Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Cecilia Valdés, Gonzalo Roig, Teatro

Un idilio que cumple 80 años

En marzo de 1932, se estrenó la zarzuela Cecilia Valdés, un acontecimiento que no ha recibido el agasajo que merece

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Todo amante verdadero del arte lírico cubano sabe que el 26 de marzo es una fecha sagrada en el calendario de esa historia no siempre revisitada con el brío necesario. Un día como ese, pero de 1932, subió a las tablas del Teatro Martí la joya más celebrada del repertorio de esta expresión, para ganar, desde entonces, elogios y aplausos que no se han apagado nunca del todo. Cecilia Valdés, con la gloriosa partitura del maestro Gonzalo Roig y libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, tuvo en esa fecha su prémier, que no defraudó las muy elevadas expectativas que su anunció desató entre los habaneros, ansiosos de ver por fin, en el escenario y aureolada por ritmos criollos, a la mulata que desde 1836 se erigió en símbolo inefable de nuestra identidad: heroína que combina su paso grácil y cadencioso con la tragedia que cierra las páginas del libro de Cirilo Villaverde al que tantas veces hemos vuelto los ojos.

Hace ochenta años de aquel acontecimiento, y más: se suman ahora doscientos años del nacimiento del autor piñareño que concibió la trama de nuestra más respetada novela del período colonial, y 130 años de la salida de la edición definitiva de ese título. Medio siglo atrás se fundaba el Teatro Lírico Nacional, y se cantó por vez primera en el Carnegie Hall esta obra con Marta Pérez y Alfredo Sadel en los roles titulares, por si no bastara con esas fechas para justificar determinadas celebraciones que han tenido a la pieza de Roig como eje. Y sin embargo, a pesar de todo ello, los 80 años de esta Cecilia… zarzuelera, estrenada en el esplendor del período que corrió entre 1927 y 1935 en el ya mencionado Teatro Martí, no han recibido aún el agasajo que merecen. Valgan estos párrafos para rendirnos una vez más a los encantos de esta mulata, que parece blanca y además, gracias a la pluma del compositor de Quiéreme mucho, canta como los dioses.

La adaptación escénica de Cecilia Valdés no llegó a consumarse sino después de numerosas tribulaciones. Ernesto Lecuona quiso ser el primero en colocar el drama de la mulata ante los espectadores, pero la familia de Villaverde aún poseía los derechos y no pudo obtenerlos, transformando entonces el proyecto, junto a su libretista Gustavo Sánchez Galarraga, en el estreno que pudo aplaudirse en el Teatro Payret bajo el título de María de la O. El tiempo se ha encargado de que la conozcamos hoy, simplemente, como María la O, y es la primera obra de una serie en la que esa mulata de rumbo se convierte en algo más que una figura bufa, ganando elegancia, erotismo más refinado, y unas ambiciones que pueden poner en peligro todo lo que la rodea y adula. El éxito de esta obra, tan semejante en su trama a la de Cecilia Valdés, lejos de aplacar los ánimos, hizo que se acrecentaran los deseos de que la heroína de Villaverde tuviera, sin más subterfugios, su propia partitura. Y dos años después, cuando los herederos del autor de Excursión a Vueltabajo ya no pudieron oponerse, se obró el milagro. Un prodigio sonoro que, asombrosamente, perdura hasta hoy.

Muchos pueden ser elementos que nos permitan explicar por qué sigue siendo tan bien recibida siempre esta obra. No se trata solo de la excelente secuencia musical que imaginó Roig, contrastante con el nivel engolado y melodramático de los diálogos. Tiene que ver con la manera en que Cecilia Valdés se ha convertido en una obsesión para todos los cubanos, en una imagen posible de Cuba ella misma, saliendo del límite de la novela para encarnar en muchas otras posibilidades de ser y expresión que llegan a nuestros días. La Valdés ha sido reclamada por el cine, la televisión, la radio, el teatro con actores y el teatro de títeres, las artes plásticas, y varios autores literarios la han retomado para proyectos más o menos independientes en relación a lo que Villaverde imaginó. Reinaldo Arenas, Abelardo Estorino, Gustavo Herrera, Humberto Solás, Modesto Centeno, Cosme Proenza, Eduardo Manet, Abel Prieto, Leo Brower, Roberto Blanco, el Ballet Nacional de Cuba, el Teatro Nacional de Guiñol, Compañía Hubert de Blanck, Teatro de las Estaciones…, son solo algunos nombres en esa línea de admiradores que han querido revivir a un personaje incombustible, una joven veinteañera dispuesta a rebelarse contra el destino que marca su piel, y que salta por encima de barreras morales y de sangre para afirmarse como una voz que, como en su famosa salida zarzuelera, anuncia su presencia con goce de cascabeles y seducción arrolladora. Imagen enlazada al mito de Ochún, revitalizada con las prácticas que el Período Especial desató entre muchachas que, como ella, pusieron su cuerpo en función de mejorías y beneficios que otros poderes les negaban, Cecilia es más que una sombra en La Habana, o un eco bajo el busto de Cirilo Villaverde que mira, fijamente, a la Iglesia del Ángel donde esa historia alcanza su punto climático. Arropada por los acordes de Gonzalo Roig, la Valdés subió al parnaso de esa gloria que el cubano sabe que es la música, y de la sabrosura mestiza de esas composiciones, salió más bella que antes, dueña de un mundo sonoro que cualquier hijo de la Isla, viva donde viva, reconoce de inmediato aunque nunca haya entrado a la sala García Lorca para presenciar una representación íntegra de esta comedia lírica. Cecilia Valdés es un orgullo nacional. Y ya se sabe cómo somos los cubanos en cuestiones de orgullo.

Continúa levantando pasiones

El estreno de 1932 tuvo a la mexicana Elisa Altamirano como protagonista, junto a Miguel de Grandy y Juanita Zozaya, entre otros. La Altamirano era la primera figura de la compañía del Martí y en ese momento sostenía un romance con Gonzalo Roig que no deja de ser mencionado entre los historiadores como un detalle que quizás aceleró su presencia en el rol titular. Luego, el personaje sería asumido por mejores voces, entre ellas Caridad Suárez, Rita Montaner, Marta Pérez, Gladys Puig, Blanca Varela, y tantas más, hasta llegar a Alina Sánchez (la Cecilia de la cual se enamoró mi generación), y continuando hasta las más actuales, que la han devuelto a las tablas o han grabado sus temas, como hiciera Bárbara María Llanes en su disco Amor y dolor.

En 1941 la comedia lírica se presentó en el Teatro Auditorium, y en 1948 fue grabada por vez primera bajo la batuta del propio Roig, en cuatro discos de 78 rpm con las voces de Marta Pérez, Francisco Naya, Aida Pujol y la célebre contralto puertorriqueña Ruth Fernández que interpretaba el famoso “Po, po, po” de Dolores Santa Cruz, grabación que la firma Montilla luego publicaría como LP. Creo recordar que la grabación íntegra más reciente data de inicios de los 90, y estuvo a cargo del maestro Félix Guerrero. Alina Sánchez, cómo no, era esa Cecilia, tal y como lo fue en el polémico montaje que Roberto Blanco levantó en 1979 reescribiendo parte del libreto, y solicitando a Leo Brower nuevas composiciones musicales, en un empeño revisionista del cual el teatro lírico cubano no se ha recuperado aún del todo.

Que Cecilia Valdés continúa reclamando piropos y levantando pasiones es cosa indudable. Justo por ello desluce tanto el que sus 80 años tremendos hayan pasado por debajo de la mesa, al menos hasta el instante en que escribo estas líneas, en el país donde debiera haberse programado una temporada sólida alrededor del acontecimiento, con una nueva producción y si no fuera mucho pedir con un concepto artístico que la desencartonara, librándola de los mismos clichés que han ido cayendo sobre su gracia infinita. La puesta en escena más cercana en el tiempo se debió, el pasado año, a Yonny Amán. En marzo pasado, el Teatro Lírico Nacional programaba, en los días cercanos a las ocho décadas de aquel estreno que las crónicas de la época calificaron de apoteósico, La viuda alegre, de Franz Léhar. Ahora que se cumplen esos 50 años de la fundación de las compañías líricas en el país tras el triunfo revolucionario, devolvernos a una Cecilia Valdés lozana y arrasadora hubiera sido un regalo justificado plenamente.

Por desgracia no ha ocurrido así. Una gala en la se le rendiría tributo a la partitura de Roig, con la participación de figuras noveles y consagradas del canto en nuestro país, fue anunciada en la sala Covarrubias el lunes 16 de julio, y allá me fui. Si lo que esperaba era un concierto, con orquesta en vivo, lo que encontré fue algo bien diferente. Como homenaje al recordado tenor Alfredo Sadel, el acto era más bien un hecho concebido entre el Gobierno cubano y el venezolano, que tuvo una extensa primera parte en la que hubo que escuchar un conjunto variopinto de arias hasta que, finalmente, se oyeron los acordes del preludio de Cecilia Valdés.

Todo se cantó sobre pistas grabadas, y los intérpretes, micrófono en mano, hicieron en algunos casos lo mejor que pudieron, luchando contra grabaciones de muy distinta calidad, o cantando a coro algunas piezas que, más que a trabajo ensayado, sonaron un poco al alimón. ¿No podía haberse concebido algo más imaginativo, menos hierático y formal, menos antiguo, según la concepción más doliente de la palabra, para que Cecilia Valdés fuera la protagonista de una noche sin pretextos de otra categoría? No pienso extenderme en mi recuerdo de esa noche, que contó con los talentos de María Eugenia Barrios, Marta Cardona, Zenaida Armenteros y otras voces que, a falta de un programa de mano, no puedo mencionar aquí.

El teatro lírico cubano posee una historia que no se limita a estos últimos cincuenta años. Recuperarla íntegramente, sacudir el polvo sobre esa memoria que protagonizan tantas figuras de mérito, es un deber de muchos, aunque pocos, como Enrique Río Prado o Ramón Fajardo hayan hecho tanto en función de ese rescate con sus libros y artículos investigativos. Lograr que las puestas en escena de esos títulos esenciales lleguen a las tablas desde conceptos más modernos, es cosa aún por lograr. La pasión zarzuelera y operística que Cuba vivió alguna vez, se encuentra hoy bastante deteriorada. Deteriorada, digo, pero no muerta, y algo debería hacerse para revitalizarla, sacando partido de las nuevas voces que emergen de las escuelas de canto y las unidades docentes que se han habilitado en las más recientes décadas.

Los nombres de Roig, Lecuona, Anckermann, Prats, nos legaron un acervo musical que merecería estar más a la mano. Y tener en la memoria colectiva una Cecilia Valdés como esta que arriba ahora a sus primeros 80 años, debiera permitirnos un gozo mayor en la forma de disfrutar de ese tesoro. A los pies de esa mujer abrasadora, de mirada imbatible, de paso sensual, y voz de diosa antillana, pongo un ramo de girasoles para desearle una vida tan larga como el agudo final de su memorable “salida”.


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Alina Sánchez y Adolfo Casas, en una escena del montaje dirigido por Roberto Blanco en 1979Galería

Alina Sánchez y Adolfo Casas, en una escena del montaje dirigido por Roberto Blanco en 1979.