Actualizado: 19/06/2019 13:53
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Artes Plásticas

Una migaja de reconocimiento

El Premio Nacional de Artes Plásticas 2006 ha sido para Pedro Pablo Oliva, a quien se escatimó tantas veces esta distinción por resultar incómodo a la ideología oficial.

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La cercanía de cada final de año resulta propicia para el inventario de hechos que conforman la historia más reciente. En este caso tan cercana, que se limita a la narración de 365 días. Sin embargo, esa metodología de buscar en el pasado más próximo la definición del particular tiempo histórico, se torna más sugerente cuando nos percatamos de que el ayer siempre vuelve; y especialmente curioso, si el presente deviene un guiño irónico a lo que a fuerza de episodios punitivos se convirtió en norma coercitiva o incluso en prohibición.

Precisamente, un breve paneo por el repertorio de acciones de visibilidad y reconocimiento de la institución Arte en Cuba, devuelve la paradójica imagen de un sistema de legitimación muchas veces dudoso, carente de nexos con lo que la pragmática axiológica de esa suerte de estrategias simbólicas debe suponer frente a la realidad en términos funcionales. Premios, concursos, salones, y toda la parafernalia competitiva que se instrumenta dentro del campo artístico cubano, carga per se el estigma de la sospecha que se cierne sobre la pertinencia ideológica del objeto de análisis y reconocimiento de cualquier convocatoria así como sus participantes.

El Premio Nacional de Curaduría, el Premio de Crítica de Arte Guy Pérez Cisneros, el Salón Nacional de Premiados o el Premio Nacional de Artes Plásticas, son algunos de los eventos y reconocimientos organizados por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas (CNAP) con la participación de sus diversos centros, que soportan el lastre de una profunda polémica desde sus primeras ediciones. Injusticia podría ser el término más habitual para calificar parte de las decisiones de los distintos jurados que han orquestado los resultados de tales espacios de legitimación institucional.

Sirvan de ejemplos paradigmáticos algunos de los siguientes hechos: que se haya escatimado año tras año a Rufo Caballero el Premio de Crítica Guy Pérez Cisneros; y que en la edición del año 2001 del Premio Nacional de Curaduría, no se definiera dentro del apartado de exposiciones colectivas el valor de la muestra CD-Room, comisariada por Frency Fernández en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Este último proyecto, aprovechando las precarias circunstancias físicas de la sede, fue capaz de instrumentar una reflexión sobre el alcance del environment y los site specific en tanto lenguajes, así como un discurso sobre el espacio y sus diferentes usos y asimilaciones en el arte contemporáneo, algo bastante escaso en el trabajo de conceptualización de las exhibiciones y los procesos curatoriales en la Isla.

Un galardón viciado

Sorprendió entonces, en el pasado mes de noviembre, que los medios de comunicación oficialistas difundieran la noticia del otorgamiento del Premio Nacional de Artes Plásticas 2006 al maestro Pedro Pablo Oliva. No porque fuese desacertado, sino porque cada año —desde 1994, cuando se concedió por primera vez el lauro— el nombre del creador pinareño había estado presente en la votación, resultando lógicamente incómodo para quienes anteponen lo ideológico a los elementos que realmente deben operar en una toma de decisiones sobre la pertinencia y eficacia artística de la obra y trayectoria de un creador.

Obviamente, se trata de un galardón viciado desde su propio nacimiento, por cuanto uno de sus aspectos más negativos es la constitución de sus propias bases, a saber, la exclusión del ámbito de nominación de los artistas cubanos residentes fuera del país. El CNAP prescribe: "Otorgado desde 1994 con el ánimo de reconocer y jerarquizar a los mejores artistas, se instituyó el Premio Nacional de las Artes Plásticas, que se otorga anualmente a un creador plástico cubano, vivo y residente en Cuba".


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