Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Pintura, Pintura española, El Greco

Un Greco en México (II)

El historiador e investigador Alejandro González Acosta ofrece más detalles sobre la investigación iniciada para demostrar la autenticidad de un cuadro encontrado en México

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En 2014, el anticuario mexicano Jorge Urbina llevó a la agrupación cultural “Los Contemporáneos A.C.” un cuadro, al parecer antiguo, conservado hacía más de 50 años, por una conocida familia mexicana residente en el barrio de Coyoacán. La pieza no contaba con ninguna documentación que acreditara su origen y trayectoria.

El cuadro, un óleo sobre lienzo, representaba al apóstol San Andrés, figurado clásicamente con la cruz aspada de su martirio, como era usual en la iconografía canónica católica.

Salvador Riestra Zepeda, Fundador y Presidente de “Los Contemporáneos”, invitó a un grupo de especialistas para examinar la obra, entre los cuales me encontré (como historiador y estudioso del arte español y virreinal novohispano), junto con el maestro José Sol Rosales (experto restaurador con 60 años de experiencia y responsable de la última labor de conservación que se le ha realizado al cuadro de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac), y al ingeniero químico Jorge Vázquez Negrete (antiguo director del Taller de Conservación y Restauración del INAH, y quien recientemente culminó la finalmente feliz restauración del monumento ecuestre a Carlos IV realizado por el escultor valenciano Manuel Tolsá, conocido popularmente como “El Caballito”, después de una desastrosa intervención anterior). Cada uno de los convocados ponderó la obra desde sus respectivos campos de experticia.

Llamó primero mi atención que en el dorso del óleo apareciera escrita a lápiz sobre el bastidor de madera, una frase que luego supe pertenecía a una persona y una dirección madrileña: “Srta. de la Riva. Carbonero y Sol, 12”, y en una esquina colgara una tarjeta impresa rellenada a tinta, en inglés, la cual más tarde investigué pertenecía a un antiguo y muy reputado almacén de valores en Nueva York. Nadie antes había reparado en estos elementos, según me dijo Riestra.

Después, como resultado de una intensa búsqueda bibliográfica, encontramos que una imagen idéntica a la del cuadro en México —hasta con un significativo pliegue central en diagonal, resultado de una costura en el lienzo-—aparecía en el catálogo que el gran historiador del arte español y reconocido especialista en El Greco, José Camón Aznar, había publicado en 1950 con el título Domeniko Greco, el cual le había tomado 20 años preparar, ahí identificada plenamente como de la autoría del pintor con el título “Estudio para San Andrés Apóstol”. Al superponer ambas imágenes, coincidían puntualmente.

A continuación, considerando necesario y quizá útil someter estos datos a especialistas extranjeros —fundamentalmente españoles— en la obra de El Greco, nos comunicamos con Leticia Ruiz y Fernando Marías, autores de muy estimables obras recientes sobre el mismo. Se les invitó a estudiar la obra y enviamos fotografías de la misma, así como la información con la cual contábamos entonces, y hasta se les ofreció examinarla directamente, fiados de la colaboración normal entre estudiosos.

Ambos respondieron, para sorpresa nuestra, calificando a priori y sin ningún examen de la obra en cuestión, como “una pobre copia”, apoyados en el crítico Donald Wethey, quien así lo afirmó en su polémico catálogo de 1962. Conservamos la correspondencia electrónica sostenida sobre este asunto.

Tanto la frase escrita en el bastidor del cuadro como la tarjeta del depósito de valores colgando en una esquina, me sirvieron para demostrar que Wethey nunca vio el cuadro en cuestión y sólo “habló de oídas”. Aunque reputado en algún momento, Wethey ha sido progresivamente descalificado por muchos estudiosos de la obra de El Greco, por su carácter caprichoso y atrabiliario, creyéndose poseedor de “la única verdad” sobre el pintor. Estos fallos han sido bien documentados.

Wethey NO pudo ver el cuadro porque para la época cuando publica en España su polémico libro, la obra hacía años estaba depositada en un almacén de Nueva York, a través de la mediación de la “Srta. de la Riva” con el coleccionista Diego Cánovas, último poseedor registrado del cuadro (como lo registra Camón Aznar, quien SÍ pudo verlo, pues preparó su obra en España entre 1930 y 1950, cuando publicó su catálogo, 12 años que Wethey). Quizá Wethey sólo pudo “verlo” en la misma obra de Camón Aznar (con las limitantes de la reproducción impresa en blanco y negro), o en la colección fotográfica del archivo Moreno, en antiguas placas sobre cristal bicolores. Las peligrosas condiciones de España durante la Guerra Civil (1936-1939), indicaron a muchas familias la conveniencia de poner en resguardo sus más preciados bienes, en espera de tiempos mejores: Diego Cánovas fue uno de tantos.

Está acreditada la trayectoria de la pieza desde Nueva York hasta México, a través de la familia originalmente propietaria, Escalante Fouquet, y su testimonio personal, quien lo traspasa al anticuario Jorge Urbina y éste luego a “Los Contemporáneos”.

Existen, según Camón Aznar, cuatro estudios sobre San Andrés realizados por El Greco previos a la pieza definitiva, que es el cuadro “San Andrés y San Francisco”, esa sí obra terminada y firmada por el autor, en el Museo del Prado. Los estudios se encontraban en el Museo Metropolitano de Nueva York, y los otros tres en manos particulares: uno, en una colección privada en París, otro en poder de Mario Fumasoli, en Madrid, y el otro, en la de Diego Cánovas, el cual ES evidentemente EL MISMO que hoy se encuentra en México. Compárense las imágenes que se adjuntan del catálogo de Camón Aznar y de la pieza en México, ya limpiada y estabilizada (no restaurada). Véanse, igualmente, las imágenes de los otros estudios sobre San Andrés en la obra de Camón Aznar. Evidente y lógicamente, la calidad pictórica de la obra final resultante —la de San Andrés y San Francisco en El Prado— es muy superior a la de los estudios y bocetos, que son precisamente eso, preliminares de la pieza definitiva, pero que TODOS son de la autoría de El Greco, como no duda en afirmar el especialista español.

No creo necesario recalcar la evidente superioridad crítica —o la validez actual de sus juicios, si se prefiere— de Camón Aznar sobre Wethey: la obra del primero sigue siendo obra de consulta y referencia obligada y la del segundo no ha resistido el examen posterior. El tiempo ha dado su sentencia. No deja de sorprender que críticos respetables como Díaz y Marías, se apoyen en el juicio muy cuestionado de un autor norteamericano reconocida y marcadamente visceral, y pasen por alto el mucho más sólido de un reputado especialista español, sabiendo además que el primero nunca pudo ver la obra que cuestionó y el segundo la examinó directa y personalmente, como afirma en su clásico catálogo.

No obstante todo lo anterior, el Presidente de “Los Contemporáneos” decidió someter la pieza a rigurosos exámenes científicos de acuerdo con los requerimientos más avanzados en la actualidad, para los cuales ya existen en México equipos adecuados y personal muy calificado.

Los resultados de estos análisis establecieron sin margen a duda razonable que los pigmentos, el lienzo y la madera del cuadro responden plenamente a la época, el entorno, la técnica y los materiales empleados por El Greco y sus discípulos en su taller toledano. El hecho de que no firmara esta pieza —“Estudio para San Andrés”— es algo normal y hasta habitual (solía hacerlo con muchas otras), porque el pintor sólo añadía su nombre a las piezas terminadas, y ésta —al igual que la del Metropolitano de Nueva York y la de la colección privada en París— tampoco están firmadas.

El resultado de estas investigaciones se les envió a los especialistas españoles ya citados, pero se rehusaron siquiera a considerarlas, insistiendo neciamente en su temeraria afirmación inicial de “una pobre copia de finales del XIX”, sin otra argumentación: bastaba su dicho, para ellos.

La observación preliminar, la investigación bibliográfica y documental realizada, y los múltiples análisis científicos aplicados con rigor y probidad inobjetables por reconocidos especialistas (que pueden consultarse prolijamente en línea), demuestran en su conjunto e integralidad —más allá de “suposiciones” y “criterios” subjetivos, la “mala vista” engañosa y el traicionero “sentido común”, tan poco frecuente, además— la autenticidad de este cuadro de El Greco hoy en México. Pretender comparar la calidad pictórica de este “Estudio de San Andrés” con una obra terminada y definitiva reconocida, es muestra de ignorancia o malignidad, o de ambas.


Nota: Se suprimen las referencias, porque ya aparecieron en el artículo anterior.


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