Actualizado: 22/06/2018 17:44
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Voces, Psiquiatría, Psicología

Voces

Reconocer alguien que “escucha voces”, ya no necesariamente voces específicas relacionadas con la religión sino cualquier voz, es cada vez más frecuente

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“Y sola con mis voces, y tú tanto estás del otro lado que te confundo conmigo”
Alejandra Pizarnik

Desde los siete años de edad, así lo explicó ella misma en los repetidos interrogatorios que sufrió por parte de sus implacables jueces, Juana de Arco escuchaba voces.

Pero no eran voces corrientes, anónimas, no. Las voces que escuchaba Juana de Arco tenían nombre: Santa Catalina de Alejandría, Santa Margarita de Antioquía, el Arcángel Miguel e incluso el propio Dios, aunque con el tiempo dejó de asegurar a sus inquisidores que este último le hablara directamente.

¿Las escuchaba realmente Juana?

Claro que sí. Ni ante el horror de la hoguera —la doncella de Orleans acababa de cumplir diecinueve años cuando la ataron al palo y la quemaron hasta convertirla en cenizas que luego esparcieron al viento— se retractó de seguir al pie de la letra las orientadoras (para ella y los franceses, no para los ingleses y los anglófilos de la propia Francia) voces que sentía dentro de su cabeza.

Nunca tuvo Juana dudas acerca de la veracidad de esas voces, y para ser sinceros, casi nadie se las cuestionaba.

Gedeón (Viejo Testamento. Capítulo 6 del Libro de los Jueces) es el primer caso que conocemos de una persona que escuchó a Dios dentro de su cabeza y dudó. Es más, pidió pruebas dos veces y según el Libro las obtuvo. Algo verdaderamente inédito para una época en la que el escepticismo se castigaba, y duro. Abraham, Moisés, Amós, Jacob y muchos otros personajes bíblicos se relacionaron con su Dios mediante voces, pero lo aceptaban siempre como algo incuestionable.

Y no fueron los únicos.

Mahoma (y sus seguidores) alegaba que el ángel Gabriel le dictó el Corán de cabo a rabo, algo que se intenta probar por el hecho de que el hombre era analfabeto y sin embargo el susodicho libro está ahí. De ser así esas voces fueron extensas y complicadas. Demasiado complicadas si nos guiamos por lo abstruso y a veces contradictorio del Corán.

Pero ese tema rebasa los intereses de este breve ensayo.

Algo curioso. Las grandes y antiguas civilizaciones politeístas: los mesopotámicos, los egipcios, los chinos, los hindúes, los griegos y los romanos tenían constantes tratos, incluso políticos y sexuales, con los dioses, pero ese concepto de oír voces era casi desconocido entre ellos. En la guerra de Troya, por poner un ejemplo, Atenea, Hera y Poseidón, entre muchas otras deidades, apoyaban abiertamente a los griegos; Apolo, Afrodita y Ares, también entre otros, se aliaron con los cercados troyanos, pero todo el mundo los veía, les hablaba, les agradecía o maldecía. Incluso peleaban junto a los dioses o contra ellos, pero no se hablaba de voces en la cabeza de alguien en particular ni apropiaciones únicas y monopólicas del mensaje.

En la Edad Media volvieron a escucharse las voces, Juana de Arco es el mejor ejemplo, pero siempre se referían al dios cristiano, a la Virgen María (y sus múltiples personificaciones), a los ángeles y, y esto es bastante nuevo, al Diablo, el Señor de las Tinieblas. Un personaje este, Lucifer, tan peligroso que podía suplantar en los oídos de sus víctimas al propio Dios y a la Virgen. Si lo dudan, lean las acusaciones que le hicieron los jueces a Juana de Arco. No dudaban de que las voces existieran, solo discrepaban de la procedencia, y claro, esa ya era una buena razón (las verdaderas razones políticas quedaban a cubierto) para achicharrarla como tan cruelmente lo hicieron.

La Cruzada de los Niños (1212) es otra historia medieval de visiones. Un niño, analfabeto como todos en aquel tiempo, escribió, dictada por la voz del propio Dios, una carta que llevó en persona al rey de Francia. El rey no le hace caso y entonces también escucha de Jesucristo el texto de la misma carta. La carta dice que el mar se abrirá para permitir a los niños llegar a Jerusalén y liberarla de los infieles. Pero el mar no se abrió y los niños fueron, en su mayoría, esclavizados por los mercaderes.

Esta cruzada parió el cuento El Flautista de Hamelin de los Hermanos Grimm. Hoy sabemos que es muy posible que la tal cruzada ni siquiera haya existido. Pero la mitología ha demostrado ser irreversible.

Y todo siguió así hasta la llegada de la Revolución Industrial, y con ella el advenimiento de la psiquiatría moderna.

Ocurren entonces dos cosas novedosas e importantes.

La primera es que las voces (ya no necesariamente voces específicas relacionadas con la religión sino cualquier voz) se van haciendo cada vez más frecuentes, sea porque la percepción de las mismas aumenta entre la población general o porque hablar de voces dentro de la cabeza se hace menos peligroso. Y la segunda es que la ciencia, los médicos, especialmente los neurólogos y psiquiatras, intentan ahora, por primera vez, explicar esas voces de manera natural.

Y de manera natural quiere decir achacar esas voces a enfermedades psiquiátricas, o sea, del cerebro.

Se va reconociendo que muchas más personas de las que imaginamos escuchan voces que no son percibidas como pensamientos. Y esta diferenciación es importante. La persona afectada siente las voces como voces reales. No las imagina, las oye. La percepción de voces para esas personas es real, independientemente de que nadie más pueda oírlas. Y se les pone nombre científico a esas percepciones: alucinaciones auditivas.

En algunos casos estos «escuchadores de voces» son portadores de enfermedades psiquiátricas muy bien definidas, generalmente algún tipo de esquizofrenia, pero en otros casos el diagnóstico no es tan sencillo. Según los investigadores norteamericanos Leuder y Thomas (hay otros muchos estudios con cifras parecidas) alrededor del 2% de la población de Estados Unidos escucha o ha escuchado voces alguna vez. Existe la creencia entre muchos investigadores que entre los niños la frecuencia es aún mayor. Los «amigos imaginarios» entre niños se han utilizado con cierta asiduidad en la literatura y el cine.

¿Hasta qué punto el deseo de evitar ser clasificado como «loco» lleva a muchas personas que oyen voces a no reconocerlo? No sabemos. Exceptuando los casos demostrables de lesiones cerebrales (traumatismos, tumores) no existen pruebas médicas para demostrar que una persona escucha voces. Dependemos de que el propio paciente no los cuente.

Algunas personas famosas que han reconocido haber escuchado voces son: la reina de España Juana la Loca, el fisicomatemático Sir Isaac Newton, el rey Jorge IV de Inglaterra, el compositor alemán Robert Schumann, la escritora inglesa Virginia Woolf, el filósofo Friedrich Nietzsche, el escritor francés Antonin Artaud, el multimillonario Howard Hughes, la actriz india Parveen Babi, el cantante Syd Barrett, el creador del grupo The Beach Boys Brian Wilson, las actrices Gene Tierney y Megan Fox, el economista y matemático John Forbes Nash, el cirujano inglés William Chester, el bailarín Vaslav Nijinsky, el pintor de El Grito Edvard Much, los magníficos jazzistas Buddy Bolden y Tom Harrel, el escultor Camille Claudel, Zelda Fitzgerald (la escritora y esposa de Scott Fitzgerald), el escritor Jean Kerouac, la estrella de Holywood Clara Bow, el pintor Vincent Van Gogh, la poetisa Sylvia Plath, el cómico Darrell Hammond, el asesino en serie John Hinckley, el jugador de football norteamericano Lionel Aldridgel, el pianista John Ogdon, el poeta Ezra Pound, Ted Kaczynski (el Unabomber), Mary Todd Lincoln y muchos más que harían esta lista casi interminable.

En 1987 los psiquiatras holandeses Sandra Escher y Marius Romme fundaron la organización Hearing Voices Movement con el fin de conectar a personas que sufren esta condición y retar la creencia común de que todas estas personas son enfermos mentales. Plantean que escuchar voces no es necesariamente un signo de enfermedad mental, que es algo que le ocurre a mucha gente con vidas por demás normales, que estas personas suelen tener problemas personales y sociales que necesitan ayuda y que la visión que la sociedad tiene de ellas es una fuente de enorme angustia para las mismas.

Lo cierto es que estamos hablando de un síntoma psicológico mucho más común de lo que se reconoce que a pesar de los múltiples estudios e investigaciones sigue sin ser adecuadamente comprendido.

Mientras tanto, si usted oye voces dentro de su cabeza busque ayuda profesional, pero no se angustie demasiado. Probablemente está en muy buena compañía.

No sigo porque siento una voz que me dice: «Termina ya».


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