Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Sodomía, Literatura, Literatura cubana

Viaje al bajo mundo de la Cuba de hoy

Sobre La mordida de Dios. Sodomía en las cárceles cubanas, de Amador Hernández Hernández

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El testimonio como género literario ha sido abordado con abundancia en la literatura cubana del último medio siglo. Paradigmas de esta modalidad —que no pocos estudiosos incluyen dentro de la Narrativa— pueden ser, entre otros, Biografía de un cimarrón o El caballo de Mayaguara, de Miguel Barnet y Osvaldo Navarro, respectivamente.

Podríamos afirmar que ningún relato testimonial es puramente “real”, si consideramos que cada hombre aplica su subjetivismo a lo contado. De modo que debemos considerar que el “hecho” se halla tamizado, primero, por quien se lo cuenta al escritor, y segundo, por el propio escritor.

Es decir, dos personas no “ven” lo mismo cuando observan un suceso determinado; el mismo suceso, digo.

Será por eso que algunos autores, críticos y otras personas ligadas al quehacer literario, en ocasiones determinan que la obra tal es “un testimonio novelado”.

Mas, para mí la definición “testimonio novelado”, sería lo mismo que, en el caso del cine, hablar de “documental de ficción”.

El desarrollo editorial que ya se registraba en la Isla en las décadas de 1970 y 1980, sumado a la “necesidad” de dar a la luz movimientos épicos o sociales que por entonces debían ser del conocimiento de la mayor cantidad de personas posible, genera la aparición de libros de “testimonio” que no tienen ni pizca de elaboración —literaria.

Entonces el oportunismo resultó ancla para ciertos autores que, en muchos casos, no hacían otra cosa que llenar un casete por ambas caras con lo dicho por su o sus entrevistados y luego mecanografiar lo grabado.

En otras ocasiones, el autor reunía unas cuantas crónicas periodísticas, armaba un libro y lo publicaba o presentaba bajo el rótulo de ´Testimonio´.

En este género, como decía antes, intervienen dos posiciones: una, quien testimonia —o más bien realiza una confesión— y la otra quien armará de la mejor y más fiel manera lo recibido.

En los últimos 15 años ha surgido en la Isla un verdadero creador en el orden que nos ocupa. Amador Hernández Hernández (Encrucijada, Villa Clara, Cuba, 1960) cuenta con una copiosa y muy respetable y respetada obra en la modalidad que tratamos en estas líneas. Yo también maldije a Dios, La medianoche del cordero y Cleopatra la reina de la noche, entre otros libros, pueden dar fe de lo afirmado.

En todos los casos, Amador Hernández Hernández (AHH) incursiona en el bajo mundo de la Cuba actual, bien sea en lo referido a la prostitución, la supervivencia a todo trance o el ámbito carcelario.

Recientemente AHH (quien continúa viviendo en su pueblo natal) ha publicado La mordida de Dios. Sodomía en las cárceles cubanas, un libro estremecedor que cuenta el origen, desarrollo y desenlace del alias Alí Babá, La Araña Pelúa, el Halcón o el Lobo Estepario, hijo de padres separados y quien va a prisión por una causa menor, pero su temperamento, ya de entrada violento, en la cárcel se acrece aún más y así va agregando años y años a su condena inicial. No hay regreso, parece decirnos el narrador.

Alí Babá cobra con sangre la violación sexual de que es objeto, en un medio en el cual, salvo excepciones, no hay más opciones que ser violador o violado. Escenas de este tema abundan en las 134 páginas de La mordida de Dios…, publicado por Alexandria Library. Pero el libro es mucho más que eso. A tal punto lo es que en mi opinión no es certero el subtítulo Sodomía en las cárceles cubanas, algo que según el propio Alí Babá suele ocurrir en “todas las cárceles del mundo”.

Este libro asume lo tremebundo de las prisiones y a la vez resulta un caudal de información para aquellos que desconocen el ámbito carcelario, y asimismo el porqué del antes y después de un sentenciado. O sea, el testimoniante-autor no se limitan solamente en narrar los hechos, sino que ahondan en la entraña humana de los ejecutantes.

La vida en la prisión puede lograr que “por mucho que se lo propongan [la reeducación] los jefes de los penales, pueda [un preso] reeducarse. El preso se va llenando de odio y llega el momento en que ya le da lo mismo Dios que un caballo”. Así: “Como soy de los que saben que la cárcel no reeduca a nadie en ninguna aparte de este planeta, estaba convencido de que ya mi espíritu se había viciado al punto de que, sin darme cuenta, me había transformado en prisionero de mi misma prisión”. (P. 45.)

“En la cárcel, los guardias crean un sistema perfecto para buscar la información a través de los propios presos. Los convierten en enemigos y ponen el juego a su favor. Es una verdadera tentación del Diablo, porque les ofrecen hasta amparo”. (P. 33.)

Las mañas para la supervivencia en prisión se hallan detalladas con suma exactitud en una y otra página de La mordida de Dios… El amaestramiento de ratas o cucarachas, entre otras iniciativas, requiere de mucha paciencia y perseverancia, pero, digamos, vale la pena cuando nos enteramos de las ventajas que así se pueden obtener.

Para defenderse o matar nada mejor que el entise, un artefacto relativamente fácil de esconder, que incluye hojas de afeitar y requiere de una esforzada elaboración. “Ya había pasado la época en que mataba por instinto, incluso por moral. Ahora cuando veía a un enemigo sangrando por mis puñaladas hasta me alegraba porque entre rejas hacen falta las broncas para ir matando el tiempo”. (P. 81.)

Con mano sabia AHH va cruzando los capítulos con solo punto y aparte y esto, sumado a la intensidad de lo narrado —resultado del desdoblamiento del escritor en busca de un narrador que, a mi modo de ver, se localiza entre el autor y el testimoniante—, más la utilización de un lenguaje crudo, pero certeramente elaborado de modo que no suene “extraño” para un lector de una u otra latitud, hacen de La mordida de Dios… no solamente un documento revelador, sino además un texto de considerable valor literario.

No son pocos los personajes que recorren las páginas de este libro. Entre otros, los tristemente célebres la Tarántula, la Delfina, el Matador de Caballo, Papi Jamón, Paloeroma, Bembaemono, el Satanás, Lilia la Bollúa, Marabú, Pollito Pito, Piedradura o el legendario Toro Pinto. A mí, en especial, me consterna la Bobona, un personaje evocado con constancia y que se convierte en escolta y consejero de Alí Babá.

Una vertiente muy interesante de La mordida de Dios… —cuyas dos localizaciones fundamentales son las cárceles de Manacas, en Villa Clara, y Kilo 8, en Camagüey— resultan los castigos que les son aplicados a los reclusos. “En las solitarias (celdas de castigo individuales) el agua de los tanques se colaba por los techos y llenaba la mazmorra de humedad y frío. No fueron pocos los pulmones que se enfermaron”. (P. 82.)

Alí Babá pasó ¡tres años! en solitario en una de estas celdas. “… Me dio por hacerme el héroe e inventé mil modos de quitarme la vida. Lo intenté arrancándole una tira al pantalón, pero un ´trompeta´ me sorprendió y dio el pitazo. El Consejo de Prisiones decidió dejarme encuero, sin sábanas, ni colchoneta”. (P. 35.)

La mordida de Dios. Sodomía en las cárceles cubanas, es un libro que irá adelante por sí solo, una obra que estoy seguro será codiciada por todos aquellos, y muchos son, que desean enterarse de hasta dónde el ser humano puede degradarse, y también de cómo, hallándose en los niveles más bajos de la sociedad, es posible sublimarse.

Este libro se puede adquirir en:


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