Actualizado: 21/11/2018 18:34
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Frankenstein, Literatura, Cine

Un mito perdurable y universal

Hace doscientos años, Mary Shelley creó el monstruo más popular de la literatura y el cine. Su novela ha inspirado cerca de un millar de versiones, que incluyen adaptaciones cinematográficas, dibujos animados, series de televisión, obras teatrales, cómicos y hasta videojuegos

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Mary Shelley (1797-1851), una de las pocas protagonistas femeninas del romanticismo inglés, dejó una obra que comprende una respetable cantidad de títulos. Aparte de cuentos y libros de viajes (History of a Six Weeks Tour Through a Part of France, Switzerland, Germany, and Holland, 1817; Rambles in Germany and Italy, 1844), publicó varias novelas: Valperga (1823), de fondo histórico; The Last Man (1826), de carácter fantástico, precursora de las novelas de anticipación de H.G. Wells; Lodore (1835), parcialmente autobiográfica; Falkner (1837), acerca de la educación de una mujer bajo la figura tiránica de su padre. Sin embargo, ha pasado a la historia como autora de un solo libro: Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), que llegó por primera vez a manos de los lectores hace 200 años.

Aunque en su época el libro disfrutó de una considerable aceptación, su autora no pudo imaginar que había creado el monstruo más popular de la literatura y el cine, además de un mito perdurable y universal. Solo en los primeros diez años tras su publicación, se estrenaron una decena de adaptaciones teatrales, algunas con un final en el cual se parodiaba la muerte del monstruo. Desde entonces, la novela ha inspirado cerca de un millar de versiones, que incluyen adaptaciones cinematográficas, dibujos animados, series de televisión, obras teatrales, cómicos y hasta videojuegos. En Hollywood se han realizado 50 filmes, el primero de los cuales fue el icónico que James Whale dirigió en 1931, con Boris Karloff en el papel de la criatura (inicialmente, se lo ofrecieron a Bela Lugosi, quien lo rechazó). En la lista de sus sucesores figuran, entre otros, Lon Chaney, Christopher Lee, Peter Boyle, Aaron Eckhart, David Warner, Randy Quaid, Robert de Niro y Bennedict Cumberbatch.

Frankenstein tuvo su génesis en una apuesta literaria entre amigos. Debido a una serie de fenómenos climatológicos, el de 1816 fue el verano más frío del siglo XIX. Por esa época, cuatro personas se reunieron en Villa Diodati, a orillas del lago Leman, cerca de Ginebra. Se trataba de los poetas Lord Byron y Percy Bysshe Shelley, John William Polidori, médico de cabecera del primero, y Mary Goodwin, futura esposa del segundo.

La noche del 16 de junio llovía intensamente, lo cual los obligó a pasar la velada recluidos en la mansión propiedad de Byron. Dedicaron el tiempo a leer frente al fuego el libro Fantasmagoriana, ou Recueil d'histoires d'apparitions de spectres, revenants fantômes, una recopilación de cuentos alemanes de fantasmas. Al finalizar la lectura de una de las historias, se produjo un silencio que fue roto por el fragor de un trueno. Entonces el anfitrión lanzó a sus invitados un desafío: cada uno de ellos escribiría una historia de terror.

Byron trató de redactar un cuento llamado El entierro, que no llegó a terminar. Shelley escribió uno titulado Los asesinos, del que poco más se sabe. Curiosamente, de las plumas de los dos personajes secundarios surgieron las obras que más han trascendido. A Polidori se debe El vampiro, un relato fundacional que influyó en la literatura posterior de temática vampírica. En aquel texto, el vampiro por primera vez se convirtió en una persona pública, seductora y aristocrática que se rodea de seres humanos. Hizo de Polidori el creador del vampiro romántico. Fue además el primero que le dio a esa figura categoría literaria, y la estableció tal y como se la conoce en la tradición occidental. Para escribir el relato, se inspiró en un cuento inacabado de Byron y, de paso, aprovechó para descargar todo el odio que sentía por él. El vampiro se publicó en abril de 1819 en la revista The New Monthly Magazine. Un par de años después, su autor, aquejado por una fuerte depresión, se suicidó tomando ácido prúsico.

Mary Shelley poseía una inteligencia ágil y penetrante y un temperamento curioso, y entre sus pasatiempos estaba el de escribir historias. Al cabo de varios días, tenía las ideas principales de la que sería su novela. Recordó sus charlas con Byron y Shelley acerca del origen de la vida, y tuvo además un sueño que le sirvió de estímulo. Se dice también que conocía los experimentos de Andrew Crosse, un científico aficionado que ensayaba con la electricidad en cadáveres. Asimismo, se especula que ella y Shelley se interesaron en las teorías de Luigi Galvani, muy de moda en aquellos tiempos. El médico y físico italiano descifró la naturaleza eléctrica de los impulsos nerviosos, lo cual demostró aplicando pequeñas descargas eléctricas a la médula espinal de una rana muerta. Con todos esos estímulos, Mary se puso entonces a trabajar y entre 1816 y 1817 escribió Frankenstein. La novela superó con creces el desafío de Byron: en lugar de un simple relato gótico, su autora creó una obra que ha alcanzado el estatus de clásico.

La novela comienza con unas cartas que le escribía el capitán Walton a su hermana. En una de ellas le cuenta que vio una extraña figura en la nieve que se movía a gran velocidad y que al poco tiempo perdió de vista. Unos días después rescataron a un náufrago, Víctor Frankenstein, un joven suizo que se encontraba sobre un bloque de hielo. En este momento es cuando este pasa a contar su aterrador relato. Cuando era estudiante de medicina en Ingolstadt, estaba obsesionado con la búsqueda del secreto de la vida. En su afán por desentrañar “la misteriosa alma del hombre”, creó un cuerpo a partir de la unión de distintas partes de cadáveres diseccionados. El experimento concluye con éxito cuando le infundió una chispa de vida al monstruoso cuerpo, del que huyó nada más verlo.

Al poco tiempo recibió la noticia de que su hermano William había sido asesinado y se acusaba de su muerte a su criada. Víctor y Elizabeth, su prometida, sabían que la mujer no había podido cometer ese crimen y él, por su parte, además ya se imaginaba quién habría podido ser. Para despejarse, viajó a los Alpes, donde se encontró con su creación que comenzó a contarle la historia de su corta y dura existencia. La falta de respuesta y el horror de toda la humanidad ante su fealdad imposible de describir, lo convirtieron en un monstruo. Su venganza de la sociedad fue el asesinato de William. Y le pide al doctor que cree una hembra para él, pues de esta manera podría ser feliz y vivir con alguien que lo comprendiera. Víctor rechazó la propuesta y como venganza la criatura asesinó a su amigo Henry.

Tras su regreso a Ginebra, empezaron los preparativos de la boda de Víctor y Elizabeth. En una isla de Escocia estableció un nuevo laboratorio, y allí comienza a experimentar de nuevo. Pero sus remordimientos son fuertes y antes de llegar a darle vida, decide destruir la segunda creación. El monstruo, que ha seguido de cerca sus trabajos, jura vengarse. La venganza será el asesinato de su mejor amigo y, después, de Elizabeth en la noche en que iban a casarse. A causa de todas estas muertes, el padre de Víctor cae enfermo y fallece. Cuando él acabó de narrar su historia falleció y el capitán Walton salió de la habitación.

Poco después de la muerte de Víctor, el barco es abordado por la propia criatura, que termina de relatar su triste historia al capitán. La novela finaliza con la confesión de que pondrá fin a su miserable existencia: “No tema usted, no cometeré más crímenes. Mi tarea ha terminado. Ni su vida ni la de ningún otro ser humano son necesarias ya para que se cumpla lo que debe cumplirse. Bastará con una sola existencia: la mía. Y no tardaré en efectuar esta inmolación. Dejaré su navío, tomaré el trineo que me ha conducido hasta aquí y me dirigiré al más alejado y septentrional lugar del hemisferio; allí recogeré todo cuanto pueda arder para construir una pira en la que pueda consumirse su mísero cuerpo”. La obra está armada así a partir de una suma de confesiones: la de Walton a su hermana, la de Víctor a Walton y la del monstruo a este.

Una obra sobre el abandono

Conviene señalar que en la cultura popular al mítico personaje se le conoce como el monstruo de Frankenstein, aunque en realidad en toda la novela deliberadamente no se le da un nombre real. Solo se alude a él con apelativos como “ser demoníaco”, “engendro”, “la criatura”, “el horrendo huésped”. Posteriormente, él se encargó de vengarse de Víctor y de la escritora que lo creó. Del primero lo hizo apropiándose de su nombre. De la segunda, eclipsando el resto de su producción literaria, sobre todo después que el cine le permitió pasar a deambular por la imaginación del público.

La novela es una mezcla de relato gótico con ficción científica. Víctor Frankenstein es un joven estudiante que, al jugar a ser Dios, dio vida a una criatura aberrante. Mary Shelley introdujo el tema de la perversión que podría traer el avance tecnológico, que décadas después se hará recurrente en la ciencia ficción. En ese sentido, se le reconoce como precursora de esa manifestación. Pero Frankenstein no es tanto una obra sobre los peligros de la experimentación científica, como una obra sobre el abandono. El doctor se desentiende de su criatura y elude responsabilizarse de ella, algo que esta le echa en cara: “Debería ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha”.

Esto lo ha hecho notar el escritor canadiense Michael Harris, quien expresa que al nacer, la criatura es amable y noble. Empieza a cambiar y cae en una espiral de odio y amenaza cuando el doctor la rechaza. Mary Shelley, sostiene Harris, “no alerta sobre el peligro de crear algo, sino sobre el peligro de abandonar lo creado”. A esta idea cabe sumar la de Angela Wright, profesora de la Universidad de Sheffield, Inglaterra, quien afirma: “El término «alimentos Frankenstein» —que se aplica a los productos genéticamente modificados— ilustra cómo su nombre se ha convertido en sinónimo de mala ciencia”.

Si se piensa que la suya era una época muy conservadora, se impone la interrogante: ¿cómo pudo una joven de dieciocho años escribir una novela tan irreverente y transgresora, que dos siglos después conserva su vigencia? A pesar de que no era consciente de lo que había escrito, Mary Shelley se hizo, aunque en otros términos, la misma pregunta: “¿Cómo es posible que yo, entonces una jovencita, pudiera concebir y desarrollar una idea tan horrorosa?”. Frankenstein no era, obviamente, el libro que entonces se esperaba de una mujer. Y cuando hizo gestiones para publicarlo, así se lo hicieron saber.

Finalmente, la novela salió en Londres en 1818, pero de forma anónima. Eso dio lugar a que muchos adjudicaran la autoría a Shelley. En enero, salió una primera edición muy chapucera. En marzo se puso a la venta una más cuidada de 500 copias, que se considera la oficial. En el año 2013, fue subastado por 477.422 euros un ejemplar de la misma dedicado a Byron “por el autor”. La letra fue autentificada como la de Mary Shelley. En 1822 circuló una segunda tirada, esta con el nombre de la autora, que incluía su apellido materno. Sin embargo, la más conocida es la que llegó a las librerías en 1831, el día de Halloween, y de la cual se imprimieron 4.020 copias. La novelista revisó el texto e incorporó cambios significativos que, de acuerdo a los especialistas, suavizaron un tanto la historia. Aludiendo a quienes afirmaban que Frankenstein pertenecía a Shelley, aclaró: “Ciertamente, no le debo a mi marido la sugerencia de ningún episodio, ni siquiera de una guía en las emociones. Sin embargo, si no hubiera sido por su estímulo, esta historia nunca habría adquirido la forma con la cual se presentó al mundo”.

Se debe al cine que una creación específicamente romántica haya devenido uno de los símbolos más populares del terror. Al concebir el personaje del engendro de dos metros y medio y hecho de restos humanos, la novelista inglesa siguió el tipo del “maldito” romántico, que se ve despreciado y condenado a la soledad a causa de su deformidad. Es una criatura algo torpe, pero cariñosa y amable, una suerte de niño que no sabe diferenciar el bien del mal.

En su interés por conocer a la humanidad, lee a Plutarco, Goethe, Valney, Milton, y es capaz de recitar poesía. Llega a cometer crímenes terribles, pero lo hace llevado por el desprecio por parte de las personas y después de declarar: “Soy malo porque soy desgraciado”. Lo hace además para vengarse de su creador que lo dejó en total orfandad, al negarse a poner fin a su soledad fabricándole una compañera. Aun así, conserva buenos sentimientos que lo llevan a salvar a una niña de ahogarse en un río (en el filme de Whale, por el contrario, la ahoga en un lago). Pero las versiones cinematográficas fueron desvirtuando el personaje y lo alejaron de su cultivado espíritu original. En el imaginario colectivo, pasó a ser un monstruo algo tonto con tornillos y cicatrices.

Con motivo de su bicentenario, han aparecido nuevas ediciones de la obra maestra de Mary Shelley. Por razones lógicas, solo me voy a referir a algunas de las publicadas en nuestro idioma. Nórdica ha preparado una que cuenta con hermosas ilustraciones de Elena Odriozola, quien ha realizado una personal lectura de la obra. Muy buena, aunque por eso mismo más cara, es el Frankenstein anotado (Akal), preparado por Leslie S. Kliger. Aparte de la traducción de la novela, incluye numerosos materiales: el ensayo redactado por Shelley en 1818; la introducción con que Mary Shelley acompañó la edición de 1831; un millar de notas sobre el libro y la autora; un epilogo de Anne K. Mellor, titulado “Frankenstein de Mary Shelley y la ingeniería genética”; 200 ilustraciones entre las que se cuentan las de 1818; un amplio listado de las adaptaciones hechas al cine y al teatro; decenas de fotos del mundo real que aparece en la novela; y un prólogo del cineasta mexicano Guillermo del Toro.

Por otro lado, en Inglaterra se ha conmemorado la efeméride con la puesta en circulación de una moneda de dos libras. En una cara aparece la imagen del rostro de Mary Shelley; en la otra, el título de su novela escrito con una tenebrosa caligrafía. Y en países como Estados Unidos se han programado numerosos eventos científicos y literarios. Todo eso viene a confirmar la vigencia de un mito que es un referente imprescindible de la cultura popular, y sin el cual el mundo moderno sería inimaginable.