Actualizado: 20/08/2019 5:32
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Literatura, Poesía

“Víspera del fuego” de Odette Alonso

Odette Alonso se afianza con Víspera del fuego como una de las voces más singulares de la poesía cubana contemporánea

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La víspera se antepone al instante del ardor: proximidad —cercanía— que prefija el ímpetu y vaticina el frenesí de los cuerpos. Siempre hay un antes: inclinación, mirada sigilosa, atisbo, suspicacia, conjetura… Entregarse es un desatino. El enamorado funda; el seducido sobresee. El amante se desboca; el amado rescinde los pactos. Toda inmediación: anhelo, impaciencia que el seductor caligrafía en el légamo de los zaguanes y en el atemperamiento de las pausas.

Quien se guarece en la vigilia: se cobija en el aguardo. Quien expediciona en el insomnio: sabe de tribulaciones antiguas asentadas en el vientre de la noche. Quien recibe la caricia de la brizna: rubrica los trances y los relentes del fervor. Quien evoca primitivos parlamentos: saborea los silencios y transcribe la desolada isla de los deseos. Quien emprende la exploración: se aventura por sesgos indeterminados.

Nunca regresamos del tiempo: el turno reciente acorrala y somete: las estaciones prefiguran todas las duraciones en el presagio y en la prórroga colindante: azogue perpetuo. Hay un cenagal de polvo en el indicio: la muchacha se baña en la transparencia de la tarde para que los peces columpien a los marineros que al fin han registrado un atracadero donde dormitan sierpes inocentes. “Me he sentado en el muro a ver cómo te alejas / cómo se ensancha el tiempo entre tu espalda y yo”, escribe Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964) en uno de los poemas de Víspera del fuego (Ediciones Intempestivas, Monterrey, México, 2011). Cada intervalo suscribe una crónica de ensimismado diálogo con la deserción: el deseoso contempla al que huye.

Poemario dividido en tres acápites (Cantos de sirena, Los días sin fe, Las otras tempestades), los cuales tejen un dietario de extenuaciones —no exentas de embriagados esbozos enmarcados en las adversidades y triunfos mínimos del deseo— fincado en la “sombra incandescente” de la Isla amada. Versículos de celajes y retratos punzantes, vidrios de incisivo enjambre de abejas moribundas y hambrientas detenidas en las puertas, acrisoladas por viejos adioses, por “filosas certidumbres / esas tenazas” que cercenan “el salobre viento de las tardes”.

Tres cabalgues líricos de sosegadas, tristes y borrascosas modulaciones. Tapias entintadas, boleros, viajes y cartas: el mar como un lienzo sinuoso; el sorbo de un trago de té rondando las advertencias y el ocaso testificando las huellas de eros en la arenisca…: Cantosde sirena. Espectros, naipes cruzados, aguacero de raras espirales, inocencia en zozobras: “el ojo traza el límite del charco / donde mi infancia naufraga”; itinerario que “inflama la esquina de la noche”: convites, silencios, extravíos y retorno allí donde “la tarde es un juego de penumbra”: Santiago…: Los días sin fe. Presentimientos, simulada designación en mandados amorosos: “Una muchacha con nombre de varón / se asomaba al correo / temerosa / de que alguien descubriera su falsa identidad”; mirada fugaz que apresura la derrota en la ilusión de la avidez erótica: “Cruza / frente a mis ojos / una mujer de ensueño. / En los suyos / negrísimos / brilla una luz ajena. / Su piel aceitunada nunca arderá en mis manos / no besaré sus pechos / no danzaré / sobre el montículo del vientre. / Ella embarra en mis labios / una pomada cáustica. / Todo se pudre / en el segundo exacto / en que atravieso sus ojos”; ceguedades de Dios, remembranzas, reverberaciones: “se hundió la noche en una desmemoria / que no acabará nunca”…: Las otras tempestades. Tres dársenas confluentes: tres impulsos pespunteados con hilos acuciantes: tres vértices de un triángulo fluctuante. El antecedente de la pasión está escrito en la vorágine de “saltos hacia el abismo con los ojos vendados / para encarar el riesgo / sobre las aguas mansas”.

La ganadora del Premio Internacional de Poesía Nicolas Guillén (1999) —Insomnio en la noche del espejo (Chetumal, 2000)—, se afianza con Víspera del fuego, como una de las voces más singulares de la poesía cubana contemporánea. Desde Enigma de la sed (Edic. Caserón, Santiago de Cuba, 1989), Palabras del que vuelve (Edit. Abril, La Habana, 1996), Cuando lalluvia cesa (Edit. Torremozas, Madrid, 2003), El levísimo ruido de sus pasos (Edit. Ella, Barcelona, 2006) —con ajustes de una novela (Espejo de tres cuerpos, Quimera Ediciones, México, 2009) y un manual de relatos (Con la boca abierta, Odisea Editorial, Madrid, 2006)— y Manuscrito hallado en alta mar (Edit. Universidad Veracruzana, Xalapa, México, 2011) hemos sido testigo de una poeta en insinuantes rondas y bregas que nadie puede soslayar. Defensora comprometida de los derechos homosexuales y la equidad de géneros, Alonso es una activa promotora de simposios literarios de participación femenina.

Estamos en presencia de una poeta que ha sabido transfigurar los mitos grecolatinos en diseños de rebosada transmutación erótica desde gozoso tributo al cuerpo: guiños y lisonja a los recodos de Safo de Mitilene. El tiempo, los nudos de la aventura amorosa, la vuelta, la evocación, los acuses femeninos, la presencia de la Isla, la añoranza de Santiago, el mar, los vuelcos de la infancia, la orfandad del exilio y un agridulce y sardónico pesimismo identifican los imperiosos trazos y salmos de Odette Alonso. Víspera del fuego, catálogo que recapitula los índices de un riguroso y comprometido trabajo de más de 20 años en los azoros y venturas de la cabalgante cartografía de las palabras.


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