Actualizado: 23/10/2017 19:18
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Un inventario de otoño

Texto leído durante la presentación en Miami del poemario Nada puedo enmendar de aquellos miércoles, de Manuel Vázquez Portal

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Siempre que me toca el honor de presentar un libro de otro autor, entiendo que mi función es la de un baqueano, o si se quiere, un espía, enviado a escudriñar el paisaje, el terreno, el clima de la obra, y que ahora regresa con la información al campamento donde la tropa de lectores aguarda.

He aquí mi reporte. Un memorándum breve para resumir lo que, a mi entender, es o no es la poesía de Nada puedo enmendar de aquellos miércoles, de Manual Vázquez Portal:

Esta poesía la recorren vientos de otoño. Aires frescos, de vez en cuando acentuados, y acendrados, por una que otra ráfaga helada. “Nada puedo enmendar…” no es territorio de pasiones jóvenes, sino el inventario de uno que ha recorrido ya el mar y el camino (como una isla, hacia una isla, desde una isla), con sus altas y sus bajas, sus ilusiones y espejismos. Todo sin perder, “la pasión sin fin por los naufragios”.

Esta es poesía de reflexión. La reflexión es madura, sin ser amarga —la amargura está ausente hasta del imposible dilema del “volver” y del “irse”, tema además que lo abraza todo en este libro. “Con ese ir se fueron/las risas sin fronteras/…pero también se fueron/las ganas de llegar”.

Esta no es poesía confesional. El “yo” que nos habla, más comparte con nosotros, lectores, que pide conmiseración o empatía por su dolor [“Intransferibles son mis descalabros/mi dolor, mis derrotas/mis tontas utopías”]. ¿Qué comparte, entonces? Pues, en clave de crónica, sin plañir, comparte la sabiduría adquirida acerca del viaje del ser humano por estas tierras sin latitud ni longitud. Sabiduría que, por humana, es extensa en la descripción de lo ignorado, lo apenas intuido, lo que todavía nos sorprende como —imaginémonos— el primer rayo sorprendió al primer hombre.

Esta no es poesía opaca: ni hermetismo ni barroco esconden (tampoco exaltan) la inhabilidad de entender, ni el deleite ante la maravilla que es la experiencia, ni la resignación —palabra que empleo con renuencia, porque implica aceptar una derrota, y los versos de Nada puedo enmendar... son dignos y serenos, casi altivos; el asombro ante la magia de ser da una luz que deshace la sombra triste de nuestra ignorancia esencial, y de nuestra falta de control sobre el destino. Uno de los poemas más hermosos del libro, a mi parecer, y que bien representa su tono sosegado, es “Sin otra luz” que en parte dice: “y ardí sin otra luz que la esperanza/siempre alguna esperanza.//Mis noches/cajas negras/que se quedaron mudas en todos mis desplomes”.

Esta no es (por tanto) una poesía de lenguaje oscuro y sintaxis compleja, sino todo lo contrario, un castellano que fluye limpio y sin vergüenza ni impostura, más bien con un cierto desparpajo juguetón. A nadie sorprenderá, si ha leído antes a este autor, que lo lúdico aceche en cualquier rincón de sus versos. Los versos de Nada puedo enmendar… habitan un castellano clásico, que juega incluso con ritmos de mucho eco en la historia de la poesía española, mucha silva saltando aquí y allá entre otras regularidades (e irregularidades) métricas que son de interés, pero requieren más tiempo y talento del que traigo. El resultado sónico o acústico inescapable, es que hay mucho en este libro que pareciera escrito para cantarse, incluso para cantarse en grupo.

¿Es perdurable la poesía de Nada puedo enmendar de aquellos miércoles? Si me atrevo a preguntar es porque intuyo una respuesta afirmativa. Nada puedo enmendar… es un poemario que retorna, por caminos que el autor ha trazado con destreza, a los temas universales de la condición humana, en un lenguaje que no es, en sentido estrecho, el de hoy, pero —si es el de ayer— lleva los dejes y acentos del hoy, y así construye una continuidad que hará posible que estos versos hablen al hombre que mañana, en un mañana diferente, se prepare a escribir su propio inventario de otoño.


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