Actualizado: 31/10/2020 1:43
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Un hermoso legado postrero

Con Ese olor a después, Lilliam Moro completó un quehacer literario que abarcó más de medio siglo. Una poesía despojada de ornamentos retóricos, en la cual la claridad no está exenta de misterio, ni reñida con la intensidad y la hondura

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Gracias a la iniciativa solidaria de algunos amigos, Lilliam Moro (La Habana, 1946-Miami, 2020) alcanzó a ver editado antes de fallecer el último poemario que había escrito, Ese olor a después. Con ese libro se ha venido a cerrar una trayectoria literaria iniciada en Cuba a comienzos de los años 60, cuando Moro dejaba atrás la adolescencia y empezó a redactar lo que ella calificaba como “mis precoces pecados poéticos”.

Sin embargo, por avatares extraliterarios durante varios años fue una autora inédita y su primera colección de poemas pudo ver la luz cuando se hallaba ya en el exilio. Hablo de La cara de la guerra (1972). A partir de entonces, fue dando a conocer Poemas del 42 (1989), Cuaderno de La Habana (2005), Contracorriente (2017), El silencio y la furia (2017), Tabla de salvación (2018), Viaje hacia el horror (2018), así como la recopilación de la que hasta entonces era su Obra poética casi completa (2013). Esos títulos resumen un quehacer literario que abarcó más de medio siglo, y que se materializó en una obra que, en palabras de Pío E. Serrano, “es el diálogo inquisidor de una conciencia ardiente traspasada por el desconsuelo, el impertinente paso del tiempo, la noche abulense, el amor y el desamor, con dudas, interrogaciones y perplejidades”.

Ese olor a después está integrado por veinticuatro poemas, que aparecen distribuidos en tres bloques: Homenajes, Desafío del lugar común e Imitación de la luz. El primero recoge textos dedicados a escritores (Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva), obras plásticas (La persistencia de la memoria, El beso, La última cena), literarias (“«Flebas, el fenicio», T.S. Eliot”) y musicales (Ave María, Ball & Chain). Pero en realidad, solo unos pocos son propiamente homenajes. Lo son los poemas que Moro consagra al capitán Gustav Schroeder y a los cientos de judíos a quienes intentó encontrarles un país de acogida, así como a las dos poetas rusas, que en época de Stalin anduvieron “muchas veces en busca de noticias/ formando parte de una fila de mujeres que callan/ para no molestar a los que informan/ si el marido o el hijo está en Siberia/ o si no está en ninguna parte”.

En los poemas restantes de ese bloque, Moro parte de esos motivos para desarrollar un discurso de talante reflexivo, que no excluye la implicación personal y la introspección. Véanse, por ejemplo, los versos con los cuales se inicia “El beso, de Gustav Klimt”: “Aquellas desmesuradas ilusiones/ con las que pretendíamos espantar/ ese pasado que cargábamos/ como una obscenidad,/ no resistieron el embate del difícil presente./ Los sinceros y exagerados juramentos/ no sobrevivieron, sin embargo,/ al desgaste perverso de los días”. En “Algo huele a podrido en Dinamarca, Hamlet”, la conocida frase de la tragedia de Shakespeare da pie a un comentario que se plasma en el más escueto de todos los textos: “Dondequiera/ el dolor siempre huele a podrido”.

Una magnífica pieza de lo que suele denominarse poesía civil lo es “El capitán Gustav Schroeder”. En él, Moro rinde tributo a los novecientos judíos provistos con visa que en mayo de 1939 zarparon de Hamburgo en el trasatlántico “Saint Louis”, y a quienes al llegar a América las autoridades cubanas, canadienses y norteamericanas les negaron la entrada. Eso obligó al barco a regresar a Europa, donde los pasajeros fueron aceptados por Francia, Holanda y Bélgica. Moro repite ese acierto en “«Flebas, el fenicio», T.S. Eliot”, en el cual habla de la tragedia de los balseros cubanos que mueren en el mar. Desliza ese tema con extremo recato, y lo sugiere sin nombrarlo.

En Desafío del lugar común, hallamos varios poemas —“Ese olor a después”, “Humo y espuma”, “Visita inoportuna” y el que da título al bloque— en los que domina la temática amorosa. Se trata, no obstante, de un amor ya concluido, que es rememorado por Moro desde el presente, pero cuya visita impertinente le llega de vez en cuando. Son páginas permeadas de una aflicción que, sin embargo, nunca se hace llorosa ni imprecatoria: “¿Por qué te me apareces cuando estaba segura/ de que ya te habías ido/ con todo el equipaje de la desolación?/ Amar es fácil,/ lo difícil es arrancar los restos del amor/ cuando se quedan impregnados/ entre pecho y espalda”.

“El viaje al fondo de sí mismo”, el texto más extenso de todo el libro, es una suerte de recapitulación de quien es consciente de que “el viaje exterior ha llegado a su fin” y “comienza entonces ese viaje final/ a no se sabe dónde/ ese dónde que está en un fondo profundo/ y que se nos resiste como un amor fatal”. Ese tono reposado y meditativo está presente también en “La vida es así”, “Las nubes” y “Por si acaso mañana”, en los cuales se proyecta una visión apesadumbrada, pero que está atemperada por una apacible melancolía.

Moro demuestra saber que la elocuencia es mala compañera de la poesía, y opta por someter sus textos a un proceso de depuración. Escribe una poesía despojada de ornamentos retóricos, en la cual la claridad no está exenta de misterio, ni reñida con la intensidad y la hondura. Su discurso grave y reflexivo se plasma en un verso libre muy trabajado y en unas páginas que trasmiten calor humano.

Ese olor a después constituye, en suma, el hermoso legado que Moro nos dejó. Quienes disfruten y se emocionen con la buena poesía han de agradecérselo.