Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Una historia de la era del silencio

Esta película contradice con eficiencia el discurso de los vencedores

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Debo ante todo confesar que me es difícil ser completamente objetivo al valorar Santa y Andrés. La razón es que me toca directamente porque la narración toma como referente la situación de mi generación, los que nos tocó vivir la peor parte del castrismo, cuando acababan de consolidarse en el poder y gozaban de gran apoyo internacional. Es una generación de la cual la mayor parte se conoce como “Generación del Mariel”, pero que yo prefiero llamar con el término con el cual la bautizó Manuel Ballagas: “Generación del silencio”. Término que fue reconocido por el escritor y cineasta Jesús Díaz, quien fuera uno de sus silenciadores y quien después rectificó su actitud. Una generación de la cual poco se sabe y que es casi un enigma para los que la quieren estudiar. Es el hueco negro de un periodo de la historia cubana muy mal documentado.

Carlos Lechuga, con su segundo largometraje, se ha dado a la tarea de realizar un filme sobre la relación entre dos seres que vienen de sendas opuestas, quienes viven un periodo de represión y en el cual la política define y determina las relaciones humanas.

Santa es una mujer joven, de cerebro lavado por la propaganda del poder, que obedece y cumple funciones de vigilancia con estoicismo y rigidez. Su premio parece ser cumplir más misiones de vigilancia. Se gana el sustento como granjera, cuidando ganado. Andrés es un intelectual marginado, un hombre de campo pero atrevido, que ha sido golpeado por el poder por su obra y por su condición de homosexual.

En el país se va a realizar un “foro por la paz” y envían a Santa a vigilar a Andrés para que no se mueva de su remota vivienda. Debe vigilarlo durante los tres días que va a durar el evento. Al principio la vemos llegar a casa de Andrés, llevando su silla y plantándose frente a la entrada. Visualmente, la secuencia inicial, en la cual Santa se acerca cargando la silla por medio del monte, está muy bien lograda. Sin palabras ni rodeos, nos da la mentalidad simplona de una mujer que viene a cumplir un encargo y que no quiere ningún tipo de intromisiones. Es la obediente celadora, perfecta para su encargo.

Pero por supuesto, el enemigo, cuando se le conoce frente a frente, nunca resulta tan malévolo como a uno se le informa de antemano. El contacto humano hace milagros. La curiosidad humana no conoce límites cuando se desata. La hostilidad inicial entre los dos personajes va cediendo a medida que se van conociendo y el desarrollo de esta relación es la médula de la película. La película confronta de esta manera, la relación entre prejuicios y realidades.

Lechuga es un cineasta astuto. En su primer largometraje, Melaza, desarrolló una historia mínima con grandes repercusiones políticas y sociales sin caer en el didactismo ni en la monserga. Su estilo minimalista y pausado, lo lleva a plasmar las cosas como se dan en la vida real, buscando el ángulo humorístico y sardónico de la historia, y dejando la interpretación al espectador. En Santa y Andrés logra un efecto similar.

Aquí utiliza varios recursos interesantes. Aunque es una narración que debió ocurrir a finales de los sesenta y principios de los setenta, Lechuga evita la definición cronológica. Para los conocedores de la historia de Cuba en esos años, los hechos son de ese período, pero la película se ubica más bien en los ochenta, sin decirlo, después del Mariel. Con esto no solamente evita la limitación de la demarcación histórica, sino que además extiende el período que hoy en día hasta los gobernantes reconocen que existió, lo reducen a unos cinco años y lo muestran como superado. Lechuga muestra una represión que no parece cesar y unas heridas que aún no han cicatrizado, sobre todo para los que las sufrieron. Contradice con eficiencia, el discurso de los vencedores.

Lechuga tiene también la inteligencia de no caer en la trampa en la que caen la mayoría de los cineastas cubanos, lo que yo llamo el seminalismo. Casi todos (esto se entiende por la falta de oportunidades), tratan, a la primera oportunidad de hacer un filme, de crear su obra maestra y “decir mucho”. Lechuga no es pretencioso, se limita a ciertos temas, pero los toca con armonía y se sale con la suya. El seminalismo conduce a la grandilocuencia, la gravedad y el didactismo, terminando en la condescendencia, todos los cuales son pecados artísticos capitales.

Esta vez contó, para la realización del guion, con la ayuda del veterano Eliseo Altunaga, un hombre que, además, vivió y sobrevivió el periodo que toca la película el mal llamado “quinquenio gris”. Por ende, hay muchas alusiones a escritores hoy en día ya reconocidos en el exilio y la muerte, como Reinaldo Arenas, Carlos Victoria y Guillermo Rosales. Las alusiones y los guiños no se pierden en el vacío en incluso los que no conocen la historia pueden comprender de qué se trata el tema. Mis únicas objeciones al desarrollo de la trama es que resulta un poco previsible y que la ironía está un poco escasa.

En un filme básicamente apoyado en dos personajes, las actuaciones de Lola Amores y Eduardo Martínez son la espina dorsal del mismo. Estos dos actores, graduados del Instituto Superior de Arte en la especialidad de teatro, y que han sido fundadores de grupos teatrales que han sido importantes en la Isla, como El Ciervo Encantado y La Isla Secreta, pero que no tienen ninguna trayectoria en el cine, han logrado cumplir cabalmente las exigencias dramáticas de sus personajes. Parecen haberse despojado de sus antecedentes teatrales, porque sus desempeños en el estilo minimalista de Lechuga, son puro cine. Debió haber existido un gran entendimiento artístico entre los tres. Por su parte Lola y Eduardo han trabajado juntos por varios años. Han podido traducir su larga experiencia teatral al cine sin ningún problema.

El filme cuenta también con el apoyo de una mesurada y excelente fotografía de Javier Labrador, quien tiene a su haber el crédito de fotografiar el muy logrado documental They Are We.

Santa y Andrés es una historia que sin querer abarcar mucho dice bastante. Balancea la trama con la carga contextual como un malabar perfecto.

Santa y Andrés (Cuba/Colombia/Francia, 2016). Director: Carlos Lechuga. Guion: Carlos Lechuga y Eliseo Altunaga. Director de fotografía: Javier Labrador Deulofeu. Con: Lola Amores y Eduardo Martínez. La película anda rodando por el circuito festivalero. Se presentará en el Festival Internacional de Cine de Miami, que tendrá lugar entre el 3 y el 12 de marzo.


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