Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Y sin embargo… funciona

La virtud y el defecto principal de esta película es quizá su poca pretenciosidad, porque no trasciende mucho más allá de sus viñetas, lo único que se queda con uno después de verla

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Hay guiones que cuando se leen no parecen tener sentido alguno, hay temas y tramas que narrados verbalmente parecen absurdos, poco creíbles y hasta ridículos. Pero de la mano de realizadores con buena visión, una vez traducidos a la pantalla resultan en algo completamente diferente. Es la magia del cine, donde el poder de la imagen y del montaje de las secuencias, puede convertir un guion pobre en una obra maestra y viceversa. Este es el caso de Licorice Pizza (que no es precisamente una obra maestra).

La trama se centra en la relación entre una mujer de 25 o 27 años (dice ambas edades en el filme), que establece una relación filial-romántica-emocional, con un adolescente de 15. Claro, en este caso la mujer es inmadura, indecisa e insegura y el adolescente tiene una madurez mucho más allá de su corta edad.

Alana parece estar en un callejón sin salida. Vive con sus padres y sus dos hermanas, no tiene trabajo fijo, ni muchos amigos. Conoce a Gary, durante una sesión de fotos para el álbum de la escuela secundaria de éste, ya que ella era asistente del fotógrafo. Pese a su corta edad, Gary parece saber lo que quiere, se considera un empresario con múltiples habilidades y resulta convincente en presentarse como alguien que sabe bien lo que quiere.

La película sigue la relación entre ambos, Alana parece quedar atrapada en el universo de Gary, a quien admira y Gary siente un insólito amor adolescente por Alana, van desarrollando una relación en la cual se confunde la admiración, con la amistad y el amor platónico. Se convierten en socios de negocios, donde Gary lleva la voz cantante.

Narrado de esta manera, el filme parecería poco convincente, insulso y demodé, sin embargo, tal y como se resuelve en la pantalla, funciona, convence, entretiene y y resulta creíble. Es una tragicomedia sin pretensiones.

Paul Thomas Anderson es un director interesante, aunque desigual. Sus dos primeros filmes Hard Eight (1996) y Boogie Nights (1997) son dos filmes excelentes, de una crudeza inmisericorde y a la vez con gran sentido de la ironía. Luego, con Magnolia (1999) y Punch Drunk Love (2003), parecía haber perdido la brújula. Le tomó cuatro años recuperarla y regresó con There Will Be Blood (2007) y The Master (2012), dos filmes en los cuales el humor sarcástico estaba ausente, pero resultaban obras de gran solidez dramática que obtuvieron gran éxito de crítica y convirtieron a Anderson en un icono del cine independiente americano. Inherent Vice (2014) y Phantom Thread (2017) resultaron solamente buenos filmes que no aportaron nada a su carrera. Ahora regresa con este filme que resulta otro estilo dentro de su trayectoria.

Licorice Pizza está ubicado alrededor de 1973 y Anderson ha logrado hacer un filme que no trata sobre esa época, sino que parece haber sido hecho en ese momento. Ese es su mayor logro. No hay un vistazo atrás, no hay nostalgia, no hay enjuiciamiento, porque parece que quien lo hace está instalado en ese instante. Todo se conjuga de manera perfecta, desde el grano de la fotografía del propio Anderson, la iluminación de Michael Bauman, el vestuario de Jennifer Herrenkohl y la excelente banda sonora seleccionada por Graeme Stewart y Katie Colley, que incluye canciones no tan conocidas, pero que retratan la época, como But You’re Mine de Sonny and Cher, Let Me Roll It de Paul McCartney and Wings, July Tree de Nina Simone y Life on Mars? de David Bowie, el filme es una auténtica y total inmersión en el periodo.

Su virtud y su defecto, es quizá su poca pretenciosidad, porque Licorice Pizza no trasciende mucho más allá de sus viñetas, que es lo único que se queda con uno después de terminar de verla. Quizá otro recurso que aunque poético, a veces resulta excesivo, es que los protagonistas se pasan demasiado tiempo corriendo.

Entre sus largometrajes, Anderson filmó muchos videos de grupos y cantantes como Radiohead, Michael Penn y Fiona Apple, pero sobre todo, del grupo Haim, una popular banda de pop-rock de Los Angeles, compuesta por tres hermanas, todas las cuales aparecen en este filme y del cual Alana Haim es la actriz principal de este filme. En su debut como actriz, encarna el personaje a la perfección y le da vida a un personaje que en manos de otra actriz quizá no pasaría de un estereotipo. Es el soporte principal de la trama.

Por su parte, Cooper Hoffman (hijo del fallecido Philip Seymour Hoffman), quien con 18 años hace también su primer papel en el cine, es completamente convincente y su extraordinaria actuación es un importante elemento para que esta trama funcione. El filme cuenta también con breves pero efectivas actuaciones de Bradley Cooper, Sean Penn, Tom Waits y John Michael Higgins, que suman un elemento de humor que amplía el registro del argumento.

Anderson escribió el guion y se cuidó mucho de evitar sexo explícito, tal y como hizo en Boogie Nights, pero su moderación en este caso le va bien a la película sin que resulte modosa en exceso.

Basada en recuerdos de su infancia (aunque extrapolados, pues en 1973 Anderson solo tenía tres años), el título se debe al nombre de una cadena de tiendas de discos que fue muy popular en el sur de California en las décadas del 70 y 80, y que para mucha gente son evocativas de la época.

Licorice Pizza (Canadá/EEUU, 2021). Guion, dirección y fotografía: Paul Thomas Anderson. Con: Alana Haim y Cooper Hoffman. De estreno limitado en las principales ciudades de Estados Unidos.


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