Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Un libro imprescindible

Cancio rastrea desde sus orígenes y hasta su último artículo, la evolución del periodismo carpentieriano al compás de sus ideas sobre la historia y la cultura, su aprehensión de América y el entorno donde se produce

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Alerto a los no pocos lectores de Carpentier: Crónicas de la impaciencia. El periodismo de Alejo Carpentier, de Wilfredo Cancio (Editorial Colibrí, Madrid, 2010, 382 pp.) es un libro imprescindible para la comprensión cabal, no solo de su periodismo, sino también de su literatura.

Cancio rastrea desde sus orígenes y hasta su último artículo, publicado en El País dos días después de su muerte, la evolución del periodismo carpentieriano al compás de sus ideas sobre la historia y la cultura, su aprehensión de América y el entorno donde se produce.

A pesar del popular criterio de Carpentier como un escritor europeizado, en especial durante su primera estancia parisina y su acercamiento a los surrealistas, su “Carta abierta sobre el meridiano intelectual de Nuestra América” anota que en América, por el contrario que en Europa, donde el intelectual “ha vencido una cantidad de prejuicios adversos; vive, si quiere, en medios desconectados de toda realidad étnica o histórica”, ningún artista piensa “seriamente en hacer arte puro o arte deshumanizado. El deseo de hacer un arte autóctono sojuzga todas las voluntades”. Y concluye que “América tiene, pues, que buscar meridianos en sí misma si es que quiere algún meridiano”. Ya tras su viaje a México en 1926 se había referido a la obra de Diego Rivera, el “hombre en quien palpita el alma de un continente”. Cabe señalar sus referencias a Villa-Lobos en el sentido de que lo americano “no era más que una cuestión de sensibilidad”. Preludio de su posterior alejamiento de los surrealistas.

Anota Cancio la adecuación del lenguaje del autor a lo narrado y la extracción de todas sus posibilidades, de modo que el lenguaje “se convierte en asunto de taumaturgia, de intuición, de vehemencia emocional”.

En una sociedad que aún subvaloraba lo negro como parte de la herencia cultural cubana, el periodismo de Carpentier es precursor en su apología del son y la posibilidad de que algún día sea “una fuerza moderna como lo es ahora el jazz”. Anota la conmoción que le causaron los Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera, lo que lo conduce a una reflexión crítica sobre Ecué Yamba-O: “todo lo hondo, lo verdadero, lo universal del mundo que había pretendido pintar en mi novela había permanecido fuera del alcance de mi observación”.

La vocación viajera del autor tiene su mejor registro en los artículos de viajes publicados en Carteles y Social, así como su admiración por el “cosmopolitismo” de Paul Morand, autor viajero que asistió a un almuerzo con el Grupo Minorista, y quien, junto a Cendars, serían influencias claves en la obra de Carpentier, o mejor, en su actitud periodística: la relación entre hombre y paisaje, primero en España, y luego en América. Llega a escribir que “La sola presencia de la llanura castellana explica mejor el misticismo ardiente de una santa Teresa, que veinte volúmenes de comentarios eruditos o apasionados”.

Como bien observa Cancio, en la primera producción periodística del autor, “la política entra apenas oblicuamente a la reflexión estética y culturológica”, hasta que en los años 30 gira hacia temas políticos, directamente alineado con el antifascismo y en la sensibilidad de la izquierda y las causas obreras. Se posiciona en defensa de Ilia Ehrenburg, sometido a pleito por el empresario zapatero Thomas Bata, y en ello hace referencia a las fábricas-cárcel y alaba el Plan Quinquenal ruso. Es entonces cuando se refiere al malestar de Europa, el “estado de angustia ideológico”, vaticinando “convulsiones definitivas”, lo que ha sido leído como una referencia tangencial a la dictadura machadista. Tras la caída de Machado, revelará su militancia en una célula de ABC en París, y es entonces cuando se refiere al antimachadismo como una cuestión de higiene moral, que no admite actitud apolítica o neutral.

A pesar de su siempre cuidado uso del lenguaje y su afilado uso al servicio del tema, en su ocasional politización de 1932 en apoyo a Ilia Ehremburg, los términos y la estructura de su discurso recuerdan, como nunca antes, el inflamado vocabulario leninista. Ni siquiera en su profuso periodismo sobre la Guerra Civil Española, publicado en varias revistas de España y Costa Rica, y que se adensa en su serie “España bajo las bombas”, que pretende revelar “hombres” más que hechos, en una peculiar épica literario-periodística alejada del lenguaje de pancartas tan frecuente en la prensa cubana partidaria de la causa republicana. Aquí, su periodismo adquiere un dramatismo, una intensidad nuevos. Como en toda su obra periodística, esta fase tendrá también una resonancia en su literatura, en este caso, tardía, en la novela La consagración de la primavera.

El 19 de mayo del 39, Carpentier abandona Europa. En 1945 se referirá a ese regreso no por la guerra inminente, sino porque le espantaba parecerse “a uno de esos intelectuales americanos que se destierran y sin lograr ser nunca europeos, dejan también de ser americanos”.

Reinicia en Cuba su labor periodística ese mismo año y de esa época son sus cinco crónicas “La Habana vista por un turista cubano” en Carteles, que aplica tas técnicas de “España bajo las bombas” en el “reordenamiento de la memoria” como apunta Cancio. En ellas consigue ver lo que antes no había visto “o no había sabido ver”. Volverá sobre ellas en La consagración de la primavera, cuando narra el regreso de Enrique.

Las crónicas de “El ocaso de Europa”, publicadas en 1941, con su visión spengleriana de la historia, serán olvidadas años más tarde por Carpentier, en una reescritura continua de su biografía que va desde su nacimiento, su fervor y posterior censura a Paul Morand o el surrealismo.

La explosión de creatividad de los 40, a pesar del nefasto panorama político, no pasa inadvertida al periodismo carpentieriano. Es la época en que publican buena parte de sus obras Lino Novás Calvo, Enrique Labrador Ruiz, Virgilio Piñera, Lydia Cabrera, Onelio Jorge Cardoso, Fernando Ortiz, Jorge Mañach, Ramiro Guerra, Eliseo Diego, Lezama Lima y el propio Carpentier —con “Viaje a la semilla” y “Oficio de Tinieblas”, de 1944, y El Reino de este mundo, de 1949, tras su viaje a Haití en 1943—, por no hablar de la explosión musical de esos años. De modo que en 1944, Carpentier habla con entusiasmo del avance cubano “en lo intelectual, en lo artístico, en lo civil, en menos de veinte años”.

En ese contexto, se afina la literatura de Carpentier, como lo demuestra su obra publicada y aquella que se gestará en estos años gracias al asiduo trasvase entre periodismo y literatura. A ello contribuye su paso por el diario Tiempo y, posteriormente, por Información, donde se hace el mejor periodismo de la época. Su periodismo no cesa de innovar, como en su reseña del filme El ciudadano Kane, con el “empleo de técnicas multidisciplinarias”, como anota con acierto el autor de este libro. Al mismo tiempo, trabaja en la estación de radio CMZ como codirector y director de teatro radiofónico, y más tarde en CMQ, retomando sus experiencias radiales europeas, cuyos ecos encontraremos en su literatura en términos de dramaturgia y montaje.

Una vez radicado en Venezuela (1945-1959), publica su serie “Visión de América” en El Nacional de Caracas, y su conocida serie “Letra y Solfa” (1951-1959) donde, lejos del tono de magister concluyente e inapelable, comparte convicciones e hipótesis, apunta impresiones y ventila dudas sobre multitud de temas. El periodismo se carga hasta convertirse en literatura. En textos de esta sección anota el valor de Orígenes, revista en la que escribe ocasionalmente y para la que gestiona algunas colaboraciones. Cuando Rodríguez Feo le proponga, tras el cisma, integrar el consejo de redacción de la nueva Orígenes se escabullirá, como siempre que sea imprescindible tomar una decisión comprometida.

De su período venezolano, posiblemente el mayor efecto sobre su literatura será su viaje a la selva y El libro de la Gran Sabana, que terminará convirtiéndose en Los pasos perdidos para “plasmar todo lo virgen y lo inexpresado dentro de una cultura en vías de fijación”.

Su regreso a Cuba en 1959, además de la adhesión a la euforia del momento, tiene también un componente comercial: instalar en Cuba la Organización Continental de los Festivales del Libro, para producir ediciones masivas y baratas. Llegaba Carpentier a La Habana precedido por una reputación de indiferencia por la causa cubana y, en particular, por el fuerte Movimiento 26 de Julio en Caracas. Durante casi quince años se había mantenido alejado de la circunstancia política venezolana, y no dudó en colaborar profesionalmente con el dictador Pérez Jiménez.

Atacado, como todos los intelectuales precedentes, por Lunes de Revolución, la gran publicación cultural en los albores revolucionarios, allí solo aparecieron dos colaboraciones suyas. De modo que su actividad periodística se concentra en el artículo y el ensayo, en particular en el diario El Mundo, entre 1960 y 1966. El Carpentier funcionario abandonaba temporalmente la literatura. Sus crónicas al regreso de una tourné por los países socialistas, la URSS, India y China, recuerdan extrañamente las de inicios de los años 30: están contaminadas por el lenguaje periodístico militante en boga, de modo que el estilo de Carpentier no solo se ajusta al tema y al medio, sino también al ecosistema.

A su regreso de Vietnam en 1966, dos años antes de que se acabe El Mundo, es nombrado ministro consejero en la embajada de París, ciudad donde vivirá casi permanentemente hasta su muerte en 1980. Nunca más articularía Carpentier una colaboración periódica y sistemática con otro medio, aunque continuó publicando en diarios y revistas de todo el mundo. Su última colaboración, que aparecerá en El País dos días después de su muerte, versará sobre Flaubert, a quien dedicó uno de sus primeros textos en 1922.

Wilfredo Cancio nos entrega en este libro un muy completo análisis del periodismo carpentieriano, sus etapas y los trasvases entre periodismo, vida y literatura, que permitirá comprender más cabalmente la trayectoria del autor, y un no menos útil aparato crítico, índice de publicaciones, cronología, correspondencia y testimonios que redondean el libro. Revela textos hasta ahora desconocidos y compone, en suma, la mejor síntesis de estas Crónicas de la impaciencia.


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Portada del Libro Crónicas de la impaciencia. El periodismo de Alejo Carpentier, de Wilfredo Cancio