Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Memorias de la Revolución, Literatura, Narrativa

Ya tengo el sillón

CUBAENCUENTRO inicia una sección de narrativa cuyo tema central es lo que se podría catalogar —en un sentido amplio y sin entrar en el panfleto político— de “memorias de la revolución”

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Mullido, blando (que no es lo mismo), acogedor y arropador. Lo compré en abril pasado, en la mueblería El Sol, allí en Tacubaya; en rebaja: dos mil pesos, la mueblería estaba en quiebra.

Un sueño alcanzado a los 65 años y 8 meses de edad.

Una de las veces que más cerca estuve de la Realización fue allá por el año 1964. Mi buen conocido el Bolita se iba del país y tenía uno idéntico a mi Quimera, que le había dejado su mamá, la cual se había marchado hacia el Norte antes. Ya tenía palabreado el precio con el Bolita, de modo que sumé a mis párvulos ahorros un par de préstamos de sendos amigos. El Bolita era buena gente, me había ofrecido el sillón a precio de pobre; de pobre en el socialismo, que ya es mucho decir. Era buena gente, pero no un suicida: la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución (Fermina Alcántara) le hizo saber que cuando el Gobierno Revolucionario viniese a hacer el Inventario de Bienes que se le hacía a todos los que traicionaban al irse para Estados Unidos (esos bienes pasaban luego a las manos del “pueblo”), debía estar allí “el Sillón”. ¿Quién habría chivateado? ¿O el Bolita, aplastado por los tragos que se daba a cada rato, había comentado con alguien nuestro secreto? No me respondió esto último, solo me dijo: “Caballo, se jodió lo del sillón”, y pasó a contarme el resto.

No pocos años estuve pensando que el sillón del Bolita —quien ya se había ido para Miami y estaría allá repleto de sillones— se hallaba bajo el resguardo de un Dirigente Revolucionario.

En otra ocasión, en 1970, cuando marché a los campos de caña a cumplir con “La Zafra de los Diez Millones”, seguro de que con esta acción estaba poniendo mis humildes 43 arrobas diarias cortadas en pro del Porvenir Luminoso de la Patria —un Porvenir que estaba ahí, al doblar de la esquina—, me topé de nuevo justamente con el sillón de mi locura. Fue una noche en que cuatro o cinco fuimos a casa del jefe de brigada, quien iba con nosotros; no vivía él muy lejos de aquellos campos. Allí estaba el sillón. Lo miré bien, por todos los ángulos. Bien. Bien. No. No era el del Bolita, pero era igual al que yo codiciaba. ¿Cómo lo había conseguido el jefe de brigada? “Me lo cedió un compañero”, me respondió.

En todos aquellos años, claro, muchas visitas realicé a viviendas y otros sitios en donde había sillones semejantes al por mí pretendido. Pero nadie tenía que decírmelo: así, como el que yo quería, como aquellos que allí estaban, no se confeccionaban en Cuba “desde el capitalismo”.

En los 15 años y 11 meses que llevaba en México antes de comprarlo en la mueblería El Sol, había visto en casas, oficinas, hoteles, calles, infinidad de sillones como el que me trastornaba desde los 8 o 10 años de edad. Pero necesitaba yo priorizar otros gastos.

Pero bueno, hoy al fin ya lo tengo. Solo que no puedo sentarme en él 24 horas diarias a ver si me desquito en algo los 56 o 58 años que pasé sin poder tenerlo.

Nada, son antojos o no sé si pasiones que se encuevan en cada ser humano, que, ya lo sabemos, somos únicos e irrepetibles.

Hay quienes se desviven por tener un yate. Y lo logran o no.

Otros por tener un jet particular. Y lo logran o no.

Y aun hay otros cuyo único sueño desde niño es ser Dictador Vitalicio. Y lo logran. Para joder el sueño de otro que anhele únicamente un sillón.


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