Actualizado: 22/06/2018 17:44
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Literatura, Literatura cubana, Virgilio Piñera

V Rendición de cuentas

Capítulo del libro Oscuros varones de Cuba

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El 20 de marzo recibí este libro en paquete remitido de Buenos Aires vía México. Como pueden ver, la portada de tapa dura muestra una reproducción de La danza de la vida de Edvard Munch… en fondo rosado. Extravagancia tal, solo pudo ocurrírsele a una ilustradora burguesa con dolor de ovarios. El remitente, que además es prologuista, incluyó una tarjeta a modo de marcador de página. He conservado una copia:

Recibe las fábulas de nuestro común amigo en plena declaración de mi respeto y como exiguo memento de nuestras charlas. Ahora, que brilla la navaja del que vino a salvarnos, no es tiempo de rehuir la mirada sino de seguir mirando, aunque sea “con un párpado atrozmente levantado a la fuerza”. Quizás algún día nos complazca recordar incluso estas cosas.
Afectuosamente, Pepe Bianco.

Tal y como oyen, se trata de una vulgar provocación política que incluye un verso del falso camarada Neruda. Del Neruda que aceptó entrar en los jueguitos del Imperio en el momento en que atacaba salvajemente al Congo, a Santo Domingo y al muy heroico Viet Nam. De ese Neruda que aceptó una condecoración y un almuerzo de Belaúnde en el momento en que los camaradas peruanos acometían valientemente la liberación de su país. Del Neruda, en fin, que denunciamos en carta abierta los principales artistas y escritores de nuestro país, varios de ellos aquí presentes. Y para colmo de instigación, el traidor Bianco se despide afectuosamente en lugar de hacerlo revolucionariamente.

Confieso que leí el relato de la página marcada, esta, la ciento sesenta, antes de reportar el caso a los compañeros de Seguridad del Estado.

No es por disculparme, porque no estoy aquí para eso, pero más que una debilidad ideológica se trató de una lamentable curiosidad. Verán, desde hace años yo sabía que ese cuento existía, sabía que se refería a mí; abro el libro para leer la tarjeta y me lo encuentro. Como es tan corto lo terminé antes de comprender que leer aquello era un error imperdonable, censurable y hasta incalificable.

Eso sí, enseguida me horroricé y salí a la calle libro en mano a denunciarme. Por pura casualidad, encontré una patrulla de civil frente por frente a mi casa y los amables agentes me condujeron veloces a las cómodas oficinas de la Seguridad donde pasé, como ya saben, un mes y una semana estudiando mi caso.

No quisiera extenderme demasiado en el elogio de esos compañeros que realizan una labor extraordinaria y con frecuencia malagradecida, pero sí quiero reconocer desde esta tribuna que son tan valiosos como nosotros, que a veces vivimos con la cabeza en las nubes sin sentir las pulsiones de la tierra a nuestros pies. Y son más meritorios incluso, exentos como están esos compañeros de la hueca vanidad del creador. Ese chistecito de medir la inteligencia en tares es falso. Los militares tienen centitares y kilotares de lecturas. Figúrense que uno de ellos citaba con soltura a nuestro presidente ausente en las amenas charlas que sostuvimos en altas horas de la madrugada:

No sé por qué piensas tú
poeta que te odio yo,
si somos la mesma cosa yo y tú.

Y es tan cierto que somos la mesma cosa, compañeros. Somos los hombres del tercer mundo que sacrificamos nuestro tiempo en beneficio del tiempo de la Historia. Somos revolucionarios y nuestro primer deber es hacer la revolución. Las masas desposeídas del tercer mundo no necesitan revolucionarios de la literatura sino literatos de la revolución. Un día, muy cercano compañeros, un día el escritor y el soldado seremos el mismo hombre. Entonces nuestro país tendrá cientos, miles, millones de escritores. ¡Qué progreso, compañeros!

Antes del triunfo de la revolución, los escritores se contaban apenas con los dedos de una mano, Heredia, Avellaneda, Villaverde, Martí, Serpa… de acuerdo… los dedos de las dos manos, sumen Guillén, Loynaz, Novás, Carpentier, Lezama… Diego, en fin, digo. Tal vez ustedes no compartan esta fórmula ahora, pero no se preocupen, ese día llegará.

El asunto de la lectura del cuentecito quedó aclarado en menos de tres horas de llegar al recinto de Seguridad. Yo me sentía abrumado por la culpa, con muchas ganas de romperme la necia testa contra la pared. El compañero oficial que me atendió, un hombre generoso de manos dedicadas, me ayudó a perdonarme y restarle importancia al error a pesar de su gravedad. Poco a poco me calmó y entonces pudimos concentrarnos en el problema capital, que es el significado del texto y no el acto de leerlo.

No los insultaré presuponiendo que ustedes fueron tan débiles como yo. Seguro que desconocen el relato y mejor así, compañeros, porque son unas ciento cincuenta y tres mentiras contando dos del título. Verán, Virgilio Piñera me pinta como un loco, como una alegoría del Hombre Nuevo que se propone planes descomunales para cambiar la Tierra y es incapaz de aceptar el anonimato colectivo, de renunciar a la individualidad. ¡Habrase visto semejante idiotería de cajón, compañeros! Y el desviado alteró los números, porque la montaña que intenté devorar no tenía mil metros de altura sino mil novecientos setenta y cuatro. Es indudable que redondeó arteramente por defecto para restarle altura a nuestra linda geografía. Por supuesto, ¿qué puede esperarse de un homúnculo como él, compañeros?

Como saben, el homosexualismo es una patología social reconocida por la frenología, por el psicoanálisis y hasta por la etimología. Homúnculo, del latín homo culus liberalis, quiere decir el hombre que da el culo por la libre, en oposición al homo sapiens culus, o el hombre que sabe que el culo no se da.

Desconozco de qué locas artes se valió para enterarse de mi propósito, pero no descarto el espiritismo onanista. Me consta que él residía en Argentina cuando terminó el cuento a mediados del 57, y yo vivía en Oriente cuando emprendí el banquete a finales del año anterior. Yo llevaba meses dándole vueltas al proyecto hasta que me decidí y en diciembre comencé a devorar la montaña.

Los primeros bocados me dejaron un gustillo a derrota en el paladar, pero continué firme en la empresa y eso hay que reconocérmelo.

No obstante, es un absurdo virgiliano que cada mañana yo subiera la montaña y me echara bocabajo sobre la cima a masticar lo que me saliera al paso. Por favor, ¿en qué cabeza calenturienta cabe esa estrategia, compañeros?

Observen la falta de logística, de prevención y hasta de consciencia histórica. En primer lugar, perdería mucho tiempo subiendo y bajando a diario. En segundo lugar, por las mañanas me verían los vecinos y correrían los rumores. En tercer lugar, tendría que rodear constantemente el busto en la cumbre a riesgo de socavarlo. Y eso sí que no, compañeros, porque yo habré cometido errores, pero siempre he sido un patriota.

Yo trabajaba en la oscuridad. Salía de Ocujal cuando el sol empezaba a bajar y llegaba de noche al pie de la montaña. Me echaba de costado a masticar y tragar hasta que rayaba el alba. Entonces regresaba a casa, es cierto que con el cuerpo molido y las mandíbulas deshechas. Alguna que otra mañana seguía camino hasta Bella Pluma. Me desvestía y dejaba que las olas amasaran los músculos cansados. Hacía gárgaras de Caribe para desinfectar las llagas y me iba lejos, flotando, para contemplar cómo tanto esfuerzo rendía frutos y el pico de la montaña se acercaba más y más a la tierra. Cada dos semanas cambiaba de ladera para prevenir derrumbes y deslizamientos.

Los compañeros de la Seguridad me rogaron varias veces, siempre con exquisita cortesía, explicarles por qué yo intentaba devorar la montaña. De seguro ustedes mismos quieren saberlo. Es una pregunta muy válida, compañeros, aunque la respuesta no es sencilla. Ante todo, serénense los suspicaces que están imaginando un complot de la CIA o del State Department. Yo siempre actué por mi cuenta, y si mis actividades pudieron beneficiar los nefastos designios de esas agencias del mal, fue resultado colateral de mi necedad, nunca de la traición. Comprendo que algunos dudarán de mi honestidad en este punto, pero créanme cuando les digo que los compañeros de la Seguridad la comprobaron, a fondo.

Quizá el decadente de Virgilio tenga un poco de razón cuando insinúa mi vanidad y mi deseo de ser un devorador de montañas famoso. Tortuosas son las celadas del ego, no lo niego. Yo mismo no recuerdo un motivo específico, una lógica, una razón de estado en particular. En los primeros años me dominaba un apetito instintivo, el hambre del hombre ninguneado por el hombre. Me punzaba el estómago un agujero hondo de siglos que necesitaba rellenar a toda costa.

Pulsiones ingenuas, lo comprendo ahora, compañeros. Si mirar largo tiempo al abismo es peligroso, ¿qué horrores no supondrá cegarlo?

A posteriori comprendí, y los briosos compañeros de la Seguridad me reafirmaron la comprensión, que yo era un bienintencionado lamentablemente descaminado. Ya sabemos a dónde nos conducen las buenas intenciones cuando no están instituidas en acciones y parámetros del pensamiento revolucionario.

Sin saberlo, yo solo quería que nuestra querida isla fuera una llanura de igualdad, un todo homogéneo, un plano de justicia, desde el Cabo de San Antonio hasta la Punta de Maisí. Mea culpa, compañeros. Es mea. Me faltó comprensión materialista, dialéctica e histórica. Fui como el ingenuo que quiso ser ingenioso y terminó siendo un ingrato.

Hoy soy otro hombre, compañeros, un hombre mejor, y es gracias a la generosidad de nuestro gobierno que sí garantiza la equidad social constante y equidistante, y eso sin necesidad de simbolismos burgueses.

El que no ha crecido es Virgilio, ese árbol torcido que sigue esbozando opúsculos feminoides. Enraizado en el pasado, se niega a modificar el relato, eso dice, al menos por el momento. Veremos qué hace cuando concluyamos el proyecto.

Para eso estoy aquí, compañeros, para contarles el plan y reclamar vuestra voluntaria ayuda. Entre todos vamos a restituir los metros devorados de montaña y les digo más: para celebrar el próximo aniversario del 26 de julio, vamos a remontarla hasta los dos mil metros.

No se preocupen que ya está planificado. El Ministerio aprobó el nuevo proyecto y contaremos con la asesoría del Instituto de Geología. El Departamento topográfico insistía en acrecentarla desde la base, pero eso tomaría un tiempo excesivo. Los compañeros de Cartografía, que no lo parecen pero son los más atrevidos, propusieron alterar el mapa sin elevar el territorio pero eso nos arriesgaría una inspección internacional. Llegó a barajarse la posibilidad de construir un pedestal altísimo para el busto, pero en Geoprocesamiento afirman que los metros agregados al monumento no se considerarían parte de la montaña. Las altas esferas han decidido una solución intermedia.

Se
retirará
temporalmente
el busto y los miembros de
nuestro sindicato acometeremos
la honrosa tarea de alzar un montículo
natural en la cima que servirá de nueva base y

elevación. Considerando la sedimentación inevitable, los cálculos revolucionarios estiman que necesitaremos producir sesenta toneladas métricas de materia orgánica. Para crearlas nos dividiremos en tres brigadas: prosistas, poetas y dramaturgos; y trabajaremos por turnos de ocho horas hasta generar la altitud necesaria. Dos mil metros, compañeros, ni una pulgada menos. Sería una vergüenza increíble que nos quedáramos por debajo de esa cifra, que puede parecer arbitraria pero no lo es. La fecha del 26 de julio es un plazo que podemos estimar conservador, dado el compromiso, la fuerza, la dignidad, la moral, y sobre todo el espíritu de trabajo que nos caracteriza.

Desde aquí puedo ver el entusiasmo reflejado en sus rostros. Hacen bien en entusiasmarse, compañeros, pues en esta carrera por los dos mil metros ganaremos más que una montaña levemente más elevada. A ver, ganaremos confianza, colectivismo y hasta consciencia. Ganaremos un emblema, una imagen, una cifra de las posibilidades. Es mejor que el varón amujerado de Virgilio no rescriba el cuento. Así conservaremos una referencia superada del egocentrismo, una constancia del pasado peor.

Los flojitos y mariquitas que respeten; esta es una tarea de hombres. Cualquiera de nosotros puede rescribir la versión contemporánea. Yo mismo podría hacerlo. Se me ocurre de pronto “La montaña II”. No, ese sería un título derivativo. Mejor “El apogeo de la montaña”, ¿verdad que suena perfecto? Podría empezar parafraseando a Virgilio en un plural triunfal. Díganme qué les parece esto y sean sinceros:

Ahora la montaña tiene dos mil metros de altura.
Hemos conseguido elevarla en el Año de la
Productividad. Ha dejado de ser una
montaña como todas las montañas
para estar en la mancúspide
de nuestro heroico
pueblo.

Pensándolo bien, quizá sería preferible que la redactara alguno de ustedes, o escribirla entre todos. O más mejor entodavía, convoquemos un concurso de cuentos cortos para artistas aficionados y publiquemos una antología con los textos ganadores. El arte es un derecho del pueblo, compañeros, un derecho y cuando sea un deber entonces sí que hablaremos de progresos literarios. Patria o Muerte, compañeros. Hasta la Victoria siempre.

Oscuros varones de Cuba (Armada Editorial, 2017)


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