Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Béisbol

La pelota en su terreno

Cuba alcanzó en 2006 el segundo lugar en el Clásico Mundial, pero archivó un rosario de derrotas internacionales.

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A principios de año, varias personas creyeron que lo peor que podía suceder a la pelota cubana era que la representación de la Isla realizara un papel aceptable en el I Clásico Mundial, a punto de celebrarse. Según el criterio esbozado, ese hecho —por entonces improbable para casi todos— obnubilaría de euforia la capacidad de aficionados y responsables para apreciar y valorar las deficiencias, carencias y lagunas que sufre hoy el pasatiempo nacional.

Finalmente, ante el asombro de los más optimistas y fanáticos, la profecía se cumplió y sucedieron las dos cosas: Cuba obtuvo un inesperado segundo lugar y con las glorias se dejó a un lado los análisis y valoraciones sobre el estado actual y las perspectivas inmediatas de este deporte, que por más de un siglo ha sido entretenimiento y pasión para varias generaciones de cubanos.

El Clásico

Entre los días 4 y 20 del pasado mes de marzo, los amantes de este deporte emocionante y complejo pudimos cumplir finalmente el acariciado anhelo de ver a muchos de los mejores exponentes de la disciplina representar a sus países por primera vez en un evento de altísimo nivel competitivo.

El Clásico Mundial permitió al béisbol exponer en un torneo internacional la maestría y calidad competitiva que en los más encumbrados circuitos profesionales —de Estados Unidos, Asia y el Caribe fundamentalmente— hacen las delicias de los cientos de millones de seguidores de este deporte. Hasta ese momento, circunstancias organizativas y de intereses mantenían desfasado el béisbol del concierto deportivo mundial, al impedir que los mejores jugadores participaran en los eventos oficiales convocados por la Federación Internacional.

El Clásico se presentó además como el momento y el escenario idóneo para que el béisbol de la Isla —consuetudinario ganador en la mayoría de los torneos oficiales de la Federación Internacional de Béisbol (IBAF) y separado, por imposición política, de esas ligas profesionales— pudiera medirse con algunas de las más reconocidas estrellas mundiales, integradas en poderosas selecciones.

El acceso de una representación de la Isla al encumbrado certamen, trajo un cambio radical en el tradicional lenguaje triunfalista de los directivos y periodistas especializados. La acostumbrada vanidad fue matizada por comentarios y previsiones mucho más cautelosos, lo cual indicaba una clara conciencia de la dimensión del reto que se debía enfrentar.

Por otra parte, la coyuntura hizo posible que por primera vez se hablara abierta y extensamente en los medios informativos nacionales del béisbol profesional norteamericano, hasta entonces un tema tabú para las autoridades y voceros de la Isla.

En el Clásico, los peloteros cubanos —confinados en los hoteles que sirvieron de Villa a la competencia— entregaron alma y corazón en cada jugada para obtener un inesperado, meritorio e inmerecido segundo lugar.

El resultado estuvo condicionado por la insuficiente motivación de las estrellas profesionales, acostumbradas a moverse por resortes e intereses contractuales, así como la diferencia de forma deportiva, que era óptima para los atletas cubanos y deficiente para los big leagers, que recién salían del relajamiento vacacional. Llama la atención que los tres países miembros de la élite que asistieron al evento con menos jugadores de las Ligas Mayores —Japón, Cuba y Corea del Sur—, fueron los de mejor actuación en la liza.

El desempeño de la selección cubana se vio además favorecido por el sistema y reglamento de competencia, varias coyunturas fortuitas de juego y algunas decisiones estratégicas de los técnicos contrarios, que coadyuvaron al avance del plantel nacional hasta la discusión del primer lugar.

El I Clásico Mundial sirvió para demostrar a los atletas, dirigentes y aficionados cubanos que el talento atlético, las grandes ganancias que genera, la caballerosidad deportiva y el orgullo de representar al país de origen —sin condicionamientos ni manipulaciones—, no son excluyentes ni incompatibles. En aquellos días de buen béisbol, cuando las luminarias de Grandes Ligas —hasta ahora negadas por la propaganda oficial— demostraron en sus declaraciones de prensa su admiración y respeto por los peloteros de la mayor de las Antillas, los cubanos vimos que se puede ser estrella profesional, millonario, patriota y, además, una persona sencilla y afable.

Sin embargo, a todas luces, el evento no motivó que las autoridades deportivas unieran reflexión y euforia para buscar el avance y fortalecimiento del béisbol cubano, de cara a nuevos y superiores retos.

El despertar

Embriagados por un éxito inesperado e incapaces de valorar las señales y lecciones técnicas que dejó el Clásico —poca profundidad del pitcheo, insuficientes recursos ante la inteligencia de los lanzadores rivales, lentitud de los corredores—, la selección de Cuba enfrentó los demás compromisos del año, presumiblemente más fáciles. Salvo los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Cartagena de Indias, de evidente baja calidad, vio su actuación bastante comprometida en los demás, al punto de vivir el peor año del béisbol de la Isla en la arena internacional desde el aciago 1982, cuando la selección perdió los Juegos Centroamericanos y del Caribe de La Habana y se abstuvo de participar en el Campeonato Mundial de Seúl, en Corea del Sur.

Representaciones cubanas no pudieron llegar al título en el Campeonato Mundial Femenino (algo inexplicable, puesto que no hay tradición en esta modalidad), ni en el torneo de Harlem, Holanda, en el cual un segundo equipo de la Isla no pudo con la oposición del país anfitrión, ni en los mundiales infantiles (9-10 años) y de cadetes (15-16 años).

A lo dicho hay que agregar las sonadas derrotas en tres torneos principales en calidad de anfitriones. Primero fue el Campeonato Mundial Universitario, en el cual una selección de peloteros consagrados enfrentó a equipos conformados por jóvenes universitarios de varios países y no pasó del tercer lugar, incluida la derrota frente a la representación de Bahamas.


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