Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Literatura, Literatura cubana, Narrativa

«Un mariachi viejo», fragmento

Capítulo de una novela inédita

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La colonia San Ángel Inn tiene muchas de sus calles empedradas. Es hermoso caminar sobre piedras que han sido dispuestas por el hombre para que los hombres las pisen; con eco lujoso y rotundo en el comienzo de la noche trasteando con los pies, hacia donde unos parientes de los padres paisanitos y campiranos de Cinthya que la han localizado en el hospital. Una tregua con sus padres le han sugerido estos parientes, pero ella les responde que todo se debe a mi parecer, no irá jamás contra mis decisiones; solo el día que yo le ofrezca tregua a los padres ella haría lo mismo.

El metal de la banca se ha enfriado sobradamente con la noche joven pero ya casi cerrada; me traspasa el frío sobre todo a las espaldas. Más que verla cruzar bajo la luz del poste, la adivino por su taconeo desde que ha salido por el postigo apenas perceptible en el portón más bien inmenso de tono café y brillante, donde la dejé cuando llegamos.

Cuando estemos dejando San Ángel Inn ya el frío se habrá afincado en toda la calle, la colonia —la vida de uno, helándola.

Acaso en la busca de mi anuencia ella volverá a sugerir —no decir— lo dorado que resultan para ella estos parientes; o sea, unos superparientes. ¿Cómo fallarles, cómo no atender las propuestas de parientes de tan alto rango? Si bien de antemano sepamos que sus sugerencias irán al olvido, al patio trasero, al depósito de la basura, adonde no hay sitio con asidero frente a una decisión irrompible. Pero, aunque una vaya hacia ellos con la respuesta infranqueable —según ese tema que le anunciaron por teléfono— la decencia obliga, es de ley escuchar a parientes sumamente nobles de toda la vida, cariñosos tanto que “suenan como familia igual de papá que de mamá”.

“No me late”, nos responderá tres o cuatro veces el vendedor —un muchacho moreno, lánguido, de dieciocho o veinte años y que se percibe demasiado tímido para trabajar de vendedor— mientras recorre con la mirada una y otra de las canastas de flores; pero Cinthya insiste en que esos crisantemos en ocasiones no están a la vista, “como que llevan un resguardo especial”, cree recordar que le ha dicho en ocasiones anteriores el dueño o quien le ha parecido que es el dueño.

Han sido ocho o diez cuadras olvidados de las aceras, caminando por en medio de las calles empedradas, para así tomarles bien el gusto a su armonía, a sus bondades para el caminador. Aunque de noche, he podido admirar los senos de Cinthya arropados por los sostenes, el suéter, el abrigo; esa terneza; lo he anotado: según el momento que uno esté viviendo, según la mujer y las telas que cubran a sus senos, es posible adivinar en ellos terneza —solo los tontos podrían pensar que acabo de escribir una tontería.

Recientemente he revisado en el periódico una crónica que señala “la enorme abundancia” de buganvilias en esta ciudad. Pondera además que ya sean las blancas, rosas, violetas, amarillas, anaranjadas, “…todas…, muestran más intensidad según su color que las flores de otros arbustos injustamente exaltados por los botánicos”. En varias cuadras de San Ángel Inn he visto asombrosos desplomes de buganvilias desde las cumbres de las bardas hacia la calle. Aparte de revisarlo, leí cual lector no enterado la crónica dicha, y de lo tanto y tantísimo de este autor que ha pasado por mis ojos, son estas líneas las únicas que ha escrito no por dinero, sino por amor; o bueno: por dinero, pero con amor.

El dueño o quien debía ser el dueño vino hacia nosotros —seguramente detectó el litigio mediante las gesticulaciones—. Le respondimos que no se hallaban unos crisantemos tales y tales. Nos invitó a entrar por un pasillo entre las canastas de flores (¿estarían frías las flores?, ¿todas las flores frías?) después de notificarle al muchacho: “Ni una más: mañana cobras lo que va de la quincena y adiós”.

Sin que se lo requiriera, Cinthya me ha jurado par de veces por la Virgen de Guadalupe que no les pasó a sus superparientes nuestra dirección. Ni les expresó algún quejido siquiera tenue porque sus padres no hayan intentado localizarla por alguna vía. Tampoco les preguntó por la salud y lo demás de sus padres.

Hace unos días ella, “sin faltarte el respeto, amor”, me demostró que no éramos los únicos que entrábamos flores en la colonia Doctores; me relató sobre varias casas —con calle, cuadra y número—, que se hallaban justo en nuestra zona, en las que compraban flores; y me mostró la foto en su celular de una florería a tres cuadras de nuestro edificio.

Caminando esta noche las calles de San Ángel Inn he sentido que toco, sabroso, con mis pies, el empedrado. Si bien el taconear de Cinthya se ha sobrepuesto.

En ocasiones la melodía de su voz parece tomarse toda la cuadra. Ahora esa melodía venía de regreso desde las piedras de las calles.

Al entrar en la Plaza de Coyoacán el frío se sintió más intenso. Yo no traía chamarra, solo un suéter de tejido delgado. Ella me había aconsejado “algo que te cobije más”, antes de meterse desde el cuello hasta el medio muslo en un abrigo de tela gruesa rojo sandía. Pero de cualquier manera la culpa era de ella: se demoró demasiado con los superparientes y por eso se nos fue encima la noche —y yo esperándola en aquella banca gélida. Le dije. Dirigió una mirada hacia arriba como quien ausculta las tinieblas. “De acuerdo”, murmuró.

En efecto, no fue necesario atravesar la plaza completamente: allí, gracias a las luces que proyectaban varios reflectores, un grupo de obreros trabajaba en distintos niveles de la fachada. El interior también se veía iluminado.

Por la radio, la televisión, la prensa escrita —yo mismo había revisado en el periódico la nota correspondiente— se avisaba de la desaparición de “La Ilíada”, una librería que allí, frente a esa esquina de la Plaza de Coyoacán, durante tanto tiempo le había dado vida a la ciudad.

Quise ver el desastre in situ. El final de una era in situ.

Se ha anunciado que dentro de poco, ahí, en esa librería que estoy viendo agonizar, plantarán un restaurante.

¿Habrá acción más grosera que vender comida donde antes se vendían libros?

Cinthya musita “Oh, no”, se acurruca en mi pecho y solloza.


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