Actualizado: 17/02/2020 13:03
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Opinión

¿Y qué más? ¿Qué pueden hacer?

Resulta triste la indefensión y el nivel de mendicidad de la mayoría de los artistas y escritores de la Isla.

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A Jacinto Benavente, después del Nobel, lo nombran director de la Biblioteca Nacional. El gay ibérico baila de alegría. Una "loca" andaluza lo visita para pedir trabajo. Enumera sus necesidades, llora su precaria economía, al final insinúa lo obvio: la solicitud de que ayudara a un igual, de que le diera trabajo por ser homosexual. Benavente suspira, sonríe, sólo le pregunta: "¿Y qué más?".

Los funcionarios cubanos que dirigen las instituciones culturales, en particular las literarias, ignoran la sagaz anécdota del dramaturgo madrileño, aunque les queda pintada. El autor de La malquerida quizás la inventó para el erosionado Ministerio de Cultura del caldero verde olivo.

Como la "loca" andaluza, la burocracia cultural del régimen exige docilidad política, sobre todo militancia en las filas del Partido o de la Juventud —para usar sus lugares comunes—, sin ella no hay posibilidades de obtener desde una pensión modesta en CUC hasta un ingreso en el último piso del hospital Fajardo; desde un televisor chino hasta los trámites en pesos para un viajecito al exterior.

Hace unos días supe de un escritor, al borde de la miseria, que solicitó una "ayuda económica" a través de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que a su vez la "eleva" a un departamento o comisión del Ministerio de Cultura, llamada "Atención a Personalidades".

Aquí desaparecen los chistes o las anécdotas picarescas. Bien triste resulta la indefensión de la mayoría de nuestros artistas y escritores. No creo que nadie pueda alegrarse de que alguien haya caído en la mendicidad.

La carta de solicitud es patética. Hay que enumerar —así se lo aconsejó uno que mensualmente recibe 30 CUC— los "méritos revolucionarios", como el equivocado homosexual ante quien creía que por ello le daría una plaza de bibliotecario.

Entre los patéticos argumentos aducidos se hallan la firma de los documentos que apoyaron la represión en marzo de 2003, el no haberse quedado en la escala cuando viajó hace treinta años a la Unión Soviética, el ser miembro en su cuadra del Comité de Defensa de la Revolución, nunca haber escrito ni la más remota crítica al "proceso", a sus líderes históricos...

El historial de este escritor estaba impoluto. Pero además —como le aconsejó el amigo usufructuario de la dádiva—, para no fallar, para que a pesar de la crisis económica del 2009 aunque sea le dieran una "tierrita" para ir tirando, añadió que no tenía familiares en el exterior que le enviaran remesas, que su único hijo era esquizofrénico, que la jubilación y los magros derechos de autor no lo dejaban ir al mercado. Por poco agrega que pensaba escribir una oda a los "cinco héroes prisioneros del imperio".

La inercia de la mayoría

Pero el título de este artículo trae otra pregunta. Al "¿y qué más?" hay que añadirle, inmediatamente, el "¿qué pueden hacer?". No formularla sería una injusticia. Y desde el exilio sería, además, de un cinismo desalmado.

No todos los escritores cubanos tienen las agallas de un Heberto Padilla o de un Raúl Rivero. No todos toman, ahora mismo, la apartada senda —digna y atrevida— de Ena Lucía Portela; o la ejemplar disidencia abierta —desenfadada e ingeniosa—, de Yoani Sánchez.

¿Cuántos Rafael Alcides hay en la Cuba de este 2009 de más miseria y desigualdades? ¿Cuántos se atreven a desafiar al aparato represivo, ostensible o sutil, que a pesar de las rajaduras aún mantiene su poder carcelario o de marginación?

En ningún país el por ciento de disidentes contra dictaduras ha sido alto, mucho menos entre escritores y artistas. Los casos contrarios, de abyectos y amanuenses, son los más abundantes. Entre los dos extremos está la mayoría, sufriendo el día a día, deshojando esperanzas.

Mark Lilla en Pensadores temerarios. Los intelectuales en la política (Ed. Debate, Barcelona, 2004) caló muy bien la fatídica propensión a subordinarse al Poder, también la inercia de la mayoría. Los cubanos no debemos avergonzarnos más que los alemanes o los rusos...

¿Qué puede hacer el escritor de la carta? ¿Hasta dónde y cuándo podría aguantar? ¿Cuántos, de verdad y al duro, tienen derecho a juzgarlo? ¿Y qué más? ¡Muy poco!


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