Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Rodolfo Pérez Valero, Literatura, Literatura cubana

Y los misterios siguen

Rodolfo Pérez Valero nos entrega en Misterio en el Caribe una de esas aventuras juveniles donde la intriga, los momentos peliagudos y las extrañas sombras en la noche se unen para erizarle la piel al lector

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En esta ocasión los cuatro hermanos O’Donell inician lo que ellos creen serán unas “apacibles vacaciones” en un pueblecito remoto en “la costa del Caribe”, pero que por obra y gracia de determinadas circunstancias se convertirán “en unas trepidantes aventuras llenas de peligros, sorpresas y varios misterios por descubrir”.

Las historias sin pie ni cabeza de Isabuela, una anciana cuya memoria queda perdida en la niebla del tiempo, Jacinto, el loco del pueblo a quien nadie hace caso por su rara manera de vivir, el comportamiento inexplicable de varios personajes y la atracción que ejerce un tesoro escondido por antiguos piratas en las profundidades de una cueva, motiva que los hermanos O’Donell queden seducidos por el encanto de una probable excursión a lo desconocido y muestren en actos heroicos sus virtuales dones, reafirmados por la esmerada educación de su mama adoptiva.

Aprovechando la rica imaginación de los cuatro chicos de procedencia diversa, cuya fantasía desborda los límites de una realidad “normal”, el laureado escritor cubanoamericano, Rodolfo Pérez Valero, nos entrega en Misterio en el Caribe una de esas aventuras juveniles donde la intriga, los momentos peliagudos, las extrañas sombras en la noche, voces que se escuchan sin saber su procedencia, una especie de velada luna, la compañía de desconocidos seres marginales, y un tesoro antiguo, nos eriza la piel de pavor.

Con esa deliciosa intuición de los conocedores del oficio de narrar, el autor nos lleva de la mano sin importar la edad que tengamos, nos atrapa, nos cautiva y nos conduce por los senderos ignotos de la buena literatura sin que opongamos la menor resistencia, aun después de haber sobrepasado la adolescencia, porque eso sí tiene Pérez Valero, el conocimiento exacto del narrador que motiva el interés de los jóvenes que dormitan en nuestro interior, despertándonos las ansias de aventuras, de peligros, de misterios que en todo ser juvenil subyace esperando la orden del “¡De pie!”.

Poco a poco, en una cadencia ascendente, paulatina, sabiamente dosificada con intriga, trazos firmes y definidos de cada personaje, buenos y malos sin llegar a caricaturescas invenciones, con el perfecto diseño de perfiles psicológicos que nos dan una idea de quienes nos rodean y de quienes podemos esperar apoyo o no, acompañados de la simpática Mochy, una perrita sin raza pero con todo el amor del mundo y en un estilo descriptivo, sencillo, desenfadado y ameno, Pérez Valero nos introduce en ese mundo de ensueños mágicos donde cualquier cosa puede pasar, haciéndonos al mismo tiempo partícipes reales, protagonistas de una historia llena de complejidades sabiamente resueltas al final.

Barry, Wamba, Rasmey y Alitzel, los hijos adoptivos de la reportera Vicky, son una muestra fehaciente de lo que el amor de madre puede lograr cuando la adopción es cualidad intrínseca de la calidad del corazón humano, pues todos a pesar de sus disimiles procedencias conforman una especie de familia donde el agradecimiento, el afecto y el respeto mutuos sobrepasan las probables diferencias de origen, traumas, caracteres y personalidades de cada uno.

Claro que no todo termina ahí. Una vez que se llega al final del libro sentimos esa desazón de la ausencia de quienes hemos aprendido a querer en el tramo de una buena lectura una historia totalmente creíble, cosa plausible en los narradores natos.

Y por si acaso, entonces el autor, abriendo la probable brecha de un después matizado de otras nuevas intrigas, aventuras y peligros ubicados en diferente locación, nos deja una especie de final abierto, que usted, estimado lector (a) tendrá la posibilidad de disfrutar en la próxima entrega: Misterio en Venecia.


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