Actualizado: 19/01/2021 21:47
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Cine, Serie, Arte 7

Un gambito exitoso

Una serie que se desarrolla muy bien en los primeros cinco capítulos, pero que se cae bastante en los últimos dos

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He repetido hasta la saciedad que no me gusta ver series y mucho menos reseñarlas, pero haré una excepción con The Queen’s Gambit, la exitosa serie recién producida por Netflix y que se ha convertido casi en un evento cultural, y porque trata del ajedrez, un tema de mi interés.

La serie tiene todas las características de una bomba lacrimógena, envuelta en una historia del triunfo de la voluntad, escondida dentro de una historia típica de “rags to riches”, o sea que va de la pobreza a una relativa riqueza. La trama se centra en una niña “ilegítima” quien no conoció a su padre y que, tras perder a su madre, sobreviviendo el intento suicida de esta, termina en un orfelinato, donde su mejor amiga es Jolene, una adolescente afroamericana y su guía es el bedel de la escuela, el señor Sheibel, que la enseña a jugar ajedrez.

Y ahí está precisamente el primer elemento innovador que salva a la serie de ser un melodrama más. Beth Harmon, que así se llama la protagonista, se va realizando a través del ajedrez. Es todo un prodigio que prácticamente dedica su vida al juego y de alguna manera encuentra salvación a través del mismo, un juego que, en realidad, ha hundido en el alcoholismo y la locura a una gran parte de sus genios.

Beth es adoptada por el matrimonio Wheatley, pero muy pronto el padre abandona el hogar y Alma, la madre, se alcoholiza y se paraliza en una vida de mujer frustrada que solo cambia cuando, ante el ascendente éxito ajedrecístico de Beth, decide convertirse en su manager.

Ya en la enseñanza secundaria, Beth tiene poco que ver con las jóvenes de su edad, es un personaje fuera de época. Su talento para el ajedrez la lleva a competir en torneos con hombres, a quienes derrota sin mucho problema y va subiendo en la escala del ajedrez americano. Es, además, un ser incapaz de sentir afecto, que sufre de delirios y alucinaciones y carece de gracias sociales. Hasta cierto punto se le puede incluir fácilmente en lo que hoy en día se califica como Desorden del espectro del autismo, o quizá una esquizofrénica, pero no hay que volverse muy técnico. La película evita hábilmente tratar de clasificar al personaje en una categoría diagnóstica, como es muy común en otras series y películas. Ese es otro de sus triunfos.

Al ubicar a su personaje central en un medio en el cual ninguna mujer de esa época se desenvolvió, de cierta manera descontextualiza al personaje y fuerza al espectador a creer en la verosimilitud de la trama, lo cual también logra su director y coguionista Scott Frank. Define muy bien el arco dramático de Beth.

La personalidad de la protagonista está construida en base a elementos de otros ajedrecistas masculinos. Al igual que el campeón mundial Bobby Fischer, creció sin una figura paterna, también como Fischer y otro campeón mundial, Garry Kasparov (que fue asesor de la serie junto al maestro americano Bruce Pandolfini), creció guiada por la figura materna (el padre de Kasparov murió cuando este tenía 7 años, más o menos a la misma edad en que desaparece el padre adoptivo de Beth). Su personalidad tiene también elementos de Paul Morphy, otro campeón mundial americano y atormentado niño prodigio del ajedrez. Todo esto, de varias maneras, se hace explícito durante la serie.

Desde el punto de vista del ajedrez, la serie está muy bien lograda. No solo es la primera vez que veo en pantalla partidas de ajedrez jugadas correctamente, sino que hace una mezcla de personajes reales y ficticios que convencen bastante. Uno de ellos, quien apadrina a Beth, Benny Watts, tiene también muchos elementos de Fischer. Los jugadores soviéticos están bastante bien presentados desde el punto de vista del juego. Pero no hay que saber ajedrez para disfrutar el desarrollo del argumento. Es cierto que se toma algunas licencias, como las miraditas entre los jugadores en pleno juego, que apenas ocurre en la realidad, o que al final de un torneo solo quedan dos jugadores, cosa que rara vez ocurre y mucho menos en la década del sesenta. Pero eso está hecho en pos de la fluidez dramática, ya que de otra forma resultaría muy aburrido.

En el filme hay muchas citas acertadas acerca de Morphy, Capablanca y muchos otros ajedrecistas distinguidos, sin embargo, y aquí hay que enmendarle la plana a los realizadores, no hay una cita de otras mujeres que eran predecesoras históricas de Beth Harmon. La alemana Sonja Graf, quien durante las olimpiadas de Buenos Aires se tuvo que quedar en Argentina por su oposición a Hitler y que luego fuera campeona femenina de Estados Unidos en 1957 y 1964, durante el periodo en que vivió Beth Harmon, también jugó, con poco éxito, en competencias masculinas. Vera Menchik, la ruso-checa-inglesa que fuera campeona mundial femenina y que murió en 1944 con solo 38 años, víctima de un bombardeo nazi a Londres, jugó en torneos masculinos, también con poco éxito. La cubana María Teresa Mora, ninguneada en vida por el gobierno de Castro y celebrada tras su muerte en 1980, fue campeona nacional en 1922, en el torneo de hombres (Copa Dewar), con apenas 20 años. Luego se convirtiría en la primera Maestro Internacional femenino de habla hispana.

Los éxitos de Beth quizá están más bien basados en los de la húngara Judith Polgar, muy posterior a la época del filme, otra niño prodigio y quien sí obtuvo título de Gran Maestro masculino, llegó a estar entre los diez mejores jugadores del mundo y derrotó al menos a once campeones mundiales.

El ajedrez es un juego-deporte en el cual no debieran existir divisiones de género, ya que las cualidades físicas (sobre todo estatura y fortaleza), no juegan un papel importante. Sin embargo, nunca ha habido interés en financiar la participación femenina en torneos masculinos, e incluso, en países en los cuales el Estado se encarga de la financiación y promoción del ajedrez femenino, como Cuba y anteriormente en la Unión Soviética, las mujeres reciben casi un 10% del apoyo que reciben los hombres.

La película se desarrolla muy bien en los primeros cinco capítulos, pero se me cae bastante en los últimos dos. Me parece que fuerza un poco demasiado el dramatismo y surgen aspectos de corrección política imperdonables. Los ajedrecistas soviéticos, y conocí personalmente a muchos, no tenían nada de elegantes y caballerosos como se presentan aquí. Eran raras las excepciones que cumplían con uno de esos dos atributos. Ni eran de una honestidad cristalina.

Por otra parte, en el Lexington de los cincuenta y sesenta, era muy poco probable que una afroamericana estuviera en un orfelinato privado con niñas “blancas” y mucho menos que a mediados de los sesenta tuviera relaciones extramaritales con un exitoso abogado blanco. Así presentan a Jolene para que su personaje aparezca al final como una Deus ex-Machina. La Universidad de Kentucky, que radica en Lexington, no aceptó atletas negros definitivamente hasta 1967 (solo hubo tres en 1963). Esta era una de las áreas más racistas del país durante aquel periodo.

La actuación de la anglo-argentina Anya Taylor-Joy, quien nació en Miami, pero tras su primera infancia ha pasado su vida entre Argentina e Inglaterra, es extraordinaria. Su caracterización del personaje es una gran parte del éxito del filme. Se expresa con la gestualidad necesaria, evitando exageraciones histriónicas que pudieran resultar histéricas. Sus actuaciones destacadas anteriores fueron en Emma y en la serie televisiva The Dark Crystal. También está muy bien la actriz y realizadora Marielle Heller, en su papel de Alma Wheatley, la madre adoptiva de Beth. Heller escribió y dirigió la excelente Diary of a Teenage Girl.

Muy bien también en sus papeles de apoyo (decir secundarios los minimizaría) están Thomas Brodie-Sangster, como Benny Watts, Moses Ingram, como Jolene y Harry Melling como Harry Beltik.

Scott Frank dirigió y escribió A Walk Among the Tombstones y la serie televisiva Godless. Fue el guionista de Minority Report y Out of Sight. Aquí lleva muy bien la trama, con mucha agilidad. Los siete episodios duran un total de seis horas y media, pero se sienten como si Bela Tarr hubiera hecho un filme entretenido (su Satantango dura siete horas y diecinueve minutos para ser vista en el cine). Su coguionista, el escocés Allan Scott, escribió la magnífica Don’t Look Now.

Tampoco me gusta que en los capítulos finales los agentes del FBI parecen peores que los de la KGB, aunque algo parecido a lo que aquí se narra al respecto, le ocurrió a Bobby Fischer. Hay un maniqueísmo barato y desconocedor de la intríngulis del poder en el tratamiento final del filme.

El título es muy inteligente. Gambito es una jugada en ajedrez en la cual se sacrifica un peón con tal de ganar tiempo y posición, implica un riesgo. El Gambito de Dama (Queen’s Gambit) es una apertura muy trillada del ajedrez que en este caso utiliza Beth, pero también el título alude discretamente a los riesgos que tiene que tomar Beth para lograr sus sueños, aunque las cosas no salgan exactamente como había planeado.

The Queen’s Gambit (EEUU, 2020). Serie de Netflix en siete capítulos. Creadores: Scott Frank y Allan Scott. Con: Anya Taylor-Joy, Marielle Heller, Harry Melling, Moses Ingram y Thomas Brodie-Sangster.


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