Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Traducción, Literatura

Un reto embriagador

Así ha definido Juan Cueto-Roig su trabajo como traductor de poesía, que se ha materializado hasta ahora en tres libros

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Borges: Es que hay ciertas traducciones espantosas… Hay un film inglés cuyo título original The Imperfect Lady lo tradujeron aquí como La cortesana o La ramera. Perdió toda la gracia. Precisamente alterar de esa forma el título, que es donde más ha trabajado el autor. Cuando eligió uno es porque lo ha pensado mucho. Nadie, ni el traductor, debe creerse con derecho a cambiarlo.
Sábato: ¿Y acaso el título no es la metáfora esencial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afirmado de los sistemas filosóficos, que casi siempre son desarrollo de una metáfora central: El Río de Heráclito, La Esfera de Parménides…
Borges: Claro, suponiendo que los títulos no sean casuales. Bueno, y que los libros tampoco ¿no?
Del libro Diálogos Borges/ Sabato.

En un diálogo con Miguel Albornoz (revista Américas, n. 3, marzo 1971), mi admirado Jorge Luis Borges habló sobre las traducciones y se refirió a las diferencias existentes entre traducir literatura del conocimiento y traducir lo que él llama literatura “del poder o la virtud”. La primera, según él, es traducible. La otra, “la de la emoción, no sé hasta qué punto es traducible, no sé si un poema es traducible. Creo que el único modo de traducir un poema es recreándolo, es algo que está más allá del falso juego de los sinónimos que los diccionarios nos dan”.

Borges cita como ejemplo de traslación creativa una frase de Hipócrates que Geoffrey Chaucer tradujo e intercaló en uno de sus poemas. En su opinión, el escritor inglés “le infundió una música melancólica que no tiene el texto original, recreándolo y enriqueciéndolo con esa música que no tenía”. Comenta de nuevo sobre las falsas ideas a las que nos pueden llevar los diccionarios, al hacer corresponder una palabra con otra de un idioma diferente, y afirma que los vocablos que en lenguas distintas se refieren a emociones, no son traducibles. Lo ilustra además con un ejemplo: “‘Estaba sentadita’ —cuando lo decimos sentimos un cierto cariño— se podría traducir por ‘she was all alone’, pero no tiene exactamente el mismo valor emocional. Así hay otras palabras como saudade en portugués, wisdom en inglés, etcétera, que no podemos traducir a otro idioma”.

Asimismo Borges sostenía el criterio de que la poesía puede traducirse siempre que el traductor “sea un poeta y que no se quede en la precisión científica o filológica. Lo que es esencial para los fines de la política, por ejemplo, es esencial y puede traducirse. Los pensamientos pueden traducirse, las metáforas no”. Él mismo se dedicó a trasladar al español a poetas que se expresan en otras lenguas. Suya es, por ejemplo, una de las versiones que existen en español de Hojas de hierba, de Walt Whitman. De la misma reconoció en la introducción que “oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado”. Y concluye con estas lúcidas líneas: “Un hecho me reconforta. Recuerdo haber asistido hace muchos años a una representación de Macbeth; la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, pero salí a la calle deshecho de pasión trágica. Shakespeare se había abierto camino; Whitman también lo hará”.

(Espero me disculpen una digresión que, de todos modos, tiene que ver con este tema. En enero de este año, el diario argentino La Nación publicó una nota acerca de los misterios que circulan en torno a la traducción de La metamorfosis, de Franz Kafka, que frecuentemente se adjudica, tanto como se desvincula, a Borges. El misterio renació cuando Mario Vargas Llosa adquirió en Montevideo un ejemplar, donde figura que fue traducido por Borges. Y aunque María Kodama no posee la clave para resolver la encrucijada, proporcionó algunos datos. “La versión que yo tengo, que es la que Borges me dio —aunque no tiene que ser la real—, es que él no estaba de acuerdo con el título que le pusieron en español. Él quería que lo titularan La transformación y no La metamorfosis, y eso lo enojó. Por eso dijo: ‘Yo no he hecho la traducción de ese libro’, porque, lógicamente, al no recibir el título que él quería, no se sentía como el que había hecho ese trabajo”, cuenta su viuda. Fin de la digresión.)

Rehusó someterse a una traducción literal y exacta

Juan Cueto-Roig (Caibarién, 1966) cumple la condición requerida por Borges para traducir a los colegas que escriben en idiomas distintos al suyo. Antes de que se diera a conocer como narrador, había publicado dos poemarios, En la tarde, tarde (1996) y Palabras en fila, en clase y en recreo (2000). Se inició en ese quehacer con En época de lilas (Editorial Verbum, Madrid, 2004), donde acometió la nada fácil tarea de trasladar al español 44 poemas de E.E. Cummings (su rechazo de las normas tipográficas tradicionales llevó al escritor norteamericano a escribir su nombre en letras minúsculas). Su obra posee unas características sintácticas tan peculiares, que la estudiosa norteamericana Irene Fairley ha acuñado el término ungrammar, algo así como una agramática o desgramática.

En la breve nota que encabeza ese libro, Cueto-Roig puntualiza que esa es su visión personal de esos textos, y la explica así: “Rehusé someterme (y someter al lector) a los rigores de una traducción literal y exacta. Respeté la idea y el estilo del poeta, pero no los malabarismos tipográficos que tanto abundan en su obra (…) En primer lugar, porque no creo que una estricta obediencia a sus caprichos sintácticos ayude en nada al disfrute de su poesía y, segundo, porque soy un fanático de los signos ortográficos y de su tradicional uso”. Las traducciones de Cueto-Roig, que como es de rigor van acompañadas de los originales en inglés, aunque sacrifican las peculiaridades sintácticas de Cummings, mantienen el tono y la coloratura de su voz. Son ajustadas, pulcras y saben dar cuenta de la compleja textualidad de esa escritura.

Permiten además descubrir tras el escritor vanguardista, un poeta profundamente lírico y casi romántico (uno de los más hermosos poemas de amor en lengua inglesa es el que comienza “may my heart be open to little…”). A modo de ilustración, copio estos versos suyos tomados de En época de lilas: “¡Ah, ven conmigo!/ yo te encenderé esa maravillosa burbuja, la luna,/ que perenne flota./ Te cantaré la canción jacinto/ de las probables estrellas,/ y buscaré en las apacibles estepas del Sueño,/ hasta encontrar la Flor Única,/ que sustentará (yo creo) tu tierno corazón/ mientras la luna se eleva desde el mar”.

Y debo volver una vez más a Borges. Como dato curioso, vale apuntar que tradujo un poema de Cummings titulado “Buffalo Bill’s”, que trata sobre ese legendario personaje del oeste de Estados Unidos. En su interesante ensayo Borges y la traducción (2005), Sergio Waisman ha comentado que, desde el punto de vista de las formas y la sintaxis, se trata de una traducción muy literal que recrea los experimentos formales del original. Pero señala que “pone la palabra padrillo y a la vez que reproduce el experimento poético vanguardista de Cummings lo desplaza a la pampa argentina. Mientras la palabra padrillo desplaza el texto hacia el Río de la Plata, la literalidad de la traducción nos llevaba hacia la leyenda norteamericana”.

El trabajo de Cueto-Roig posee además otro valor, y es que debido a las dificultades apuntadas, no abundan las traducciones al español de la poesía de Cummings. El argentino David Lagmanovich, a quien se deben algunas de las que se han publicado, comentó a propósito de ello: “Me atrevo a decir que no es posible traducir absolutamente todos los poemas de Cummings. Muchos de ellos están basados en un conocimiento profundísimo de la lengua inglesa, tanto la británica escrita y clásica como la oral y contemporánea de su propio país; y hay peculiaridades lingüísticas, observables en esas variedades, que no tienen equivalente en español. También hay efectos tipográficos que, por la distinta estructura de las palabras, no pueden reproducirse”.

Seis años después de En época de lilas, Cueto-Roig entregó a la imprenta Constantino P. Cavafis. Veintiún poemas (Ultra Graphics Corporation, Miami, 2010). En este caso, trabajó a partir de las versiones al inglés, y no de los originales en griego. Ese detalle hizo que unos pocos lo criticaran, olvidando que ese método, el de la traducción indirecta, ha sido empleado en numerosas ocasiones. En 1967, la editorial argentina Losada puso en circulación el volumen 44 poetas rumanos, traducido por Pablo Neruda, aunque él no tenía conocimientos de ese idioma. Le sucedía lo mismo con el turco, el polaco y el alemán, pese a lo cual firmó versiones al español de poemas de Nazim Hikmet, Adam Mickiewicz y Rilke. Asimismo entre nosotros está el ejemplo de la excelente versión de La tragedia del hombre, del húngaro Imre Madach, realizada por Virgilio Piñera a partir de la edición en francés.

Al respecto, Cueto-Roig además expresa: “Los veintiún poemas que integran esta selección fueron traducidos a partir de diferentes textos en inglés y, por tanto, deben considerarse ‘versiones’… aunque ¿qué traducción no es una versión”. Del buen nivel que alcanza aquí Cavafis, puede dar una idea “Deseo”, que reproduzco a continuación: “Como hermosos cuerpos que murieron jóvenes/ y fueron sepultados, con lágrimas, en mausoleos suntuosos,/ coronados de rosas y con jazmines a sus pies—/ así son los deseos no satisfechos; que nunca alcanzaron/ una noche de sensual deleite, o una mañana de esplendor”.

Más de medio centenar de poemas

A comienzos de este año apareció Esas divinas cosas. Tribulaciones y alegrías de un traductor (Editorial Silueta, Miami, 2011). Es de los tres el libro más voluminoso y recoge las que Cueto-Roig considera “algunas de mis traducciones favoritas”. De todas ellas se declara “culpable y traidor”, aunque precisa que “la selección es fortuita y no pretende ser una antología, ni siquiera una muestra meritoria de las distintas categorías geográficas en que se clasifican”. Una categorización que, de acuerdo a él, solo intenta ordenar la variedad del conjunto. El libro recopila más de medio centenar de poemas, pertenecientes, entre otros, a autores tan relevantes como Shakespeare, William Blake, Lord Tennyson, William B. Yeats, Emily Dickinson, Hart Crane, William Carlos Williams, Robert Frost, Sylvia Plath, Carl Sandburg, Langston Hugues y Ezra Pound.

El puñado de textos elegidos por Cueto-Roig es temática y estilísticamente muy variado. Incluye muestras de la poesía latina, la indoamericana, la inglesa e irlandesa y la norteamericana. Cubre también diversas etapas, al recoger creadores del siglo XVI junto a una amplia representación del XIX y el XX. Constituye, pues, un verdadero festín, que tiene opciones para satisfacer una extensa gama de gustos. Escojo aquí tres de los que a mí personalmente más me impresionaron y los comparto con los lectores. De nada.

El primero es la versión libre de la traducción al inglés de un epigrama latino, titulado “Palabras de Príapo, a una púdica y tímida doncella”: “No debo a Fidias mi turgencia y fama/ Ni Praxíteles me esculpió ni Escopas/ Fue Dionisio quien lúbrico entre copas/ Me dotó de este fuego que me inflama.// Y tú doncella que a mi lado pasas/ Por qué tu vista mi presencia ignora/ Si en tus mejillas el rubor aflora/ Y de deseo y de pasión te abrasas.// No pases sin mirar, ven palpa y prueba;/ Disfruta luego y sin recato goza/ La columna que firme y majestuosa/ De mis ingles olímpicas se eleva”.

Aunque es más famosa por su obra narrativa, Dorothy Parker publicó también varios poemarios. A uno de ellos pertenece “Desdichada coincidencia”, una desencantada y cínica visión del amor: “Para el tiempo en que,/ Trémula y extática,/ Le jures ser suya,/ Y él te diga/ Que es constante y eterna su pasión—/ Mujer, toma nota de esto:/ Uno de los dos está mintiendo”. Reproduzco, por último “Sandías”, escrito por Charles Simic, poeta norteamericano nacido en la antigua Yugoslavia: “Verdes Budas/ En el puesto de frutas. / Comemos la sonrisa/ Y escupimos los dientes”.

Al igual que el resto de las que se pueden leer en Esas divinas cosas, son versiones que cobran entidad propia y que se disfrutan como tales. Cueto-Roig evidencia haber comprendido que un buen traductor es como un cantante, y al igual que a este no se le puede pedir que calque o reproduzca, sino que interprete. La idea de la fidelidad en este caso resulta peregrina, pues puede dar lugar a traducciones infumables para los lectores.

Las versiones de esos poemas están precedidas por un texto titulado “Sobre poesía y traducciones”. Cueto-Roig expone allí sus ideas y concepciones acerca de ese tema y, sobre todo, describe algunas de sus experiencias en esa labor. Son páginas muy interesantes, en las que su autor tiene la gentileza de permitirnos acceder a lo que podría llamarse la cocina del traductor. Comparte así con los lectores “algunos ejemplos de los rejuegos semánticos, de la alquimia y las frustraciones que entraña una traducción poética”. Ilustra sus batallas por encontrar las palabras justas para recrear los originales, pero sin perder nunca de vista que las traducciones se valoran más por sus deslealtades creadoras que por sus fidelidades.

No importa lo que han dicho algunos partidarios de la imposibilidad de traducir la poesía. Como Robert Frost, para quien “Poetry is what gets lost in translation”. En todo caso y si se trata de lo que se pierde, el hecho de que los lectores se vean privados de poder acceder a otros autores, otras culturas, otras sensibilidades constituye a no dudarlo una pérdida mayor.