Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Haratishwili, Literatura, Georgia

Una fascinante saga familiar

Desde que se publicó en 2014, La octava vida ha consagrado a Nino Haratishwili como una de las grandes revelaciones de la literatura escrita en Europa. Una novela monumental y cautivadora en la cual se repasa la etapa soviética de Georgia

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“Es una de las voces más importantes de la literatura alemana” (Die Zeit); “La literatura alemana contemporánea tiene una nueva heroína” (Deustschlandradio Kultur); “Nino Haratischwili enriquece la literatura alemana con una voz emocionante cuyos ecos resuenan hasta el Este” (Martina Läubli, Neue Züricher Zeitung am Sonntag); “Es la única autora en la literatura alemana realmente capaz de escribir una obra así” (Insa Wilke, SWR2 Lesenswert Quartett); “Haratischwili se ha convertido en una de las autoras contemporáneas alemanas más respetadas. Hace que los extraños nos resulten un poco más familiares” (Katharina Deschka, Frankfurter Allgemeine Zeitung).

Elogios similares a los anteriores ha recibido Nino Haratishwili (1983) desde que dio a conocer su tercera novela. Lo asombroso es que quienes así la encomian se refieren a una escritora y dramaturga nacida en Tiflis, Georgia. En su casa solamente se hablaba georgiano, y como escolar de su generación también aprendió ruso. Cursó además estudios de alemán en un colegio fundado en su país por germanistas, y después los completó en la universidad en Berlín, adonde pasó a residir a los veinte años. El alemán pasó a ser entonces la lengua a través de la cual se expresa literariamente. Ha llegado a dominarla con tal maestría, que ha merecido premios tan importantes como el Anna Seghers y el Bertolt Brecht.

Desde que se publicó en 2014, la novela que ha consagrado a Haratishwili como una de las grandes revelaciones de la literatura en Europa ha sido traducida a varios idiomas. Entre estos está la publicada en castellano: La octava vida (Para Brilka) (Alfaguara, 2018, 1002 páginas, traducción de Carlos Fortea). Al igual que en los otros países donde ya se ha editado, en España ha tenido buena acogida entre los lectores y una muy favorable recepción entre los críticos. En el suplemento cultural Babelia, José Luis de Juan comentó: “Ambiciosa, segura del material que narra, fría pero con una tensión emocional siempre a flor de piel, Nino Haratischwili, llegada a Berlín en 2003, compone un tapiz histórico fascinante en el que se mueven inolvidables personajes tolstoieskianos”. Y en el diario La Vanguardia, Xavi Ayén escribió: “Uno tiene la sensación por momentos de estar leyendo una actualización de Dostoievski, otras de Henry James… Estaríamos ante una mezcla de Guerra y paz y la serie más frenética de televisión. (…) Un novelón que, pese a su peso, cuesta dejar. No es solo lo mejor que he leído en los últimos días, sino un libro importante, del que se seguirá hablando”.

Al disponerse a comentar una obra como La octava vida, uno experimenta lo que Jorge Mañach definió como “una especie de desesperación crítica por no poder aproximarse, sino por la vía de los superlativos, a la latitud de aquel continente de belleza”. En efecto, resulta imposible no acudir a los superlativos ante esta novela monumental no solo por su extensión, sino además por la calidad de su escritura, por la nutrida galería de personajes ricamente trazados, por contar una historia absolutamente fascinante, por su capacidad de seducir al lector desde las primeras páginas.

Historia de un país, una familia y un siglo

En La octava vida se narra la historia de un país, de una familia y de un siglo. El país es Georgia, que en la pasada centuria, “después de ciento treinta y cinco años de protectorado zarista y ruso, durante exactamente cuatro años, consiguió instaurar una democracia, hasta que fue otra vez derrocada por los bolcheviques —en su mayoría rusos, pero también georgianos— y proclamada República Socialista de Georgia y por tanto parte de la Unión Soviética”. La familia son los Dzhashi, cuyos miembros sobrellevaron las convulsiones políticas de su época, se vieron arrastrados por la rueda de la historia y llevaron las huellas que el totalitarismo dejó en cada uno de ellos. Y el siglo es el XX, “un siglo que estafó y engañó a todos, a todos los que tenían esperanza”.

A lo anterior se puede agregar que La octava vida recrea, asimismo, aunque parcialmente, la historia de la Unión Soviética, su formación, su auge, su desintegración. Eso es posible porque algunos de los personajes se trasladan a otros países que formaban parte de la Unión Soviética, y también porque lo que sucedía en esta como un todo tenía un impacto considerable en Georgia. Todas esas líneas interactúan entre sí, pues Haratishwili hace que en su novela lo político cohabite con lo personal, lo histórico con lo contingente.

En varias entrevistas, la escritora ha comentado que inicialmente pensó escribir una novela mucho más modesta. Se proponía rememorar la Tiflis de los años 90, a partir de sus recuerdos de adolescencia. Expresó que “al principio, solo tenía tres personajes en la cabeza. Quería contar la historia de una familia durante el final de la era soviética, la época que viví en primera persona en Tiflis, pero enseguida entendí que necesitaba remontarme al menos un siglo para que esa historia pudiese ser comprendida. Porque todos nosotros, seguramente, somos descifrables solo en conexión con nuestras anteriores generaciones”. Empezó así a retroceder hacia atrás, luego un poco más y de pronto vio que se había remontado a la Revolución de Octubre.

La novela se inicia en 2006. Brilka, una adolescente de doce años, se ha fugado cuando estaba de gira con un grupo de danza y pretende llegar sola a Viena. Su tía Niza sale a buscarla y decide, a la vez, escarbar en su historia y en la de su familia para contársela a su sobrina. Decide entonces enfrentarse al pasado —el suyo, el de su familia— y escribir para ella y para Brilka la historia de las seis generaciones que la precedieron. Inicia su crónica en 1917. Stasia, la hija de un exquisito y próspero maestro chocolatero, tiene el sueño de ser bailarina en la Ópera de París. Pero recién cumplidos los dieciséis años, se enamora de Simon Dzhashi, primer teniente de la Guardia Blanca y amigo de su padre. La revolución que estalla en octubre en Rusia obliga a la pareja a contraer matrimonio precipitadamente. El teniente se verá arrastrado por el ímpetu revolucionario que conduce a los bolcheviques a la toma del poder.

Comienza así una épica saga familiar, un enorme tapiz hilvanado con innumerables hebras. La narración está distribuida en siete “libros”, que llevan como título el nombre del que es su personaje central: Stasia, Christine, Kostia, Kitty, Elene, Daria y Niza. Hay un octavo dedicado a Brilka que está en blanco, probablemente como signo de esperanza de que tal vez la adolescente trascienda la historia de su familia y de su patria y empiece a escribirla de otra manera. A esos caracteres se suman las personas asociadas a ellos como amigos, amantes o enemigos. Todos conforman, en conjunto, una riquísima y fascinante galería.

Todos los “libros” tienen como principal figura a mujeres. La única excepción es Kostia, el patriarca de los Dzhashi. Hasta el final de su vida, es un comunista convencido y profesa una lealtad a unas instituciones que se saben injustas. Pertenece a la nomenklatura del régimen y como tal, disfruta de los privilegios reservados a esta. Varios de los personajes se ven abocados a trances límite. Ninguno consigue construir una felicidad duradera y se puede afirmar que sus vidas son tristes. Es cierto que la perniciosa influencia del contexto político tampoco los ayuda, pero ellos a su vez se encargan de empeorar su situación.

Personajes creíbles y bien definidos

A lo largo de la novela asistimos a infidelidades, pérdidas, separaciones por exigencias del trabajo, embarazos no deseados, disputas por la crianza de los hijos, amores correspondidos y no correspondidos, ilusiones mutiladas, celos justificados o infundados. A unos personajes les toca hacer de chivos expiatorios, como los Eristavi, quienes van a parar al gulag. Otros pasan por experiencias traumáticas que los marcan para siempre y alguno incluso se suicida. Hay quienes dejan Georgia temporal o parcialmente. Unos porque se van a otro lugar de la Unión Soviética. Otros dos porque se van a Estados Unidos y Londres, respectivamente, y nunca regresan. Conviene hacer notar que todos los caracteres son creíbles, están muy bien definidos y se distinguen por una complejidad y una agudeza psicológica que ponen de manifiesto que, a pesar de su juventud, Haratishwili posee un profundo conocimiento del alma humana.

Las vidas de esos personajes se van entrelazando y, al mismo tiempo, están ligadas a la convulsa realidad en la cual se desenvuelven. A través de esas correspondencias finamente trazadas, de ese modo se muestra tanto su personalidad como el contexto histórico. A lo largo de la novela desfilan hechos como las purgas estalinistas, los gulags, la Guerra Patria, la muerte de Stalin, el deshielo, la Guerra Fría, los viajes al espacio, el período de estancamiento, la guerra de Vietnam, la primavera de Praga, la perestroika, la caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética. Como es natural, unos están más claramente destacados que otros, de acuerdo a la influencia que tienen en la existencia de los personajes.

Haratishwili proporciona además resúmenes muy atinados y esclarecedores. Casi nunca da precisiones de tiempo y emplea muy pocas fechas. Pero dado que su relato sigue un estricto orden cronológico, resulta fácil deducir las épocas. Véase, como ejemplo, este párrafo en el cual introduce el año 1935: “¡Había comenzado un año emocionante! Un año en que se fundó la Luftwaffe, se estrenó Porgy and Bess y se cantó «Summertime», el jazz fue prohibido en Alemania, un año en el que empezó la cultura de la gramola, en el que Billie Hollyday tocó en una jam session «What a Little Moonlight Can Do», un año en el que el caudillo soviético redactó una nueva Constitución, que había de entrar en vigor al año siguiente y costar la vida a millones de personas”.

Conviene anotar que al lado de los numerosos caracteres ficticios, aparecen tres que existieron realmente y nacieron en la “soleada patria georgiana”. Uno es nombrado por su nombre: Grigori Mairanovski. Sobre él se apunta que “se puso bajo las alas del Pequeño Gran Hombre y fundó finalmente el laboratorio secreto 12. Este laboratorio, a las órdenes de la NKVD y por tanto del Pequeño Gran Hombre, fabricaba determinadas sustancias tóxicas y las probaba en prisioneros. El trabajo del laboratorio debía prestar «ayuda» a los espías en el extranjero capitalista. El principal mérito de Mairanovski consistiría en el invento de la silla tóxica, que sigue utilizándose todavía hoy, dicho sea de paso”.

Los otros dos personajes son Lavrenti Beria y Stalin, quienes no aparecen con sus nombres. El primero es el antes aludido Pequeño Gran Hombre, y en la novela tiene un papel destacado. Haratishwili emplea con mucho ingenio la fama de depredador sexual que tuvo para incorporarlo a la trama. Durante la etapa en que aún vivía en Georgia, interactúa de modo directo con un miembro femenino de los Dzhashi. En cuanto a Stalin, antes de ascienda al poder se le presenta bajo distintos apelativos. A partir de entonces, pasa a ser llamado el Generalísimo. Como personaje, no interviene propiamente en ningún episodio, pero su influencia maligna, su irracional crueldad y el miedo que ejerce sobre los demás hacen de él una figura omnipresente. Acerca de esa decisión de eludir los nombres de Beria y Stalin, la escritora declaró: “Los dos eran georgianos, los dos pesaron como una maldición sobre ese siglo y contar su historia sin nombrarlos es una manera de quitarles su poder”.

Posee un calado y una fuerza inusuales

En esa historia coral en la cual confronta y hurga en el pasado soviético de Georgia, la escritora introduce algunos elementos de realismo mágico. Stasia es visitada a menudo por los fantasmas de los familiares y amigos que han muerto. Es ella quien además recibe de su padre la deliciosa y sublime receta de un chocolate tan adictivo como maldito. Es guardada como un secreto de guerra y va pasando de una generación a otra. Ese chocolate, que a menudo aparece en momentos cruciales, posee el poder de provocar desgracias a quienes lo toman. Al final, Niza encuentra el antídoto para ese efecto tan amenazador en Brilka. A su vez, está segura de que su sobrina también encontrará el suyo, aquel que volverá inocuas todas las maldiciones.

La octava vida posee un calado y una fuerza inusuales en una autora tan joven (esta tenía treinta y un años cuando la publicó). A pesar de que el idioma en la cual la escribió no es el materno, posee una prosa precisa, fluida y luminosa, unas cualidades que se mantienen en la excelente traducción de Carlos Fortea. En su propósito de remover tumbas de la etapa comunista de su país, Haratishwili evita el sentimentalismo y el tono patético. Incorpora además una considerable dosis de ironía, que en sus manos se convierte en un recurso empleado con medida y eficacia. Desmitifica también la figura de Stalin, pues como ella ha declarado nunca entendió por qué los georgianos se sienten tan orgullosos de él. Uno de los textos que le dedica, es este en el cual describe su muerte:

“Al quinto día de agonía, el asesino de millones de personas murió rodeado de su séquito, que lloraba, y del triunfante Pequeño Gran Hombre.

“Al Generalísimo le habría gustado su entierro. Incluso muerto tenía el poder de matar gente: durante el funeral en la Plaza Roja, el 9 de marzo de 1953, cientos de personas fueron pisoteadas o asfixiadas por la multitud.

“Incluso los ocupantes de los campos, a los que el muerto había destrozado la vida, robado el futuro, declarado esclavos o infrahumanos, cuyas familias había disuelto, se daban con la cabeza contra las rejas y los alambres de espino presa de la más profunda desesperación, al recibir la noticia de la muerte del caudillo”.

El volumen de la novela puede desanimar a muchos. Conviene decir que se trata, no obstante, de un temor infundado. Tan pronto como se empieza a leer, cada una de sus mil páginas se devoran con verdadera avidez. Las historias que se narran son tan complejas, vívidas y cautivadoras, que resulta imposible soltar el libro. Como comentó Wendell Steavenson en The New York Times Book Review, estamos ante una obra en la cual “el lector se regocija de haber encontrado por fin uno de esos gloriosos libros antiguos en los que se puede vivir y aprender, perderse y encontrarse, y hacer nuevos e imborrables amigos”.