Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Literatura, Literatura cubana, Novela

Un promisorio estreno

En su primera novela, Gabriela Guerra Rey narra la historia de un pueblo con tintes míticos, y a través de ella la realidad trágica y la mirada esperanzada de unos personajes negados a la derrota

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En 1980, el Instituto Nacional de Bellas Artes y el gobierno del estado de Guerrero convocaron por primera vez el Premio Juan Rulfo para Primera Novela. En la actualidad, lo auspician la Secretaría de Cultura federal a través del INBA y los gobiernos de los estados de Tlaxcala, por medio de su Instituto Tlaxcalteca de la Cultura, y de Puebla, a través del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes. El premio está dotado con 100 mil pesos y un diploma. De acuerdo a las instituciones involucradas en el mismo, se procura mantener un nivel de calidad en las obras galardonadas. Para ello, cada año se elige cuidadosamente el jurado que lo concederá.

El de la convocatoria del año 2016 lo integraron Maritza Buendía, Ethel Krauze y José Luis Martínez S., quienes decidieron otorgar por unanimidad el premio a Bahía de sal, de la cubanomexicana Gabriela Guerra Rey. De acuerdo a lo que consta en el acta, seleccionaron esa novela “por su lenguaje poético y por la creación de un lugar (que deviene personaje) con tintes míticos”. Martínez S. comentó que en Bahía de Sal “hay una evidente calidad literaria. Es una novela con un lenguaje muy elaborado que te lleva dentro de la historia y está muy bien estructurada. Creo que responde a todos los cánones de la narrativa novelesca, esa fue una de las razones por las que nos decidimos por esta obra”. Por su parte, Maritza Buendía expresó que “sobresale respecto a las otras novelas por el lenguaje, la autenticidad de lo que se está narrando, la manera como te envuelve la historia y el ambiente; además cómo logra construir un pueblo con tintes míticos, yo creo que eso fue lo que finalmente nos atrapó”.

Gabriela Guerra Rey (La Habana, 1981) reside desde 2010 en México, donde es corresponsal de Prensa Latina. Es hija del poeta Félix Guerra, con quien comparte la autoría del libro de divulgación científica Monte y ciervo herido (2010). Estudió economía y periodismo en la Isla, y en México ha trabajado como periodista y editora. El año pasado publicó en Argentina Nostalgias de La Habana. Memorias de una emigrante, que ella define como “un canto por la ciudad mágica y un réquiem por todos los que han buscado un asidero, dentro y fuera de sus murallas”. Asimismo, un cuento suyo aparece en la antología Rulfo cien años después. Veintitrés narradores lo celebran (2017).

En una entrevista que le hicieron con motivo de la salida de Bahía de Sal (Huso Editorial, Boadilla del Monte, Madrid, 2017, 217 páginas), su autora recordó que en 1991 se mudó con su familia a un pueblo cercano a La Habana. Era el inicio del Período Especial, una etapa que estuvo marcada por las carencias y la incertidumbre. Esas vivencias son recreadas por ella en su novela: “Una mañana en la escuela nos avisaron lo del Período Especial, y lo del muro que se derrumbó (y creo que la gente ayudó a derrumbarlo) en alguna parte, y después era imparable el desfile de barcachas hechas con tanques de cincuenta y cinco galones, los que son buenos para las azoteas de los pisos altos (…) Los que se fueron decían que eran embarcaciones seguras, bien soldadas, que la distancia no era mucha, y que nos avisarían nomás llegaran a la otra orilla. Cantaban loma abajo con las improvisadas barcas en los hombros, bajo el sol, en una tarde plomiza, roja. Los sudores corrían de cabezas a espaldas comprimidas por el peso. Las mujeres apachurraban en sus regazos mochilas con canastas de vida, y alargaban la boca para ambos lados, en algo que parecía más una mueca de espanto que una sonrisa”.

Varado en el tiempo y en la eternidad del polvo

Pero, aunque esas referencias a la crisis tras el derrumbe del campo socialista, las huidas masivas en embarcaciones construidas con materiales precarios y otras más que se corresponden con situaciones vividas por los cubanos, Bahía de Sal, el pueblo protagonista de la novela, puede ser cualquier pueblo de América Latina. Ya sea real o bien ficticio, como Comala, Santa Marta o Macondo. Al igual que estos, no está ubicado en un tiempo ni en un lugar específicos, y como ellos también tiene mucho de mítico. Todo allí ocurre de manera cíclica: las hambrunas, las lluvias, las sequías, las enfermedades, la vida, la muerte. La existencia de sus habitantes es así un interminable ciclo de destrucción y reconstrucción. Ellos, sin embargo, han desarrollado un gran estoicismo ante las adversidades y se niegan a la derrota.

La novela está dividida en 42 capítulos cortos o viñetas, cuyos títulos sintetizan los personajes y los temas que en ellos se tratan: “La escuela”, “Los borrachos”, “Los muertos”, “Las parteras”, “La inundación”, “El mercado negro”. Están narrados por María de la Sal, quien se empeña en salvarlas del olvido. Además de contar la historia del pueblo y sus habitantes, va contando la suya propia. En este sentido, Bahía de Sal es también una novela de formación y crecimiento de una joven en el contexto de un pueblo “varado en el tiempo y en la eternidad del polvo, de los aguaceros, de los atardeceres tórridos, las brujerías y rituales que cada año marcaban las liturgias”.

En su lucha contra el olvido, María de la Sal va registrando los principales hechos ocurridos allí: el espejismo de la llegada del progreso industrial que abriría las puertas al desarrollo, junto a las desgracias que eso trajo; las invasiones de grillos, mosquitos, moscas, comejenes y piojos; la visita del Papa, cuya muerte se adivinaba en los ojos, y a quien las brujas del lugar “hicieron el mejor trabajo que se haya hecho nunca en Bahía de Sal”; los ciclones que cambiaban radicalmente la rutina del pueblo y lo volvían un remolino de vientos y maldiciones; la noticia de la muerte del presidente, que llevaba toda la vida siéndolo y siempre “había indicado el bien y el mal, el camino de la virtud y del suplicio, a quién debemos amar y a quién no”; la crisis provocada por “la caída de eso que llamaban socialismo, en algún lugar del mundo, cuando las cosas se pusieron tan malas que desde el primer ramalazo nos sacaron de las ensoñaciones guajiras, y nos mostraron lo más crudo de una realidad que habría de durarnos más años que los sueños y cantares de gesta”; y el hambre y la emigración obligatoria que esa crisis trajo. Y por otro lado, el despertar a la vida de la narradora, su primera relación amorosa con un muchacho con nombre de cantante, así como sus estudios universitarios. Fue esta una experiencia renovadora que le permitió conocer aquella ciudad ultramarina de la que también era hija y que la dejó con más dudas que aciertos.

En Bahía de Sal planea inevitablemente la influencia de Cien años de soledad. Como en la celebérrima novela de Gabriel García Márquez, aquí se cuenta la historia de un pueblo ficticio, en un relato que fusiona la realidad con la fantasía. Pero su autora logra incorporar a su novela una visión propia. Esto viene dado, en primer lugar, por su condición femenina. La narración tiene como eje central a las mujeres. De hecho, como anota Jorge Ruiz Esparza en la introducción, son precisamente estas los personajes más fuertes, evocadores y llenos de vida. A lo cual agrega que “las abuelas, vecinas, amigas, hermanas, hijas van estructurando un quehacer colectivo que se empeña en dar orden al sinsentido humano, y también en poner a la muerte en su lugar preciso”. Son ellas quienes toman las decisiones y demuestran ser más fuertes que los hombres. Durante los años de la crisis, se convierten en el motor, el corazón y las raíces del pueblo. Mientras los hombres se emborrachan o intentan ganar algún dinero que no sirve para comprar casi nada, las madres se las ingenian para dar de comer a los hijos y a los esposos abatidos por la desgracia.

En cuanto a sus valores propiamente literarios, el jurado que premió la novela destacó el elaborado lenguaje con que está escrita y su buena estructura. A eso hay que sumar su fluidez narrativa y también la íntima congruencia que existe entre temática y expresión. Bahía de Sal se beneficia además con una atractiva y cuidada edición, diseñada por Carril Bustamante. Es marca de la casa, pues todos los libros aparecidos bajo el sello de Huso, a cuyo frente se halla Mayda Bustamante, comparten similar calidad.