposibilidad de definir a un hombre sin su presencia. Para el cineasta, fue la primera película que realizó con un guion escrito por él. El resultado fue una obra introspectiva, que se mueve entre realidad y cine, entre arte y luto. Su director confesó que se sintió culpable de que, pese a que eran buenos amigos, Cybulski y él solo trabajaron juntos en pocas ocasiones y no lo dio tantos papeles como quería. Por eso decidió dedicarle el que es su filme más profundamente personal.

Tras la muerte de Cybulski, sus compatriotas han testimoniado la gran estima que sentían por él. En 1984 ganó póstumamente el primer lugar en el concurso del mejor actor polaco de los últimos 40 años, organizado por el Departamento de Cultura y Arte de la Universidad de Lodz. En 1986, los lectores de la revista Film lo eligieron como el mejor actor nacional de todos los tiempos. Al año siguiente, en la estación de trenes de Wroclaw fue inaugurada una placa conmemorativa para recordarlo, que fue develada por Wadja. Y en 1999 pasó a tener una estrella en el Paseo de la Fama de Lodz. Asimismo, en 1977 la banda 2 Plus 1 grabó un disco en tributo a él titulado Aktor. Se le han dedicado además varios libros y un documental. Un admirador suyo, el cineasta británico Michael Radford, comentó: “De todas las estrellas polacas de la época de plata, tal vez solo Pola Negri, en la etapa muda, puede competir con Cybulski en la carrera por el estatus de icono. Su muerte accidental solo sirvió para pulir la leyenda”.

Voy a concluir este texto con las hermosas palabras con las cuales Eduardo Manet finaliza el artículo que publicó en el diario Granma, a los pocos días de haberse conocido la noticia de su muerte: “El tiempo, la velocidad, la distancia, conceptos muy propios de nuestra época, acompañaron hasta el final al actor que supo encarnarlos en más de un personaje. Su vida fue tan breve que no le permitió ese algo de absoluto que se halla en el fondo del «mal de nuestro siglo». Queda la imagen de un personaje atormentado que cruza por la pantalla con unos espejuelos (negros o blancos, según la ocasión) y que mirando de pronto hacia la cámara trata de comunicar al espectador sus dudas y su enconada búsqueda de un porqué resguardado tras la fachada exterior de las cosas. Esa imagen perdurará como el diamante escondido en las cenizas y con un brillo limpio, desafiante”.