Actualizado: 22/10/2021 20:51
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'Una ponencia gris': las artes de embalsamador de Ambrosio Fornet

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Respondiendo a un mensaje circulado por Desiderio Navarro, solicité el envío de la conferencia con que Ambrosio Fornet abriría el ciclo de charlas La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión. Acabo de recibir y de leer el texto de Fornet y quisiera hacer algunos comentarios al respecto.

Después de las reflexiones y declaraciones desatadas por la reaparición de Pavón, sólo había dos maneras de encarar una discusión en torno al llamado Quinquenio Gris: o repetir la fórmula más ensayada por la cúpula en el poder —se cometieron errores, pero eso es cosa del pasado— o admitir que el problema fue y sigue siendo la política cultural misma de la Revolución Cubana, y, de manera particular, el nefasto rol desempeñado por el personalismo autoritarista de Fidel Castro. Tal y como cabía esperar, Fornet opta por lo primero.

Empecemos por decir que lo primero que hace Ambrosio Fornet es citar la Declaración de la UNEAC —sin decir que lo hace, claro—, al referirse a la "solidez" de la política cultural cubana "afianzad[a] como un fenómeno irreversible". Es esta irreversibilidad la que impide, desde el principio, cualquier posibilidad de discusión crítica. Si por un lado "insistir en discrepancias y acuerdos equivale a 'darles armas al enemigo'" por el otro "los pactos de silencio suelen ser sumamente riesgosos crean un clima de inmovilidad, un simulacro de unanimidad que nos impide medir la magnitud real de los peligros y la integridad de nuestras filas, en las que a menudo se cuelan locuaces oportunistas". ¿En qué quedamos, entonces? Además, eso que Fornet tan eufemísticamente llama "pactos de silencio", ¿son acaso en verdad pactos acordados por sujetos que disfrutan de los mismos derechos? ¿ Pactos u ordenanzas? Hay que preguntarse esto porque, como puede verse, el problema de la libertad para disentir y airear discrepancias no recae sobre el derecho del escritor a la autonomía, tanto como sobre la salvaguardia de la unidad, es decir, de lo que se trata es de no "darles armas al enemigo", de que no se rajen nuestras filas, idea por la que —no es necesario decirlo— se cuela de filón la ansiedad homofóbica en el discurso. Otro ejemplo —probablemente el más escandaloso de esta inconsecuencia que apuntamos— es la afirmación de que "[n]ecesitamos mantenernos firmes en nuestras trincheras", mientras se reconoce que éstas " no son los mejores lugares para ejercitar la democracia" (énfasis nuestro). Y agrega Fornet: "pero eso no quiere decir que podamos darnos el lujo de abandonar la práctica de la crítica y la autocrítica, el único ejercicio que puede librarnos del triunfalismo y preservarnos del deterioro ideológico". Una vez más, el lugar del nosotros de la Revolución, de la Nación, es concebido como trinchera, como ese con nosotros o contra nosotros que salta —no sorpresivamente— de la boca de Fidel Castro a la de George W. Bush. Todo cuanto necesitan los mecías para convertirse en torturadores es tiempo. Tan pronto como se creen dueños del secreto de la felicidad de todos, y de la verdad, volvemos al punto de partida.

TEMA: La exaltación de ex comisarios políticos

Para comprobar lo que acabamos de decir sólo hay que poner atención a la relación de causa-efecto que constantemente sugiere Fornet entre la mentalidad de trinchera y los reclamos de defensa de la unidad revolucionaria, por un lado, y los gestos represores del incipiente poder revolucionario, por el otro. Un ejemplo de esto es la asociación que sugiere —y afirma al mismo tiempo— entre la carta a Fidel de los intelectuales y escritores europeos con motivo del caso Padilla, y la celebración del Congreso de Educación y Cultura de La Habana. Primero afirma que el arresto "había puesto en marcha el mecanismo que de este lado del Atlántico conduciría al Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura", para inmediatamente decir que "no [le] extrañaría" que hubiese sido así. Pero lo interesante aquí es la propia metáfora a que echa mano Fornet. Refiriéndose a las protestas apuntadas, expresa: "Fue como meterse en la jaula del león sin tomar las debidas precauciones". Obsérvese que la reacción de Castro —tal y como la presenta Fornet— es personal, en tanto que la carta es aparentemente leída en términos de desafío a su autoridad. Y no hay que olvidar que Leo es, precisamente, el signo zodiacal del Comandante en Jefe. En la única referencia directa a las palabras de Fidel en el Congreso, Fornet comenta que "[v]ista desde la óptica actual, la reacción puede parecernos desmesurada, aunque consecuente con toda una política de afirmación de la identidad y la soberanía nacionales" (énfasis nuestro). Otra vez el argumento de la identidad amenazada justifica un gesto autoritarista del que sólo se dice tímidamente que podría "parecernos desmesurad[o]".


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