Actualizado: 24/01/2020 18:11
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Ballet

Y Louis XIV creó al ballet

Al profesionalizar el ballet, Louis XIV le arrebató la danza, actividad aristocrática por excelencia, a la nobleza, de la cual desconfiaba desde niño

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El Ballet de la Ópera de París ha estado celebrando el tricentenario de la escuela francesa, que remite al decreto de Louis XIV en 1713 (exactamente, el 11 de enero de ese año), con el que creó un cuerpo de baile integrado por profesionales.

Las celebraciones han incluido espectáculos de la escuela de danza de la Ópera de París, así como una gala de las escuelas de ballet del siglo XXI, en la que se presentaron, junto a los alumnos de la escuela anfitriona, los de: la Accademia alla Scala (Milán); la escuela del Bolshoi; la Royal Danish Ballet School (Dinamarca); Canada’s National Ballet School; la Royal Ballet School (Londres); John Cranko Schule (Stuttgart, Alemania); y Ballettschule des Hamburg Ballett (Hamburgo, Alemania, dirigida por John Neumeier).

“Estas escuelas han sido seleccionadas por su historia y diversidad”, explicó el comunicado de prensa de la Ópera de París, firmado por Brigitte Lefèvre, directora del Ballet, y Elisabeth Platel, directora de la Escuela.

En 1713, dos años antes de su muerte, Louis XIV creó precisamente un conservatorio de danza, destinado al perfeccionamiento de los artistas según códigos precisos. Los cuales, en realidad, se habían instituido por el Rey Sol ya en 1661, con la fundación de la Academia Real de la Danza, el primer acto de gobierno del monarca tras que tomara efectivamente el poder, gracias al “golpe de estado” propinado a su reina madre luego de la muerte del cardenal Mazarino. La Academia Real de Música (hoy Ópera de París) nació ocho años más tarde, en 1669. Acaso sintiendo que sus días llegaban a su fin, con la instauración del conservatorio profesional en 1713 Louis XIV quiso coronar, en lo que respecta al ballet, la obra de toda su vida. Él es, al mismo tiempo, el Padre y el Espíritu Santo de este género artístico.

La escuela del Ballet de la Ópera de París no ha escatimado el difundir la imagen del Rey Sol (apelativo que se debe a su interpretación de Apolo en el “Ballet Royal de la Nuit”, en 1653) como sello oficial de la conmemoración, algo que, en cierto sentido, puede resultar sorprendente en la République Française, cuyo origen apunta a la Revolución francesa que abolió la monarquía. En definitiva, el honor que así se le rinde ineludiblemente a Louis XIV referiría a la parte artística del soberano, de quien Voltaire escribió no sin perfidia: “No le enseñaron más que a tocar la guitarra y a bailar ballet”.

Louis XIV fue tan gran artista como jefe de Estado.

En tanto bailarín, fue uno de los más grandes de su tiempo. En el filme Le roi danse (2000) de Gérard Corbiau, cuando Louis le anuncia a su madre que, a partir de ese momento, se ocupará personalmente de todos los asuntos del Estado, Ana de Austria le espeta: “¿Y qué sabes tú del Estado? Lo único que sabes es bailar ballet”.

Ciertamente, al hacer del ballet un género artístico, Louis satisfizo su pasión, a la que se consagró con ese “perfeccionismo idiota que se propone el rey en todo lo que hace”, según le dice Molière al compositor Jean-Baptiste Lully en el filme de Corbiau. Pero al mismo tiempo fue un doble gesto político. Por una parte, sentó las bases de la construcción del ballet como un reflejo ideal de su poder, que iría más allá de su persona como un instrumento de irradiación y de representación de la France entonces, en toda Europa. Hoy en día, su legado se mantiene en todo el mundo en el simple hecho de que el lenguaje del ballet se expresa en francés, debido a la codificación que ordenó efectuar Louis XIV. Por otra parte, al profesionalizar el ballet, le arrebató la danza, actividad aristocrática por excelencia, a la nobleza, de la cual desconfiaba desde niño.

Es decir, “plebeyos” fueron esos profesionales a los que el Rey les destinó el perfeccionarse en el conservatorio, gratuitamente, pues desde luego no contaban con los medios financieros de la aristocracia. Así, oficializó al ballet. (Si bien los niños provenientes de familias de bailarines frecuentaban el conservatorio, no fue sino en 1780 que Louis XVI creó un reglamento para que se les dedicara especialmente una escuela.)

Louis XIV tenía la manía de codificar, no solamente al ballet. Pero en el caso que nos ocupa, la creación en 1661 de la Academia Real de Danza tuvo como fin determinar reglas y “fijar un esplendor”, impidiéndoles a los 400 maîtres à danser con que contaba París que maltratasen el arte de la danza. El “Rey Bailarín” (como llamaban también al Rey Sol) quiso que la técnica se fundara sobre la teoría, y que respondiera tanto a un principio normativo como a la eminencia.

Todo ese análisis técnico (que dio lugar, por ejemplo, a las cinco posiciones de Pierre Beauchamps, el maestro de Louis, las cuales constituyen todavía hoy la base del ballet) se implementó a partir de 1661, pero fue en 1713 cuando el Rey formalizó la existencia de la escuela francesa como tal, de la cual surgirían, en el decurso de la historia, las restantes escuelas, como la danesa y la rusa.

Louis también fue un visionario al realizar la Declaración de Independencia de la Danza. Las Lettres patentes du Roy de 1661 finalizan con que la Academia Real de Danza hará un discurso académico para “probar que la Danza en su forma más noble no necesita a los instrumentos de música y que es absolutamente independiente del violín”. Los coreógrafos modernos en el siglo XX, que enarbolaron el bailar sin música, ¿leyeron lo proclamado por Louis XIV?

La preocupación puramente estética de Louis fue innegable; ya hemos dicho que era un artista, y como bailarín se esforzaba en sus entrechats: hacía hasta tres, que entonces llamaron entrechat royal. Era un virtuoso, trabajaba diariamente hasta el agotamiento, como atestiguan los diarios de sus médicos.

Pero el imperativo ideológico prevaleció. El nacimiento del ballet como género fue algo también (sino más) político, strictu sensu. Como Louis brillaba sobre la escena, hizo del ballet la piedra de toque de su sistema propagandístico por medio de las artes. Si dijo “l’état, c’est moi”, lo que quiso decir fue”le ballet, c’est moi”. Convirtió al ballet de la corte (en el que bailaban los nobles) en ballet royal, donde era el centro. Los bailarines aristócratas que participaban en el ballet royal, estaban sujetos a una ideología monárquica que Mark Franko ha llamado “textual”, porque manifestaba el poder del “Rey Bailarín”. Asimismo, al imponerles la práctica del ballet, Louis XIV intentaba que los nobles estuviesen lo suficientemente ocupados como para evitar conspiraciones. El recuerdo de la Fronda (las revueltas brutales contra la autoridad monárquica que tuvieron lugar bajo la regencia de Ana de Austria, durante la minoría de edad del Rey), siempre lo obsesionaba.

Eso sí, se rodeó en los ballets de los nobles con más alto nivel técnico, al mismo tiempo que llamó a su lado para que lo acompañaran sobre la escena a virtuosos profesionales “plebeyos”, como el mencionado Beauchamps, el propio Lully o Vertpré.

Quien primero concibió en la modernidad a las artes en tanto propaganda fue Louis XIV. Y todas ellas (como la arquitectura, la jardinería) en ese su Grand Siècle estuvieron marcadas por él. Con el ballet sobremanera, inventó a la política como arte del espectáculo. Por su parte, Molière, muy cercano al rey (como hombre de teatro él mismo, atraía mucho a los actores y dramaturgos), de quien recibía frecuentes encargos, nunca hubiese escrito Tartufo sin Louis XIV.

En el mismo año de 1713 en que creó la escuela de danza, erigió también por decreto que el cuerpo de baile de la Ópera debía estar compuesto por 12 bailarines y 10 bailarinas: ¡qué celo por la paridad artística!

En 1670, Louis tenía 32 años; hacía 20 que bailaba profesionalmente. El 7 de febrero de ese año, estrenó la comedia-ballet Les amants magnifiques de Molière y Lully. Esa noche, le falló un paso. ¿Fue un entrechat, como sugiere el filme de Corbiau? Los periódicos de entonces, las “gacetas”, no lo precisaron sino que se sorprendieron con que, en la segunda función de esa comedia-ballet, el 14 de febrero, el Rey no apareció. Fue reemplazado en su rol por el marqués de Villeroi y el conde de Armagnac. A cualquier bailarín le sale mal un paso, y casi nadie puede decir, incluso, que no se ha caído nunca al piso. Pero Louis, realeza obliga (hacía una sinonimia entre su yo artístico y la representación de todo tipo), tomó la decisión drástica de no danzar jamás sobre un escenario.

Tener 32 años no es, hoy por hoy, una edad del todo trágica para los bailarines, pero sí a partir de los 35: cuando, como dijo Galina Ulánova, la mente ya ha logrado saber lo que tiene que hacer, el cuerpo comienza a dejar de responder.

En esa debilidad que mostró el 7 de febrero de 1670, se encuentra sin duda el origen de una ley suya de 1698: su consciencia profesional hizo que dictara que las bailarinas de la Ópera estuviesen obligadas a retirarse a los 41 años, y los bailarines a los 45 años. Ni siquiera la Revolución francesa pudo abolir esta ley. Todavía hoy se mantiene, con una ligera variación (en nombre de la paridad entre hombres y mujeres): la jubilación para todos es a los 42 años. Supongo que es en Francia el único remanente legal del Ancien Régime.

Acaso la prueba de la “magnanimidad” real de Louis XIV radica en que haya hecho la ley del retiro alrededor de los 40 años, y no sobre los 30 cuando fue el caso de su “pensión” voluntaria. Le otorgó una década más de gracia a los bailarines.


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Las estrellas, primeros bailarines, el cuerpo de baile del Ballet de la Ópera de París, y los alumnos de la escuela de danza de la Ópera de París, en la gran escalera de la Ópera Garnier (foto: Agathe Poupeney/Ópera Nacional de Paris)Galería

Las estrellas, primeros bailarines, el cuerpo de baile del Ballet de la Ópera de París, y los alumnos de la escuela de danza de la Ópera de París, en la gran escalera de la Ópera Garnier (foto: Agathe Poupeney/Ópera Nacional de Paris).