Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Literatura, Literatura cubana, Novela

Una fiesta de la palabra

En la novela Tres en una taza hay una contención y una dosificación muy equilibrada entre el qué y el cómo

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Tres en una taza[1], la última novela de Froilán Escobar, es una fiesta de la imaginación y del lenguaje. Un libro plagado de pasajes memorables, de hallazgos, pero que no se reduce a una colección de citas citables. El juego entre la realidad rampante y la realidad alucinada crea un universo singular, de modo que ambas ocupan planos alternos o superpuestos, complementarios, y ninguno resta al otro, sino que lo subraya.

Al mismo tiempo, Escobar imprime a su historia un ritmo, una progresión narrativa galopante, pero no por ello confusa: el lector queda atrapado por la historia, capta de inmediato el juego literario que propone y establece con él una relación de complicidad.

Hay autores, como Flaubert, que travisten el discurso a la medida de sus personajes. Otros, como Borges o Carpentier, son un estilo. Y ese es el caso de Froilán Escobar. En su narrativa anterior el lenguaje, el discurso, protagonizaba la historia. En Tres en una taza, en cambio, hay una contención y una dosificación muy equilibrada entre el qué y el cómo. Siendo fiel a su estilo, el autor lo ha domesticado al servicio del universo que construye. Como en la buena joyería, las gemas están justamente engarzadas. Aunque no escaseen, porque esta es una novela repleta de hallazgos. Como la excelente propuesta de transcribir como demolición real, como ruina, como naufragio, como ciudad en fuga, el naufragio moral, ideológico, que en 1980 asoló el país de punta a punta.

Escobar nos regala frases que condensan páginas enteras, como cuando “el aire te decapitó el grito y se lo llevó lejos de tu boca”. “Cuando escribías una línea en tu novela y alguien conocido aparecía en un párrafo cualquiera, cambiabas enseguida la coma por un punto y seguido para no se encontrara conmigo”. O los vientos: “el que se iba a llevar la pobreza y de paso se llevaba al discrepante”. O cuando “Te derrumbaste en el asiento hasta quedar profunda­mente des­pierto”. Y no seguiré, porque corro el riesgo de transcribir media novela.

Un elemento axial de Tres en una taza es el desdoblamiento entre personaje real y alucinado, entre autor y alter ego, entre las dos personalidades alternativas del mismo personaje, dualidad esencial para explicar el mundo que se narra. Un recurso arriesgado pero que el autor hace funcionar con la mayor pericia. A través de las sucesivas referencias, el lector va comprendiendo que “Ahí fue donde dio comienzo este desesperado viaje que tú, Yo, por tu vocación de desdoblamiento, querías convertir en novela”. Más adelante, Escobar cuenta que “Extrañaba ser yo mismo, pensar una alegría desde mí, porque mi pasión era ser yo, no mi otro. Quería contar historias que me sucedieran a mí. No quería que Yo me utilizara más para narrar su novela. No quería privarme más de mí mismo”. Los planos de realidad y ficción se alternan, convergen, difuminan sus fronteras, resbalan uno hacia el otro, a lo que se añade el singular manejo del tiempo. De ese modo “Mi yo, corpóreo, rodó hacia el presente. Me vi persona. Empezaba a ser persona. Este Tú empezaba a ser cada vez más yo mismo. (…) Lo cierto es que este Tú era definitivamente yo. Nunca lo había pensado. Era la primera vez que me percataba de mí. Yo ya soy solamente yo, me dije sin preocuparme de que alguien me oyera”. Y más adelante apostilla que “Dejé de ser el antepasado de mí mismo. Yo ya era yo, y también los otros”.

Hay un párrafo clave para comprender la relación entre el yo presente, el escritor, el yo rehabilitado, y el yo exhumado, al que podríamos llamar el yo condenado:

“Estabas esperando que llegara el futuro y lo que te llegó, por un dedo mal puesto en una tecla de la máquina de escribir, fue el pasado. Ahí fue cuando apareció este Tú. (…) con tu alucinación me sacaste de diez años atrás, de donde me mandaron a trabajar en la construcción de un hospital, y me trajiste al presente. Percibí enseguida tu desazón. Te sentías aplastado. Solo así empezabas a percatarte de que este Tú existía. Solo cuando te sentiste solo, empezaste a meterme en tu novela. Es verdad que sin tu ego, ni Yo, ni Tú, podríamos existir, pero también es verdad que este Tú era la única vía que tenías para recordar a B. A través de mí te era posible resucitarla, porque como este Tú es el que vive encarcelado en el pasado, y a ella también la habías dejado allí: únicamente a través de mis ojos podías verla de nuevo. (…) El yo, Yo, no te permite verla ni tenerla. El yo es la soledad por excelencia”.

Junto a los múltiples yo y el autor devenido personaje, atraviesan el territorio de esta novela no pocos protagonistas de la vida cultural habanera. Si es conmovedor el pasaje dedicado al Ambia, o la aparición de Luis Rogelio Nogueras, El Rojo, José Lezama Lima encabeza la irrupción de la realidad en la ficción, aunque sea metaforizada. El profundo conocimiento de Escobar de la obra lezamiana y sus encuentros personales con el autor de Paradiso nos permiten, literalmente, escuchar a Lezama en estas páginas sin que el autor pretenda suplantar su voz, algo muy de agradecer entre tanto neolezamiano trasnochado. La agonía de Lezama resulta auténtica pero, al mismo tiempo, muy literaria, como correspondió a alguien que vivió en la palabra antes que en la calle Trocadero de La Habana: “Empecemos el Curso Délfico, joven. Tenemos que volver a los orígenes, dijo entusiasmado. No, Lezama, no hay tiempo, no tenemos tiempo…, le respondí. (…) Tenemos que ir para la funeraria, Lezama. Pero, ¿a quién se le ocurre, joven, irse al Hades a esta hora? (…) Se fue lejos con su mirada. Y cuando la devolvió a sus ojos, todavía perturbado preguntó: ¿Ya llegó la hora?”. El conocido episodio de la salida del voluminoso cuerpo del poeta por la ventana ante la imposibilidad de sacarlo por la puerta es recreado con una belleza que el propio Lezama habría aplaudido: “Para que pasara por la puerta, tuvo que quitarse la respiración. Tuvo que anular de su memoria el caldo gallego, la fabada, el ajiaco, el arroz con pollo a la chorrera, el flan de coco, las múltiples nubosidades de los merengues. Tuvo que invocar muchas veces a Heracles para apretarse la descomunal barriga”.

El tiempo es, sin dudas, otro protagonista de Tres en una taza. El tiempo como metáfora de la historia: “Alguien desde el otro extremo del viaje te llamaba, o era el tiempo que también saltaba el muro del malecón y se iba, porque no soportaba más su transcurrir”. El tiempo convertido en espacio: “el día en ese momento marchaba apurado por la calle Belascoaín en dirección al centro masónico. La noche unas 10 cuadras más allá venía por el malecón”. O los diferentes planos temporales que coexisten y los vasos comunicantes entre ellos, algo crucial para comprender la historia: “Por más que extendieras un abrazo, el abrazo se desmoronaba sin tocarla, porque tus enormes manos se alargaban hacia ella en el presente, y B solo existía en el pasado. Un abismo de tiempo te separaba de ella. B no era para ti más que un fulgor verbal en un tiempo que parecía distante, borrado”.

Otro elemento clave en la arquitectura de esta novela, junto al tiempo y la alternancia de los yo, es que el lector recibe varias perspectivas de un mismo acontecimiento o de un mismo personaje. Unas y otras se complementan y traman toda la complejidad del argumento. A eso se añade la biunívoca relación entre realidad vivida y realidad narrada, entre ficción y no ficción deslizantes una hacia la otra. Un magnífico subrayado de la realidad/irrealidad de este Diablo Cojuelo, este viaje en un autobús que atraviesa por dentro la ciudad, y la (presunta) realidad de sus recuerdos es cuando el autor sentencia: “Abriste los ojos como si todavía no te acostumbraras a la irrealidad”. Y más allá, en otra vuelta de tuerca de la imaginación, la palabra escribe al escribiente (“La palabra, en la novela, te pensaba”), o cuando los personajes se amotinan y deciden hacer su voluntad en el territorio de la página: “Permanecía recostada en la es­quina de la página (con una tachadura ilegible) pensándote a ti. Al principio con desparpajo. Después con cierto lirismo: como si fueras tú”.

No es esta una novela política, pero tampoco deja de serlo, al contar una sociedad donde lo político se volvió omnipresente hace sesenta años, porque “La Historia nos llegó de golpe, como si nunca hubiésemos estado en ella”. “El país entero caminaba hacia donde soplaba el viento. Era la corriente. Todos soplábamos con nuestras bocas y nuestras manos un poquito para contribuir a la fuerza de la ventolera. Era hermoso aquello de poder contribuir con un soplo al poderoso ciclón que se llevaría la pobreza, que se llevaría el pasado de exclusiones para siempre. A los que se atrevían a oponerse a lo tremendo del empuje, el viento los arrancaba y expulsaba lejos; a los que se quedaban aferrados a sus raíces, a la ilusión construida entre todos, si tosían o discrepaban, el viento con su fuerza erosionante les borraba el rostro hasta hacerlos invisibles. No había elección”. Es excelente la historia del campesino al que le respetaron sus tierras presentando como única documentación sus manos, y la historia del chino al que encarcelaron por una pequeña colección numismática. Y triste la historia del exhibicionista abandonado en la beneficencia, o la historia del Campa, la personalización de la pérdida, de la derrota, de los que fueron apartados y no tuvieron voluntad, o ánimos o posibilidad de levantarse de nuevo. Campa es un personaje que funciona como los residuos que va dejando a su paso la máquina trituradora de la historia, algo que no es exclusivo de la historia cubana. La historia universal está plagada, sobre todo los ciclos heroicos, de vertederos donde se apilan los restos humanos que la maquinaria implacable de la historia va dejando a su paso.

Tres en una taza no es sólo una suma de excelencias, por muy numerosas que sean. Es un trenzado coherente y cerrado donde la memoria de lo ocurrido, la realidad de la escritura y el fabuloso viaje de ese autobús por los entresijos de la ciudad y de su gente se concilian perfectamente sin necesidad de explicaciones adicionales u otros artilugios de carpintería literaria. La muerte de Lezama, que coincide en la novela con el momento en que la ciudad se desmorona o huye de sí misma hacia el norte, funciona como una alegoría del país que abandona la poética para sumergirse en la picaresca de la supervivencia.

Una historia, en suma, que abandona en el lector un sedimento de ideas, una virtud que sólo atañe a la buena literatura, y lo deja con ganas de más. ¿La muerte inflamada de Lezama invoca una obra que no cabe dentro del cuerpo y que está destinada a expandirse más allá? ¿El saquito de huesos en que se convierte el padre es una metáfora del adelgazamiento, la desaparición de la memoria en un país que invoca su historia con la misma insistencia que la niega? ¿El desdoblamiento de los yo no sólo alude a esa múltiple personalidad que de alguna manera nos habitaba a todos, sino también a la múltiple personalidad de un país que sueña lo que quiere, dice lo que puede y hace todo lo contrario?

En términos gastronómicos, esta novela es un plato consistente, alto en calorías de ideas. Concilia una estructura narrativa eficaz con el oportuno impulso poético. No sé si llamarla novedosa, un término más apropiado para la pirotecnia que para la literatura, donde ya hemos visto experimentos de toda índole, más o menos afortunados. Y también hemos visto como muchos sobresaltos estructurales, malabarismos narrativos, han caducado a una velocidad sorprendente. (Siempre nos quedan El maestro y Margarita, las pesadillas de Kafka o los muertos de Rulfo). Aunque, ciertamente, Tres en una taza no es una novela convencional, su valor reside, más que en cualquier pirotecnia, en su carácter revelador. Froilán Escobar nos construye un mundo, un universo, y lo hace con una maestría narrativa y una elegancia poética que convierten esta novela en una fiesta de la palabra.


[1]Tres en una taza. Ediciones Cumbres, Cuadernos Terpsícore. Madrid, 2016.


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