Actualizado: 18/08/2022 7:35
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Literatura

“Viajes de Miguel Luna”, de Abel Prieto

Una novela que destripa a fondo y con pleno conocimiento de causa el ambiente viciado entre los escritores cubanos “revolucionarios”

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Una novela necesaria, muy necesaria publicada por la Editorial Letras Cubanas. Necesaria porque, hasta donde yo sé, no hay otra que ponga al descubierto las ruindades, intrigas, falacias, injusticias, envidias de un muy amplio sector de la intelectualidad cubana del llamado proceso revolucionario.

Ni que, tratándose de la literatura cubana, exponga tantos matices del Dogma estalinista y sus inmundicias: el culto a la personalidad, la supresión de la individualidad del ciudadano, el centralismo totalitario y el “doctrinismo” hueco, entre otros, y en resumen la perfidia castro-guevarista del “hombre nuevo”. Todo esto a partir de la Cuba socialista y de Mulgavia, un país donde todo es rojiterroso, umbrío, monolítico, asfixiante y donde proliferan los edificios lóbregos, los espacios grises y los seres disformes portadores de vulgares costumbres. Un país que Abel Prieto inventa basándose, sobre todo, en las naciones de Europa que formaron el tristemente célebre Campo Socialista. En Mulgavia conoceremos el delirio comunista en la Eficiente Granja Amistad Cuba-Mulgavia, la Intrépida y Productiva Jornada Pluma y Arado, el Sosegado Retiro para la Creación Literaria, el Hotel Valle Feliz, o el Movimiento Sindical Mulgavo Constructores del Futuro. En la capital, Mulgvia, y en otras ciudades y latitudes de esta región inventada pero prototípica del absurdo estalinista, nos toparemos con personas fanatizadas, fingidoras, con la suficiente cuota de doble moral para sobrevivir como víctimas de una tiranía.

Para serle fiel al cosmos que crea el autor en cuanto a las costumbres, origen, historia, etnias diversas, “patria”, idioma, geografía, etcétera, de la apócrifa nación, sin que se note un leve desliz o una consecuencia sin causa, es menester realizar, sencillamente, una labor titánica que no sería posible si no la alimentara una imaginación descollante y bien entrenada.

Viajes de Miguel Luna destripa a fondo y con pleno conocimiento de causa el ambiente viciado, la traición, el oportunismo, las injusticias entre los escritores cubanos “revolucionarios” bajo la égida de la Uneac (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) y en conexión con otras organizaciones culturales y políticas. Entre otras vertientes, incide esta novela en sacar a la superficie las trampas mutuales en las labores de los jurados de concursos literarios, la asquerosa actuación de las editoriales y los editores, la carencia moral de unos y de otros, la mentira y la adulonería como cuestiones básicas para ascender aunque sea sobre la destrucción y la sangre de otros. Nosotros, los que alguna vez vivimos en el medio que aborda esta novela, hallamos sin embargo novedades cuando recorremos sus 573 páginas, puesto que Abel Prieto va a los intríngulis de cada condición y nos los muestra de rigurosa manera.

Miguel Luna, nacido en la ciudad de Pinar del Río —clasemediero hijo del dueño de “Pollos Luna”, una pollería, como lo indica su nombre— y más tarde domiciliado en Marianao, La Habana, con 41 años de edad cuando comienza la narración, es el típico escritor residente en el castrismo-estalinismo que aspira a viajar en un país donde los ciudadanos, por ley del orden existente, tienen tres grandes quimeras que la inmensísima mayoría de cada generación consumida por la dictadura no pudo alcanzar: tener una vivienda, un automóvil y dar al menos un viaje al extranjero en toda su vida.

Miguel Luna, llamado, entre otros motes, Mikimún, pajero (pajero2, ra. 1. adj. El Salv. y Perú Dicho de una persona: Que masturba o se masturba. U. t. c. s. En Argentina, Cuba y Uruguay, u. c. vulg. Real Academia Española © Todos los derechos reservados) —conducta que ya antes ha caracterizado a otros personajes de Prieto y que por cierto caracteriza a los comunistas mulgavos—, viene a ser el varón más desfavorecido de la Tierra en cuanto a sus atributos físicos, a la vez que porta una presencia ejemplarmente repugnante, y, para colmo, es alcohólico a la par que posee una notable dosis de ponzoña, a carótidas repletas. Creo que nunca antes yo había leído una novela donde el narrador —digo el narrador, no el autor, ¿será?— se empecine de manera tan carnicera contra un personaje.

Miguel Luna, de niño sobreprotegido y amamantado, es asimismo uno de esos especímenes intelectuales que no puede evitar maldecir, odiar, desear el mal de sus colegas —aun la muerte en ciertos casos—, ni evitar en fin esas consecuencias de lo que suelen llamar celo profesional; él, por demás, se siente menospreciado por el “ego” de los otros, mientras olvida el suyo propio.

Mikimún, decíamos, anhela viajar, como tantos otros escritores. Pero como él no es del “mazo” (como suele decirse: no es martillo, es yunque) su viaje anhelado llegará, pero su destino no será marchar con una delegación de los elegidos a algún evento en un país capitalista o a alguno socialista de primera (si es que los hubo), sino a la sombría Mulgavia; así, en la medida que transcurre la trama, llegamos a concluir que al pobre Luna mejor no lo hubieran mandado a ninguna parte.

Entre otros personajes sobresalientes de la obra, cito a la bella Eloísa Pantoja Chong, llamada La Tricontinental, la que nadie hubiese predicho que sería pretendida por el antiestético Miguel Luna y mucho menos que entre ambos ocurriera lo que posteriormente ocurre. El alias el Bemba, el hombre de los tantos “conectos” y buen amigo de Mikimún, aunque, como todos o casi todos sus pares, también nada en el lodo intelectual revolucionario, con la atenuante de que se preocupa constantemente por algo imposible: no enfangarse. El tío Benigno, manso, resignado, en espera de algo parecido al Milagro. Las tías, Carmelina, frustrada, mala entraña; Cary, noble; Tere, en esa línea entre el bien y el mal. El fornido Lopito, prototipo de la vacuidad, partícipe de un extrañísimo triángulo amoroso. El doctor Noroña, psiquiatra, participa en uno de los mejores pasajes de la novela (Págs. 212-215). Willy, el pragmático consejero cultural de la embajada de Cuba en Mulgavia, resulta el oportunista que por momentos aun llega a convencerse a sí mismo de que no lo es, y juega un interesante punto de giro en la obra. En el plano que se desarrolla en Mulgavia, la seseante y bien dotada aunque algo caprina traductora, Dorotea, se lleva lo fundamental.

El tono de humor con que está escrita esta novela produce, en mi opinión, resultados opuestos. Por ejemplo, el triángulo Luna-Eloísa-Lopito no pasa de ser un hecho estrictamente trillado, de telenovela más bien. Sin embargo, el tratamiento precisamente humorístico, con una serie de matices, de incidentes reflexivos, sin abandonar la carcajada, en ocasiones oculta, oxigena los pasajes correspondientes a partir de las peripecias de los involucrados en esta acción. Cito en esta vertiente (Págs. 207-209) el tratamiento que le otorga el narrador a la casual y causal impotencia sexual de Mikimún, que nada aporta al respecto en cuanto a lo que se sabe hasta ahora de ese tema y de lo que ya ha sido tratado por buena parte de la novelística, sobre todo latinoamericana. Solo ocurre que Prieto, en estas páginas, está preparando acciones subsiguientes que serán bienvenidas por el lector. Asimismo, este anecdotario de cliché, al ser asumido por el inútil de Miguel Luna, adquiere una trascendencia singular per se.

Esto del humor tiene sus pérdidas en varios momentos de la novela, cuando el autor hace interesantes rejuegos léxicos y expresivos en general, mientras evade una asunción digamos más dramática, vívida, humanizadora de las acciones abordadas. Así ocurre en los acápites Ascensos, que van de la página 291 a la 295. Aquí resulta que el tono humorístico precisamente impide ahondar en el erotismo propio de la acción que se está narrando y que se lleva cabo por los recursos que cito al inicio de este párrafo. Naturalmente, para corregir lo dicho habría que cometer el error elemental de traicionar el Tono Único del relato; de manera que me atrevo a sugerir que solamente comprimiendo este fragmento, otorgándole menos pirotecnia verbal, menos derroche de tantas alusiones de alto vuelo pero que no pasan de una cadena de ritornelos, podría salvarse.

El punto de vista narrativo de Viajes de Miguel Luna —una especie de narrador omnisciente aunque limitado a una gama de personajes— resulta muy flexible. En ocasiones, en mi opinión, demasiado flexible para así facilitar la labor del autor. Ejemplos: P. 84, cuando el narrador de súbito se pasa a Carmelina y el conferencista; P. 103, el narrador anuncia el pensamiento de Zoila; P. 132, de pronto el narrador expresa el sentir de Eloísa en cuanto al profesor; P. 206, se cruzan muy a conveniencia para el autor los sentires de Eloísa y Miguel Luna; P. 232, se refiere el narrador al alivio interior del doctor Pantoja, un personaje secundario que hasta entonces no había sido “seguido” por el narrador; P. 476, el narrador, creo que para salvar al autor, da una referencia que solo él y el lector sabrán, lo cual en mi opinión saca a esta escena, parcialmente, de la verosimilitud narrativa. Con estos ejemplos solamente he intentado patentizar la habilidad de Abel Prieto para, valiéndose de una toma de narración muy amplia, llevar a cabo la exposición integral de su novela. Sabemos que esto no es algo nuevo en la creación literaria, igual que sabemos que este modo tan tradicional de contar implica muchos peligros. Con los ejemplos citados, he querido, precisamente, aludir a esos peligros en Viajes de Miguel Luna, la cual según un parecer muy severo se afloja como hecho estético por esta causa.

En cuanto a estructura, vale subrayar los sueños de Mikimún que se van intercalando en la acción. En ellos el autor, además de configurar de manera total la enrevesada psicología del protagonista, nos regala su gran poder para la fabulación y varios de los momentos clímax de la narración gracias al lenguaje de suma creatividad —donde sobre todo la adjetivación es elogiable— respaldado por una utilización de la hipérbole de ningún modo gratuita, como sí ocurre en otras obras que tienen al humor como recurso primario.

Las viñetas con que se ilustra cada capítulo, al final de los mismos, aparte de sus valores estéticos intrínsecos, resultan un elemento aleatorio que podrían completar la imagen gráfica, diríamos, de los personajes fundamentales; una especie de descanso entre un capítulo y otro.

Si la novela fuera mía, prescindiría de ciertos excesos de erudición (un ejemplo, página 159) que no creo convengan al lector promedio que mucho necesitamos para una obra que, tanto por su contenido como por su forma, debería ser leída por muchos y en muchos sitios.

La proclividad a las bebidas espirituosas y el alcoholismo, sus consecuencias y derivaciones, están justamente tratados en la novela, si bien de manera convencional, de modo que a partir de los bebedores, Willy, El Bemba, no hallamos una propuesta imaginativa en una narración en la cual la imaginación descuella; pero sí nos encontramos con una radiografía de alta resolución en cuanto a la adicción al alcohol de Miguel Luna; el pobre, una suerte de reservorio de tantos males.

Otro elemento que se toca en una y otra página de Viajes de Miguel Luna es la escatología. Cuestión de gusto será (ejemplos, Págs. 71 o 518): no la hallo totalmente justificada dentro de la acción. Mas, en las antípodas tenemos algo impropio de la literatura aupada por los marxistas madurados con carburo, lo cual se puede constatar en una y otra página: el existencialismo (como ejemplo, página 475).

Viajes de Miguel Luna, con una edición bien cuidada (solo hallé una errata: página 11, “Hubo a a partir de ahora”) y una cubierta que precisamente por sobria es que se destaca, se inscribe dentro de lo mejor de nuestra novelística actual —y lo mejor de nuestra novelística actual está compuesto por un buen número— y el tiempo dirá si dentro de lo mejor de la novelística cubana de siempre.

En un artículo publicado en 1999 en la revista Nao, alabábamos el notable diapasón que había alcanzado entonces la novela cubana, a tal punto que ya entonces se podía hablar de una real y sólida Novelística Cubana. Sin embargo, desde antes y desde entonces esta novelística ha carecido de un cuerpo independiente, y a la vez imbricado con el todo, de lo que suele llamarse la novela satírica. Al respecto, hoy, de lo que yo he leído, cito Libro de la derrota y El difunto Fidel, de las escritoras cubanas María Elena Hernández Caballero y Teresa Dovalpage. El trío se completa con la portentosa Viajes de Miguel Luna.

Adelante.


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