Actualizado: 18/10/2021 10:15
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Literatura, Teatro, Títeres

Veinte agrupaciones teatrales y un arte antiguo

Un recorrido por el décimo Taller Internacional de Teatro de Títeres de Matanzas

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Con el objetivo de profundizar en el conocimiento de las figuras y confrontar experiencias alrededor de este antiguo arte, se reunieron en la ciudad de Matanzas una veintena de agrupaciones teatrales desde el pasado 15 de abril y hasta el 22 del propio mes, en el X Taller Internacional de Teatro de Títeres. Colectivos de Italia, Argentina, Nicaragua, México, España, Venezuela, Uruguay, Francia, Japón y Cuba participaron en la cita que, auspiciada por el Teatro Papalote, Teatro de Las Estaciones, la Galería El Retablo y el Centro de Documentación e Investigación “Israel Moliner Rendón”, del Consejo Provincial de las Artes Escénicas (CPAE), contó con talleres, charlas, conferencias, exposiciones y espectáculos.

Dos años después, cuando la ciudad aún podía sentir los últimos cachiporrazos del 9º Taller, celebrado en al año 2010, el décimo comenzaba a resplandecer detrás del valle de Yumurí, justo donde Pelusín del Monte intercambia juguetes, regala bromas criollas y ofrece, lo dice así, caramelos de ajonjolí. En esta oportunidad, nuestro muñeco nacional quiso detenerse en los principales escenarios de la Atenas de Cuba para volver a significar este Taller, renacido en nuevas instalaciones artísticas, en nuevos invitados y en los siempre aguerridos creadores de este tipo de teatro, tanto de Cuba, como del resto de los países asistentes.

Algunos de nosotros, familiarizados con el arte de las figuras, pudimos sentirnos nuevamente identificados con aquello que nos hace viajar desde La Habana a Matanzas para participar en la redacción del Boletín, en los talleres y en todo lo posible. De la capital regresamos a disfrutar de la décima edición de este evento, presidido por el director de Teatro Papalote, René Fernández, y organizado por Rubén Darío Salazar, responsable de Teatro de Las Estaciones, junto con todo un equipo de personas que desean sostener en la urbe algo más que un acontecimiento artístico, que es el regocije de niños, de niñas y de adultos durante una semana.

De este evento pude extraer algo más que una semana de receso universitario. Sus espectáculos, no tan agradecidos como los de la última cita en el 2010, repercutieron de una manera especial en el que escribe. Tal es el caso de Historias de Pulcinella, del titiritero italiano Bruno Leone. Al ver la obra, escribí la siguiente reseña para el Boletín del Taller.

Pulcinella, las historias entrevistas

¡Pulcinella! Ven acá. Sal del Teatro Papalote. Al parecer, los espectadores del décimo Taller Internacional de Teatro de Títeres de Matanzas te quieren conocer fuera de la función del domingo en la tarde. El maestro Bruno Leone, del Instituto de la Guaratelle, vino contigo. Me dijo, en diálogo extraoficial, que las Historias de Pulcinella reflejan el aliento de la ciudad de Nápoles, donde el títere vale por su espíritu. Dice que para irrumpir en la sala vestido tradicionalmente como tú y comenzar a disparatar palabras, tuvo que prepararse con uno de los últimos maestros titiriteros dedicados a tu arte en Italia. Cuando comenzó a animarte profesionalmente en mayo de 1979 con sus Historias, aún podía saborear el descubrimiento del secreto de la lengüeta conque te da esa voz particular. Entre la escena de amor, de lucha con la muerte, o de las tantas travesuras que conforman tus relatos, no pudo encontrar mejor solución para equiparar su servidumbre que controlarte en un retablo, siempre popular y harto de situaciones hilarantes. Si te quejas del diseño de este es porque no comprendes que para Bruno es importante la internacionalidad de la figura italiana. Por ello, la obra se desarrolla en este tipo de altar a los títeres, quienes se hacen rodear de tradiciones varias. De estas, la cachiporra no pudo vencer la relación entre el titiritero y los espectadores. Dos niños fueron más inteligentes que tú. El primero subió para azotar a la Muerte; el segundo, para ayudarte a poner un huevo. Después dices que los títeres tradicionales de Italia están muertos. Bruno cuenta con que sigas procreando y acercándote a los espectadores de todos los países. No importa que hables italiano, o que no entendamos a veces cuáles son tus intenciones. Cierto es que los niños y las niñas se mantienen atentos a cada movimiento, a cada golpe, a cada sonido tuyo; lo que vale más que mil palabras, que complejos artilugios escénicos. Porque eres capaz, junto con tu animador, entre travesuras y cachiporrazos, de vivir más allá de los siglos, de continuar a pesar de las desventuras de un arte siempre en peligro de extinción. Esta Isla, a donde vienes a parar, desea ser la prometida.

Sin embargo, detenido ante la sencillez de la puesta italiana, otro espectáculo también interesó a los espectadores del evento. Testigo fui.

Mi amiga María me marea mientras miro mi madera, dice Pinocho

María solicita que informe sobre la presentación de Pinocho corazón/madera, puesta en escena de Teatro de Las Estaciones que repletó de espectadores la sala Papalote el martes en la noche, razón por la que mi querida colega del Instituto Superior de Arte no logró acomodarse entre las butacas, las sillas plásticas y el suelo. Como no fue testigo de la representación, me hago responsable de comunicarle que la obra sirvió para que Rubén Darío Salazar, director de la agrupación, confirmara que la historia del antológico títere de madera, versionada para el teatro por el dramaturgo Norge Espinosa, puede desdoblarse en una dramaturgia diferente. Esta, signada por un argumento que propone escenas donde la figura de Pinocho es rodeada de actores, de escenografía y de música, que sustentan la crítica social, la parodia como herramienta de análisis de una realidad ya necesitada de un niño con corazón de madera capaz de inmiscuirse en la sociedad cubana de este tiempo. Un niño que prefiere el teatro al final, que lo busca siendo títere y que lo encuentra en el escape hacia su individualidad.

Además le indico a María que para lograr la obra Rubén contó con un excelente equipo, compuesto por Iván García, en los roles de Pinocho y del Grillo Buena Conciencia, por Fara Madrigal, por Migdalia Seguí, por María Laura Germán y por Luis Torres, con el diseño escenográfico de Zenén Calero, las coreografías de Liliam Padrón y la música compuesta por Elvira Santiago. En fin, a María todo un inventario de lo sucedido aquella noche, para que en la próxima función de Teatro de Las Estaciones recuerde llegar temprano o, al llegar tarde, no se olvide de luchar por un lugarcito en el piso.

Por otro lado, la constancia de maestros de la escena titiritera cubana como Gastón Joya, Félix Dardo, Alberto Palmero, Armando Morales y Carlos González, me impulsó a la hora de concebir la siguiente entrevista a otro destacado artista.

De papalotes empinados por René

Conversar con el maestro René Fernández, presidente de nuestro Taller, siempre es un buen pretexto para alucinarse con el oficio titiritero del grupo Papalote, teatro que fundó y dirige desde hace cincuenta años. Resulta encantador saber que ha transitado por el panorama escénico cubano ofreciendo a los espectadores un tipo de arte de figuras destinado al divertimento de los niños, a la recuperación de las tradiciones afrocubanas y a la imperecedera búsqueda de buenos valores morales en sus representaciones. Estas, vienen de la mano de los títeres y de los actores, todos imbricados en obras que desean volar como el papalote, impulsado por el viento de la bahía matancera.

Ahora tomo ese impulso, en el contexto del 10 Taller Internacional de Teatro de Títeres, para dejarme llevar por las palabras de René, quien compartió algo más de una hora conmigo secretos, burlas y risas acerca de los públicos y de las tres obras que presenta en el evento, todas de vida, de jolgorio y de amor por los títeres.

Propone varias obras en el Taller. Puestas en escenas diferentes y similares a la vez. ¿Puede hablarme acerca de Tres somos tres, de Andariegos y de Nubes azules, por ejemplo?

René Fernández (RF): El arte de Brecht está presente en las obras. Tres somos tres significa un juego de componer y descomponer el cuento de Los tres cerditos. Es importante cómo la escena y los actores coexisten construyendo y desarmando cosas, donde están presentes elementos de la identidad, del carácter, del constante jugar con las realidades sociales. Andariegos es expresión del ser. De la significación de los fantasmas del teatro, pensando en Raquel, en Vicente Revuelta, en los títeres. Se desmitifican los títeres, se respeta lo ilimitado del arte y de los objetos, como también se establece con el espectador una relación casi ritual. Están presentes muchos valores como la libertad, la credibilidad. Son las pasiones; el hombre ante el peligro de ser engañado; la mujer libertina que quiere vivir; la verticalidad del poder. Nubes azules es la respiración no solo del aire, sino de la vida. Un niño en el Teatro Nacional de Guiñol dijo: “Al fin el humo es libre”, frase que puede resumir todo el espectáculo.

Ayer, en la sala El Mirón Cubano, tuve la oportunidad de observar una oleada de espectadores de todas las edades. ¿Cómo cree que Teatro Papalote ha influido en esta afición por el arte de las figuras?

RF: Esta ciudad siempre ha tenido mucha ebullición teatral. La herencia del pasado, de mis maestros, ha permitido que Papalote se sostenga durante décadas. Hay que cuidar eso. La Calle de los Títeres es un espacio muy importante para que los niños logren una sistematicidad en la asistencia al teatro. Por otra parte, la dramaturgia de mis obras, influida por la realidad inmediata, ha significado una línea imprescindible para que mi obra logre lenguajes verdaderamente signados por valores estéticos, a partir de los cuales puede el espectador sentirse reflejado y animado.

Si después René Fernández consigue desdoblarse nuevamente en palabras como lo hizo en esta entrevista, entonces habré conseguido que sus papalotes no sean detenidos en una cuartilla, a la que reduje una mañana de diálogo entre su impronta y mi impulso.

Con René supe de oficio y de entrega al maravilloso mundo de las figuras, cuestiones siempre aplaudibles. En ocasión del Taller, asistí nuevamente a su más reciente obra.

Para despertar con Nubes azules

Si es obligación escribir de Nubes azules, cómo no hacerlo a partir del intempestivo sueño que en la sala Papalote, el viernes en la noche, resultó desagradable comprobar en varios de los espectadores asistentes a la función dirigida por René Fernández Santana. Pena debería causar el hecho, no para quienes estuvimos atentos a cada instante de la obra, sino para aquellos que, incautos, prefirieron cerrar los ojos ante el desborde de magia titiritera. Bribones, diría, que optan por la nocturnidad pedestre, sin iluminaciones del arte cada vez más inteligente del grupo Papalote. Para los dormilones, el presente trabajo desea servir como cafeína.

La obra recrea el enfrentamiento de los vecinos de un edificio con las chimeneas cercanas, que expulsan humo contaminante. Tema, al parecer, didáctico y escolar, aunque las personas a las que pude preguntar en la salida me catalogaron la idea como original y no falta de lenguaje de adultos. Porque nada significa la lección que propone la puesta si no es asumida responsablemente, si no cala en las inteligencias de los mayores, que influirán ciertamente en sus niños.

De ahí que René trabajó a partir de una estructura dramatúrgica convencional. El conflicto, bien definido por los dos polos que se enfrentan, permite que los espectadores logren una identificación, aunque distanciada, con las partes implicadas. Alrededor del clímax, nubes que se quejan, astros que optan por castigar e Inventores que solucionan el problema permitiendo la modernización de las industrias, complementan el drama.

Un retablo en forma de edificio permite que Mayda Seguí y Pedro Rubí animen a los vecinos. Al frente, en cada lateral, sendas chimeneas son animadas por Herlys Sanabria y por Yankiel Tápanes. El diseño escenográfico es de Pedro, quien trabajó hermosamente recargando el espacio con tonalidades acogedoras, además de confiar en tres retablos, uno para los vecinos, otro para las chimeneas y el último para las proyecciones de imágenes del cielo, que inician y finalizan la obra.

Solo puedo callar, cabizbajo, ante el ritmo del espectáculo. Quizás por ello la somnolencia. Influyeron las actuaciones, de tonos similares; la manipulación de las figuras, inmóviles en ocasiones; y la pobre utilización de las proyecciones para suplir escenas como la de la lluvia, por ejemplo. Pero solo fueron pequeños detalles que en ningún modo entorpecieron la calidad de la obra.

No puedo hablar de todo. Quisiera, pero el espacio me restringe. Allá quienes no pudieron asistir a la sala Papalote y se perdieron Nubes azules, o infortunados aquellos que cedieron ante el cansancio de los días del Taller y se acurrucaron en las butacas. Solo me queda afirmar, responsablemente, que los niños prefieren nubes en vez de churre y contaminación. Porque es más divertido, más inteligente y mucho más bello. He dicho. Y además, aclaro, para los que cacen erratas, René Fernández presenta cinco obras en el evento. Además de Tres somos tres, de Andariegos, de Nubes azules y de Los Ibeyis y el Diablo, se suma Historia de burros.


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