Actualizado: 06/12/2021 17:08
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Literatura, Librería

Un viejo viaje

Esta novela es una confesión escrita como debe ser, con una prosa limpia de polvo y paja, y fruto de un oficio depuradísimo

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La lectura de Un viejo viaje, la nueva novela del habanero-chilango Manuel Pereira, viene a reafirmar una sentencia que aprendí a apreciar en mi ya largo exilio mexicano: el regreso es un movimiento físicamente imposible. O dicho de otra manera: nadie regresa, siempre se va. Se va de La Habana a Madrid y se va, luego, de Madrid a La Habana. ¿Quién vuelve sobre sus pasos? La vida está delante; atrás, el limbo de la memoria. Algunos prefieren no mirar hacia el pasado porque se corre el peligro real de convertirse en arena, con todos los olvidos petrificados.

Bien lo sabe Manuel Pereira, que se ha pasado la vida fugándose: fue de La Habana a París y fue de París a La Habana y volvió a ir de La Habana a Barcelona y de Barcelona a la España profunda y de ahí al amable México, donde ha retomado con fuerza su carrera de escritor y en cinco años ha publicado cuatro títulos magníficos: las novelas Un viejo viaje e Insolación, el libro de cuentos Mataperros y un tomo de ensayos, Biografía de un desayuno. La Universidad Iberoamericana le ha permitido ejercer como profesor —y yo, que lo conozco bien, me atrevo a asegurar que el noble oficio de maestro, el encuentro diario con sus jóvenes discípulos, es el principal aliciente que tuvo este cubano errante para desempolvar sus manuscritos y sentarse a escribir, desde la tranquilidad, una obra literaria de primerísimo nivel.

Manuel Pereira descubre su vocación de escritor al final de dos caminos que emprendió siendo muy joven: la lectura y el periodismo. Tuvo suerte. Su maestro y amigo José Lezama Lima puso en sus manos tomos imprescindibles de la literatura universal —y desde entonces, Manuel no ha parado de devorar palabras. Por esos azares de la vida, un buen día entró a trabajar en la Revista CUBA Internacional, donde pronto se convirtió en uno de sus reporteros estrellas. Esa fusión explica sus primeros títulos: las novelas El Comandante Veneno, El Ruso y Toilette, y el libro de ensayos La quinta nave de los locos —y todos merecen el reconocimiento de la crítica y sus muchos lectores. Manuel Pereira es un narrador sólido cuando llega a Europa sin saber que, para él, el exilio iba a resultar una avalancha de soledad. Alguna tarde lo visité en su buhardilla catalana, un altillo que más bien parecía la garita de un francotirador. Manuel estaba atrincherado en la tristeza. Varios amigos lo convencimos y por fin se decidió a probar fortuna en México. Era el destino final de su viejo viaje hacia sí mismo.

De todo ello habla su nueva novela. El pintor Lucio Gaitán está en el aeropuerto de Barajas. Una pregunta lo atormenta: ¿regresa a La Habana o se queda para siempre en Madrid? Para responderse, repasa su vida de arriba abajo, con impresionante honestidad. A esa confesión corresponde, como debe ser, una prosa limpia de polvo y paja, un oficio depuradísimo que hace malabares preciosos con un vocabulario enriquecedor y sorprendente. Manuel convence porque su escritura no pierde tiempo en oraciones huecas, aun cuando la anécdota a veces se aleja del centro narrativo, en la búsqueda constante de altura poética o profundidad en el análisis. Manuel sabe que un árbol es la suma de sus ramas, y las va arrancando una a una como quien deshoja un almácigo y no una rosa. Acá se mezcla la memoria de una generación con sus mitos, miedos y ficciones, al tiempo que se entrecruzan personajes reales e imaginarios en un mismo escenario —que Pereira insiste en comparar con un Zoológico humano.

Esta novela, cuidadosamente publicada por Textofilia Editores, en su colección Lumia, recoloca a Pereira en donde siempre debió estar: en la vanguardia de la literatura latinoamericana contemporánea.



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