Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cine, Arte 7

Una mascarada absurda para tiempos sin rumbo

Esta película es una de las comedias más originales que he visto en los últimos años, confiesa el crítico cinematográfico de CUBAENCUENTRO

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Confieso que fui a ver Toni Erdmann con bastantes dudas y temores. Había leído críticas y comentarios tan excesivamente favorables que parecían imposibles de creer. Incluso, en una reciente encuesta que hizo la BBC entre críticos de cine de todo el mundo sobre las mejores cien películas del siglo veintiuno, el filme quedó en el lugar 100, lo cual, para una película recién estrenada, es en realidad una hazaña. Todo acerca de esta película asustaba. Además, había visto el filme anterior de su directora, Maren Ade, titulado Everyone Else (2009) y me había gustado bastante, pero no me advirtió de la presencia de una gran directora.

Sin embargo, Toni Erdmann me resultó ser todo lo que habían dicho de ella, e incluso algo más. Es definitivamente una de las comedias más originales que he visto en los últimos años.

Winfried es un maestro de música de un bachillerato, un hombre sesentón, que disfruta disfrazarse de zombie o de otros personajes. Sus mascaradas no parecen tener límites ni mucho ton ni son. Es un hombre solitario, divorciado y con una hija que trabaja como consultora de grandes conglomerados, para ayudar a reducir o desaparecer compañías que no resultan eficientes. Ines, que es el nombre de la hija, se encuentra trabajando en Rumanía. Es una trotamundos que nunca sabe a dónde irá a parar en su próximo trabajo. A diferencia de su padre, carece de sentido del humor y está completamente involucrada en su labor que le absorbe las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.

Muy al comienzo del filme, Winfried asiste a una celebración del cumpleaños de Ines en casa de su exesposa, con quien mantiene una relación cordial, pero observa que su hija se pasa casi todo el tiempo pegada al celular contestando llamadas de trabajo. Queda preocupado y como ya vienen las vacaciones de verano, decide sorprender a su hija y hacerle una visita en Rumanía.

Ahí comienza su mascarada. Se le aparece en el vestíbulo del hotel portando una dentadura postiza de las que se compran por un dólar en cualquier WalMart. La hija no parece cómoda con la visita, ya que no le precisa cuánto durará. Fingiendo sentirse rechazado, Winfried toma un taxi para el aeropuerto, pero en realidad se queda en Bucarest y se le comienza a aparecer a la hija en sus reuniones de trabajo, fiestas oficiales de la empresa y tareas diarias, bajo el seudónimo de Toni Erdmann. La hija, por supuesto, sabe perfectamente que es su padre, ya que el disfraz es rudimentario, pero los demás no saben quién es.

Erdmann se convierte en un personaje que se inserta, de manera absurda, en cualquier entorno y adopta la personalidad de un supuesto hombre de negocios de características peculiares. A partir de aquí empiezan los enredos del filme.

Contada, Toni Erdmann, no parece mucho, porque en este filme lo importante es como Ade narra las diferentes situaciones, haciendo que el absurdo encaje casi con lógica dentro de las mismas. Las reuniones de negocios, con sus poses, gestos y transacciones, son realidades tan absurdas como las personificaciones de Erdmann. Todo esto se pone sutilmente de relieve mediante la narración. Con una dirección y una manera de llevar el argumento muy imaginativas, Ade toca una inmensa cantidad de temas, que van desde la globalización, los abismos intergeneracionales, la incomunicación entre los seres humanos atrapados en el role playing, hasta las relaciones paterno-filiales, con una lúcida ligereza que la hace profunda. Sin dar soluciones facilistas, sin caer en didactismos y sin tratar de desenredar la complejidad de los asuntos. Expone temas serios con la garra de la ironía y apoyándose en el absurdo para desalmidonar la gravedad con la cual muchos se toman sus papeles. Hace tiempo que no veía un filme moverse con tal agilidad discursiva entre tantos temas importantes.

Winfried es un ser irónico hasta la médula. No es un hombre feliz ni optimista. Está preocupado por la excesiva seriedad de su hija y quiere ayudarla, pero no intenta predicar ni encontrar el sentido de la vida. Todo lo contrario, piensa que la aceptación de la realidad y el rechazo a ser usado por las pesadas estructuras sociales, radica principalmente en no tomarse nada en serio y en entender lo poco que controlamos más allá de nuestros sentimientos.

Ade, es también la guionista, lo cual le da la ventaja, en una trama tan complicada, de que, al trabajar con su propio material, entiende muy bien como simplificar sin utilizar simplezas ni simplismos. Encuentra perfectamente el balance entre la dirección del conjunto y el desarrollo argumental. El único defecto es que quizá, en momentos aislados, el filme resulta repetitivo. Pero esto no es un mal mayor porque a pesar de durar dos horas y cuarenta y dos minutos, no se siente como un filme largo e inacabable.

Peter Simonischek (Graz, 1946), es un veterano actor austríaco, a quien nunca había yo visto anteriormente, pero que demuestra un colosal dominio histriónico en el papel de Erdmann. Por su parte, Sandra Hüller (Suhl, antigua Alemania Oriental, ahora Turingia, 1978), a quien anteriormente vi en una extraordinaria actuación en el filme Requiem (2006), como Ines, hace aquí un papel completamente diferente, en el cual las emociones están contenidas al máximo, pero que las deja ver con agudos gestos corporales o faciales, apenas imperceptibles, pero convincentes. Hace lucir fácil lo que es una actuación bien dificultosa.

La fotografía del alemán Patrick Orth es eficiente, enfoca e ilumina muy bien la nueva Europa de los contrastes. Esos antiguos países socialistas que, a pesar de haberse insertado de lleno en el capitalismo global, conservan esa pátina de los años de miseria, que ahora resaltan como contradicciones.

Toni Erdmann no invita a la carcajada, sino que nos mantiene con una sonrisa ácida, divirtiendo cautelosamente con su escepticismo. Como buen cine que es, hay que verla para darse cuenta de su grandeza, las palabras no bastan.

Toni Erdmann (Alemania/Austria/Rumanía, 2016). Guion y dirección: Maren Ade. Director de fotografía: Patrick Orth. Con: Peter Simonischek, Sandra Hüller, Michael Wittenborn, Ingrid Bisu y Thomas Loibl. De estreno limitado en algunas de las ciudades más importantes de Estados Unidos. Abre pronto, también en distribución limitada, en otras ciudades.


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