Actualizado: 22/03/2019 14:06
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Ventana del lector

Una Habana para Leonardo Padura

La ciudad de Padura es un espacio donde lo que falta es justamente lo más real: la crítica a la economía política y sus fracasos

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Como parte de las iniciativas de intercambio cultural entre Cuba y Estados Unidos, el escritor Leonardo Padura fue el invitado “keynote speaker” a la University of North Carolina (Chapel Hill), donde sostuvo una conferencia sobre la relación entre viaje y literatura. No sorprende, entonces, que Padura comenzara su ponencia con una apostilla que abrazaba estas nuevas medidas del intercambio cultural y el acogimiento de no pocas universidades norteamericanas hacia su obra. “La academia norteamericana es fundamental no solo para mi obra, sino para la obra de muchos escritores cubanos”, dejó dicho Padura con una sinceridad aplastante. A la vez que una felicidad se desprendía de su mirada, puesto que comentaba que su visita a Chapel Hill era solo el comienzo de todo un plan de ruta por diferentes departamentos de literatura en Estados Unidos.

A diferencia del mercado, visitar la academia asume un pago simbólico no poco estimable. De ahí, por ejemplo, que se lean libros de ciertos autores, se asignen ciertos textos para clases de literatura hispanoamericana, o se escriban trabajos académicos sobre diferentes aspectos de un autor. En la conferencia, para no ir más lejos, se congregaban dos paneles sobre la obra novelística de Padura que se ocupaban de Las Cuatro Estaciones, y hasta de su más reciente novela sobre Trotsky, El hombre que amaba a los perros (Tusquets, 2010). Verdaderos entusiastas del autor cubano, estos estudiosos, devenidos paduristas, se amontonaban en los pasillos a charlar —uno podía escucharlos— sobre la supuesta genialidad de Mario Conde o la vuelta de la novela histórica tras tantas viñetas de detective.

Bajo un entorno bíblico, la conferencia de Padura se titulaba “La Habana nuestra de cada día”, y pretendía repasar, en una hora coloquial, la historia de la capital cubana a través de la literatura. Entre el ensayo histórico y la narración de viaje, Padura ataba cabos desde el origen de la literatura cubana hasta el comienzo de sus novelas policiales. Una teleología que, sin premoniciones, dejaría serias dudas sobre su imagen de la ciudad. Abría con una mención a Manuel Moreno Fraginals y su libro Cuba/España, y por momentos, uno tendría la idea que la conferencia se trataría del mar, ya que se detuvo unos quince minutos sobre la bahía, los colores del mar y la historiografía del comercio colonial habanero. Para Padura el mar simbolizaba la entrada de la ciudad y sus colores. Sin embargo, ¿no es también el mar la salida del país? ¿No es el mar, la fuga, la balsa, o la fabricación de una invasión de Norteamérica? En ningún momento menciona —anoto en mis apuntes— el terror que también encarna y convulsiona el mar sublime de Martí en “Odio al Mar”, o las balsas de Luis Cruz Azaceta que naufragan en las corrientes del Golfo. La mirada de Padura sobre la mar es una postal turística de alguien que habla, no sin nostalgia, de un pasado que aún escolta cierta esperanza en un horizonte futuro.

Pero no era el mar, sino la ciudad donde Padura quería posicionar su mirada. Si el mar fijaba un atisbo y una ilusión fracasada (¿podríamos suponer que el autor estaría pensando en las balsas, aunque no las haya aludido?), la ciudad era el espacio, según sus propias palabras, del instante en que aparece la fundación nacional. Es allí, y no en otra parte de la Isla, donde nace y crece simbólicamente la subjetividad cubana. Para este fin, están las novelas de Cirilo Villaverde y José Echevarría, donde, según Padura, se materializa el espíritu cubano y emerge una nueva forma de ser que, intrínsecamente, se ordena a través de la urbe. En las novelas de Villaverde tenemos por primera vez no una idealización de la ciudad como maqueta de un “querer-ser”, sino una fotografía, un reflejo, si se quiere, de los antagonismos, diferencias y relaciones entre las clases del decimonónico cubano. Cecilia Valdés y La joven de la flecha de oro son leídas por Padura como orígenes que documentan la supuesta condición cubana y sus problemas sociales. Amén de estas discusiones, Padura no logra abordar la cuestión política. Repite adagios a la manera de “problemas sociales”, “diferencias culturales”, “visiones opuestas”, “dilemas del racismo”, pero no logra adentrarse en la raíz del problema que, si hablamos de la ciudad actual de La Habana, lo encontramos en la función político-cultural de la Isla.

La ciudad de Padura, que averigua sobre la realidad de una sociedad desde sus representaciones literarias, es un espacio donde lo que falta es justamente lo más real: la crítica a la economía política y sus fracasos. En la segunda parte de la charla, donde lanza un análisis sobre Lino Novas Calvo y Alejo Carpentier, una vez más, la ciudad es leída como cartografía imaginaria. Aunque de una forma muy silenciosa, filtra un comentario político que diferencia estas dos poéticas. Padura comenta que, si para Novas Calvo la ciudad era un espacio imposible, cerrado, kafkiano, que condena al hombre a la alienación moderna (imagino que de la misma forma se pudiera hablar de los cuentos de Calvert Casey); para el Alejo Carpentier de El Acoso, La Habana es una ciudad abierta, que avisa de nuevas posibilidades, y que, al ritmo de una pieza barroca, ofrece otra álgebra del cambio. Una vez más, la ciudad se despolitiza a través de recovecos formales e imaginarios al mejor estilo de Italo Calvino. Aunque tal vez podríamos entender la lectura de Padura como política mediadora que hace de Carpentier el profeta de la posibilidad que desemboca en el proyecto revolucionario, y a Novas Calvo como el escritor que, al resistir el imaginario de otro espacio posible, está obligado a emigrar, a ser desterrado, abandonar la ciudad para solo encontrarla con el tiempo.

La otra parada en este derrotero genealógico por la ciudad es Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante. Novela que, para Padura, marca otro ritmo de la ciudad, donde se pasea en carros americanos, se leen novelas americanas, se habla en inglés, y se alientan las noches en los night-clubs habaneros. La Habana de Cabrera Infante es el lugar donde se entremezclan los lenguajes, advierte Padura, y remata: “He ahí su mayor mérito: haber construido el lenguaje de lo habanero”. Pero se detiene. En ningún momento nos explica Padura a qué tipo de lenguaje se refiere, o si acaso se puede explicar una ciudad bajo el signo monolítico de un solo “lenguaje habanero”. En todo caso, el Cabrera Infante de Padura, como su Novas Calvo, es un escritor que poco o nada dice sobre la política o los mecanismos culturales durante esta fase terminal de La Habana revolucionaria.

Y es curioso que el momento que más esperaríamos de la conferencia de Padura, donde llega a la Revolución Cubana, sea justamente donde encontramos un páramo de soledad, una especie de vacío de nombres propios y obras literarias. Tal y como si un perro le hubiese carcomido las páginas de su ponencia, para tomar prestada la imagen que rescata Antonio José Ponte en El libro perdido de los origenistas, y se tenga que pasar al registro de unos cuantos nombres de escritores difuntos o marginados de la cultura cubana. Por ejemplo, salen a flote los nombres de Jesús Díaz, Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Humberto Arenal, Reinaldo Arenas y Pedro Juan Gutiérrez. Escritores que, según Padura, han vuelto a una Habana donde lo que prima son las ilusiones perdidas y la batalla cotidiana del hombre frente a su entorno. Es quizá en este punto donde se hace visible la operación ideológica del discurso de Padura en tanto la ciudad como zona imaginaria de conflictos. Corroborar que la ciudad actual de La Habana es también la ciudad de maleantes, de escombros y trapicheos, sería, en definitiva, dejar claro que la Revolución ha continuado el deterioro del capitalismo y la alineación moderna, solo que por otros medios. De ahí que Padura no entienda esta realidad a nivel político o económico, y prefiera leerla como espacios imaginarios de la autonomía literaria.

Desde Reinaldo Arenas hasta el presente, sentenciaba Padura en el final de su ponencia, se escribe con “marcadas intenciones ensayísticas”. Enfatizaba esa “intención ensayística” como si, al escribir el ensayo o hacer de la ficción una forma ensayística, se estuviese perpetrando un crimen que solo Mario Conde podría resolver. El ensayo, sin embargo, es la forma política, como ha visto Adorno, y por consiguiente, el género que Padura no podría admitir en su simbolización habanera.

El ensayo de los noventa es la marca de una literatura del desencanto que, al igual que los cuentos de Novas Calvo, no logra establecer una fidelidad con la adversidad de su contorno. La novela de los noventa, para Padura, es un espacio que quizá refleja con mucha intimidad el deterioro urbano y que busca crear una nueva imagen del subdesarrollo, tal y como apuntaba Edmundo Desnoes en aquel famoso ensayo escrito en los primeros años de la Revolución. Lo que ignora Padura es que La Habana en ruinas, si bien en algunos casos se hizo pasar por producto exótico, no implica necesariamente ser una figura ignorada por las poéticas contemporáneas. Si de ruinas y política hablaba, ¿cómo es posible que Padura pase por alto los cuentos y la novela La Fiesta Vigilada, de Antonio José Ponte? Pero quizá abordar un cuento como “El arte de hacer ruinas”, obligaría a Padura a politizar su discurso, algo que, desde el comienzo de su charla, intentó aislar por todos los medios posibles. Una vez terminada su ponencia, Padura lo dejó aún más claro: “No soy político, no quiero imaginar el futuro de Cuba”.

Al silenciar a los escritores cubanos de la década de los noventa y de estos últimos diez años, Padura repetía el gesto de la política oficial cubana, que continuamente opone, dentro de una norma binaria, escritores de la Isla y del exilio. De ahí que, salvo una breve y enigmática mención a Abilio Estévez (“Mi amigo Abilio, escritor publicado también en Tusquets, quien ahora vive en Barcelona”, decía Padura con afección), los escritores cubanos exiliados brillaran por su ausencia, y los que figuraban habían ya habían pasado a mejor vida (Cabrera Infante, Arenas, Novas Calvo, Díaz). Menciones a Karla Suárez, Rogelio Reverón o Pedro Juan Gutiérrez, dejaban a un lado escritores como Daína Chaviano, Antonio José Ponte u Orlando González Esteva, que desde la novela, el ensayo o la poesía, han ofrecido lecturas fundamentales sobre la ciudad. Una vez más, y quizá sin proponérselo, el estante de la literatura cubana, como le gusta decir a Rafael Rojas, se ocupaba de hacer visible cómo los lomos de algunos libros y nombres quedaban fuera del anaquel nacional.

Al preguntarle a Leonardo Padura, tras terminar su ponencia, si él veía alguna diferencia en cuanto a la representación de la ciudad entre las escrituras producidas dentro de Cuba y las de fuera, el autor de Las estaciones, abogó por una “literatura de la unidad”. Y me respondió con una pregunta retórica en el mejor sentido anglosajón: “Chico, mira, no, no hay diferencia alguna. La literatura cubana es Una. Piensa en Celia Cruz, ¿existe algo más cubano que ella?”. La idea de la unidad tampoco fue matizada, y por momentos estaríamos tentados a pensar que tal unidad no es más que una huella de ese totalitarismo cubano, que solo entiende la positividad como inclusión totalitaria y sin exteriores.

Pero quizá no sea así para Padura. Una de las sorpresas que nos llevamos del autor habanero fue su respuesta a otra de las preguntas de la audiencia, en la cual el escritor defendió con vehemencia a las editoriales españolas (Anagrama, Tusquets, Planeta, Alfaguara) que mantienen el monopolio de las publicaciones latinoamericanas. Según Padura, el mercado es la única forma de unidad entre escritores. Con aliento de radicalismo y sondeos de libertad, el discurso de Padura hizo visible el funcionamiento del escritor orgánico de la Cuba de hoy. Ya no importan las ideologías, la Revolución, el bien o el mal, lo importante es hacerse visible en el mercado y encontrar allá, con suerte de las academias, el mecenazgo que no pudo ofrecer el respaldo cultural del Estado revolucionario.



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