Actualizado: 22/11/2019 12:19
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Literatura

Un girasol para Supervielle

Jorge Ángel Pérez ha ganado el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar con una historia poética titulada 'En una estrofa de agua'.

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Ya no se trata de un merecido premio aquí, de un premio notable adjudicado allá, de un gran premio que le roza la suerte en otro lado. Ya no se trata de premios, sino de una obra literaria vertiginosa, que exige una biografía inaudita para convertirse en leyenda; para que sea obra el mismo autor.

Los escritores cubanos reclaman que no se juzgue su obra, ni su persona, a la luz del avasallador contexto político que las condiciona. Lo reclama Jorge Ángel Pérez. Es dudoso que esto pueda concederse tratándose de una sociedad donde hasta la falsedad es falsa conciencia, pero sin dudas es justo como reclamo. Lo que sí no podrá suceder, quizás por la inercia de no haber sucedido jamás, es que la obra literaria brille al margen de un mito autoral. Digo esto, porque me gustaría fechar (y fichar) la riqueza anecdótica que recogen los textos de Pérez.

Jorge Ángel Pérez ha ganado recientemente el Premio de Cuento Julio Cortázar. Lo ha merecido entre medio millar de concursantes con una historia poética titulada En una estrofa de agua. El cuento comienza con una evocación helénica que se incorpora a toda esa tradición sensitiva grecolatina de nuestros escritores — Electra Garrigó (Virgilio Piñera), Los siete contra Tebas (Antón Arrufat), Medea (Reinaldo Montero)—.

Una lectura política

El autor cuenta sobre Esteban, quien mira a su padre desaparecer en una corriente indefinida. Habla del mal por exceso y por defecto de agua. Un agua bella que el escritor, en una táctica obscena, hace adoptar la lista más prosaica de una ictiología posible: tilapia, jurel, tiburón, sardina. En ese efímero bestiario está contenida, no hace falta más, la historia cubana del último medio siglo.

A la "estrofa" de Jorge Ángel Pérez no se le escapa ninguno de los signos esenciales del topo insular, y desliza con más interés poético que científico la premisa de un génesis: "a fin de cuentas los hombres venían de los peces y en ocasiones volvían a ellos".

Si en sus novelas hay vértigo, unas ráfagas referenciales que sólo el pudor impide renombrar como "barrocas", en el cuento el tono es desesperado, asfixiante, "atosigador". En medio del torbellino, consigue por igual tinos teológicos que paisajes bíblicos que subliman absurdos habaneros.

En el texto En una estrofa de agua, Pérez es el artista que retrotrae el pecado criollo al goce de Corinto; es un Pablo más descriptivo que moralizador. Es el poeta que sublima en palabras bellas los cimientos de una realidad fea. Casi nos convence de que una lata de sardinas, estúpida y funcional, es de hecho un mundo infinito:

"Desde hace años guarda una lata de sardinas, que, según dice, está revestida de estaño y por eso brilla cuando la pule… En cada cruce de las líneas horizontales con sus contrarias, abre un hueco bien pequeño y lima sus bordes, redondea el agujero que espera por el agua. Una ducha es su mayor deseo… Una ducha, para mirar hacia ella y que el agua le salpique la cara, y untarse jabón con las dos manos, y hasta cantar".

Por supuesto que este cuento es factible de una lectura pecaminosa; incluso de una lectura política bastante crítica con la vida cotidiana de la Isla, con esa precariedad existencial que haría trizas el falaz concepto de "felicidad doméstica" que una vez García Márquez ofrendara a los insípidos ideólogos del castrismo. Pero se trata de una lectura que no voy a hacer porque, aunque no considero la política una profesión vergonzante, sé que el autor de Una estrofa de agua sí.

"Nadie puede tener agua si no excava". ¿Cuánto insurgente ambidextro no verá en esa frase una confirmación de su programa?