Actualizado: 26/09/2018 10:19
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Una espía de película

Difícilmente, ni el mejor guionista de Hollywood, ni el autor de novelas de suspenso con más imaginación podrían haber concebido una historia como la de Mata Hari, quien es considerada la espía más enigmática y seductora del siglo XX

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El año que acaba de empezar traerá, como tantos otros, la celebración de varias efemérides significativas. Sin embargo, me atrevo a vaticinar que ninguna va a hacer correr tanta tinta ni dará lugar a tantas discusiones como el centenario del inicio de la I Guerra Mundial. Ocurrió, como todo ser humano sabe, en 1914. Entonces, como expresó el español Ángel S. Harguindey, las muy civilizadas potencias europeas decidieron convocar una sangría colectiva que pasaría a la historia con el nombre de la I Guerra Mundial. A tal fin, “y para conseguir una eficacia en los objetivos acordes con las revoluciones tecnológicas y científicas del momento, experimentaron nuevas armas como el gas venenoso, los submarinos, torpedos, aviones y tanques”. La cifra de muertos ronda los 9 millones, y al finalizar el conflicto bélico se dijo: “Nunca más algo como esto”. Pero solo hubo que esperar un cuarto de siglo para que quedase demostrado que esas palabras no fueron más allá de las promesas. La lección no había sido aprendida y cabe preguntarse hoy si la hemos aprendido. Personalmente, no lo creo.

Voy a adelantarme un poco a la fecha (la I Guerra Mundial se inició en junio) y dedicaré el trabajo de esta semana a un personaje muy representativo de aquella etapa. Su fama no se limita a un solo campo, pero en el mundo del espionaje fue algo así como Albert Einstein en el de la relatividad. Nada más morir, se convirtió en una leyenda que, curiosamente, ha terminado por encarnar la imagen del espía. Y digo curiosamente porque en realidad era su antítesis. En su época fue procesada bajo la acusación de haber causado la muerte de al menos 50 mil soldados. Hoy se sabe que la cifra era falsa, pero fue inflada como parte de una operación de marketing político propio de tiempos de guerra. Hablo, naturalmente, de Margaretha Gertruiida Zelle (1876-1917), aquella holandesa que se reinventó a sí misma para pasar a la historia como Mata Hari.

Aunque han existido infinidad de espías que la superan ampliamente en inteligencia y austucia, son muy pocos los que han despertado tanta fascinación como Mata Hari. Eso en parte se debe a que, más allá de la participación que haya tenido como tal en la guerra, su vida la convirtió en un personaje legendario, que despertó pasiones y sembró contradicciones y misterios. Difícilmente, ni el mejor guionista de Hollywood, ni el autor de novelas de suspenso con más imaginación podrían haber concebido una historia como la de quien es considerada la espía más enigmática y seductora del siglo XX. Entre razones, porque como ha comentado la escritora mexicana Margo Glantz, los agentes secretos carecen del encanto que hizo de Mata Hari un personaje sensacional.

Margaretha Gertruiida Zelle nació en Leewarden, una pequeña ciudad de la región ganadera de Holanda, hija de un comerciante de sombreros y de una mujer de descendencia javanesa. A los dieciocho años respondió una solicitud de matrimonio aparecida en un periódico. Lo hizo para escapar del acoso del director del internado en el cual la metió su padre, tras el prematuro fallecimiento de su esposa. De ello resultó su casamiento con un capitán de treinta y nueve años, con quien se marchó a vivir en Java, entonces colonia holandesa. Allí aprendió la joven los secretos de las danzas orientales, por las que siempre sintió una gran fascinación. Tuvo además dos hijos, un niño y una niña, pero el primero murió poco después en circunstancias confusas. Eso, unido al naufragio de su matrimonio (el marido era bebedor y violento y la sometió a un infierno de celos y agresiones), la empujó a volver a Europa en 1902, después de haber obtenido el divorcio. Sus planes, sin embargo, no eran regresar a Holanda, sino que tenía el ambicioso proyecto de instalarse en Francia.

Al llegar a París, pasó penurias económicas que la llevaron a la prostitución. El 13 de marzo de 1905 tuvo lugar un hecho que cambió radicalmente su destino. Ese día bailó en el Museo Oriental, donde se exhibían valiosas colecciones de arte asiático. Los asistentes pudieron ver a una bailarina que hacía su primera aparición pública en los escenarios parisinos. Aquella tarde ejecutó unas danzas sagradas, aprendidas supuestamente en los templos de la India. Solo estaba vestida con unos velos transparentes que permitían entrever su piel cobriza. La presentación había sido promovida por el coleccionista Émile Guimet y los espectadores quedaron fascinados.

Cinco días después de aquella actuación, el diario La Presse publicó un artículo en donde se podía leer: “Ha bailado con velos, una placa en los pechos y casi nada más. Nació en Java, creció en esta tierra de fuego y recibió de ella una soltura y un encanto mágicos, pero su cuerpo poderoso es un claro producto de Holanda. Ninguna mujer había osado, después del estremecimiento de éxtasis, quedarse así, sin velos que la cubrieran ante la mirada de los dioses (…) Mata Hari no baila solo con sus pies, sus ojos, sus brazos, su boca, sus uñas pintadas de color carmesí. Ninguna atadura molesta la comprime, puesto que Mata Hari baila con sus músculos, con su cuerpo entero”.

La bailarina más deseada por los hombres

Decidida a olvidar sus tragedias personales y sus fantasmas y amparada en su exótico físico, creó un personaje ficticio que continuamente fue modificando. Empezó por adoptar el nombre de Mata Hari, que en javanés quiere decir “ojo del alba”. Contó que era hija de una bailarina hindú del templo de Kanda Swany, quien había muerto a los catorce años al nacer ella. Asimismo decía que dominaba todas las técnicas del Kamasutra. Tras su muerte, en el apartamento en donde vivía se halló un ejemplar de ese libro, cuidadosamente anotado. Su gusto por hacer y rehacer su biografía, de acuerdo a las circunstancias y a su tendencia a la mitomanía, le añadieron más misterio a su persona. Ella acabó por creerse lo que se había inventado, y además logró convencer de ello a sus numerosos admiradores.

Con esa biografía amañada, un cuerpo hermoso y unos movimientos sensuales, conquistó París. Protagonizó espectáculos en donde bailaba cubierta de brazaletes y exotismo, y en los cuales se iba desnudando poco a poco. Solo ocultaba los pechos, que llevaba cubiertos con una placa, como se señala en el artículo de La Presse. Según se dice, eso era debido a que le faltaba el pezón en uno de los senos. Se lo había arrancado de un mordisco su violento esposo, en un ataque de ira. Su popularidad como bailarina llegó a ser tanta, que era sumamente difícil conseguir entradas para las primeras filas de sus espectáculos. Asimismo entre 1905 y 1906 se vendieron numerosas postales que la mostraban en plena danza. Su nombre además se usó como marca de cigarros, galletas, tabacos y perfumes.

Sus miradas y contorsiones pronto la hicieron famosas en toda Europa. Al referirse a ello, en una ocasión ella comentó: “En Madrid, jamás llegué a pisar la calle, porque cada vez que aparecía en la puerta del Hotel Ritz, una legión de caballeros arrojaban sus capas al suelo para que caminara sobre ellas, poniendo ante mí una alfombra que nunca se acababa”. Se la podía encontrar en todos los sitios de moda y en los mejores salones, donde no se cansaba de contar la historia de su infancia en Java y su iniciación al culto brahmánico. Fantasiosa y seductora, sabía cómo ilusionar a sus interlocutores.

Se convirtió así en la bailarina más célebre y más deseada por todos los hombres. Pero, ¿era realmente tan hermosa y tan buena bailarina? Respecto a su belleza, hay que decir que es discutible. Con esto no quiero decir, por supuesto, que fuese fea. Pero cuando se miran las fotos y postales en donde aparece, se puede afirmar que sus encantos físicos hoy no serían considerados relevantes. Probablemente, atraía sobre todo por su exotismo. En una época propicia al encanto por lo exótico, Mata Hari supo beneficiarse de eso. En cuanto a sus dotes como bailarina, pronto se descubrió que conocía mal los ritos y danzas hindúes. Ella misma fue sincera y admitió: “Nunca supe bailar bien. La gente acudía a verme porque fui la primera que se atrevió a exhibirse desnuda en público”.

A medida que pasaron los años y sus atractivos físicos empezaron a declinar, pasó a conceder más importancia a su papel de cortesana que al de bailarina. Por su cama pasaron infinidad de hombres ricos, que la cubrían de joyas, dinero y honores. Entre sus amantes, figuraron políticos, militares, escritores, compositores. Con contadas excepciones, toda la aristocracia de la preguerra sucumbió a su misterio y su exotismo. Sacó mucho provecho de las veladas privadas, por las que llegó a cobrar hasta diez mil francos por noche. Era irresistible para los hombres. Se cuenta que un policía alemán, que la investigó por cargos de indecencia, acabó acostándose con ella. Todo eso contribuyó a aumentar la reputación escandalosa que ya gozaba.

Además de su pasión por el dinero, Mata Hari era conocida por su debilidad por los militares. Algo que ella reconoció: “Siempre he amado a los militares. Prefiero estar con un militar cualquiera que con el banquero más rico de la ciudad”. Se acostaba con todos. No discriminaba entre unos y otros. Le daba igual que fueran franceses, alemanes, italianos, austríacos. Esa atracción por los militares, unida a la fama que tenía, devino su perdición. Para entonces el contexto europeo era otro. Mientras reinó la paz, nadie puso objeciones a la vida licenciosa que llevaba ni a sus relaciones cosmopolitas. Pero una vez que estalló la I Guerra Mundial, todo cambió.

A partir de ese momento, la obsesión por el espionaje y la traición se exacerbó. Sus constantes viajes y sus amistades se volvieron sospechosos para las autoridades francesas. A estas les empezó a inquietar su íntima amistad con militares y dignatarios alemanes, así como su interés en buscar la compañía de diplomáticos y oficiales franceses, ingleses y rusos que a menudo se hallaban en sitios cruciales para el desarrollo del conflicto bélico.

Fue usada como chivo expiatorio

Los servicios secretos franceses e ingleses empezaron a sospechar de ella. Creían que trabajaba para Alemania. Cuando estalló la I Guerra Mundial, se encontraba actuando en Berlín y fue amante del jefe de la policía de la ciudad. También lo fue del cónsul alemán en Ámsterdam, quien al parecer la introdujo en los servicios secretos de su país como la agente H-21. En agosto de 1916, el famoso Deuxième Bureau, la división francesa de contraespionaje, decidió ponerla a prueba y le confió una misión en Holanda. Por una serie de circunstancias, Mata Hari no pudo llegar a su país y se dirigió a España, centro del espionaje y el contraespionaje internacional. Allí intimó, por iniciativa propia, con el agregado militar germano. Obtuvo de él información sobre las maniobras y la transmitió a los franceses. Pero estos siguieron sospechando de ella. Pensaban que era una agente doble que trataba de hacerles creer que apoyaba la causa de Francia.

Quizás es cierto que Mata Hari, inconsciente en los afectos al igual que en los amores, trabajó para unos y para otros. Pudo decidirse a hacerlo debido a la incertidumbre acerca del final del conflicto bélico, pues no estaba muy claro quién lo iba a ganar. Es probable que tuviese temor de, una vez que terminara la guerra, volviera a padecer hambre y pobreza si se hallaba en el bando perdedor. Al ser agente doble, podría asegurar la sobrevivencia, venciera quien venciese.

La cuestión es que se vio implicada en una trama de espionaje bastante enrevesada y con muchos puntos contradictorios que nunca se aclararon. Su caso se usó como chivo expiatorio para acallar a la opinión pública, ante los fracasos de Francia en el frente. Eso sin olvidar el rencor moral inconsciente que provocaba su estilo de vida libertino. Fue procesada y se le halló culpable. Al veredicto se arribó sin pruebas concluyentes, basadas únicamente en hipótesis que hoy no se aceptarían. Asimismo al jurado solo le bastó menos de media hora para dictaminar la sentencia. Años después de su ejecución, el capitán André Mornet, quien fue el principal inquisidor durante el juicio, declaró: “Entre nosotros, en aquel caso no había pruebas ni para juzgar a un gato”.

Los estudios posteriores han revelado que la relevancia de Mata Hari como espía no fue tanta. Hoy las tesis más extendidas y aceptadas concluyen que, aunque reveló datos sobre ciertos movimientos de las tropas francesas y alemanas, fueron insustanciales y de poca importancia. No estaba preparada para sonsacar información importante, y tampoco disfrutaba con esa actividad. Durante el juicio se dijo que había sido entrenada como espía en Holanda, pero es algo que nunca se ha podido comprobar. Otra tesis bastante difundida es que los alemanes prepararon su eliminación y tendieron una trampa al contraespionaje francés, para que la asociara como una agente de Alemania.

En El caso Mata Hari, uno de los numerosos libros dedicados a ella, Lionel Dumarcet expresa: “Mata Hari era demasiado bella, demasiado distinguida, demasiado independiente, demasiado segura de sí misma, demasiado poco maleable para ser una espía. Su manera de vivir, los sitios en los que se encontraba en esos momentos cruciales de la Historia del mundo, su manera de ser y de parecer son del todo contradictorias con una actividad semejante. ¿Era entonces una mujer inocente? El profesor Clunet, que fue siempre bastante neutral con respecto a la bailarina, dio probablemente la respuesta. En su opinión, «Mata Hari no era inocente, pero tampoco tan culpable como para merecer la muerte»”.

Mata Hari era más bien una cortesana que aceptó encargos de esa índole para poder continuar llevando su costoso ritmo de vida. Quienes han estudiado su historia, sostienen que se tomó la labor de espionaje como un juego, sin tener conciencia del mundo en que vivía. Por su parte, ella murió proclamando su inocencia: “Prostituta sí, pero traidora ¡jamás!”. Nada, sin embargo, logró salvarla, pues los franceses estaban determinados firmemente a hacer de la suya una condena ejemplarizante.

Su ejecución, ocurrida el 15 de octubre de 1917, sumó más elementos a su mitología. Fiel a su imagen, ella se vistió elegantemente con un vestido negro y con los zapatos más bonitos que tenía. Se peinó, se colocó un sombrero de ala ancha con un velo y se puso unos guantes. Al salir de la celda, rechazó al jefe de la guardia cuando este quiso tomarla del brazo. Alegó que ella no era una criminal ni una ladrona. Pidió permiso para escribir tres cartas, una de ellas para su hija Non. No se sabe qué pasó con esas misivas, pues nunca llegaron a sus destinatarios.

De todo lo que se ha dicho sobre su ejecución, una de las pocas cosas verdaderas es que se negó a que le vendaran los ojos. Asimismo también parece cierto que lanzó un beso de despedida a los soldados y que solo cuatro disparos acertaron. Uno de ellos, en el corazón, le causó la muerte instantánea. Nadie reclamó su cuerpo, que fue empleado para el aprendizaje de anatomía de los estudiantes de medicina. Algo que entonces era habitual con los cadáveres de los ajusticiados y criminales. Su cabeza embalsamada, que según atestiguan quienes la vieron tenía el pelo teñido de rojo, permaneció en el Museo de Criminales de Francia. En 1958 desapareció, robada seguramente por un admirador.

Casi un siglo después de su muerte, el misterio y la fantasía la siguen persiguiendo, al igual que lo hicieron en vida. Aquel 15 de octubre murió el ser humano, pero nació el mito que la ha hecho inmortal. Como escribió Lionel Dumarcet, “matando a Mata Hari creían matar la imagen de la traición convertida en mujer. Pero la leyenda y el mito hicieron eterna la figura de la espía detrás de los velos. La bailarina que inventó el striptease será el prototipo de «chica Bond» de todas las novelas policiacas del siglo XX”.