Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Quintero, Teatro, Homenaje

Uno de nuestros imprescindibles

Hace ochenta años nació Héctor Quintero, un dramaturgo que logró con sus obras convertirse en sinónimo de convocatoria, familia reunida y risa que ampara y hermana a desconocidos

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En octubre, exactamente el día con el cual se inicia este mes, vino al mundo hace ocho décadas un niño a quien sus padres nombraron Héctor. Según él mismo contó, fue un parto prematuro. Esa aptitud de anticiparse, de adelantarse, de llegar temprano adquirió condición de hábito y se repitió en más de una ocasión a lo largo de su vida.

Precozmente inició su andadura en el mundo del arte: a los diez años se presentó, al parecer con bastante éxito, en la edición para niños de la Corte Suprema del Arte, que trasmitía Radio Mambí. A partir de aquel debut, se inició como actor infantil en varias emisoras locales. La propia Radio Mambí le encargó redactar una serie de aventuras para niños, en la cual además actuaba.

No había cumplido los catorce años, cuando escribió su primer texto para las tablas, La habladora, una pieza en un acto que, como él afirmó, “nunca fue representada ni lo será”. Sí lo fueron Ojos azules (1960) y Habitación 406 (1961). Formaban parte de las varias que creó en la adolescencia, y entre las cuales había algunas ¡en tres actos!

La necesidad de contribuir a la economía familiar lo llevó a matricularse en 1957 en la Escuela de Comercio de Guanabacoa, con el fin de hacerse contador. Pero su pasión por el teatro no la había abandonado, y un año antes había ingresado en la Academia Municipal de Arte Dramático. Como alumno, en 1957 debutó en un pequeño papel en El aniversario, de Antón Chejov. Se incorporó después al elenco de artistas que realizaban doblajes al español de películas norteamericanas. Y a partir de 1959, pasó a trabajar profesionalmente como actor, una labor que realizó de 1962 a 1969.

Fue a partir de 1964 cuando Héctor Quintero pasó a figurar entre los creadores esenciales de la historia del teatro cubano moderno. Ese año, el prestigioso Grupo Teatro Estudio estrenó Contigo pan y cebolla, una disección crítica de la existencia cotidiana de una familia de clase media en la Cuba prerrevolucionaria. En la obra aparecen sus frustraciones, sus sueños, sus sacrificios, su apego a las apariencias. Todo eso, sin embargo, está tratado con un ingrediente que su autor sabía emplear de modo admirable: el humor en sus diferentes matices. En aquella obra también estaba ya presente su capacidad para calar con hondura en la idiosincrasia de nuestro pueblo, algo en lo cual pocos autores lo igualan.

No fue un simple continuador del teatro bufo

En 2014, Juan Carlos Cremata estrenó una adaptación al cine de esa obra. En una entrevista, el cineasta expresó: “Nos quedamos fríos al ver cómo después de tanto tiempo conserva su vigencia el tema, al igual que nos pasó con El premio flaco. Es impresionante cómo esa situación de una mujer que quiere comprarse un refrigerador y vivir de las apariencias aún se conecta con lo que está pasando hoy día y refleja lo que pasa con la familia de la Cuba cotidiana. Es una muestra de nuestra identidad y también de lo cotidiano. Héctor supo reflejar muy bien a esa clase media baja con esa comicidad nuestra tan típica”. Esa cubanía tan raigal que posee Contigo pan y cebolla ha hecho que se haya repuesto en la Isla en numerosas ocasiones con similar aceptación por el público. Se ha estrenado también en varios países latinoamericanos e incluso el grupo INTAR presentó en Nueva York una versión bilingüe, con el título de Rice and Beans.

Como puso de manifiesto en su producción posterior, Héctor Quintero era un heredero de nuestra tradición vernácula y del llamado teatro bufo. De esta última manifestación tomó y aprovechó los que constituyen sus principales aciertos escénicos: la preferencia por los asuntos de la actualidad, el empleo del humor y la sátira, la incorporación de la música y el baile. Sin embargo, no fue un simple continuador de aquel teatro, sino que se preocupó de asimilarlo y actualizarlo, para hacer una revalorización de lo nacional y crear así un arte escénico genuinamente cubano.

Fue una postura a la cual se mantuvo fiel a lo largo de su trayectoria. Como él sostenía, “no creo que logremos jamás una literatura dramática nacional si estamos tan pendiente de cómo hace Ionesco su teatro, o de cómo lo hace Beckett (…) Otra cosa es la asimilación o no de influencias, el aporte de los renovadores”. En 1968, una obra suya, El premio flaco, recibió el máximo galardón en el concurso convocado por el Instituto Internacional del Teatro. Por una curiosa paradoja, entre los miembros del jurado que se lo concedió se hallaba… Eugène Ionesco.

En El premio flaco, Héctor Quintero abandonó las cuatro paredes del ámbito hogareño para acercarse a un microcosmos que apenas había aparecido en nuestro teatro: el circo. Eso le sirve para hacer un estudio de la ingratitud y también para crear otro de los magníficos personajes femeninos que tanto abundan en su producción dramatúrgica. Las puestas en escena de esa obra que pudo ver le pusieron en evidencia que los directores casi siempre se inclinaban hacia “el trillado sendero del mal melodrama”. Por eso decidió aclarar que El premio flaco “es una comedia grotesca, con elementos de humor negro, que solo hace uso del melodrama, tanto en los personajes como en las situaciones, por ‘burlarlo’ y jamás para ‘valorizarlo’”.

Tras esas dos obras, Héctor Quintero dio por agotados los temas del pasado y pasó a centrarse en el presente. En esa nueva vertiente estrenó Mambrú se fue a la guerra (1970), Si llueve te mojas como los demás (1974), La última carta de la baraja (1978). Como director, además llevó a escena textos dramáticos y narrativos de otros autores como Gertrudis Gómez de Avellaneda (El millonario y la maleta), Antón Chejov (La obra de arte), Nikolái Gógol (El abrigo), así como su adaptación de Cuentos del Decamerón. A esos títulos hay que agregar su revista satírico-musical Algo muy serio(1976), uno de los grandes éxitos de taquilla de esos años.

No es solo el autor de dos obras

Hay quienes reducen la producción de Héctor Quintero a Contigo pan y cebolla y El premio flaco, pues consideran sus otras obras como menores. Difícilmente puede calificarse como tal un texto tan maduro y hermoso como Sábado corto (1986), en el cual su autor prosiguió hablando de “los seres anónimos de mi país que cada día realizan cosas gigantescas”. A Lala Fundora e Iluminada, su autor sumó con Esperanza Mayor otro personaje memorable.

En la introducción que redactó para esa obra, Juan Carlos Martínez destacó, entre sus principales valores, el humor como vehículo expresivo, el empleo del melodrama como vía de distanciamiento y la sólida hechura psicológica de los caracteres. Y concluyó que con Sábado corto, su autor “ha regresado con nuevas fuerzas, entroncando con lo mejor de su creación, y dando voces de que el Quintero nuestro de cada día sigue siendo un dramaturgo para no archivar”.

Asimismo, quienes se acerquen sin juicios preconcebidos a Te sigo esperando (1996) y El lugar ideal (1998) han de comprobar que constituyen aportaciones en ningún aspecto menores a la producción de su autor. Y tampoco pueden negárseles valores a monólogos como Aquello está buenísimo y Antes de mí: el Sahara. En todo caso, a Héctor Quintero nadie puede negarle el mérito de haber creado una obra dramatúrgica que, en conjunto, supo mantener un nivel de calidad del cual no muchos dramaturgos cubanos pueden presumir.

Paralelamente a su ejecutoria en el teatro dramático, Héctor Quintero desarrolló una larga y fecunda actividad en el teatro musical. La inició en 1968 con Los siete pecados musicales, y a partir de entonces fue enriqueciéndola con títulos como Lo musical (1970), Los muñecones (1971), Esto no tiene nombre (1980), De esto y de algo (1981), El Caballero de Pogolotti (1983) y Chorrito de gentesss (1985). La mayoría de esos montajes los realizó con el Teatro Musical de La Habana, del cual fue director entre 1970 y 1972 y después a partir de 1978. Fue esa una manifestación en la que también fue un adelantado, al crear un repertorio hasta entonces inexistente que fuera genuinamente cubano y se desmarcas de los patrones de la comedia musical norteamericana.

Poseía una habilidad especial para llegar al público. La edición de su Teatro (1975) se agotó en poco tiempo, algo inusual en una recopilación de textos no para ser leídos sino para ser llevados al escenario. Eso dio lugar a que en 1978 llegara a las librerías una segunda edición que llevaba una nueva portada. Sabía recrear el habla popular, con su riqueza de vocabulario y de tono. Y también apresar en sus múltiples facetas la psicología individual y colectiva del pueblo cubano.

En 1995 escribió y dirigió la telenovela El año que viene, que fue una de las producciones más populares de su época, al punto de que llegó a desplazar en audiencia al culebrón brasileño que se trasmitía en ese momento. Como expresó Amado del Pino en las palabras que leyó cuando el autor de Contigo pan y cebolla recibió el Premio Nacional de Teatro, “Héctor Quintero ha conseguido convertirse en sinónimo de convocatoria, familia reunida, risa que ampara y hermana a desconocidos”.

No voy a ocultar que en el plano personal, tratar con él podía ser difícil. Tenía un carácter fuerte y no siempre sabía dominarlo. Defendía su estética con gran pasión, y al hacerlo menospreció la de otros colegas y en algunas ocasiones llegaba a ser agresivo. Eso lo llevó además a enzarzarse en polémicas sin sentido. No comprendía que hay espacio y público para que puedan coexistir sin rivalidad el teatro de corte realista y el experimental, el fiel a los patrones tradicionales y el innovador.

Naturalmente, eso le ganó enemistades en el medio teatral. Quien firma estas líneas estuvo durante algunos años en su lista negra, a causa de una crítica sobre La última carta de la baraja. Pero después me demostró que también era capaz de perdonar y olvidar. Con un amigo común que viajó a La Habana me mandó la edición en dos tomos de su Teatro escogido y otros textos, con una dedicatoria que por pudor prefiero no reproducir. A partir de entonces iniciamos una bonita amistad, que sobre todo fue a través del email y que se materializó en Héctor Quintero: un comediógrafo sin remordimientos, un libro testimonial armado a partir de una larga entrevista que le grabé. Desafortunadamente, su repentino fallecimiento le impidió verlo impreso.

A estas líneas, he creído oportuno sumar opiniones y testimonios de otras personas que trataron a Héctor Quintero, trabajaron con él o bien conocen su obra dramatúrgica. Para ello contacté a algunos teatristas, críticos e investigadores y a continuación se podrán leer los textos breves que tuvieron la gentileza de enviar. A estos he incorporado unos fragmentos de los trabajos introductorios de las dos compilaciones del teatro de Héctor Quintero que se publicaron en Cuba.

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—Creí que siempre volvería solo a las obras “mayores” de Héctor Quintero, su Contigo, pan y cebolla, El premio flaco o Sábado corto. Pero cronista de la vida cubana como fue, cuando uno se propone un tema del pasado que nos afecta, hiere o interesa, tiene que releer a Héctor. Al hacerlo recuerdo su ternura escondida, que salía a flote en nuestros viajes comunes —fue presidente del Comité Cubano del Teatro Musical del Instituto Internacional del Teatro( ITI) y a la muerte de Ignacio Gutiérrez, del Centro Cubano—, atento al clima y pendiente de los detalles minúsculos como sus personajes. “¿De qué vivirá el hombre de los duro-fríos en invierno?”, recuerda Lala Fundora.

Aunque hubo algunos nubarrones, sobresale en mi recuerdo su amor a la profesión, su capacidad intelectual y el legado magnífico de su obra. Me hace muy feliz pensar que al ser miembro del jurado del Premio Casa de las Américas 1996, la invitación lo estimuló a regresar al teatro después de diez años para “recuperar sitio en las carteleras que por demasiado tiempo abandoné”. Se acabó para él su complejo de “vejez escénica” y se sintió nuevamente un joven autor. Te sigo esperando surgió después de leer 106 manuscritos latinoamericanos. En mi libro Condumio, muerte y delirio en el teatro cubano la retomo entre muchas otras obras.

Te sigo esperando, subtitulada “crónica cubana de los noventa” (1996) es una de las comedias más tristes de Quintero, pródiga en incidentes cotidianos, comentarios acerca de las restricciones (de los huevos y el cerelac a la emigración y el periódico Tribuna de La Habana). Es una disección del interior de una familia, integrada por el anciano Alcides Mondragón, maestro retirado, su hija Teté, revolucionaria y dirigente, y su hijo Aldo, residente en los Estados Unidos, parco en llamadas telefónicas por “tacaño”. La necesidad de comida en la obra es permanente. Colas, boniatos, crisis, alimentos del tercer grupo y nomenclatura de la escasez afectaron a Mondragón y a la vida de la sociedad.

Héctor sería hoy un poco más joven que su personaje, seguiría siendo aún el Quintero nuestro de “todos los días” de Juan Carlos Martínez, el amoroso hijo de Marta Viera y el “comediógrafo sin remordimientos” de Carlos Espinosa Domínguez, que desde su casa de Cruz del Padre nos hizo pensar, llorar y reír con sus textos. Rosa Ileana Boudet, investigadora y escritora.

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—Cuando tenía nueve años vi por primera vez una obra de teatro. Fue en la sala Hubert de Blanck. La obra era Contigo pan y cebolla. Después supe que había sido escrita por Héctor Quintero, quien, además, la había dirigido. Creo que tuve mucha suerte de haber entrado en contacto con el teatro con esta obra suya, algo que me entusiasmó al punto de convertirme en un espectador asiduo desde entonces.

Con los años llegué a ser cercano de Héctor, no digo amigo, pero sí colega. Él era conocido por sus batallas radicales en contra o a favor de lo que consideraba lo que debía ser el teatro cubano. Enemigo acérrimo de modas o tendencias, era un polemista temido. Sin embargo, en una ocasión vino a ver uno de mis primeros espectáculos como director, Safo, afiliado a una estética experimental muy lejana a sus gustos de autor de exitosas comedias costumbristas. Para mi sorpresa me esperó al final de la función y me elogió muchísimo. “La verdad y la fuerza del trabajo —me dijo— hacen que esto sea teatro en serio”. Recibí de él correos elogiosos, críticos, siempre atento a cada espectáculo que realicé a través de los años.

No ha habido otro comediógrafo como él en Cuba, tan raigal, tan certero, que hiciera disfrutar tanto a los espectadores con el espejo amable, pero lleno de agudezas, que con sabiduría y gran pericia técnica supo construir. Su sitio ha quedado vacío. Sin herederos. Con él desapareció un mundo, un estilo, una manera de vernos y reírnos juntos, en familia, como comunidad. Su costumbrismo se ha cargado de nostalgia, de belleza perdida, de la elegancia de lo que alguna vez fuimos. Carlos Celdrán, director y dramaturgo.

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Contigo pan y cebolla y El premio flaco son convencionales solo en la forma, porque en el contexto de la dramaturgia cubana marcan un positivo punto de giro. Si bien es cierto que la primera no logra desembarazarse del manido conflicto familiar, no lo es menos que se aparta del resto de la producción que hasta entonces, y aun después, se había centrado en el ámbito doméstico, porque Quintero elimina de su horizonte dramático las motivaciones y especulaciones psicológicas para concentrarse en el aspecto social. En Contigo pan y cebolla no encontramos ya el grito desgarrado ni el lamento nostálgico, ni mucho menos la justificación o el apañamiento de actitudes sociales o individuales caducas.

El premio flaco va aún más lejos todavía. El autor se propone conscientemente romper con el determinismo temático de las relaciones familiares, salir de las cuatro paredes donde se plantean, discuten y resuelven (o no) los problemas de esta u otra familia. Estamos, pues, en presencia de un teatro al que, para bien del espectador y de la literatura dramática cubana, se le han erradicado las enajenantes, angustiosas y neuróticas relaciones individuales que se desatan entre techos y paredes que parecen no tener ventanas y puertas al exterior y que, en su momento climático, pueden hacer hasta confundir la sala con la cocina y el cuarto con el inodoro. Adolfo Cruz-Luis, prólogo a Teatro, Editorial Arte y Literatura, 1978.

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—Él era nuestro comediógrafo por excelencia. El dramaturgo que con su nombre llenaba teatros, y demostró una y otra vez su capacidad para captar el diálogo, los modismos, el gesto inmediato de una Cuba a la que entendió con humor y también con hondura. También fue el director que defendió a capa y espada esas posibilidades, y miró con recelo a otras formas de la vanguardia, desgastándose en esos ahogos a veces en demasía, añadiendo nombres a esa lista de sus “odios africanos” de la que no escaparon ni los girasoles que tanto aborrecía. Nada de eso, ni sus mismísimos recelos, le hubiera despojado del sitio que se ganó en la escena de su país.

Tuvo además la suerte de trabajar con actores y actrices de valía, que demostraron ante distintas generaciones la eficacia de sus diálogos. Ahora mismo, al ver los episodios de su telenovela El año que viene, todo eso se confirma, y es una telenovela sobre la que han transcurrido ya más de dos décadas. Alguna vez creyó que varios críticos queríamos negarlo, y eso me impidió saludarle, entrevistarle, tratarlo como hubiera querido. Eso no me impide, en lo absoluto, reconocerlo como lo que va a ser siempre, más allá de esas anécdotas, de sus arranques, de sus recelos: sencillamente, como uno de nuestros imprescindibles. Norge Espinosa Mendoza, crítico y escritor.

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—El 22 de octubre de 1976, el Grupo Teatro Estudio estrenó en la sala Hubert de Blanck la revista satírico musical Algo muy serio. Su antecedente fue el deseo de un grupo de actores de hacer una fiesta por el fin de año. Para ello habían traído chistes, pequeñas escenas, poemas y algún que otro número musical. A Héctor Quintero se le encomendó que hilvanara todo aquello para dar más lucimiento al festejo. Pero con esa luz larga que suelen tener los talentos creadores, Héctor pronto se dio cuenta de que allí estaba el germen de un espectáculo musical. Se dio entonces a la tarea de escribir nuevos textos, aportar otras canciones y, en fin, confeccionar un guion con todas las de la ley.

Además de dramaturgo, actor y locutor, Héctor era uno de los directores más organizados con quienes tuve la suerte de trabajar en Teatro Estudio. Cuando iniciaba los ensayos de cualquier obra, venía con las escenas que acometería cada día y hasta con la fecha del estreno. Si le decía a los actores “mañana con la letra aprendida”, tenías que llegar con la letra aprendida, porque si no te esperaba un vendaval de regaños. Era un director que aprovechaba el tiempo al máximo y no estaba dispuesto a que nadie se lo hiciera perder.

Algo muy serio fue la obra más taquillera de Teatro Estudio. El público hacía cola desde la madrugada para poder comprar una entrada. Se dieron 120 funciones y la vieron 50 mil personas. Para una sala de solo 250 butacas, aquello fue todo un acontecimiento. En mi caso particular, tengo que agradecer a aquel espectáculo y a su director que desaparecieran, de una vez por todas, mis inhibiciones, y que por primera vez apareciera en la prensa una pequeña mención elogiando mi trabajo. Daniel García Rangel, actor y cantante.

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—Cuando apareció mi rostro en el panorama teatral de los sesenta, ya Héctor Quintero era más que conocido. Poco a poco se nos consideró de la misma generación. Algo sí teníamos en común: soñábamos transformar el mundo haciendo teatro. Fuimos una generación excepcional, totalmente entregada a ese mundo mágico y lleno de conflictos, pero más que amado.

Mi relación con él no fue exactamente un lecho de rosas. Teníamos puntos de vista algo divergentes en las concepciones del teatro musical. Él se enorgullecía de ser un comediógrafo y manifestaba cierto desinterés en innovar o experimentar. Se llamaba a sí mismo convencional. Eso facilitó un poco nuestra relación en los diez años que fuimos compañeros de trabajo. Me situaba estrenos en el Salón Alhambra, que consideraba propicios para experimentar en el género. Nada había tan bien organizado como el trabajo en el Teatro Musical.

Le debo mucho de su apoyo y respeto por mi trabajo. Y nos convertimos en grandes y viejos amigos. Comprendí, siempre a tiempo, que era por encima de todo un gran artista y un gran defensor del mundo del teatro. Un día en que participábamos en una reunión, me llamó aparte y con voz más que emocionada, me confesó: “Estoy muy feliz, porque mis dos directores son Premios Nacionales” (el otro era Nelson Dorr).

Mi admiración por él es grande, y somos muchos los que agradecemos el esfuerzo que desplegó allí, sacrificando a veces su labor como dramaturgo y como actor. José Milián, dramaturgo y director.

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—Desde Contigo pan y cebolla hasta El lugar ideal, Héctor Quintero establece ambientes que se mueven dentro de lo costumbrista y lo pintoresco, en un discurso en el que igualmente inserta conmovedores pasajes más bien crueles o perversos para conformar en la gran comedia humana que, a fin de cuentas, se erige toda su creación (…) Pocos como él nos han hecho reír y pensar, llorar y sentir, a partir de nuestras propias idiosincrasias existenciales. Bastaría hacer un breve análisis de toda la valiosa producción quinteriana para percatarnos de cuánto fue y ha sido necesaria su presencia en las tablas cubanas, y no solamente por el mero hecho de lograr divertirnos, sino porque también ha sido la mejor manera de comprender nuestra realidad, asumirla y pretender mejorarla, en tanto nos convoca a hacernos mejores nosotros mismos. ¿Qué mayor atributo puede pedírsele a cualquier obra creadora? Jorge Rivera Rodríguez, introducción a Teatro escogido, Editorial Letras Cubanas, 2006.