Actualizado: 17/11/2019 19:45
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¿Una causa sin rebelde?

De trovador a mecenas, de contestatario a figura del régimen: Silvio Rodríguez cumple 60 años mimado por los homenajes.

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Ya no calza botas rusas, ni desmelenado rasga la guitarra. Sus canciones —alguna vez contestatarias— han dejado de atraer a la censura y ya no vive en un apartamento de la calle 23.

El mundo y también la vida han cambiado para Silvio Rodríguez. Tal vez sin quererlo, así lo resumen los verbos en pasado de su último disco: Érase que se era.

A sus sesenta años, el trovador es lo que se dice un hombre del stablishment: diputado al parlamento, director y accionista de una casa discográfica que cobra 200 dólares la hora de grabación, mecenas de talentos jóvenes, dueño de un todoterreno japonés y de pastores alemanes con los que suele jugar en los cercados jardines de su casa en Siboney, un reparto de la antigua oligarquía.

En cuestión de semanas, sus viajes lo mismo lo ubican en el Barbican de Londres que en el Zócalo de México. Es una estrella de la izquierda internacional que bebe whisky, aunque se muestre retraído, vista jeans y camisetas, y diga que no es "un animal de escenario", lo cual también es cierto.

"Creo que se lo merece. Es una gloria de Cuba", opina uno de sus fans, que se identifica como Max.

Para este graduado de Arquitectura en los años noventa, Silvio descubrió a muchos "un registro impresionante de sensaciones y de búsquedas".

"Le debo mis lecturas de Vallejo por una entrevista que leí hace tiempo; le debo también haber encontrado a mi actual esposa en un concierto en la Universidad", enumera Max.

"Si tiene una vida burguesa, al menos la ganó con su talento y su trabajo, no como otros que roban, malversan o sencillamente son hijos de papá", remata, mientras se arregla su rabo de mula en la batiente esquina de 23 y L.

El artista y el poder

Silvio, como otros en la historia, es un caso típico de la relación entre el artista y el poder. Siempre pende del dilema de la complacencia o la crítica, sobre todo cuanto la fama y el prestigio tironean en una u otra dirección. Mirar para ambos lados se torna angustioso para alguien con escrúpulos.

"Creo que mis canciones, en cierto sentido, siempre han sido una especie de grito", reconoció el autor en una rara entrevista de hace diez años concedida a El Nuevo Herald, de Miami.

"Casi todas llevan implícita alguna queja y creo que no hubieran podido ser de otra manera (…) Sin embargo, ni entonces ni ahora he pensado en 'la oficialidad' para hacer o para dejar de hacer. Muchas de las canciones que por algunos fueron vistas como 'sospechosas', luego fueron editadas".

En efecto, las piezas de Rodríguez ya no zumban en los oídos de la censura, aun cuando algunas sean de lectura crítica o dardos contra zonas oscuras o pudendas de la revolución cubana.

En Resumen de noticias se compadecía de no haber estado nunca con los presos y habla de amigos y enemigos; en El problema enfila sus cañones hacia la falta de amor y solidaridad, mientras que se mete con la prostitución visible entonces en la Quinta Avenida de La Habana al escribir Flores nocturnas.

En 1994 sorprendió a casi todos con una de sus extravagancias: grabó varias canciones, entre ellas Venga la esperanza, junto a José Feliciano, quien por décadas estuvo maldito en la Isla por respaldar de algún modo la guerra en Vietnam y cantar la navideña I want live in America. Rodríguez lo sacó del ostracismo.

"Lo que me importa son sus canciones, tienen vida propia. Francamente, la persona que hay detrás me tiene sin cuidado", simplifica tajante María Morales, una florista que trabaja en un jardín funerario y que está de plácemes cuando radian en la madrugada alguna que otra canción del trovador.


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