Actualizado: 03/12/2021 11:36
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'Una ponencia gris': las artes de embalsamador de Ambrosio Fornet

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La lectura de Fornet del llamado Quinquenio Gris es sólo un instante parentético entre la década de los 60 que, afirma, se caracterizó por "su colorido y su dinámica interna", por un "relativo equilibrio" y "el consenso en que se había basado la política cultural" y 1976, año en que se anunció la creación del Ministerio de Cultura, y la designación de Armando Hart para ocupar su dirección. Es en ese momento, exactamente, que Fornet tiene una revelación: "Tuve la impresión de que rápidamente se restablecía la confianza perdida y que el consenso se hacía posible de nuevo". No sólo el Quinquenio Gris y el pavonato han quedado atrás, sino que hasta descubrimos la posibilidad de celebrarlos: "los parametrados llevaron sus apelaciones hasta el Tribunal Supremo y éste dictaminó —caso histórico y sin precedentes—," comenta Ambrosio Fornet, "que la 'parametración' era una medida inconstitucional y que los reclamantes debían ser indemnizados". Además, el Quinquenio Gris "con su énfasis en lo didáctico, favoreció el desarrollo de la novela policíaca y la literatura para niños y adolescentes". Si la cuota de horror no fuera tan grande, uno podría darse el lujo de reír. Pasamos —por los corredores de las redadas de homosexuales y los procesos de parametración— de la persecusión policíaca a la novela policial. Es la Revolución Cubana anticipando la Reality TV. Este tránsito resulta particularmente revelador toda vez que al Fornet referirse a Padilla, también nos sale al paso el contubernio entre el policía y el escritor: "A cada rato oíamos decir que estaba muy activo como consultor espontáneo de diplomáticos y periodistas extranjeros de tránsito por La Habana, a los que instruía sobre los temas más disímiles". El imperfecto sugiere la llegada puntual de los informes, de los chismes, de las denuncias. Y añade: "Y un buen día de abril de 1971 nos llegaron rumores lamentables, que luego se confirmaron como hechos: que había estado preso —por tres semanas, según unos, por cinco, según otros…—; y que iba a hacer unas declaraciones públicas en la UNEAC". Entre aquello que "oíamos decir" y la fecha exacta de los rumores que llegan después, falta algo: ¿es que no se produjo ningún rumor en el momento mismo de la detención de Padilla? Y otra vez, ¿quiénes, qué compañeros eran los encargados de hacer llegar, trasmitir, propagar esos rumores? Pero, a pesar del carácter siniestro de estas memorias; a pesar de los horrores a los que alude Ambrosio Fornet, nada le provoca tanta repulsa como la censura a Ese sol del mundo moral, de Vitier, en 1974, hecho que llega a considerar como crimen "de lesa cultura y hasta de leso patriotismo".

Hay algo, sin embargo, en que tenemos que darle en parte la razón a Ambrosio Fornet. Según él, "por fortuna" las Palabras a los intelectuales, "ha servido desde entonces —salvo durante el dramático interregno del pavonado— como principio rector de nuestra política cultural". No; esas Palabras han sido el "principio rector" de la política cultural cubana —y nótese el autoritarismo implícito en la noción de rector, que rige—, sin interrupción, desde el momento en que fueron dichas. Así nos explicamos que de aquel encuentro con los escritores e intelectuales cubanos, sólo nos hayan llegado —para no variar— las Palabras de Castro. El título incluso borra a esos mismos intelectuales y escritores como sujetos al inscribirlos como meros receptores, escuchas, de las Palabras a ellos dirigidos. Ambrosio Fornet llama "Filósofos del tiempo detenido o Egiptólogos de la Revolución cubana" a quienes en el extranjero, le preguntan "sobre hechos ocurridos hace treinta o cuarenta años, como si después del 'caso Padilla' o la salida de Arenas por Mariel no hubiera ocurrido nada en nuestro medio". No dice, se le olvida decirlo, que también esas preguntas se están haciendo ahora en Cuba. Prefiere ignorar también que hay quienes —como Reina María Rodríguez y Víctor Fowler al referirse a la desactivación de Ponte de la UNEAC— están preguntando por hechos ocurridos no treinta o cuarenta años atrás, sino más recientemente. Y siguiendo la propia lógica de Ambrosio Fornet, tendremos que suponer, entonces, que la aludida desactivación de Ponte —por no mencionar más que un ejemplo— tuvo lugar bajo el principio rector de las Palabras a los intelectuales. ¿O no? Finalmente, ¿qué habría que objetar o ridiculizar en los "Egiptólogos de la Revolución cubana"? Estudiar la egiptología de la Revolución Cubana ofrece, cuando menos, una ventaja: permite al menos hacernos una idea de cómo tienen lugar los procesos de momificación, y hasta incita el saqueo de las tumbas reales. Quizá sea eso lo que está en juego ahora: la protección de pirámides y mastabas.

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Esta es la cita: "Hay que estar locos de remate, adormecidos hasta el infinito —dijo—, marginados de la realidad del mundo" para creer "que los problemas de este país pueden ser los problemas de dos o tres ovejas descarriadas…", o que alguien, desde París, Londres o Roma, podía erigirse en juez para dictarnos normativas. Por lo pronto, intelectuales de ese tipo nunca volverían aquí como jurados de nuestros concursos literarios, ni como colaboradores de nuestras revistas…" Quisiera observar aquí que el reclamo descolonizador legítimo que pudieron tener estas palabras se pierde, o desaparece, ante la respuesta autoritarista. En primer lugar, porque el contexto de la denuncia de los intelectuales y escritores europeos es hábilmente desdibujado, y en segundo lugar porque, otra vez, hay que preguntarse quien toma la decisión —drástica, que no admite discusión— de cerrarle la entrada a los "intelectuales de ese tipo".

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Ian Lumsden. Machos, Maricones and Gays. Cuba and Homosexuality. Philadelphia: Temple University Press, 1996, 82.


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